martes, 8 de septiembre de 2020

Iglesia, presencia real de un Dios manchado e impuro: por Santiago Agrelo

 Puede que no sean muchos los cristianos que, participando en la eucaristía dominical, se reconozcan miembros de una comunidad de discípulos de Jesús, convocada a un encuentro con su Señor, con su Maestro, para comulgar con él, escuchando su palabra, comiendo su cuerpo y bebiendo su sangre.

Pero eso es lo que se espera que vivamos en cada eucaristía: que aprendamos a Cristo escuchando, que lo aprendamos viendo, que lo aprendamos comulgando.

Esto es lo que hoy podremos escuchar: “No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”; “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

El sabio lo había dicho a su manera: “Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”.

Y el salmista lo había cantado: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”.

Nosotros lo hemos escuchado y lo hemos aprendido; pero nos conviene también verlo, por si el ejemplo nos ayuda a pasar del pensamiento a la acción.

Y el mismo Jesús nos deja un ejemplo en la parábola de aquel rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados.

Pero tú, Iglesia discípula, sabes que, más que la parábola, el ejemplo para todos es Jesús mismo, su vida entera: En Jesús, Dios andaba reconciliando consigo al mundo. En Jesús Dios andaba sanando lisiados, cojos, paralíticos, ciegos, sordos, leprosos. En Jesús Dios andaba perdonando a prostitutas y a ladrones, a discípulos cobardes, también a quienes no lo habían recibido, a quienes lo rechazaron, lo juzgaron, lo condenaron, lo crucificaron… En Jesús, Dios bajó entre los necesitados de misericordia y de perdón, los buscó, se compadeció de ellos, comió con ellos, se hizo impuro por ellos, bajó hasta el infierno para que ellos, creyendo, pudieran entrar limpios en el banquete de Dios.

Pero tú no eres sólo Iglesia discípula que escucha palabras de sabiduría divina y contempla ejemplos admirables de divino abajamiento; tú eres también Iglesia cuerpo de Cristo, que comes lo que has escuchado y contemplado, te haces una con ese Dios manchado, Dios amigo de publicanos y pecadores, Dios comensal de hombres y mujeres que nadie tocaría sin correr a hacer una purificación ritual.

Hoy comulgas con Cristo Jesús para ser en el mundo evidencia de la presencia de un Dios manchado e impuro.

Hoy comulgas con Cristo Jesús para ser en el mundo presencia real de Cristo Jesús y ser así evidencia del amor que es Dios.

Escucha, contempla, comulga.

Feliz domingo.

sábado, 5 de septiembre de 2020

A nadie debáis más que amor: por Santiago Agrelo

 ¡Qué sencillo y qué difícil nos lo has puesto, Señor!

¡Es sólo cuestión de amor!

“A nadie le debáis nada, más que amor”.

Yo pensé: tengo que reprender a mi hermano. Y tú me dijiste: no lo hagas si no es deuda de amor.

Yo pensé: tengo que recordar a todos los sagrados preceptos de la ley de Dios. Y tú me dijiste: no olvides que “el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley”.

Yo pensé: no puedo dejar de recordar los principios sobre los que todo se sostiene, las líneas rojas que nadie debiera traspasar, los dogmas que todos debieran profesar. Y tú me dijiste: Todo se sostiene sobre el amor; el amor todo lo traspasa, todo lo trasciende, todo lo sana, todo lo crea, todo lo recrea, todo lo abraza, todo lo redime, todo lo reconcilia y lo diviniza; en el amor se encierran toda la ley y los profetas.

Yo pensé…

Y tú me dijiste: cree.

“Dios es amor”: créelo.

“Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo”: créelo.

“Dios nos ha confiado la palabra de la reconciliación”: créelo.

Dios nos ha puesto de atalaya en los caminos de la humanidad, para que le demos la alarma de parte del Amor.

Hoy comulgamos con Cristo, con el amor extremo de Dios, para amar hasta el extremo a nuestros hermanos.

Feliz comunión con el amor de Dios. Quedamos con todos en deuda de amor.

 

sábado, 29 de agosto de 2020

A ti te necesito, sólo a ti: por Santiago Agrelo

El creyente sabe que Dios no es para él una idea, pues lo ha sentido como fuego que abrasa, como caudal inagotable y limpio de agua que refrigera.

El creyente no piensa en Dios para poder decir de él algo novedoso o admirable, sino que se acerca a Dios para abrasarse en su fuego, busca a Dios para apagar en él la sed, y sólo dejará de agitarse cuando Dios sea para él el aire que respira, la luz que lo ilumina, la dicha que lo posee.

“Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Éste es hoy el estribillo de nuestra oración responsorial: Palabras de fe para labios creyentes, palabras verdaderas sólo para quien haya conocido al Señor, para quien haya experimentado su fuerza, su gloria, su gracia y su amor.

“Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Las palabras de la oración expresan a un tiempo plenitud y vacío, cercanía y ausencia, conocimiento y búsqueda. El orante –Jeremías, el salmista, Jesús de Nazaret, nuestra asamblea eucarística, la Iglesia entera- madruga por Dios para buscarlo mientras Dios camina con el orante y lo sostiene; tú tienes sed de Dios, aunque todo tu ser está unido a él; tienes ansia de Dios, ¡y cantas con júbilo a la sombra de sus alas! Dios es caudal inagotable de agua, y en su presencia nosotros somos siempre “como tierra reseca, agostada, sin agua”.

“Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Las palabras de la oración han puesto a Dios en el centro de tu vida: “Tu amor me sacó de mí. A ti te necesito, sólo a ti. Ardiendo estoy día y noche, a ti te necesito, sólo a ti… Tu amor disipa otros amores, en el mar del amor los hunde. Tu presencia todo lo llena. A ti te necesito, sólo a ti”[1], pues “tú eres el bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero”. ¡Plenitud y vacío, cercanía y ausencia, conocimiento y búsqueda!

De ti, Señor, dice tu profeta: “Me sedujiste, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste”. Lo cautivaste, Señor, con el atractivo de tu palabra, lo cegaste con el resplandor de tu belleza, y así lo llevaste a tu luz y a su noche, a tu fuego y a su oprobio, a tu gloria y a su cruz.

Considera la noche del profeta: “Yo era el hazmerreír todo el día; todos se burlan de mí… La Palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día”. Considera la noche oscura de Jesús: “Los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: Tú que destruyes el santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz! Igualmente los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él, diciendo: A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere”.

Ahora ya puedes, Iglesia de Dios, mirarte a ti misma en el espejo de Cristo, pues otra cosa no eres que el cuerpo del Hijo que todavía está subiendo a Jerusalén, a su noche, al sufrimiento, a la muerte, a la vida. Mírate a ti misma en el espejo de los pobres, que otra cosa no son que el cuerpo de Cristo, tu propio cuerpo, subiendo a la noche de sus angustias.

Si estabas sedienta de Dios porque habías conocido su bondad y su hermosura, su gloria y su poder, ahora que has experimentado la noche, la de Cristo, la de los pobres, tu propia noche, eres delante de Dios como “tierra reseca, agostada, sin agua”. Tenías sed, y la noche hizo que la sed te devore, hasta hacer de ti pura sed de Dios.

[1] Versos del poeta sufí Yunus Emre (1238-1320?)

domingo, 16 de agosto de 2020

“Ten compasión de mí, Señor”: por Santiago Agrelo

El evangelio sitúa hoy a Jesús fuera de su tierra, entre paganos, en “el país de Tiro y de Sidón”: El amor lo despojó de sí mismo y lo abajó desde la condición de Dios a la condición de esclavo.

Allí, una mujer, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor”.

La memoria de la comunidad creyente guarda aún el grito de los discípulos de Jesús en la barca sacudida por las olas; y tampoco hemos olvidado la súplica de Pedro que, desde el abismo del miedo y agarrado a su poca fe, había gritado: “¡Señor, sálvame!”

Ahora es una mujer la que, empujada por una gran necesidad y por una fe más grande que su necesidad, se postra ante Jesús para decirle: “Señor, socórreme”.

Más allá de los discípulos y de Pedro con sus miedos, más allá de la mujer con su necesidad, tu fe recuerda que grito y súplica los oyó en otro lugar y evocan en el corazón otro nombre: “A media tarde, gritó Jesús muy fuerte: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Y un instante después: “Jesús dio otro fuerte grito y exhaló el espíritu”.

A ti, Señor del cielo y de la tierra, el amor te hizo semejante a nosotros, te dio una carne de debilidad como la nuestra, un cuerpo de suplicar gritando, de gritar creyendo, de creer confiando.

El amor, Cristo Jesús, te hizo carne compasiva y misericordiosa, evangelio para los pobres, libertad para los oprimidos, luz para los ciegos, resurrección para los muertos, alegría y paz para los amados de Dios.

El mismo amor que por el misterio de la encarnación te hizo pan y salvación para la humanidad, te hace hoy pan y salvación para tus fieles en el misterio de la eucaristía.

Por la encarnación y en la eucaristía, tú, Señor, has hecho tuyo el grito de la mujer –el grito de tu Iglesia, el grito de la humanidad-: “Ten compasión de mí”.

Y es también tuya y de hoy la palabra que llena de esperanza y de alegría el corazón de los pobres: “Que se cumpla lo que deseas”.

 

viernes, 14 de agosto de 2020

Fijos los ojos en el cielo: por Santiago Agrelo

Con la palabra «Ascensión» nombramos el misterio de la exaltación-glorificación de Cristo nuestro Señor; y con la palabra «Asunción» nos referimos al misterio de la exaltación-glorificación que, por Cristo y en Cristo, se ha cumplido ya en la Virgen María, y se ha de cumplir un día en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

Dichosa tú, Virgen María que, por la fe, recibiste en la virginidad humilde de tu seno al Hijo de Dios, y hoy, “envuelta en un manto de triunfo, como novia que se adorna con sus joyas”, eres recibida en la gloria de tu Hijo.

Dichosa tú, Iglesia de Cristo, que en este tiempo de gracia, acoges por la fe la palabra de Dios, recibes el Cuerpo de Cristo, abrazas a los pobres de Cristo, y que un día, bendecida por el Padre, serás acogida por tu Señor en el reino preparado para ti desde la creación del mundo.

“¡Qué pregón tan glorioso para ti, María! Hoy has sido elevada por encima de los ángeles, y con Cristo triunfas para siempre”.

En ti, Virgen María, se nos concede contemplar alcanzada la inmortalidad de la que en la Eucaristía recibimos la divina medicina. Tuya es la gloria de la que es prenda en Cuerpo de Cristo que hoy comulgamos.

Comulgar medicina y prendar, vivir en esperanza, amar, agradecer…

Caminar, fijos los ojos en un cielo que se ha quedado sin fronteras, en un paraíso cuyas puertas, cerradas un día al hombre, se han vuelto a abrir para todos…

Comulgar y caminar como la Virgen María, la más pequeña entre los humildes, la más de todos entre los necesitados, la más de Dios entre los hombres.

Enséñanos, Madre, a hermosear la tierra con un «hágase» a la palabra de Dios, al evangelio que hemos de llevar a los pobres, a la esperanza que nos ha de guiar hasta el cielo.

sábado, 8 de agosto de 2020

Señor, sálvame: por Santiago Agrelo

Porque eres una comunidad creyente, dices: “Piensa, Señor, en tu alianza”; porque eres una comunidad necesitada, dices: “Señor, no olvides sin remedio la vida de tus pobres”. De tu fe y de tu pobreza han nacido las palabras de tu oración: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”.

Pedimos para nosotros lo que entendimos concedido al profeta Elías en el monte de Dios. Elías, un vencido que, agotada la esperanza, pide a su Dios el descanso de la muerte, es figura que representa y anticipa la soledad de todo creyente, vencido en la lucha por Dios, probado en la ausencia de Dios.

Puede que el profeta esperase el paso de Dios en el viento huracanado, que agrieta montes y rompe peñascos, puede que lo esperase en el terremoto que todo lo sacude con su fuerza, puede que lo esperase en el fuego que todo lo devora, pues suele el abatido y abandonado entender y desear la cercanía de Dios como manifestación inapelable de su poder absoluto; pero el Señor no se agitaba en el viento, no destruía en el terremoto, no devastaba en el fuego. El Señor se acercó suave como un susurro, tenue como una brisa, y así mostró a Elías el rostro de la misericordia, la luz de la salvación.

Al escuchar la narración del evangelio, la misericordia y la salvación de Dios que habíamos pedido, se nos mostraron como cercanía de Jesús a sus discípulos. Considera la situación: El viento contrario, la barca sacudida por las olas y lejos de tierra, la oscuridad de la hora, el miedo a lo desconocido. Considera luego la oración; nosotros dijimos: “Muéstranos tu misericordia y danos tu salvación”; los discípulos “se asustaron y gritaron de miedo”. Considera finalmente la respuesta a la oración, respuesta que, para ellos y para nosotros, llega “en seguida”: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”

El corazón intuye que aquella travesía penosa del lago en noche de viento contrario era figura lejana de cuanto aquellos discípulos, y Pedro en modo particular, habían de vivir cuando Jesús, en los días de su pasión “subió al monte a solas para orar”, y “llegada la noche, estaba allí solo”. Entonces la barca, la comunidad de los que siguen a Jesús, será sacudida como nunca antes lo había sido y nunca después lo será, y Pedro, vencido por el miedo, empezará a hundirse y gritará su oración de lágrimas amargas: “Señor, sálvame”. Para los discípulos y para Pedro la respuesta de Dios llegará “en seguida”, cuando Cristo resucitado suba de nuevo a la barca.

Nosotros, como Elías, como Pedro, como los discípulos, pedimos a Dios su misericordia y su salvación, y Dios nos muestra a su Hijo, a Jesús que sube a la barca, a Cristo resucitado. En Cristo resucitado, Dios anuncia a su pueblo la paz; en Cristo Jesús, la salvación está tan cerca de nosotros que la podemos comulgar; en Cristo Jesús, Dios ilumina con su gloria nuestra tierra.

Puedes recordar, si quieres, el día de la resurrección: “Al anochecer de aquel día… estaban los discípulos en una casa con las puertas atrancadas por miedo a los judíos. Jesús entró, se puso en medio y les dijo: _Paz a vosotros”; puedes recordar aquella noche de fantasmas y viento en el lago, y las palabras de Jesús: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”; puedes recordar la inmensa alegría de los discípulos cuando vieron al Señor resucitado; puedes recordar su confesión en la barca, cuando postrados ante Jesús, lo reconocen como Hijo de Dios.

Recuerda lo que otros vivieron en su encuentro con el Señor, recuerda la historia de salvación en la que tú has entrado por gracia, y sabrás lo que hoy vives en la asamblea eucarística de tu día de Cristo resucitado.

Feliz domingo.

domingo, 2 de agosto de 2020

Ver, compadecerse, curar: por Santiago Agrelo

Nuestra celebración comienza con una súplica que es memoria de la Pascua, memoria de una liberación, certeza de la cercanía de Dios a los hijos de su pueblo: “Dios mío, dígnate librarme; Señor, date prisa en socorrerme; que tú eres mi auxilio y mi liberación.

Somos un pueblo que guarda memoria de los hechos de Dios, una comunidad que experimenta la propia necesidad, y que ora animada por lo que recuerda y apremiada por lo que necesita.

Hay diversas maneras de expresar la propia fe y la propia necesidad: “La gente lo siguió por tierra desde los pueblos”. Aquellas gentes siguen a Jesús porque recuerdan sus hechos; lo siguen porque necesitan de él; y ese ‘seguir a Jesús’ es la forma que ellos tienen de ‘pedir a Jesús’. Es ésta una oración que lleva dentro la verdad de la vida, sus preocupaciones, sus amarguras, sus dolores, sus enfermedades; esa oración es un grito sin palabras, una pobreza a la vista, una pregunta clamorosa al silencio de Dios; esa oración no se escucha, se ve; por eso el evangelio dice: “Vio Jesús el gentío”, y tú, al oír esas palabras, entendiste que Jesús acogió la pregunta, vio la pobreza, escuchó el grito, “sintió compasión y curó a los enfermos”.

La secuencia evangélica: “vio, sintió compasión, curó”, evoca la secuencia pascual: “He visto la opresión de mi pueblo, he oído sus quejas, me he fijado en sus sufrimientos, y he bajado a librarlos… a sacarlos de esta tierra para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel”; y trae también a la memoria aquella otra palabra del Señor: “Yo os he visitado y he visto cómo os maltratan… y he decidido sacaros de la tribulación”.

Ahora, aunque es Jesús quien ve, quien siente compasión y cura, nosotros reconocemos que en Jesús es Dios quien ve, quien oye, quien se fija en el sufrimiento de los pobres y se acerca a ellos para librarlos; en Jesús es Dios quien visita a su pueblo y lo saca de la tribulación.

Encontrando a Jesús, los pobres están viviendo una pascua nueva. El pan multiplicado hoy evoca el pan del desierto. Escucha la palabra del Señor, y la reconocerás cumplida en la Eucaristía que celebras: “Oíd, sedientos; acudid por agua también los que no tenéis dinero; venid, comprad trigo; comed sin pagar, vino y leche de balde”.

Esa sorprendente y admirable Pascua que los pobres vivieron con Jesús en las orillas del mar de Galilea era figura de la Pascua que vivimos en Cristo los que hemos creído y hemos sido bautizados en su nombre. En esta Pascua nuestra, Dios nos vio por los ojos de Cristo, nos amó con el corazón de Cristo, nos curó con las manos de Cristo. En esta Pascua nuestra, Dios ha querido ser nuestro auxilio y nuestra liberación, Dios clemente y misericordioso, bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas, Dios con nosotros, Dios que salva.

Hoy, en la Eucaristía, somos nosotros los que buscamos a Cristo y los que encontramos en Cristo la libertad que Dios da. Aquellas palabras del evangelio: “Vio Jesús el gentío, sintió compasión, curó a los enfermos”, describen lo que vivimos en nuestra celebración; también aquí es verdadera la multiplicación del pan de Dios para los hijos de la Iglesia.

Sólo me queda recordar, Iglesia amada de Dios, que eres cuerpo de Cristo, presencia viva del Señor Jesús en el mundo, y que Dios, por tus ojos, continúa fijándose en el dolor de los oprimidos, continúa sintiendo con tu corazón compasión por los afligidos, curando con tus manos a los enfermos y multiplicando con tu trabajo el pan para los hambrientos. Que en ti, como en Jesús, todos puedan reconocer la presencia de Dios, clemente y misericordioso.

Feliz domingo.

viernes, 24 de julio de 2020

No dejes de buscar a Cristo: por Santiago Agrelo

“El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo”. Con la palabra ‘tesoro’, no se indica sólo la abundancia y el valor inestimable de unos bienes, sino también el hecho de que esos bienes abundantes y preciosos están reunidos y guardados.

El Reino de Dios encierra bienes preciosos, riquezas incalculables, “lo que ojo nunca vio, ni oído oyó, ni hombre alguno ha imaginado”, cosas que Dios ha escondido a los sabios y entendidos, y ha revelado a la gente sencilla.

Si encuentras el tesoro del Reino, en comparación con él, todo lo demás que puedas poseer o desear te parecerá de valor insignificante.

Considera cuál es para el rey Salomón el tesoro deseado y pedido: “Un corazón dócil para gobernar al pueblo de Dios”. Ése es un tesoro más estimable que una vida larga, más que las riquezas, más que el sometimiento de los enemigos.

Considera cuál es el tesoro que en su vida ha reunido y guardado el salmista: “Mi porción es el Señor… mis delicias, tu voluntad… amo tus mandatos… tus preceptos son admirables”; y fíjate ahora en los bienes con los que compara su tesoro: “Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata… Yo amo tus mandatos más que el oro purísimo”.

Ese mismo tesoro puede ser llamado Sabiduría: “Yo la amé y la rondé desde muchacho; la pretendí como esposa, enamorado de su hermosura… Si en la vida la riqueza es un bien deseable, ¿que cosa más rica que la Sabiduría que todo lo hace?”

No es éste un tesoro que cause preocupación o desasosiego, no es riqueza que cause temor, pues a sus bienes no llegan ni el ladrón ni la polilla.

Del tesoro que es Dios, su voluntad, sus promesas, proceden sabiduría e inteligencia, luz para gobernar, discernimiento para juzgar, consuelo en la aflicción, dicha en la adversidad, descanso en la fatiga.

Ahora sólo necesitamos descubrir dónde se halla el tesoro del Reino de los cielos.

Escucha las palabras del ángel del Señor a María de Nazaret: “Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”. Escucha las palabras del mensajero celeste a los pastores del campo de Belén: “Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor”. Escucha las palabras del justo Simeón, cuando en el templo de Jerusalén, tomó en brazos al niño Jesús y bendijo a Dios, diciendo: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto tu sacramento de salvación”.

Si escuchas, entenderás que el tesoro que buscas está en Cristo Jesús. Para la Virgen María, para los pastores de Belén y para todo el pueblo, para el justo Simeón y para todos los que esperan la consolación de Israel, el tesoro de la salvación se halla escondido y revelado en Cristo Jesús. Quien encuentra a Jesús, encuentra al Hijo del Altísimo, al rey eterno, al ungido de Dios; quien encuentra a Jesús, encuentra la salvación que necesita y la alegría que es compañera inseparable de la salvación; quien encuentra por la fe a Jesús, ha encontrado en él la redención, la consolación y la paz.

Escucha todavía las palabras del Apóstol: En Cristo Jesús, “Dios nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales”; en Cristo “tenemos, por medio de su sangre, la redención, el perdón de los pecados”; en Cristo “fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa”. Es como si te dijese: En el campo que es Cristo hallarás todas las riquezas del Reino de los cielos.

Escucha finalmente al mismo Cristo Jesús: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva”; “yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed”; “yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida”; “yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas… Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí”; “yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”.

Ya empiezas a intuir que en Cristo hallas todos los bienes de Dios porque Cristo es para ti todo bien y toda bendición. “El que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo”.

No te sorprendas de que, a propósito del tesoro que hallas en el campo, se te diga, “lo vuelve a esconder”, pues son muchas las cosas que en tu relación con Cristo pertenecen al “secreto del Rey”, son muchas las cosas que, al modo de la Virgen María, has de guardar cuidadosamente en tu corazón, son muchas las cosas que habrás de esconder y que sólo al Señor corresponde desvelar.

Ya sólo me queda, Iglesia amada del Señor, salir contigo al encuentro de quien es para nosotros el Reino de los cielos. Hoy, el tesoro que es Cristo lo encontramos en la palabra de Dios que nos ilumina, nos consuela y nos da vida.

Hoy, el tesoro que es Cristo lo encontramos en la asamblea eucarística reunida en el nombre del Señor, asamblea santa, pueblo sacerdotal, en quien el Señor ora, a quien el Señor ama, con quien el Señor camina.

Hoy, el tesoro que es Cristo lo encontramos en la Eucaristía que recibimos, pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación.

Hoy, el tesoro que es Cristo lo encontramos en los enfermos que visitamos, en los emigrantes que acogemos, en los pobres a los que con amor acudimos.

Oh admirable comercio: Si das de tu pan a los pobres, habrás dado de tu pan a Cristo, y de Cristo recibirás la herencia del Reino que el Padre Dios ha preparado para ti desde antes de la creación del mundo.

Feliz comunión con Cristo y con los pobres. Feliz domingo.

jueves, 23 de julio de 2020

La confianza se hace abandono: por Santiago Agrelo

Que el bien convive con el mal lo experimentamos dentro de nosotros y lo vemos en torno a nosotros. No parece ser éste, sin embargo, el trasfondo de la parábola del trigo y la cizaña; en ella, más que de la inevitable cercanía entre el bien y el mal, se trata de la cercanía escandalosa entre ciudadanos del Reino y partidarios del Maligno.

La pregunta de los criados al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en el campo?, ¿de dónde sale la cizaña?”, refleja el escándalo que les causa la situación y el reproche nada velado que hacen al dueño del campo.

La última pregunta de los criados: “¿quieres que vayamos a arrancarla?”, describe esa reacción tan de nuestra casa, de nuestra psicología, de nuestra condición humana, que es el impulso a erradicar de inmediato lo que nos estorba, en este caso, gavillas enteras de agentes del mal o de “partidarios del Maligno”.

Sobre ese trasfondo de escándalo, de reproche y de prisas por erradicar, acontece la revelación del designio de Dios: “No hay más Dios que tú, que cuidas de todo”.

Ya puedes, hermano mío, volver a escandalizarte de ese Dios único –no hay otro-, que cuida de su Hijo y de quienes crucifican a su Hijo, cuida de la adúltera amenazada de muerte y de quienes la acusan para matarla, cuida del publicano y del fariseo, del africano pobre y del europeo rico, de los que se ahogan en la miseria y de los que nadan en la abundancia, de quienes mueren abrasados por el sol de Dios en una barca sin pan y sin agua, y de quienes se tuestan al sol para presumir de verano.

Ya puedes volver a escandalizarte de ese Dios único –no hay otro- “que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos”. Tal vez estas palabras escandalosas de Jesús nos ayuden a entender las palabras escandalosas de la Sabiduría que hemos escuchado en nuestra celebración: “Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres”. Tú juzgas con moderación haciendo salir tu sol para todos; tú gobiernas con gran indulgencia haciendo bajar tu lluvia sobre todos.

Hay palabras que pierden el tono del sarcasmo sólo si las pronuncia alguien que sufre, un vencido, un pobre, una víctima, y las palabras que hablan de Dios pertenecen todas a esa familia, también las palabras con las que nosotros hemos orado hoy: “Tú, Señor, eres bueno y clemente… lento a la cólera, rico en piedad y leal”. Palabras-verdad si las dice un crucificado; palabras-sarcasmo si las dice quien se burla de un crucificado. Palabras de fe si las dice un pobre que confía en el Señor; confesión agradecida si las pronuncia quien, de la mano de Dios, ha pasado de la esclavitud a la libertad, del pecado a la gracia, de la muerte a la vida.

Pero todos sabemos que entre aquella súplica confiada y aquella confesión agradecida está la noche oscura de la humanidad que sufre, la noche de las víctimas, la noche de Cristo crucificado; entonces en los labios del creyente sólo quedan palabras de entrega confiada; entonces la confianza se hace puro abandono: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Queridos: No penséis que unos son los que piden esperanzados la salvación, otros los que agradecen porque la han recibido, y otros aún los que han nacido para conocer sólo la oscuridad de la noche. En realidad, cada uno de nosotros experimenta en sí mismo esos tiempos distintos de la fe, y estamos tan familiarizados con ellos que, mientras oramos confiadamente al Señor de nuestras vidas, ya agradecemos como si hubiésemos recibido la salvación que anhelamos, y nos mostramos dispuestos a aceptar con amor de hijos la oscuridad de la noche que puede envolvernos. Y si oramos desde la oscuridad de la noche, entonces la confianza es sólo confianza, el agradecimiento es puro agradecimiento, y el amor es pura gratuidad, humilde semejanza del amor perfecto de Dios.

Sólo la comunión real con el dolor de Cristo y con el dolor de la humanidad puede llenar de verdad y purificar de sarcasmo las palabras de nuestra oración.

Entonces empezarán a tener un profundo significado también para esta asamblea eucarística las palabras de la revelación, que hablan de “juzgar con moderación, gobernar con indulgencia, dar lugar al arrepentimiento, enseñar a ser humano”.

Cristo y los pobres nos enseñan a creer, a orar, a amar. Dios non enseña a ser humanos. Feliz comunión con Cristo y con los que sufren. Feliz domingo.

sábado, 11 de julio de 2020

Una cosecha abundante para el Reino de Dios: por Santiago Agrelo

De la mano, así es como la madre Iglesia nos lleva a gustar el misterio de la celebración eucarística: ella prepara para sus hijos la mesa de la palabra que escuchamos, ella nos ayuda a contemplar las cosas divinas, ella nos dispone para que en la mesa del Cuerpo de Cristo comulguemos comiendo y bebiendo, lo que en la mesa de la Palabra comulgamos escuchando y contemplando.

Tres imágenes ofrece hoy a la mirada de la fe la liturgia de la palabra: la de la palabra que sale de la boca de Dios; la de Dios ocupado en trabajos de labranza; la de la palabra sembrada en el corazón de los hombres.

“Palabra que sale de la boca de Dios” es la palabra creadora que da consistencia al universo, es la palabra de la promesa a Abrahán y a su descendencia, es la palabra de la ley divina entregada a Israel en el Sinaí. “Palabra que sale de la boca de Dios” es la que divide el mar para dar libertad a un pueblo de esclavos, es la que convoca el maná en las mañanas del desierto para saciar el hambre de su pueblo, es la que saca de la roca manantiales de agua para apagar la sed de los rebeldes. “Palabra que sale de la boca de Dios” es la que da esperanza a los pobres, consuelo a los afligidos, fortaleza a los que ya se doblan.

Por su parte el salmista ha propuesto a la mirada contemplativa de nuestra fe la imagen de Dios, labrador solícito de su tierra. Al darnos a su Hijo –en la encarnación, en la eucaristía-, Dios ha preparado para nosotros los trigales, ha regado los surcos, ha igualado los terrones. En Cristo, la acequia de Dios va llena de agua para el mundo entero; en nuestra eucaristía, Dios corona con sus bienes el año de la salvación.

La tercera imagen de esta liturgia festiva hace referencia al destino de la palabra del Reino. Pudiera parecernos una palabra desaprovechada, pues a nadie se le oculta que, sembrada generosamente por el sembrador –los mensajeros del evangelio-, puede malograrse de muchas maneras; pero algo en esa parábola nos está diciendo que aquel ciento por uno y aquel sesenta y aquel treinta que la semilla produce en la tierra buena, compensan con creces la semilla que haya podido perderse caída al borde del camino, abrasada en terreno pedregoso, o ahogada entre zarzas.

Antes, sin embargo, de que consideréis la parábola del sembrador como una promesa de fruto abundante para la siembra del Reino de Dios, creo que a todos nos ayudará gustar de esta narración evangélica y verla como anuncio de lo que estamos viviendo en nuestra eucaristía: la palabra del Reino es sembrada hoy en nuestra tierra, y en la santa comunión recibimos hoy la semilla de la humanidad celeste que es Cristo resucitado.

Es buena la semilla, es cuidadoso el labrador; sólo cabe esperar una cosecha abundante para el Reino de Dios.

Feliz domingo.


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