sábado, 29 de abril de 2017

ANTOLOGÍA DE TEXTOS SOBRE EL ESPÍRITU EN LOS DISCURSOS Y HOMILÍAS DE BENEDICTO XVI EN SU VIAJE A ESTADOS UNIDOS



1 ANTOLOGÍA DE TEXTOS SOBRE EL ESPÍRITU EN LOS DISCURSOS Y HOMILÍAS DE BENEDICTO XVI EN SU VIAJE A ESTADOS UNIDOS o La Iglesia ha nacido de los dones del Espíritu Santo: el arrepentimiento y la fe en el Señor resucitado. Homilía en el Nationals Stadium, 17 abril 2008 En el ejercicio de mi ministerio de Sucesor de Pietro, he venido a América para confirmaros, queridos hermanos y hermanas, en la fe de los Apóstoles (cf. Lc 22,32). He venido para proclamar de nuevo, como lo hizo san Pedro el día de Pentecostés, que Jesucristo es Señor y Mesías, resucitado de la muerte, sentado a la derecha del Padre en la gloria y constituido juez de vivos y muertos (cf. Hch 2,14ss). He venido para reiterar la llamada urgente de los Apóstoles a la conversión para el perdón de los pecados y para implorar al Señor una nueva efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia en este País. Como hemos oído en este tiempo pascual, la Iglesia ha nacido de los dones del Espíritu Santo: el arrepentimiento y la fe en el Señor resucitado. Ella se ve impulsada por el mismo Espíritu en cada época a llevar la buena nueva de nuestra reconciliación con Dios en Cristo a hombres y a mujeres de toda raza, lengua y nación (cf. Ap 5,9). o La Iglesia está llamada en todo tiempo y lugar a crecer en la unidad mediante una constante conversión a Cristo; esta unidad comporta una "expansión continua", porque el Espíritu incita a los creyentes a proclamar "las grandes obras de Dios" y a invitar a todas las gentes a entrar en la comunidad de los salvados mediante la sangre de Cristo y que han recibido la vida nueva en su Espíritu. Homilía en el Nationals Stadium, 17 abril 2008 Las lecturas de la Misa de hoy nos invitan a considerar el crecimiento de la Iglesia en América como un capítulo en la historia más grande de la expansión de la fe en el Señor resucitado y el don del Espíritu para el perdón de los pecados y el misterio de la Iglesia. Cristo ha constituido su Iglesia sobre el fundamento de los Apóstoles (cf. Ap 21,14), como comunidad estructurada visible, que es a la vez comunión espiritual, cuerpo místico animado por los múltiples dones del Espíritu y sacramento de salvación para toda la humanidad (cf. Lumen gentium, 8). La Iglesia está llamada en todo tiempo y lugar a crecer en la unidad mediante una constante conversión a Cristo, cuya obra redentora es proclamada por los Sucesores de los Apóstoles y celebrada en los sacramentos. Por otro lado, esta unidad comporta una "expansión continua", porque el Espíritu incita a los creyentes a proclamar "las grandes obras de Dios" y a invitar a todas las gentes a entrar en la comunidad de los salvados mediante la sangre de Cristo y que han recibido la vida nueva en su Espíritu. Ruego también para que este aniversario significativo en la vida de la Iglesia en los Estados Unidos y la presencia del Sucesor de Pedro entre vosotros sean para todos los católicos una ocasión para reafirmar su unidad en la fe apostólica, para ofrecer a sus contemporáneos una razón convincente de la esperanza que los inspira (cf. 1 P 3,15) y para renovar su celo misionero al servicio de la difusión del Reino de Dios. o "Señor, manda tu Espíritu y renueva la faz de la tierra" (cf. Sal 104,30): renueva la Iglesia en América Homilía en el Nationals Stadium, 17 abril 2008 "Señor, manda tu Espíritu y renueva la faz de la tierra" (cf. Sal 104,30). Las palabras del Salmo responsorial de hoy son una plegaria que, siempre y en todo lugar, brota del corazón de la Iglesia. Nos recuerdan que el Espíritu Santo ha sido infundido como primicia de una nueva creación, de "cielos nuevos y tierra nueva" (cf. 2 P 3,13; Ap 21, 1) en los que reinará la paz de Dios y la familia humana será reconciliada en la justicia y en el amor. Hemos oído decir a san Pablo que toda la creación "gime" hasta hoy, en espera de la verdadera libertad, que es el don de Dios para sus hijos (cf. Rm 8,21-22), una libertad que nos hace capaces de vivir conforme a su voluntad. Oremos hoy insistentemente para que la Iglesia en América sea renovada en este mismo Espíritu y ayudada en su misión de anunciar el Evangelio a un mundo que tiene nostalgia de una genuina libertad (cf. Jn 8,32), de una felicidad auténtica y del cumplimiento de sus aspiraciones más profundas. o Emprender el camino de la conversión y de la fidelidad al Evangelio en el poder del Espíritu Santo de inspirar la conversión, curar cada herida, superar toda división y suscitar vida y libertades nuevas. Los dones del Espíritu los tenemos cerca en el Sacramento de la Penitencia. Homilía en el Nationals Stadium, 17 abril 2008 2 San Pablo, como hemos escuchado en la segunda lectura, habla de una especie de oración que brota de las profundidades de nuestros corazones con suspiros que son demasiado profundos para expresarlos con palabras, con "gemidos" (Rm 8,26) inspirados por el Espíritu. Ésta es una oración que anhela, en medio de la tribulación, el cumplimiento de las promesas de Dios. Es una plegaria de esperanza inagotable, pero también de paciente perseverancia y, a veces, acompañada por el sufrimiento por la verdad. A través de esta plegaria participamos en el misterio de la misma debilidad y sufrimiento de Cristo, mientras confiamos firmemente en la victoria de su Cruz. Que la Iglesia en América, con esta oración, emprenda cada vez más el camino de la conversión y de la fidelidad al Evangelio. Y que todos los católicos experimenten el consuelo de la esperanza y los dones de la alegría y la fuerza infundidos por el Espíritu. En el relato evangélico de hoy, el Señor resucitado otorga a los Apóstoles el don del Espíritu Santo y les concede la autoridad para perdonar los pecados. Mediante el poder invencible de la gracia de Cristo, confiado a frágiles ministros humanos, la Iglesia renace continuamente y se nos da a cada uno de nosotros la esperanza de un nuevo comienzo. Confiemos en el poder del Espíritu de inspirar conversión, curar cada herida, superar toda división y suscitar vida y libertades nuevas. ¡Cuánta necesidad tenemos de estos dones! ¡Y qué cerca los tenemos, particularmente en el Sacramento de la penitencia! La fuerza libertadora de este Sacramento, en el que nuestra sincera confesión del pecado encuentra la palabra misericordiosa de perdón y paz de parte de Dios, necesita ser redescubierta y hecha propia por cada católico. En gran parte la renovación de la Iglesia en América depende de la renovación de la práctica de la penitencia y del crecimiento en la santidad: ambas realidades son inspiradas y realizadas por este Sacramento. o “El aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas”. Estas palabras nos invitan a una fe cada vez más profunda en la potencia infinita de Dios, que transforma toda situación humana, crea vida desde la muerte e ilumina también la noche más oscura. Homilía en la Catedral de San Patricio, 19 de abril 2008 Sin embargo, la palabra de Dios nos recuerda que, en la fe, vemos los cielos abiertos y la gracia del Espíritu Santo que ilumina a la Iglesia y que lleva una esperanza segura a nuestro mundo. “Señor, Dios mío”, canta el salmista, “envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra” (Sal 104,30). Estas palabras evocan la primera creación, cuando “el Aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas” (Gn 1,2). Y ellas impulsan nuestra mirada hacia la nueva creación, hacia Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles e instauró la Iglesia como primicia de la humanidad redimida (cf. Jn 20,22-23). Estas palabras nos invitan a una fe cada vez más profunda en la potencia infinita de Dios, que transforma toda situación humana, crea vida desde la muerte e ilumina también la noche más oscura. Y nos hacen pensar en otra bellísima frase de san Ireneo: “Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia” (Adv. Haer. III, 24,1). o A los jóvenes: abrir los corazones a la llamada de Dios; trabajar, fortalecidos por el Espíritu Santo, con renovado ardor por la extensión del Reino de Dios. Homilía, Yankee Stadium, 20 abril 2008 En el Evangelio de hoy1 , el Señor promete a los discípulos que realizarán obras todavía más grandes que las suyas (cf. Jn 14,12). Queridos amigos, sólo Dios en su providencia sabe lo que su gracia debe realizar todavía en vuestras vidas y en la vida de la Iglesia de los Estados Unidos. Mientras tanto, la promesa de Cristo nos colma de esperanza firme. Unamos, pues, nuestras plegarias a la suya, como piedras vivas del templo espiritual que es su Iglesia una, santa, católica y apostólica. Dirijamos nuestra mirada hacia él, pues también ahora nos está preparando un sitio en la casa de su Padre. Y, fortalecidos por el Espíritu Santo, trabajemos con renovado ardor por la extensión de su Reino. “Dichosos los creyentes” (cf. 1 P 2,7). Dirijámonos a Jesús. Sólo Él es el camino que conduce a la felicidad eterna, la verdad que satisface los deseos más profundos de todo corazón, y la vida trae siempre nuevo gozo y esperanza, para nosotros y para todo el mundo. Amén. www.parroquiasantamonica.com 1 5 Domingo de Pascua Año A

Antología de textos sobre el Espíritu Santo en los discursos y homilías de Benedicto XVI en Australia, durante la XXIII Jornada Mundial de la Juventud, que se celebró del 13 al 21 de julio de 2008.



1 Antología de textos sobre el Espíritu Santo en los discursos y homilías de Benedicto XVI en Australia, durante la XXIII Jornada Mundial de la Juventud, que se celebró del 13 al 21 de julio de 2008. «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos hasta los confines de la tierra (Hechos 1,8), [Es el tema de esta XXIII Jornada Mundial de la Juventud] o El Espíritu Santo desciende sobre nosotros en cada Misa, no sólo para transformar nuestros dones del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, sino también para transformar nuestras vidas, haciéndonos con su fuerza un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo. (Hipódromo de Randwick, 20 julio 2008) «Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza». Estas palabras del Señor resucitado tienen un significado especial para los jóvenes que serán confirmados, sellados con el don del Espíritu Santo, durante esta Santa Misa. Pero estas palabras están dirigidas también a cada uno de nosotros, es decir, a todos los que han recibido el don del Espíritu de reconciliación y de la vida nueva en el Bautismo, que lo han acogido en sus corazones como su ayuda y guía en la Confirmación, y que crecen cotidianamente en sus dones de gracia mediante la Santa Eucaristía. En efecto el Espíritu Santo desciende nuevamente en cada Misa, invocado en la plegaria solemne de la Iglesia, no sólo para transformar nuestros dones del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, sino también para transformar nuestras vidas, para hacer de nosotros, con su fuerza, «un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo». o El Espíritu Santo es el poder de la vida de Dios, que nos conduce hacia la llegada del Reino de Dios, fuente de vida nueva en Cristo y alma de la Iglesia. (Hipódromo de Randwick, 20 julio 2008) Pero, ¿qué es este «poder» del Espíritu Santo? Es el poder de la vida de Dios. Es el poder del mismo Espíritu que se cernía sobre las aguas en el alba de la creación y que, en la plenitud de los tiempos, levantó a Jesús de la muerte. Es el poder que nos conduce, a nosotros y a nuestro mundo, hacia la llegada del Reino de Dios. En el Evangelio de hoy, Jesús anuncia que ha comenzado una nueva era, en la cual el Espíritu Santo será derramado sobre toda la humanidad (cf. Lc 4,21). Él mismo, concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de la Virgen María, vino entre nosotros para traernos este Espíritu. Como fuente de nuestra vida nueva en Cristo, el Espíritu Santo es también, de un modo muy verdadero, el alma de la Iglesia, el amor que nos une al Señor y entre nosotros y la luz que abre nuestros ojos para ver las maravillas de la gracia de Dios que nos rodean. Aquí en Australia, esta «gran tierra meridional del Espíritu Santo», todos nosotros hemos tenido una experiencia inolvidable de la presencia y del poder del Espíritu en la belleza de la naturaleza. Nuestros ojos se han abierto para ver el mundo que nos rodea como es verdaderamente: «colmado», como dice el poeta, «de la grandeza de Dios», repleto de la gloria de su amor creativo. También aquí, en esta gran asamblea de jóvenes cristianos provenientes de todo el mundo, hemos tenido una experiencia elocuente de la presencia y de la fuerza del Espíritu en la vida de la Iglesia. Hemos visto la Iglesia como es verdaderamente: Cuerpo de Cristo, comunidad viva de amor, en la que hay gente de toda raza, nación y lengua, de cualquier edad y lugar, en la unidad nacida de nuestra fe en el Señor resucitado. o La fuerza del Espíritu Santo, a través de los Sacramentos, llena la vida de la Iglesia y fluye en el interior de todas las criaturas. (Hipódromo de Randwick, 20 julio 2008) La fuerza del Espíritu Santo jamás cesa de llenar de vida a la Iglesia. A través de la gracia de los Sacramentos de la Iglesia, esta fuerza fluye también en nuestro interior, como un río subterráneo que nutre el espíritu y nos atrae cada vez más cerca de la fuente de nuestra verdadera vida, que es Cristo. San Ignacio de Antioquía, que murió mártir en Roma al comienzo del siglo segundo, nos ha dejado una descripción espléndida de la fuerza del Espíritu que habita en nosotros. Él ha hablado del 2 Espíritu como de una fuente de agua viva que surge en su corazón y susurra: «Ven, ven al Padre» (cf. A los Romanos, 6,1-9). Esa gracia del Espíritu Santo es puro don. Debemos permitirle entrar en nosotros. Importancia de la oración. Sin embargo, esta fuerza, la gracia del Espíritu Santo, no es algo que podamos merecer o conquistar; podemos sólo recibirla como puro don. El amor de Dios puede derramar su fuerza sólo cuando le permitimos cambiarnos por dentro. Debemos permitirle penetrar en la dura costra de nuestra indiferencia, de nuestro cansancio espiritual, de nuestro ciego conformismo con el espíritu de nuestro tiempo. Sólo entonces podemos permitirle encender nuestra imaginación y modelar nuestros deseos más profundos. Por esto es tan importante la oración: la plegaria cotidiana, la privada en la quietud de nuestros corazones y ante el Santísimo Sacramento, y la oración litúrgica en el corazón de la Iglesia. Ésta es pura receptividad de la gracia de Dios, amor en acción, comunión con el Espíritu que habita en nosotros y nos lleva, por Jesús y en la Iglesia, a nuestro Padre celestial. En la potencia de su Espíritu, Jesús está siempre presente en nuestros corazones, esperando serenamente que nos dispongamos en el silencio junto a Él para sentir su voz, permanecer en su amor y recibir «la fuerza que proviene de lo alto», una fuerza que nos permite ser sal y luz para nuestro mundo. o La fuerza del Espíritu Santo ilumina, consuela y encamina hacia el futuro (Hipódromo de Randwick , 20 de julio de 2008) La fuerza del Espíritu Santo no sólo nos ilumina y nos consuela. Nos encamina hacia el futuro, hacia la venida del Reino de Dios. ¡Qué visión magnífica de una humanidad redimida y renovada descubrimos en la nueva era prometida por el Evangelio de hoy! San Lucas nos dice que Jesucristo es el cumplimiento de todas las promesas de Dios, el Mesías que posee en plenitud el Espíritu Santo para comunicarlo a la humanidad entera. La efusión del Espíritu de Cristo sobre la humanidad es prenda de esperanza y de liberación contra todo aquello que nos empobrece. Dicha efusión ofrece de nuevo la vista al ciego, libera a los oprimidos y genera unidad en y con la diversidad (cf. Lc 4,18-19; Is 61,1-2). Esta fuerza puede crear un mundo nuevo: puede «renovar la faz de la tierra» (cf. Sal 104,30). o Fortalecida por el Espíritu y provista de una rica visión de fe, una nueva generación de cristianos está invitada a contribuir a la edificación de un mundo en el que sea acogida la vida; en el que el amor no sea ambicioso o egoísta. (Hipódromo de Randwick, 20 de julio de 2008) Fortalecida por el Espíritu y provista de una rica visión de fe, una nueva generación de cristianos está invitada a contribuir a la edificación de un mundo en el que la vida sea acogida, respetada y cuidada amorosamente, no rechazada o temida como una amenaza y por ello destruida. Una nueva era en la que el amor no sea ambicioso ni egoísta, sino puro, fiel y sinceramente libre, abierto a los otros, respetuoso de su dignidad, un amor que promueva su bien e irradie gozo y belleza. Una nueva era en la cual la esperanza nos libere de la superficialidad, de la apatía y el egoísmo que degrada nuestras almas y envenena las relaciones humanas. Queridos jóvenes amigos, el Señor os está pidiendo ser profetas de esta nueva era, mensajeros de su amor, capaces de atraer a la gente hacia el Padre y de construir un futuro de esperanza para toda la humanidad. El mundo y la Iglesia tienen necesidad de renovación El mundo tiene necesidad de esta renovación. En muchas de nuestras sociedades, junto a la prosperidad material, se está expandiendo el desierto espiritual: un vacío interior, un miedo indefinible, un larvado sentido de desesperación. ¿Cuántos de nuestros semejantes han cavado aljibes agrietados y vacíos (cf. Jr 2,13) en una búsqueda desesperada de significado, de ese significado último que sólo puede ofrecer el amor? Éste es el don grande y liberador que el Evangelio lleva consigo: él revela nuestra dignidad de hombres y mujeres creados a imagen y semejanza de Dios. Revela la llamada sublime de la humanidad, que es la de encontrar la propia plenitud en el amor. Él revela la verdad sobre el hombre, la verdad sobre la vida. También la Iglesia tiene necesidad de renovación. Tiene necesidad de vuestra fe, vuestro idealismo y vuestra generosidad, para poder ser siempre joven en el Espíritu (cf. Lumen gentium, 4). En la segunda lectura de hoy, el apóstol Pablo nos recuerda que cada cristiano ha recibido un don que debe ser usado para edificar el Cuerpo de Cristo. La Iglesia tiene especialmente necesidad del don de los jóvenes, de todos los jóvenes. Tiene necesidad de crecer en la fuerza del Espíritu que también ahora os infunde gozo a vosotros, jóvenes, y os anima a servir al Señor con alegría. Abrid vuestro 3 corazón a esta fuerza. Dirijo esta invitación de modo especial a los que el Señor llama a la vida sacerdotal y consagrada. No tengáis miedo de decir vuestro «sí» a Jesús, de encontrar vuestra alegría en hacer su voluntad, entregándoos completamente para llegar a la santidad y haciendo uso de vuestros talentos al servicio de los otros. El sacramento de la Confirmación o Significado del «sello» del Espíritu Santo (Hipódromo de Randwick 20 de julio de 2008) Significa haber sido refrescados por la belleza del designio de Dios para nosotros y para el mundo, y llegar a ser nosotros mismos una fuente de frescor para los otros. Ser «sellados con el Espíritu» significa además no tener miedo de defender a Cristo. Dentro de poco celebraremos el sacramento de la Confirmación. El Espíritu Santo descenderá sobre los candidatos; ellos serán «sellados» con el don del Espíritu y enviados para ser testigos de Cristo. ¿Qué significa recibir la «sello» del Espíritu Santo? Significa ser marcados indeleblemente, inalterablemente cambiados, significa ser nuevas criaturas. Para los que han recibido este don, ya nada puede ser lo mismo. Estar «bautizados» en el Espíritu significa estar enardecidos por el amor de Dios. Haber «bebido» del Espíritu (cf. 1 Co 12,13) significa haber sido refrescados por la belleza del designio de Dios para nosotros y para el mundo, y llegar a ser nosotros mismos una fuente de frescor para los otros. Ser «sellados con el Espíritu» significa además no tener miedo de defender a Cristo, dejando que la verdad del Evangelio impregne nuestro modo de ver, pensar y actuar, mientras trabajamos por el triunfo de la civilización del amor. Al elevar nuestra oración por los confirmandos, pedimos también que la fuerza del Espíritu Santo reavive la gracia de la Confirmación de cada uno de nosotros. Que el Espíritu derrame sus dones abundantemente sobre todos los presentes, sobre la ciudad de Sydney, sobre esta tierra de Australia y sobre todas sus gentes. Que cada uno de nosotros sea renovado en el espíritu de sabiduría e inteligencia, el espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y piedad, espíritu de admiración y santo temor de Dios. o Los dones del Espíritu Santo que recibimos en el sacramento de la confirmación: su actuación. (Hipódromo de Randwick 19 de julio de 2008) Son un don, y exigen solamente una respuesta. Lo que constituye nuestra fe no es principalmente lo que nosotros hacemos, sino lo que recibimos. Este mismo don del Espíritu Santo será mañana comunicado solemnemente a los candidatos a la Confirmación. Yo rogaré: «Llénalos de espíritu de sabiduría y de inteligencia, de espíritu de consejo y de fortaleza, de espíritu de ciencia y de piedad; y cólmalos del espíritu de tu santo temor». Estos dones del Espíritu -cada uno de ellos, como nos recuerda san Francisco de Sales, es un modo de participar en el único amor de Dios- no son ni un premio ni un reconocimiento. Son simplemente dados (cf. 1 Co 12, 11). Y exigen por parte de quien los recibe sólo una respuesta: «Acepto». Percibimos aquí algo del misterio profundo de lo que es ser cristiano. Lo que constituye nuestra fe no es principalmente lo que nosotros hacemos, sino lo que recibimos. Después de todo, muchas personas generosas que no son cristianas pueden hacer mucho más de lo que nosotros hacemos. Amigos, ¿aceptáis entrar en la vida trinitaria de Dios? ¿Aceptáis entrar en su comunión de amor? Los dones del Espíritu que actúan en nosotros imprimen la dirección y definen nuestro testimonio. Los dones del Espíritu, orientados por su naturaleza a la unidad, nos vinculan todavía más estrechamente a la totalidad del Cuerpo de Cristo (cf. Lumen gentium, 11), permitiéndonos edificar mejor la Iglesia, para servir así al mundo (cf. Ef 4, 13). Nos llaman a una participación activa y gozosa en la vida de la Iglesia, en las parroquias y en los movimientos eclesiales, en las clases de religión en la escuela, en las capellanías universitarias o en otras organizaciones católicas. Sí, la Iglesia debe crecer en unidad, debe robustecerse en la santidad, rejuvenecer y renovarse constantemente (cf. Lumen gentium, 4). Pero ¿con qué 4 criterios? Con los del Espíritu Santo. Volveos a él, queridos jóvenes, y descubriréis el verdadero sentido de la renovación. o Estamos llamados a vivir los dones del Espíritu Santo en los altibajos de la vida cotidiana, para transformar las familias, las comunidades y las naciones. (Hipódromo de Randwick 19 de julio de 2008) Esta tarde, reunidos bajo este hermoso cielo nocturno, nuestros corazones y nuestras mentes se llenan de gratitud a Dios por el don de nuestra fe en la Trinidad. Recordemos a nuestros padres y abuelos, que han caminado a nuestro lado cuando todavía éramos niños y han sostenido nuestros primeros pasos en la fe. Ahora, después de muchos años, os habéis reunido como jóvenes adultos alrededor del Sucesor de Pedro. Me siento muy feliz de estar con vosotros. Invoquemos al Espíritu Santo: él es el autor de las obras de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 741). Dejad que sus dones os moldeen. Al igual que la Iglesia comparte el mismo camino con toda la humanidad, vosotros estáis llamados a vivir los dones del Espíritu entre los altibajos de la vida cotidiana. Madurad vuestra fe a través de vuestros estudios, el trabajo, el deporte, la música, el arte. Sostenedla mediante la oración y alimentadla con los sacramentos, para ser así fuente de inspiración y de ayuda para cuantos os rodean. En definitiva, la vida, no es un simple acumular, y es mucho más que el simple éxito. Estar verdaderamente vivos es ser transformados desde el interior, estar abiertos a la fuerza del amor de Dios. Si acogéis la fuerza del Espíritu Santo, también vosotros podréis transformar vuestras familias, las comunidades y las naciones. Liberad estos dones. Que la sabiduría, la inteligencia, la fortaleza, la ciencia y la piedad sean los signos de vuestra grandeza. Cómo llegar a ser testigos de Jesucristo. Es el Espíritu Santo quien dirige y define nuestro testimonio. (Hipódromo de Randwick, 19 de julio de 2008) Esta tarde ponemos nuestra atención sobre el «cómo» llegar a ser testigos. Tenemos necesidad de conocer la persona del Espíritu Santo y su presencia vivificante en nuestra vida. No es fácil. En efecto, la diversidad de imágenes que encontramos en la Escritura sobre el Espíritu -viento, fuego, soplo- ponen de manifiesto lo difícil que nos resulta tener una comprensión clara de él. Y, sin embargo, sabemos que el Espíritu Santo es quien dirige y define nuestro testimonio sobre Jesucristo, aunque de modo silencioso e invisible. o El testimonio en un mundo dividido y fragmentario (Hipódromo de Randwick, 19 de julio 2008) Ya sabéis que nuestro testimonio cristiano es una ofrenda a un mundo que, en muchos aspectos, es frágil. La unidad de la creación de Dios se debilita por heridas profundas cuando las relaciones sociales se rompen, o el espíritu humano se encuentra casi completamente aplastado por la explotación o el abuso de las personas. De hecho, la sociedad contemporánea sufre un proceso de fragmentación por culpa de un modo de pensar que por su naturaleza tiene una visión reducida, porque descuida completamente el horizonte de la verdad, de la verdad sobre Dios y sobre nosotros. Por su naturaleza, el relativismo non es capaz de ver el cuadro en su totalidad. Ignora los principios mismos que nos hacen capaces de vivir y de crecer en la unidad, en el orden y en la armonía. Sólo en Dios y en su Iglesia podemos encontrar la unidad que buscamos. Y, sin embargo, frente a las imperfecciones y desilusiones, tanto individuales como institucionales, tenemos a veces la tentación de construir artificialmente una comunidad «perfecta». Como testigos cristianos, ¿cuál es nuestra respuesta a un mundo dividido y fragmentario? ¿Cómo podemos ofrecer esperanza de paz, restablecimiento y armonía a esas «estaciones» de conflicto, de sufrimiento y tensión por las que habéis querido pasar con esta 5 Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud? La unidad y la reconciliación no se pueden alcanzar sólo con nuestros esfuerzos. Dios nos ha hecho el uno para el otro (cf. Gn 2, 24) y sólo en Dios y en su Iglesia podemos encontrar la unidad que buscamos. Y, sin embargo, frente a las imperfecciones y desilusiones, tanto individuales como institucionales, tenemos a veces la tentación de construir artificialmente una comunidad «perfecta». No se trata de una tentación nueva. En la historia de la Iglesia hay muchos ejemplos de tentativas de esquivar y pasar por alto las debilidades y los fracasos humanos para crear una unidad perfecta, una utopía espiritual. Separar al Espíritu Santo de Cristo, presente en la estructura institucional de la Iglesia, pondría en peligro la unidad de la comunidad cristiana. La tentación de «ir por libre». Estos intentos de construir la unidad, en realidad la debilitan. Separar al Espíritu Santo de Cristo, presente en la estructura institucional de la Iglesia, pondría en peligro la unidad de la comunidad cristiana, que es precisamente un don del Espíritu. Se traicionaría la naturaleza de la Iglesia como Templo vivo del Espíritu Santo (cf. 1 Co 3, 16). En efecto, es el Espíritu quien guía a la Iglesia por el camino de la verdad plena y la unifica en la comunión y en servicio del ministerio (cf. Lumen gentium, 4). Lamentablemente, la tentación de «ir por libre» continúa. Algunos hablan de su comunidad local como si se tratara de algo separado de la así llamada Iglesia institucional, describiendo a la primera como flexible y abierta al Espíritu, y la segunda como rígida y carente de Espíritu. La primera efusión del Espíritu Santo, hace casi dos mil años: los Apóstoles fueron transformados e impulsados a hablar de su encuentro con Jesús. (En el muelle de Barangaroo (Sydney) el 17 julio 2008) Hace casi dos mil años, los Apóstoles, reunidos en la sala superior de la casa, junto con María (cf. Hch 1,14) y algunas fieles mujeres, fueron llenos del Espíritu Santo (cf. Hch 2,4). En aquel momento extraordinario, que señaló el nacimiento de la Iglesia, la confusión y el miedo que habían agarrotado a los discípulos de Cristo, se transformaron en una vigorosa convicción y en la toma de conciencia de un objetivo. Se sintieron impulsados a hablar de su encuentro con Jesús resucitado, que ahora llamaban afectuosamente el Señor. Los Apóstoles eran en muchos aspectos personas ordinarias. Nadie podía decir de sí mismo que era el discípulo perfecto. No habían sido capaces de reconocer a Cristo (cf. Lc 24,13-32), tuvieron que avergonzarse de su propia ambición (cf. Lc 22,24-27) e incluso renegaron de él (cf. Lc 22,54-62). Sin embargo, cuando estuvieron llenos de Espíritu Santo, fueron traspasados por la verdad del Evangelio de Cristo e impulsados a proclamarlo sin temor. Reconfortados, gritaron: arrepentíos, bautizaos, recibid el Espíritu Santo (cf. Hch 2,37-38). Fundada sobre la enseñanza de los Apóstoles, en la adhesión a ellos, en la fracción del pan y la oración (cf. Hch 2,42), la joven comunidad cristiana dio un paso adelante para oponerse a la perversidad de la cultura que la circundaba (cf. Hch 2,40), para cuidar de sus propios miembros (cf. Hch 2,44-47), defender su fe en Jesús ante en medio hostil (cf. Hch 4,33) y curar a los enfermos (cf. Hch 5,12-16). Y, obedeciendo al mandato de Cristo mismo, partieron dando testimonio del acontecimiento más grande de todos los tiempos: que Dios se ha hecho uno de nosotros, que el divino ha entrado en la historia humana para poder transformarla, y que estamos llamados a empaparnos del amor salvador de Cristo que triunfa sobre el mal y la muerte. En su famoso discurso en el areópago, San Pablo presentó su mensaje de esta manera: «Dios da a cada uno todas las cosas, incluida la vida y el respiro, de manera que todos lo pueblos pudieran buscar a Dios, y siguiendo los propios caminos hacia Él, lograran encontrarlo. En efecto, no está lejos de ninguno de nosotros, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos» (cf. Hch 17, 25-28). Desde entonces, hombres y mujeres se han puesto en camino para proclamar el mismo hecho, testimoniando el amor y la verdad de Cristo. Su llegada a Australia y otras zonas del Pacífico Desde entonces, hombres y mujeres se han puesto en camino para proclamar el mismo hecho, testimoniando el amor y la verdad de Cristo, y contribuyendo a la misión de la Iglesia. Hoy recordamos a aquellos pioneros -sacerdotes, religiosas y religiosos- que llegaron a estas costas y a otras zonas del Océano Pacífico, desde Irlanda, Francia, Gran Bretaña y otras partes de Europa. La 6 mayor parte de ellos eran jóvenes -algunos incluso con apenas veinte años- y, cuando saludaron para siempre a sus padres, hermanos, hermanas y amigos, sabían que sería difícil para ellos volver a casa. Sus vidas fueron un testimonio cristiano, sin intereses egoístas. Se convirtieron en humildes pero tenaces constructores de gran parte de la herencia social y espiritual que todavía hoy es portadora de bondad, compasión y orientación a estas Naciones. Y fueron capaces de inspirar a otra generación. Esto nos trae al recuerdo inmediatamente la fe que sostuvo a la beata Mary MacKillop en su neta determinación de educar especialmente los pobres, y al beato Peter To Rot en su firme convicción de que la guía de una comunidad ha de referirse siempre al Evangelio. Pensad también en vuestros abuelos y vuestros padres, vuestros primeros maestros en la fe. También ellos han hecho innumerables sacrificios, de tiempo y energía, movidos por el amor que os tienen. Ellos, con apoyo de los sacerdotes y los enseñantes de vuestra parroquia, tienen la tarea, no siempre fácil pero sumamente gratificante, de guiaros hacia todo lo que es bueno y verdadero, mediante su ejemplo personal y su modo de enseñar y vivir la fe cristiana. El descubrimiento de la belleza de la tierra y el del hombre o El descubrimiento de las bellezas naturales (En el muelle de Barangaroo (Sydney) el 17 julio 2008) Hoy me toca a mí. Para algunos puede parecer que, viniendo aquí, hemos llegado al fin del mundo. Ciertamente, para los de vuestra edad cualquier viaje en avión es una perspectiva excitante. Pero para mí, este vuelo ha sido en cierta medida motivo de aprensión. Sin embargo, la vista de nuestro planeta desde lo alto ha sido verdaderamente magnífica. El relampagueo del Mediterráneo, la magnificencia del desierto norteafricano, la exuberante selva de Asia, la inmensidad del océano Pacífico, el horizonte sobre el que surge y se pone el sol, el majestuoso esplendor de la belleza natural de Australia, todo eso que he podido disfrutar durante dos días, suscita un profundo sentido de temor reverencial. Es como si uno hojeara rápidamente imágenes de la historia de la creación narrada en el Génesis: la luz y las tinieblas, el sol y la luna, las aguas, la tierra y las criaturas vivientes. Todo eso es «bueno» a los ojos de Dios (cf. Gn 1, 1-2. 2,4). Inmersos en tanta belleza, ¿cómo no hacerse eco de las palabras del Salmista que alaba al Creador: «!Qué admirable es tu nombre en toda la tierra!» (Sal 8,2)? o El descubrimiento del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (En el muelle de Barangaroo (Sydney) el 17 julio 2008) Pero hay más, algo difícil de ver desde lo alto de los cielos: hombres y mujeres creados nada menos que a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26). En el centro de la maravilla de la creación estamos nosotros, vosotros y yo, la familia humana «coronada de gloria y majestad» (cf. Sal 8,6). ¡Qué asombroso! Con el Salmista, susurramos: «Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (cf. Sal 8,5). Nosotros, sumidos en el silencio, en un espíritu de gratitud, en el poder de la santidad, reflexionamos. Las heridas que marcan la tierra Y ¿qué descubrimos? Quizás con reluctancia llegamos a admitir que también hay heridas que marcan la superficie de la tierra: la erosión, la deforestación, el derroche de los recursos minerales y marinos para alimentar un consumismo insaciable. Algunos de vosotros provienen de islas-estado, cuya existencia misma está amenazada por el aumento del nivel de las aguas; otros de naciones que sufren los efectos de sequías desoladoras. La maravillosa creación de Dios es percibida a veces como algo casi hostil por parte de sus custodios, incluso como algo peligroso. ¿Cómo es posible que lo que es «bueno» pueda aparecer amenazador? Las heridas y cicatrices en la humanidad, junto con los logros del ingenio humano Pero hay más aún. ¿Qué decir del hombre, de la cumbre de la creación de Dios? Vemos cada día los logros del ingenio humano. La cualidad y la satisfacción de la vida de la gente crece constantemente de muchas maneras, tanto a causa del progreso de las ciencias médicas y de la aplicación hábil de la tecnología como de la creatividad plasmada en el arte. También entre vosotros hay una disponibilidad atenta para acoger las numerosas oportunidades que se os ofrecen. Algunos de vosotros destacan en los estudios, en el deporte, en la música, la danza o el teatro; otros tienen un 7 agudo sentido de la justicia social y de la ética, y muchos asumen compromisos de servicio y voluntariado. Todos nosotros, jóvenes y ancianos, tenemos momentos en los que la bondad innata de la persona humana -perceptible tal vez en el gesto de un niño pequeño o en la disponibilidad de un adulto para perdonar- nos llena de profunda alegría y gratitud. Abuso del alcohol y de drogas; violencia y degradación sexual Sin embargo, estos momentos no duran mucho. Por eso, hemos de reflexionar algo más. Y así descubrimos que no sólo el entorno natural, sino también el social -el hábitat que nos creamos nosotros mismos- tiene sus cicatrices; heridas que indican que algo no está en su sitio. También en nuestra vida personal y en nuestras comunidades podemos encontrar hostilidades a veces peligrosas; un veneno que amenaza corroer lo que es bueno, modificar lo que somos y desviar el objetivo para el que hemos sido creados. Los ejemplos abundan, como bien sabéis. Entre los más evidentes están el abuso de alcohol y de drogas, la exaltación de la violencia y la degradación sexual, presentados a menudo en la televisión e internet como una diversión. Me pregunto cómo uno que estuviera cara a cara con personas que están sufriendo realmente violencia y explotación sexual podría explicar que estas tragedias, representadas de manera virtual, han de considerarse simplemente como «diversión». Libertad y tolerancia separadas de la verdad; confusión moral e intelectual; pérdida de la autoestima y desesperación. Hay también algo siniestro que brota del hecho de que la libertad y la tolerancia están frecuentemente separadas de la verdad. Esto está fomentado por la idea, hoy muy difundida, de que no hay una verdad absoluta que guíe nuestras vidas. El relativismo, dando en la práctica valor a todo, indiscriminadamente, ha hecho que la «experiencia» sea lo más importante de todo. En realidad, las experiencias, separadas de cualquier consideración sobre lo que es bueno o verdadero, pueden llevar, no a una auténtica libertad, sino a una confusión moral o intelectual, a un debilitamiento de los principios, a la pérdida de la autoestima, e incluso a la desesperación. La vida no está gobernada por el azar; el ejercicio de la libertad; no dejarse engañar. Queridos amigos, la vida no está gobernada por el azar, no es casual. Vuestra existencia personal ha sido querida por Dios, bendecida por él y con un objetivo que se le ha dado (cf. Gn 1,28). La vida no es una simple sucesión de hechos y experiencias, por útiles que pudieran ser. Es una búsqueda de lo verdadero, bueno y hermoso. Precisamente para lograr esto hacemos nuestras opciones, ejercemos nuestra libertad y en esto, es decir, en la verdad, el bien y la belleza, encontramos felicidad y alegría. No os dejéis engañar por los que ven en vosotros simplemente consumidores en un mercado de posibilidades indiferenciadas, donde la elección en sí misma se convierte en bien, la novedad se hace pasar como belleza y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad. www.parroquiasantamonica.com

LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO: creadora, santificadora, renovadora, sapiencial … (Juan Pablo II)



1 LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO: creadora, santificadora, renovadora, sapiencial … (Juan Pablo II) De la Catequesis sobre el Espíritu Santo de Juan Pablo II LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO .................................................................................................... 1 De la Catequesis sobre el Espíritu Santo de Juan Pablo II ................................................................ 1 LA ACCIÓN CREADORA DEL ESPÍRITU DIVINO - 10-1-1990 ............................................. 2 a) El “soplo de Dios”: una «fuerza vital» que actúa desde fuera o desde dentro del hombre. Dios interviene en la historia y en la vida del hombre. Desempeñó un papel en la creación. ................ 2 b) Conexión entre el espíritu de Dios y las aguas: el agua que Dios promete verter es su espíritu, que “derramará” sobre los hijos de su pueblo. El simbolismo del agua con referencia al Espíritu será recogido en el Nuevo Testamento.............................................................................. 2 c) Dios insufla su aliento, y resultó el hombre un ser viviente. .......................................................... 3 d) También los animales tienen un soplo vital .................................................................................... 3 e) La primera creación fue devastada por el pecado; el Espíritu de Dios interviene en la restauración o «nueva creación». ................................................................................................... 3 f) La acción del Espíritu Santo en la nueva creación en el Nuevo Testamento .................................. 4 LA ACCIÓN DIRECTIVA DEL ESPÍRITU SANTO - 17-1-1990............................................... 5 a) El papel del Espíritu de Dios en la vida de los personajes que guían el pueblo de Dios. .............. 5 b) En la historia de los patriarcas se observa que hay una mano superior que realiza un plan. ....... 5 c) El Espíritu es conferido también a quien, no siendo jefe, tiene que prestar un servicio importante. ...................................................................................................................................... 5 d) La acción del Espíritu en el libro de los Jueces. ............................................................................ 6 e) La acción del Espíritu en los Reyes: la unción signo de la investidura divina. .............................. 6 f) El Espíritu del Señor es dado en plenitud al Mesías. ...................................................................... 7 LA ACCIÓN PROFÉTICA DEL ESPÍRITU DIVINO - 14-2-1990 ............................................. 7 a) El aspecto profético de la acción del Espíritu sobre los jefes, profetas, reyes y sobre el Mesías. . 7 b) Ese Espíritu profético se puede comunicar y casi «subdividir» ..................................................... 8 c) El falso profetismo .......................................................................................................................... 8 d) El profeta, si ha de hablar en nombre de Dios, debe tener el espíritu de Dios. ............................. 9 LA ACCIÓN SANTIFICADORA DEL ESPÍRITU DIVINO - 21-2-1990 ................................. 10 a) El Espíritu divino no sólo es luz, sino también fuerza que santifica............................................. 10 b) Incompatibilidad entre el Espíritu Santo y la falta de sinceridad o de justicia. ........................... 10 c) La exigencia de santidad. La verdadera casa de Dios debe ser una «casa espiritual», formada por «piedras vivas», es decir, hombres y mujeres santificados interiormente por el Espíritu de Dios. ......................................................................................................................................... 11 d) Por ello Dios prometió el don del Espíritu a los corazones. ........................................................ 11 e) Contra el espíritu de Dios combate el «espíritu de la mentira» que subyuga los hombres a la idolatría. ....................................................................................................................................... 11 f) Los hombres o pueblos que siguen el espíritu que está en conflicto con Dios, “contristan” al espíritu divino. .............................................................................................................................. 12 g) La expresión “contristar al Espíritu Santo” demuestra bien que el pueblo del Antiguo Testamento ha pasado progresivamente de un concepto de santidad sacral, más bien externa, al deseo de una santidad interiorizada bajo la influencia del Espíritu de Dios. .......................... 12 h) El intenso deseo de los fieles no era ya sólo de ser liberados de los opresores, como en el tiempo de los Jueces, sino ante todo de poder servir al Señor “en santidad y justicia, delante de él todos nuestros días” (Lc 1, 75). Por esto, era necesaria la acción santificadora del Espíritu Santo. .......................................................................................................................... 13 LA ACCIÓN RENOVADORA DEL ESPÍRITU DIVINO EN LA PURIFICACIÓN DEL CORAZÓN - 28-2-1990 ............................................................................................................................ 13 a) El salmista implora la misericordia divina para obtener la purificación del pecado. ................. 13 b) El salmista pide, en realidad, una creación, la existencia de un ser nuevo, ya que el perdón de Dios no se reduce a una «no-imputación». ............................................................................... 13 2 c) El salmista pide un «espíritu firme», la inserción de la fuerza de Dios en la debilidad humana. 14 d) El salmista pide la alegría, que forma parte de la renovación, de la nueva creación. ................ 14 e) El salmista pide un espíritu generoso: con un compromiso valiente para ayudar a los demás. Concretamente a favor de los pecadores, par su conversión. ........................................................ 15 f) Dios no desprecia un corazón contrito y humillado ...................................................................... 15 LA ACCIÓN SAPIENCIAL DEL ESPÍRITU DIVINO - 14-3-1990 .......................................... 15 a) El vínculo – conexión – entre la palabra y el espíritu .................................................................. 15 b) El vínculo entre el espíritu y la sabiduría. .................................................................................... 16 b) Identificación entre la sabiduría y el espíritu. La sabiduría ama al hombre. Comunica santidad. ........................................................................................................................................ 16 c) El Espíritu-Sabiduría da a conocer la voluntad divina. ............................................................... 17 d) El Espíritu-Sabiduría ama también a los impíos, a los pecadores: la universalidad de la misericordia. ................................................................................................................................. 18 La acción creadora del Espíritu divino - 10-1-1990 a) El “soplo de Dios”: una «fuerza vital» que actúa desde fuera o desde dentro del hombre. Dios interviene en la historia y en la vida del hombre. Desempeñó un papel en la creación. 1. La importancia que se da en el lenguaje bíblico al ruah como “soplo de Dios” parece demostrar que la analogía entre la acción divina invisible, espiritual, penetrante, omnipotente, y el viento, tiene su raíz en la psicología y en la tradición de donde se alimentaban y que al mismo tiempo enriquecían los autores sagrados. Aun dentro de la variedad de significados derivados, el término servía siempre para expresar una “fuerza vital” que actúa desde fuera o desde dentro del hombre y del mundo. Incluso cuando no designaba directamente a la persona divina, el término referido a Dios -“espíritu (o soplo) de Dios”- imprimía y hacía crecer en el alma de Israel la idea de un Dios espiritual que interviene en la historia y en la vida del hombre, y preparaba el terreno para la futura revelación del Espíritu Santo. Así, podemos decir que ya en la narración de la creación, en el libro del Génesis, la presencia del “espíritu (o viento) de Dios”, que aleteaba sobre las aguas mientras la tierra estaba desierta y vacía, y las tinieblas cubrían el abismo (cf. Gn 1, 2), es una referencia de notable eficacia a “aquella fuerza vital”. Con ella se quiere sugerir que el “soplo” o “espíritu” de Dios desempeñó un papel en la creación: casi un poder de animación, junto con la “palabra” que da el ser y el orden a las cosas. b) Conexión entre el espíritu de Dios y las aguas: el agua que Dios promete verter es su espíritu, que “derramará” sobre los hijos de su pueblo. El simbolismo del agua con referencia al Espíritu será recogido en el Nuevo Testamento. 2. La conexión entre el espíritu de Dios y las aguas, que observamos al principio de la narración de la creación, vuelve a aparecer de otra forma en diversos pasajes de la Biblia y se hace más estrecha porque el Espíritu mismo es presentado como un agua fecundante, manantial de nueva vida. En el libro de la consolación, el segundo Isaías expresa esta promesa de Dios: “Derramaré agua sobre el sediento suelo, raudales sobre la tierra seca. Derramaré mi espíritu sobre tu linaje, mi bendición sobre cuanto de ti nazca. Crecerán como en medio de hierbas, como álamos junto a corrientes de aguas” (Is 44, 3-4). El agua que Dios promete verter es su espíritu, que “derramará” sobre los hijos de su pueblo. De forma semejante el profeta Ezequiel anuncia que Dios “derramará” su espíritu sobre la casa de Israel (Ez 39, 29) y el profeta Joel usa la misma 3 expresión que compara el espíritu a un agua derramada: “Derramaré mi espíritu en toda carne...” (Jl 3, 11). El simbolismo del agua, con referencia al Espíritu será recogido por los autores del Nuevo Testamento y enriquecido con nuevos detalles. Tendremos ocasión de volver sobre él. c) Dios insufla su aliento, y resultó el hombre un ser viviente. 3. En la narración de la creación, tras la mención inicial del espíritu o soplo de Dios que aleteaba sobre las aguas (Gn 1, 2) no encontramos más la palabra ruah, nombre hebreo del espíritu. Sin embargo, el modo en que es descrita la creación del hombre sugiere una relación con el espíritu o soplo de Dios. En efecto, se lee que, después de haber formado al hombre con el polvo del suelo, el Señor Dios “insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente” (Gn 2, 7). La palabra “aliento” (en hebreo neshama) es un sinónimo de “soplo” o “espíritu” (ruah), como se deduce del paralelismo con otros textos: en vez de “aliento de vida” leemos “soplo de vida” en Gn 6, 17. Por otra parte, la acción de “insuflar”, atribuida a Dios en la narración de la creación, es aplicada al Espíritu en la visión profética de la resurrección (Ez 37, 9). Por tanto, la Sagrada Escritura nos quiere dar a entender que Dios ha intervenido por medio de su soplo o espíritu para hacer del hombre un ser animado. En el hombre hay un “aliento de vida”, que procede del “soplar” de Dios mismo. En el hombre hay un soplo o espíritu que se asemeja al soplo o espíritu de Dios. Cuando el libro del Génesis, en el capítulo segundo, habla de la creación de los animales (v. 19), no alude a una relación tan estrecha con el soplo de Dios. Desde el capítulo anterior sabemos que el hombre fue creado “a imagen y semejanza de Dios” (1, 26-27). d) También los animales tienen un soplo vital 4. Otros textos, sin embargo, admiten que también los animales tienen un aliento o soplo vital, y que lo recibieron de Dios. Bajo este aspecto el hombre, salido de las manos de Dios, aparece solidario con todos los seres vivientes. Así el salmo 103/104 no establece distinción entre los hombres y los animales cuando dice, dirigiéndose a Dios Creador: “Todos ellos de ti están esperando que les des a su tiempo su alimento; tú se lo das y ellos lo toman” (vv. 27-28). Luego, el salmista añade: “Les retiras su soplo, y expiran, y a su polvo retornan. Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra” (vv. 29-30). Por consiguiente, la existencia de las creaturas depende de la acción del soplo-espíritu de Dios, que no sólo crea, sino que también conserva y renueva continuamente la faz de la tierra. e) La primera creación fue devastada por el pecado; el Espíritu de Dios interviene en la restauración o «nueva creación». 5. La primera creación, desgraciadamente, fue devastada por el pecado. Sin embargo, Dios no la abandonó a la destrucción, sino que preparó su salvación, que debía constituir una “nueva creación” (cf. Is 65, 17; Ga 6, 15; Ap 21, 5). La acción del Espíritu de Dios para esta nueva creación es sugerida por la famosa profecía de Ezequiel sobre la resurrección. En una visión impresionante, el profeta tiene ante los ojos una vasta llanura “llena de huesos”, y recibe la orden de profetizar sobre estos huesos y anunciar: “Huesos secos, escuchad la palabra de Yahveh. Así dice el Señor Yahveh a estos huesos: he aquí que yo voy a hacer entrar el espíritu en vosotros y viviréis...” (Ez 37, 1-5). El profeta cumple la orden divina y ve “un estremecimiento y los huesos se juntaron unos con otros” (37, 7). Luego aparecen los nervios, la carne crece, la piel se 4 extiende por encima, y finalmente, obedeciendo a la voz del profeta, el espíritu entra en aquellos cuerpos, que vuelven entonces a la vida y se incorporan sobre sus pies (37, 8- 10). El primer sentido de esta visión era el de anunciar la restauración del pueblo de Israel tras la devastación y el exilio: “Estos huesos son toda la casa de Israel”, dice el Señor. Los israelitas se consideraban perdidos, sin esperanza. Dios les promete: “Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis” (37, 14). Sin embargo, a la luz del misterio pascual de Jesús, las palabras del profeta adquieren un sentido más fuerte, el de anunciar una verdadera resurrección de nuestros cuerpos mortales gracias a la acción del Espíritu de Dios. f) La acción del Espíritu Santo en la nueva creación en el Nuevo Testamento El Apóstol Pablo, expresa esta certeza de fe, diciendo: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8, 11 ). En efecto, la nueva creación tuvo su inicio gracias a la acción del Espíritu Santo en la muerte y resurrección de Cristo. En su Pasión, Jesús acogió plenamente la acción del Espíritu Santo en su ser humano (cf. Hb 9, 14), quien lo condujo, a través de la muerte, a una nueva vida (cf. Rm 6, 10) que Él tiene poder de comunicar a todos los creyentes, transmitiéndoles este mismo Espíritu, primero de modo inicial en el bautismo, y luego plenamente en la resurrección final. La tarde de Pascua, Jesús resucitado, apareciéndose a los discípulos en el Cenáculo, renueva sobre ellos la misma acción que Dios Creador había realizado sobre Adán. Dios había “soplado” sobre el cuerpo del hombre para darle vida. Jesús “sopla” sobre los discípulos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22). El soplo humano de Jesús sirve así a la realización de una obra divina más maravillosa aún que la inicial. No se trata sólo de crear un hombre vivo, como en la primera creación, sino de introducir a los hombres en la vida divina. 6. Con razón, pues, San Pablo establece un paralelismo y una antítesis entre Adán y Cristo, entre la primera y la segunda creación, cuando escribe: “Pues si hay un cuerpo natural (en griego psychikon, de psyché que significa alma), hay también un cuerpo espiritual (pneumatikon, es decir, completamente penetrado y transformado por el Espíritu de Dios). En efecto, si es como dice la Escritura: Fue hecho el primer hombre, Adán, un alma viviente (Gn 2, 7); el último Adán, espíritu que da vida (1 Co 15, 45). Cristo resucitado, nuevo Adán, está tan penetrado, en su humanidad, por el Espíritu Santo, que puede llamarse él mismo “espíritu”. En efecto, su humanidad no tiene sólo la plenitud del Espíritu Santo por sí misma, sino también la capacidad de comunicar la vida del Espíritu a todos los hombres. “Por tanto, el que está en Cristo - escribe San Pablo - es una nueva creación” (2 Co 5, 17). Se manifiesta así plenamente, en el misterio de Cristo muerto y resucitado, la acción creadora y renovadora del Espíritu de Dios, que la Iglesia invoca diciendo: “Veni, Creator Spiritus”, “Ven Espíritu Creador”. 5 La acción directiva del Espíritu Santo - 17-1-1990 a) El papel del Espíritu de Dios en la vida de los personajes que guían el pueblo de Dios. 1. El Antiguo Testamento nos ofrece preciosos testimonios sobre el papel reconocido del “Espíritu” de Dios - como “soplo”, “aliento”, “fuerza vital”, simbolizado por el viento- no sólo en los libros que recogen la producción religiosa y literaria de los autores sagrados, espejo de la psicología y del lenguaje de Israel, sino también en la vida de los personajes que hacen de guías del pueblo en su camino histórico hacia el futuro mesiánico. Es el Espíritu de Dios quien, según los autores sagrados, actúa sobre los jefes haciendo que ellos no sólo obren en nombre de Dios, sino también que con su acción sirvan de verdad al cumplimiento de los planes divinos, y por lo tanto, miren no tanto a la construcción y al engrandecimiento de su propio poder personal o dinástico según las perspectivas de una concepción monárquica o aristocrática, sino más bien a la prestación de un servicio útil a los demás y en especial al pueblo. Se puede decir que, a través de esta mediación de los jefes, el Espíritu de Dios penetra y conduce la historia de Israel. b) En la historia de los patriarcas se observa que hay una mano superior que realiza un plan. 2. Ya en la historia de los patriarcas se observa que hay una mano superior, realizadora de un plan que mira a su “descendencia”, que les guía y conduce en su camino, en sus desplazamientos, en sus vicisitudes. Entre ellos tenemos a José, en quien reside el Espíritu de Dios como espíritu de sabiduría, descubierto por el faraón, que pregunta a sus ministros: “¿Acaso se encontrará otro como éste que tenga el espíritu de Dios?” (Gn 41, 38). El espíritu de Dios hace a José capaz de administrar el país y de realizar su extraordinaria función no sólo en favor de su familia y las ramificaciones genealógicas de ésta, sino con vistas a toda la futura historia de Israel. También sobre Moisés, mediador entre Yahveh y el pueblo, actúa el espíritu de Dios, que lo sostiene y lo guía en el éxodo que llevará a Israel a tener una patria y a convertirse en un pueblo independiente, capaz de realizar su tarea mesiánica. En un momento de tensión en el ámbito de las familias acampadas en el desierto, cuando Moisés se lamenta ante Dios porque se siente incapaz de llevar “el peso de todo este pueblo” (Nm 11, 14), Dios le manda escoger setenta hombres, con los que podrá establecer una primera organización del poder directivo para aquellas tribus en camino, y le anuncia: “Tomaré parte del espíritu que hay en ti y lo pondré en ellos, para que lleven contigo la carga del pueblo, y no la tengas que llevar tú solo” (Nm 11, 17). Y efectivamente, reunidos setenta ancianos en torno a la tienda del encuentro, “Yahveh... tomó algo del espíritu que había en él y se lo dio a los setenta ancianos” (Nm 11, 25). Cuando, al fin de su vida, Moisés debe preocuparse de dejar un jefe en la comunidad, para que “no quede como rebaño sin pastor”, el Señor le señala a Josué, “hombre en quien está el espíritu” (Nm 27, 17-18), y Moisés le impone “su mano” a fin de que también él esté “lleno del espíritu de sabiduría” (Dt 34, 9). Son casos típicos de la presencia y de la acción del Espíritu en los “pastores” del pueblo. c) El Espíritu es conferido también a quien, no siendo jefe, tiene que prestar un servicio importante. 3. A veces el don del espíritu es conferido también a quien, a pesar de no ser jefe, está llamado por Dios a prestar un servicio de alguna importancia en especiales 6 momentos y circunstancias. Por ejemplo, cuando se trata de construir la “tienda del encuentro” y el “arca de la alianza”, Dios le dice a Moisés: “Mira que he designado a Besalel... y le he llenado del espíritu de Dios concediéndole habilidad, pericia y experiencia en toda clase de trabajos” (Ex 31, 2-3; cf. 35, 31). Es más, incluso respecto a los compañeros de trabajo de este artesano, Dios añade: “En el corazón de todos los hombres hábiles he infundido habilidad para que hagan todo lo que te he mandado: la tienda del encuentro, el arca del testimonio” (Ex 31, 6-7). d) La acción del Espíritu en el libro de los Jueces. En el libro de los Jueces se exaltan hombres que al principio son “héroes liberadores”, pero que luego se convierten también en gobernadores de ciudades y distritos, en el período de reorganización entre el régimen tribal y el monárquico. Según el uso del verbo shafat, “juzgar”, en las lenguas semíticas emparentadas con el hebreo, son considerados no sólo como administradores de la justicia sino también como jefes de sus poblaciones. Son suscitados por Dios, que les comunica su espíritu (soplo-ruah) como respuesta a súplicas dirigidas a Él en situaciones críticas. Muchas veces en el libro de los Jueces se atribuye su aparición y su acción victoriosa a un don del espíritu. Así en el caso de Otniel, el primero de los grandes jueces cuya historia se resume, se dice que “los israelitas clamaron a Yahveh y Yahveh suscitó a los israelitas un libertador que los salvó: Otniel... El espíritu de Yahveh vino sobre él y fue juez de Israel” (Jc 3, 9-10). En el caso de Gedeón el acento se pone en la potencia de la acción divina: “El espíritu de Yahveh revistió a Gedeón” (Jc 6, 34). También de Jefté se dice que “El espíritu de Yahveh vino sobre Jefté” (Jc 11, 29). Y de Sansón: “El espíritu de Yahveh comenzó a excitarle (Jc 13, 25). El espíritu de Dios en estos casos es quien otorga fuerza extraordinaria, valor para tomar decisiones, a veces habilidad estratégica, por las que el hombre se vuelve capaz de realizar la misión que se le ha encomendado para la liberación y la guía del pueblo. e) La acción del Espíritu en los Reyes: la unción signo de la investidura divina. 4. Cuando se realiza el cambio histórico de los Jueces a los Reyes, según la petición de los israelitas que querían tener “un rey para que nos juzgue, como todas las naciones” (1 S 8, 5), el anciano juez y liberador Samuel hace que Israel no pierda el sentimiento de la pertenencia a Dios como pueblo elegido y que quede asegurado el elemento esencial de la teocracia, a saber, el reconocimiento de los derechos de Dios sobre el pueblo. La unción de los reyes como rito de institución es el signo de la investidura divina que pone un poder político al servicio de una finalidad religiosa y mesiánica. En este sentido, Samuel, después de haber ungido a Saúl y haberle anunciado el encuentro en Guibeá con un grupo de profetas que vendrían salmodiando, le dice: “Te invadirá entonces el espíritu de Yahveh, entrarás en trance con ellos y quedarás cambiado en otro hombre” (1 S 10, 6). Y efectivamente, “apenas (Saúl) volvió las espaldas para dejar a Samuel, le cambió Dios el corazón... le invadió el espíritu de Dios, y se puso en trance en medio de ellos” (1 S 10, 9-10). También cuando llegó la hora de las primeras iniciativas de batalla, “invadió a Saúl el espíritu de Dios” (1 S 11, 6). Se cumplía así en él la promesa de la protección y de la alianza divina que había sido hecha a Samuel: “Dios está contigo” (1 S 10, 7). Cuando el espíritu de Dios abandona a Saúl, que es perturbado por un espíritu malo (cf. 1 S 16, 14), ya está en el escenario David, consagrado por el anciano Samuel con la unción por la que “a partir de entonces, vino sobre David el espíritu de Yahveh” (1 S 16, 13). 7 5. Con David, mucho más que con Saúl, toma consistencia el ideal del rey ungido por el Señor, figura del futuro Rey-Mesías, que será el verdadero liberador y salvador de su pueblo. Aunque los sucesores de David no alcanzarán su estatura en la realización de la realeza mesiánica, más aún, aunque no pocos prevaricarán contra la alianza de Yahveh con Israel, el ideal del Rey-Mesías no desaparecerá y se proyectará hacia el futuro cada vez más en términos de espera, caldeada por los anuncios proféticos. f) El Espíritu del Señor es dado en plenitud al Mesías. Especialmente Isaías pone de relieve la relación entre el espíritu de Dios y el Mesías: “Reposará sobre él el espíritu de Yahveh” (Is 11, 2). Será también espíritu de fortaleza; pero ante todo espíritu de sabiduría: “Espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh”, el que impulsará al Mesías a actuar con justicia en favor de los miserables, de los pobres y de los oprimidos (Is 11, 2-4). Por tanto, el santo espíritu del Señor (Is 42, 1; cf. 61, 1 ss.; 63, 10-13; Sal 50/51, 13; Sb 1, 5; 9, 17), su “soplo” (ruah), que recorre toda la historia bíblica, será dado en plenitud al Mesías. Ese mismo espíritu que alienta sobre el caos antes de la creación (cf. Gn 1, 2), que da la vida a todos los seres (cf. Sal 103/104, 29-30; 33, 6; Gn 2, 7; Ez 37, 5-6. 9-10) que suscita a los Jueces (cf. Jc 3, 10; 6, 34; 11, 29) y los Reyes (cf. 1 S 11, 6), que capacita a los artesanos para el trabajo del santuario (cf. Ex 31, 3; 35, 31), que da la sabiduría a José (cf. Gn 41, 38), la inspiración a Moisés y a los profetas (cf. Nm 11, 17. 25-26; 24, 2; 1 S 10, 6-10; 19, 20), como a David (cf. 1 S 16, 13; 2 S 23, 2), descenderá sobre el Mesías con la abundancia de sus dones (cf. Is 11, 2) y lo hará capaz de realizar su misión de justicia y de paz. Aquel sobre quien Dios “haya puesto su espíritu” “dictará ley a las naciones” (Is 42, 1); “no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho” (42, 4). 6. ¿De qué manera “implantará el derecho” y liberará a los oprimidos? ¿Será, tal vez, con la fuerza de las armas, como habían hecho los Jueces, bajo el impulso del Espíritu, y como hicieron, muchos siglos después, los Macabeos? El Antiguo Testamento no permitía dar una respuesta clara a esta pregunta. Algunos pasajes anunciaban intervenciones violentas, como por ejemplo el texto de Isaías que dice: “Pisoteé a pueblos en mi ira, los pisé con furia e hice correr por tierra su sangre” (Is 63, 6). Otros, en cambio, insistían en la abolición de toda lucha: “No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra” (Is 2, 4). La respuesta debía ser revelada por el modo en que el Espíritu Santo guiaría a Jesús en su misión: por el Evangelio sabemos que el Espíritu impulsó a Jesús a rechazar el uso de las armas y toda ambición humana y a conseguir una victoria divina por medio de una generosidad ilimitada, derramando su propia sangre para liberarnos de nuestros pecados. Así se manifestó de manera decisiva la acción directiva del Espíritu Santo. La acción profética del Espíritu divino - 14-2-1990 a) El aspecto profético de la acción del Espíritu sobre los jefes, profetas, reyes y sobre el Mesías. 1. Recogiendo el hilo de la catequesis precedente, podemos escoger entre los datos bíblicos ya referidos el aspecto profético de la acción ejercida por el espíritu de Dios sobre los jefes del pueblo, sobre los reyes y sobre el Mesías. Ese aspecto requiere una reflexión ulterior porque el profetismo es el filón a lo largo del cual discurre la historia de Israel, dominada por la figura destacada de Moisés, el “profeta” más excelso, 8 “a quien Yahveh trataba cara a cara” (Dt 34, 10). A lo largo de los siglos los israelitas adquieren cada vez más familiaridad con el binomio “la Ley y los Profetas”, como síntesis expresiva del patrimonio espiritual confiado por Dios a su pueblo. Y mediante su espíritu es como Dios habla y actúa en los padres, y de generación en generación prepara los tiempos nuevos. 2. Sin duda que el fenómeno profético, tal como se observa históricamente, está ligado a la palabra. El profeta es un hombre que habla en nombre de Dios, y transmite a quienes lo escuchan o lo leen todo lo que Dios quiere dar a conocer sobre el presente y sobre el futuro. El espíritu de Dios anima la palabra y la vuelve vital. Comunica al profeta y a su palabra un cierto “pathos” divino, por el que se hace vibrante, a veces apasionada y dolorosa, y siempre dinámica. Con cierta frecuencia la Biblia describe episodios significativos, en los que se observa que el espíritu de Dios recae sobre alguien, el cual pronuncia un oráculo profético. Así sucede en el caso de Balaam: Le invadió el espíritu de Dios” (Nm 24, 2). Entonces “entonó su trova y dijo: ...Oráculo del que oye los dichos de Dios, del que ve la visión de Sadday, del que obtiene respuesta, y se le abren los ojos...” (Nm 24, 3-4). Es la famosa “profecía” que, aunque se refiera directamente a Saúl (cf. 1 S 15, 8) y a David (cf.. 1 S 30, 1 ss.) en la lucha contra los amalecitas, evoca al mismo tiempo al futuro Mesías: “Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel...” (Nm 24, 17). b) Ese Espíritu profético se puede comunicar y casi «subdividir» 3. Otro aspecto del espíritu profético al servicio de la palabra es que ese espíritu se puede comunicar y casi “subdividir”, según las necesidades del pueblo, como en el caso de Moisés, preocupado por el número de los israelitas que debía guiar y gobernar, y que eran ya “seiscientos mil de a pie” (Nm 11, 21). El Señor le mandó que escogiera y reuniera “setenta ancianos de Israel, de los que sabes que son ancianos y escribas del pueblo” (Nm 11, 16). Una vez hecho eso, el Señor “tomó algo del espíritu que había en él y se lo dio a los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar...” (Nm 11, 25). Eliseo, cuando estaba para suceder a Elías, quería recibir incluso “dos tercios del espíritu” del gran profeta, una especie de doble parte de la herencia que tocaba al hijo mayor (cf. Dt 21, 17) para ser así reconocido como su principal heredero espiritual entre la muchedumbre de los profetas y de los “hijos de los profetas” agrupados en comunidades (2 R 2, 3). Pero el espíritu no se transmite de profeta a profeta como una herencia terrena: es Dios quien lo concede. De hecho así sucede, y los “hijos de los profetas” lo constatan: “El espíritu de Elías reposa sobre Eliseo” (2 R 2, 15; cf. 6, 17). c) El falso profetismo 4. En los contactos de Israel con los pueblos vecinos no faltaron manifestaciones de falso profetismo, que llevaron a la formación de grupos de exaltados, los cuales sustituían con música y gesticulaciones el espíritu procedente de Dios y se adherían incluso al culto de Baal. Elías entabló una decisiva batalla contra esos profetas (cf. 1 R 18, 25-29), permaneciendo solitario en su grandeza. Eliseo, por su parte, mantuvo más relaciones con algunos grupos, que parecían haberse enmendado (cf. 2 R 2, 3). En la genuina tradición bíblica se defienda y se reivindica la verdadera idea del profeta como hombre de la palabra de Dios, instituido por Dios, como Moisés y a continuación de él (cf. Dt 18, 15). En efecto, Dios promete a Moisés “Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande” (Dt 18, 18). Esta promesa va acompañada por una 9 advertencia contra los abusos del profetismo: “Si un profeta tiene la presunción de decir en mi nombre una palabra que yo no he mandado decir, y habla en nombre de otros dioses, ese profeta morirá. Acaso vas a decir en tu corazón: ‘¿cómo sabremos que ésta palabra no la ha dicho Yahveh?’. Si ese profeta habla en nombre de Yahveh y lo que dice queda sin efecto y no se cumple, es que Yahveh no ha dicho tal palabra” (Dt 18, 20-22). Otro aspecto de ese criterio de juicio es la fidelidad a la doctrina entregada por Dios a Israel, en la resistencia a las seducciones de la idolatría (cf. Dt 1, 2 ss.). Así se explica la hostilidad contra los falsos profetas (cf. 1 R 22, 6 ss.; 2 R 3, 13; Jr 2, 26; 5, 13; 23, 9-40; Mi 3, 11; Za 13, 2). Tarea del profeta, como hombre de la palabra de Dios, es combatir el “espíritu de mentira” que se encuentra en la boca de los falsos profetas (cf. 1 R 22, 23), para proteger al pueblo de su influencia. Es una misión recibida de Dios, como proclama Ezequiel: “La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos: Hijo de hombre, profetiza contra los profetas de Israel; profetiza y di a los que profetizan por su propia cuenta:...¡Ay de los profetas insensatos que siguen su propia inspiración, sin haber visto nada!” (Ez 13. 2-3). d) El profeta, si ha de hablar en nombre de Dios, debe tener el espíritu de Dios. 5. El profeta, hombre de la palabra, debe ser también “hombre del espíritu”, como ya lo llama Oseas (9, 7): debe tener el espíritu de Dios, y no sólo el propio espíritu, si ha de hablar en nombre de Dios. El concepto lo desarrolla sobre todo Ezequiel, que deja entrever la toma de conciencia ya hecha acerca de la profunda realidad del profetismo. Hablar en nombre de Dios requiere, en el profeta, la presencia del espíritu de Dios. Esta presencia se manifiesta en un contacto que Ezequiel llama “visión”. En quien se beneficia de ese contacto, la acción del espíritu de Dios garantiza la verdad de la palabra pronunciada. Encontramos aquí un nuevo indicio del lazo existente entre palabra y espíritu que prepara linguística y conceptualmente el lazo que se establece en el Nuevo Testamento, en un nivel más elevado, entre el Verbo y el Espíritu Santo. Ezequiel tiene conciencia de estar personalmente animado por el espíritu: “El espíritu entró en mí – escribe - como se me había dicho y me hizo tenerme en pie; y oí al que me hablaba” (Ez 2, 2). El espíritu entra en el interior de la persona del profeta. Lo hace tenerse en pie: por tanto, hace de él un testigo de la palabra divina. Lo levanta y lo pone en movimiento: “el espíritu me levantó y me arrebató” (Ez 3, 14). Así se manifiesta el dinamismo del espíritu (cf. Ez 8, 3: 11, 1. 5. 24; 43, 5). Ezequiel, por lo demás, precisa que está hablando del “espíritu de Yahveh” (11, 5). 6. El aspecto dinámico de la acción profética del espíritu divino destaca fuertemente en las profecías de Ageo y de Zacarías, los cuales, tras el retorno del exilio, impulsaron vigorosamente a los israelitas a emprender la obra de la reconstrucción del Templo de Jerusalén. El resultado de la primera profecía de Ageo fue que “movió Yahveh el espíritu de Zorobabel..., gobernador de Judá, y el espíritu de Josué..., sumo sacerdote, y el espíritu de todo el Resto del pueblo. Y vinieron y emprendieron la obra en la Casa de Yahveh Sebaot” (Ag 1, 14). En un segundo oráculo, el profeta Ageo intervino de nuevo y prometió la ayuda poderosa del Espíritu del Señor: “Ten ánimo, Zorobabel...; ánimo Josué...; ánimo, pueblo todo de la tierra, oráculo de Yahveh. ¡A la obra! ...En medio de vosotros se mantiene mi Espíritu: ¡no temáis!” (Ag 2, 4-5). Y de la misma manera el profeta Zacarías proclamaba: “Esta es la palabra de Yahveh a Zorobabel: No por el valor ni por la fuerza, sino sólo por mi Espíritu, dice Yahveh Sebaot” (Za 4, 6). 10 En los tiempos inmediatamente anteriores al nacimiento de Jesús no existían ya profetas en Israel y no se sabía hasta cuándo duraría esa situación (cf. Sal 74/73, 9; 1 M 9, 27). Sin embargo, uno de los últimos profetas, Joel, había anunciado una efusión universal del Espíritu de Dios que debía realizarse “antes de la venida del Día de Yahveh, grande y terrible” (Jl 3, 4) y debía manifestarse con una extraordinaria difusión del don de profecía. El Señor había proclamado por medio de él: “Yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños y vuestros jóvenes verán visiones” (3, 1). Así se debía cumplir finalmente el deseo expresado, muchos siglos antes, por Moisés: “¡Quién me diera que todo el pueblo de Yahveh profetizara porque Yahveh les daba su espíritu!” (Nm 11, 29). La inspiración profética alcanzaría incluso “a los siervos y a las siervas” (Jl 3, 2), superando toda distinción de niveles culturales o condiciones sociales. Entonces la salvación se ofrecería a todos: “Todo el que invoque el nombre de Yahveh será salvo” (Jl 3, 5). Como hemos visto en una catequesis precedente, esta profecía de Joel encontró su cumplimiento el día de Pentecostés, de forma que el Apóstol Pedro, dirigiéndose a la muchedumbre asombrada, pudo declarar: “Es lo que dijo el profeta Joel” y recitó el oráculo del profeta (Hch 2, 16-21), explicando que Jesús “exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramado” en abundancia (cf. Hch 2, 33). Desde aquel día en adelante, la acción profética del Espíritu Santo se ha manifestado continuamente en la Iglesia para darle luz y aliento. La acción santificadora del Espíritu divino - 21-2-1990 a) El Espíritu divino no sólo es luz, sino también fuerza que santifica. 1. El espíritu divino, según la Biblia, no es sólo luz que ilumina dando el conocimiento y suscitando la profecía, sino también fuerza que santifica. En efecto, el espíritu de Dios comunica la santidad, porque Él mismo es “espíritu de santidad”, “espíritu santo”. Se atribuye este apelativo al espíritu divino en el capítulo 63 del libro de Isaías cuando, en el largo poema dedicado a exaltar los beneficios de Yahveh y a deplorar los descarríos del pueblo a lo largo de la historia de Israel, el autor sagrado dice que “ellos se rebelaron y contristaron a su espíritu santo” (Is 63, 10). Pero añade que después del castigo divino, “se acordó de los días antiguos, de Moisés su siervo”, para preguntarse: “¿Dónde está el que puso en él su espíritu santo?” (Is 63, 11 ). Este apelativo resuena también en el Salmo 50/51, donde, al pedir perdón y misericordia al Señor (Miserere mei Deus, secundum misericordiam tuam), el autor le implora: “No me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mí tu santo espíritu” (Sal 50/51, 13). Se trata del principio íntimo del bien, que actúa en el interior para llevar a la santidad (= “espíritu de santidad”). b) Incompatibilidad entre el Espíritu Santo y la falta de sinceridad o de justicia. 2. El libro de la Sabiduría afirma la incompatibilidad entre el Espíritu Santo y cualquier falta de sinceridad o de justicia: “Pues el espíritu santo que nos educa huye del engaño, se aleja de los pensamientos necios y se ve rechazado al sobrevenir la iniquidad” (Sb 1, 5). Se expresa también una relación muy estrecha entre la sabiduría y el espíritu. En la sabiduría - dice el autor inspirado - “hay un espíritu inteligente, santo” (7, 22), el cual es también “inmaculado” y “amante del bien”. Dicho espíritu es el mismo espíritu de Dios, porque “todo lo puede, todo lo observa” (7, 23). Sin este “espíritu santo de Dios” (cf. 9, 17) que Dios “envía de lo alto”, el hombre no puede 11 discernir la santa voluntad de Dios (9, 13-17) y mucho menos, evidentemente, cumplirla fielmente. c) La exigencia de santidad. La verdadera casa de Dios debe ser una «casa espiritual», formada por «piedras vivas», es decir, hombres y mujeres santificados interiormente por el Espíritu de Dios. 3. En el Antiguo Testamento la exigencia de santidad está fuertemente vinculada a la dimensión cultural y sacerdotal de la vida de Israel. El culto se debe tributar en un lugar “santo”, lugar de la Morada de Dios tres veces santo (cf. Is 6, 1-4). La nube es el signo de la presencia del Señor (cf. Ex 40, 34-35; 1 R 8, 10-11 ); todo, en la tienda, en el templo, en el altar, en los sacerdotes, desde el primer consagrado Aarón (cf. Ex 29, 1 ss.), debe responder a las exigencias del “sacro”, que es como una aureola de respeto y de veneración creada en torno a personas, ritos y lugares privilegiados por una relación especial con Dios. Algunos textos de la Biblia afirman la presencia de Dios en la tienda del desierto y en el templo de Jerusalén (Ex 25, 8; 40, 34-35; 1 R 8, 10-13; Ez 43, 4-5). Sin embargo, en la narración misma de la dedicación del templo de Salomón se refiere una oración en la que el rey pone en duda esta pretensión diciendo: “¿Es que verdaderamente habitará Dios con los hombres sobre la tierra? Si los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos esta Casa que yo te he construido! (1 R 8, 27). En los Hechos de los Apóstoles, san Esteban expresa la misma convicción a propósito del templo: “El Altísimo no habita en casas hechas por mano de hombre” (Hch 7, 48). La razón de ello la explica Jesús mismo en el coloquio con la Samaritana: “Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad” (Jn 4, 24). Una casa material no puede recibir plenamente la acción santificadora del Espíritu Santo, y por tanto no puede ser verdaderamente “morada de Dios”. La verdadera casa de Dios debe ser una “casa espiritual”, como dirá san Pedro, formada por “piedra vivas”, es decir, por hombres y mujeres santificados interiormente por el Espíritu de Dios (cf. 1 P 2, 4-10; Ef 2, 21-22). d) Por ello Dios prometió el don del Espíritu a los corazones. 4. Por ello, Dios prometió el don del Espíritu a los corazones, en la célebre profecía de Ezequiel, en la que dice: “Yo santificaré mi gran nombre profanado entre las naciones, profanado allí por vosotros... Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados: de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo... Infundiré mi espíritu en vosotros...” (Ez 36. 23-27). El resultado de este don estupendo es la santidad efectiva, vivida con la adhesión sincera a la santa voluntad de Dios. Gracias a la presencia íntima del Espíritu Santo, finalmente los corazones serán dóciles a Dios y la vida de los fieles será conforme a la ley del Señor. Dios dice: “difundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas” (Ez 36, 27). El Espíritu santifica de esta forma toda la existencia del hombre. e) Contra el espíritu de Dios combate el «espíritu de la mentira» que subyuga los hombres a la idolatría. 5. Contra el espíritu de Dios combate el “espíritu de la mentira” (cf. 1 R 22, 21- 23), el “espíritu inmundo” que subyuga a hombres y pueblos sometiéndolos a la idolatría. En el oráculo sobre la liberación de Jerusalén, en perspectiva mesiánica, que se lee en el libro de Zacarías, el Señor promete realizar él mismo la conversión del pueblo, haciendo desaparecer el espíritu inmundo: “Aquel día habrá una fuente abierta 12 para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza. Aquel día...extirparé yo de esta tierra los nombres de los ídolos... igualmente a los profetas y el espíritu de impureza los quitaré de esta tierra...” (Za 13, 1-2; cf. Jr 23, 9 s.; Ez 13, 2 ss.). El “espíritu de impureza” será combatido por Jesús (cf. Lc 9, 42; 11, 24). que hablará. a este propósito, de la intervención del Espíritu de Dios y dirá: “Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Mt 12, 28). Jesús promete a sus discípulos la asistencia del “Consolador”, que “convencerá al mundo... en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado” (Jn 16. 8-11). A su vez, Pablo hablará del Espíritu que justifica mediante la fe y la caridad (cf. Ga 5, 19 ss.), enseñando la nueva vida “según el Espíritu”: el Espíritu nuevo de que hablaban los profetas. f) Los hombres o pueblos que siguen el espíritu que está en conflicto con Dios, “contristan” al espíritu divino. 6. Los hombres o pueblos que siguen el espíritu que está en conflicto con Dios, “contristan” al espíritu divino. Es una expresión de Isaías que hemos referido ya y que es oportuno citar de nuevo en su contexto. Se halla en la meditación del llamado TritoIsaías sobre la historia de Israel: “No fue un mensajero ni un ángel: él mismo en persona (Dios) los liberó. Por su amor y su compasión los liberó. Por su amor y su compasión él los rescató: los levantó y los llevó todos los días desde siempre. Mas ellos se rebelaron y contristaron a su Espíritu santo” (Is 63, 9-10). El profeta contrapone la generosidad del amor salvífico de Dios para con su pueblo, y la ingratitud de éste. En su descripción antropomórfica, se conforma con la psicología humana la atribución al espíritu de Dios de la tristeza producida por el abandono del pueblo. Pero según el lenguaje del profeta, se puede decir que el pecado del pueblo contrista el espíritu de Dios especialmente porque este espíritu es santo: el pecado ofende la santidad divina. La ofensa es más grave porque el espíritu santo de Dios no sólo ha sido colocado por Dios en su siervo Moisés (cf. Is 63, 11), sino que lo ha dado como guía a su pueblo durante el éxodo de Egipto (cf. Is 63, 14), como signo y prenda de la salvación futura: “Mas ellos se rebelaron...” (Is 63, 10). También Pablo, heredero de esta concepción y de este lenguaje, recomendará a los cristianos de Éfeso: “No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención” (Ef 4, 30; cfr. 1, 13-14). g) La expresión “contristar al Espíritu Santo” demuestra bien que el pueblo del Antiguo Testamento ha pasado progresivamente de un concepto de santidad sacral, más bien externa, al deseo de una santidad interiorizada bajo la influencia del Espíritu de Dios. 7. La expresión “contristar al Espíritu Santo” demuestra bien que el pueblo del Antiguo Testamento ha pasado progresivamente de un concepto de santidad sacral, más bien externa, al deseo de una santidad interiorizada bajo la influencia del Espíritu de Dios. El uso más frecuente del apelativo “Espíritu Santo” es un indicio de esta evolución. Este apelativo, inexistente en los libros más antiguos de la Biblia, se impone poco a poco precisamente porque sugería la función del Espíritu Santo para la santificación de los fieles. Los himnos de Qumran en varias ocasiones dan gracias a Dios por la purificación interior que Él ha realizado por medio de su Espíritu santo (por ejemplo, Himnos de la 1º gruta de Qumran, 16, 12; 17, 26). 13 h) El intenso deseo de los fieles no era ya sólo de ser liberados de los opresores, como en el tiempo de los Jueces, sino ante todo de poder servir al Señor “en santidad y justicia, delante de él todos nuestros días” (Lc 1, 75). Por esto, era necesaria la acción santificadora del Espíritu Santo. El intenso deseo de los fieles no era ya sólo de ser liberados de los opresores, como en el tiempo de los Jueces, sino ante todo de poder servir al Señor “en santidad y justicia, delante de él todos nuestros días” (Lc 1, 75). Por esto, era necesaria la acción santificadora del Espíritu Santo. A esta espera corresponde el mensaje evangélico. Es significativo que en los cuatro evangelios la palabra “santo” aparezca por primera vez en relación con el espíritu, tanto para hablar del nacimiento de Juan Bautista y del de Jesús (Mt 1, 18-20; Lc 1, 15. 35), como para anunciar el bautismo en el Espíritu Santo (Mc 1, 8; Jn 1, 33). En la narración de la Anunciación, la Virgen María escucha las palabras del ángel Gabriel: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti...; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35). Así comenzó la decisiva acción santificadora del Espíritu de Dios, destinada a propagarse a todos los hombres. La acción renovadora del Espíritu divino en la purificación del corazón - 28-2-1990 a) El salmista implora la misericordia divina para obtener la purificación del pecado. 1. En la catequesis anterior mencionaba un versículo del salmo 50/51, donde el salmista, arrepentido por el grave pecado cometido, implora la misericordia divina y, a la vez, pide al Señor: “No retires de mí tu santo espíritu” (v. 13). Se trata del Miserere, salmo muy conocido, que se repite con frecuencia no sólo en la liturgia, sino también en la piedad y en la práctica penitencial del pueblo cristiano, por ser manifestación de los sentimientos de arrepentimiento, de confianza y de humildad que fácilmente se encuentran en un “corazón contrito y humillado” (Sal 50/51, 19) tras el pecado. Vale la pena seguir estudiando y meditando este salmo, siguiendo las huellas de los Padres y de los escritores de espiritualidad cristiana, pues nos ofrece nuevos aspectos de la concepción del “espíritu divino” del Antiguo Testamento y nos ayuda a traducir la doctrina a la práctica espiritual y ascética. 2. A quien haya seguido las referencias a los profetas que he hecho en la catequesis anterior, le resultará fácil descubrir el parentesco profundo del Miserere con esos textos, especialmente con los de Isaías y Ezequiel. El sentido de la presencia delante de Dios en la propia condición de pecado, que se encuentra en el pasaje penitencial de Isaías (59, 12: cf. Ez 6, 9), y el sentido de la responsabilidad personal inculcado por Ezequiel (18, 1-32) se hallan ya presentes en este salmo que, en un contexto de experiencia de pecado y de necesidad profundamente sentida de conversión, pide a Dios la purificación del corazón, juntamente con un espíritu renovado. La acción del espíritu divino adquiere así aspectos de mayor concreción y de más preciso empeño con vistas a la condición existencial de la persona. b) El salmista pide, en realidad, una creación, la existencia de un ser nuevo, ya que el perdón de Dios no se reduce a una «no-imputación». 3. “Tenme piedad, oh Dios”. El salmista implora la divina misericordia para obtener la purificación del pecado: “borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, y de 14 mi pecado purifícame” (Sal 50/51, 3-4). “Rocíame con el hisopo, y seré limpio; lávame, y quedaré más blanco que la nieve” (v. 9). Pero él sabe que el perdón de Dios no puede reducirse a una pura no-imputación del exterior, sin que se dé una renovación interior: y el hombre, por sí mismo, no es capaz de realizar esta renovación. Por eso pide: “Crea en mí, oh Dios, un corazón puro; un espíritu firme dentro de mí renueva; no me rechaces lejos de tu rostro; no retires de mí tu santo espíritu. Vuélveme la alegría de tu salvación, y en espíritu generoso afiánzame” (vv. 12-14). 4. El lenguaje del salmista es muy expresivo: pide una creación, es decir, el ejercicio de la omnipotencia divina para dar origen a un ser nuevo. Sólo Dios puede crear (bará), esto es, poner en la existencia algo nuevo (cf. Gn 1, 1; Ex 34, 10; Is 48, 7; 65, 17; Jr 31, 21-22). Sólo Dios puede dar un corazón puro, un corazón que tenga la plena transparencia de un querer totalmente de acuerdo con el querer divino. Sólo Dios puede renovar el ser íntimo, cambiarlo desde dentro, rectificar el movimiento fundamental de su vida consciente, religiosa y moral. Sólo Dios puede justificar al pecador, según el lenguaje de la teología y del mismo dogma (cf. DS 1521-1522; 1560), que traduce de ese modo el “dar un corazón nuevo” del profeta (Ez 36, 26), el “crear un corazón puro” del salmista (Sal 50/51, 12). c) El salmista pide un «espíritu firme», la inserción de la fuerza de Dios en la debilidad humana. 5. Se pide, luego, “un espíritu firme” (Sal 50/51, 12), o sea, la inserción de la fuerza de Dios en el espíritu del hombre, librado de la debilidad moral experimentada y manifestada en el pecado. Esta fuerza, esta firmeza, puede venir sólo de la presencia operante del espíritu de Dios, y por eso el salmista implora: “no retires de mí tu santo espíritu”. Es la única vez que en los salmos se encuentra esta expresión: “el espíritu santo de Dios”. En la Biblia hebrea se usa sólo en el texto de Isaías en que, meditando en la historia de Israel, lamenta la rebelión contra Dios por la que ellos “contristaron a su espíritu santo” (Is 63, 10), y recuerda a Moisés, en el que Dios “puso su espíritu santo” (Is 63, 11). El salmista ya tiene conciencia de la presencia íntima del espíritu de Dios como fuente permanente de santidad, y por eso suplica: “No retires de mí”. Al poner esa petición juntamente con la otra: “No me rechaces lejos de tu rostro”, el salmista quiere dar a entender su convicción de que la posesión del espíritu santo de Dios está vinculada a la presencia divina en lo íntimo de su ser. La verdadera desgracia sería quedar privado de esta presencia. Si el espíritu santo permanece en él, el hombre está en una relación con Dios ya no sólo de “cara a cara” como ante un rostro que se contempla, sino que posee en sí una fuerza divina que anima su comportamiento. d) El salmista pide la alegría, que forma parte de la renovación, de la nueva creación. 6. Después de haber pedido a Dios que no retire de él su santo espíritu, el salmista pide que le devuelva la alegría. Ya antes había hecho la misma oración, cuando imploraba a Dios su purificación, esperando quedar “más blanco que la nieve”: “Devuélveme el son del gozo y la alegría; exulten los huesos que machacaste tú” (Sal 50/51, 10). Pero en el proceso psicológico-reflexivo de donde nace la oración, el salmista siente que, para gozar plenamente de esta alegría, no basta la eliminación de todas las culpas; es necesaria la creación de un corazón nuevo, con un espíritu firme, vinculado a la presencia del espíritu santo de Dios. Sólo entonces puede pedir: “Vuélveme la alegría de tu salvación.” La alegría forma parte de la renovación incluida en la “creación de un corazón puro”. Es el resultado del nacimiento a una nueva vida, como Jesús explicará en la 15 parábola del hijo pródigo, en la que el padre que perdona es el primero en alegrarse y quiere comunicar a todos la alegría de su corazón (cf. Lc 15, 20-32). e) El salmista pide un espíritu generoso: con un compromiso valiente para ayudar a los demás. Concretamente a favor de los pecadores, par su conversión. 7. Con la alegría, el salmista pide un “espíritu generoso”, esto es, un espíritu de compromiso valiente. Lo pide a aquel que, según el libro de Isaías, había prometido la salvación a los débiles: “En lo excelso y sagrado yo moro, y estoy también con el humillado y abatido de espíritu, para avivar el espíritu de los abatidos, para avivar el ánimo de los humillados” (Is 57, 15). Conviene notar que, una vez hecha esta petición, el salmista añade en seguida la declaración de su compromiso con Dios en favor de los pecadores, para su conversión: “Enseñaré a los rebeldes tus caminos, y los pecadores volverán a ti” (Sal 50/51, 15). Se trata de otro elemento característico del proceso interior de un corazón sincero que ha obtenido el perdón de los propios pecados: desea obtener el mismo don para los demás, suscitando su conversión, y a este objetivo promete encaminar su actuación. Este “espíritu de compromiso” que se da en él deriva de la presencia del “santo espíritu de Dios” y es su signo. En el entusiasmo de la conversión y en el fervor del compromiso, el salmista expresa a Dios la convicción de la eficacia de la propia acción: a él le parece cierto que “los pecadores volverán a ti”. Pero también aquí entra la conciencia de la presencia operante de una potencia interior, la del “espíritu santo”. f) Dios no desprecia un corazón contrito y humillado Después, tiene un valor universal la deducción que el salmista enuncia así: “El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias” (Sal 50/51. 19). Proféticamente ve que llegará el día en que, en una Jerusalén reconstituida, los sacrificios celebrados en el altar del templo según las prescripciones de la ley serán gratos (cf. vv. 20-21). La reconstrucción de las murallas de Jerusalén será la señal del perdón divino, como dirán también los profetas: Isaías (60, 1 ss.; 62. 1 ss.), Jeremías (30, 15-18) y Ezequiel (36, 33). Pero queda establecido que lo que más vale es aquel “sacrificio del espíritu” del hombre que pide humildemente perdón, movido por el espíritu divino que, gracias al arrepentimiento y a la oración, no le ha sido retirado (cf. Sal 50/51, 13). 8. Como se puede ver por esta sucinta presentación de sus temas esenciales, el salmo Miserere es para nosotros no sólo un buen texto de oración y una indicación para la ascesis del arrepentimiento, sino también un testimonio acerca del grado de desarrollo alcanzado por el Antiguo Testamento en la concepción del “espíritu divino”, que conlleva un acercamiento progresivo a lo que será la revelación del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento. El salmo constituye, por tanto, una gran página en la historia de la espiritualidad del Antiguo Testamento, en camino, aunque sea entre sombras, hacia la nueva Jerusalén que será la sede del Espíritu Santo. La acción sapiencial del Espíritu divino - 14-3-1990 a) El vínculo – conexión – entre la palabra y el espíritu 1. La experiencia de los profetas del Antiguo Testamento pone de manifiesto de manera especial el vínculo existente entre la palabra y el espíritu. El profeta habla en 16 nombre de Dios y gracias al Espíritu. La misma Escritura es palabra que viene del Espíritu, su registración de duración perenne. La Escritura es santa (“Sagrada”) por razón del Espíritu que, mediante la palabra oral o escrita, ejerce su eficacia. Incluso en algunos que no son profetas, la intervención del espíritu suscita la palabra. Así en el primer libro de las Crónicas, donde se recuerda la adhesión a David de los “valientes” que reconocieron su realeza, se lee que “el espíritu revistió a Amasay, jefe de los Treinta (valientes), y le hizo dirigir a David las palabras: “¡Contigo!... ¡Paz, paz a ti! ¡Y paz a los que te ayuden, pues tu Dios te ayuda a ti!”. Y “David los recibió y los puso entre los jefes de sus tropas” (1 Cro 12, 19). Más dramático es otro caso, narrado en el segundo libro de las Crónicas, y que será recordado por Jesús (cf. Mt 23, 25; Lc 11, 51). Dicho episodio tiene lugar en un período de decadencia del culto en el templo y de caída en las tentaciones de la idolatría en Israel. Al no haber escuchado los israelitas a los profetas enviados por Dios para que volviesen a Él, “entonces el espíritu de Dios revistió a Zacarías, hijo del sacerdote Yehoyadá, el cual, presentándose delante del pueblo, les dijo: ‘así dice Dios: ¿Por qué traspasáis los mandamientos de Yahveh? No tendréis éxito; pues por haber abandonado a Yahveh, Él os abandonará a vosotros’. Mas ellos conspiraron contra Él, y por mandato del rey la apedrearon en el atrio de la Casa de Yahveh” (2 Cro 24, 20-21). Son manifestaciones significativas de la conexión entre espíritu y palabra, presente en la mentalidad y en el lenguaje de Israel. b) El vínculo entre el espíritu y la sabiduría. 2. Otro vínculo análogo es el que existe entre espíritu y sabiduría, como aparece en el libro de Daniel, en boca del rey Nabucodonosor que, al narrar el sueño tenido y la explicación que le dio Daniel del mismo, reconoce al profeta como un hombre “en quien reside el espíritu de los dioses santos” (Dn 4, 5; cf. 4, 6. 15; 5, 11. 14), o sea, la inspiración divina, que también el Faraón en su tiempo reconoció en José por la sabiduría de sus consejos (cf. Gn 41, 38-39). En su lenguaje pagano, el rey de Babilonia habla repetidamente de “espíritu de los dioses santos”, mientras que al final de su narración hablará de “Rey del Cielo” (Dn 4, 34), en singular. De cualquier forma, reconoce que un espíritu divino se manifiesta en Daniel, como dirá también el rey Baltasar: “He oído decir que en ti reside el espíritu de los dioses, y que hay en ti luz, inteligencia y sabiduría extraordinarias” (Dn 5, 14). Y el autor del libro subraya que “este mismo Daniel se distinguía entre los ministros y los sátrapas, porque había en él un espíritu extraordinario, y el rey se proponía ponerle al frente del reino entero” (Dn 6, 4). Como se ve, la “sabiduría extraordinaria” y el “espíritu extraordinario” se le atribuyen a Daniel con justicia, atestiguando así la conexión de estas cualidades entre sí en el judaísmo del siglo II antes de Cristo, cuando el libro fue escrito para sostener la fe y la esperanza de los judíos perseguidos por Antioco Epífanes. b) Identificación entre la sabiduría y el espíritu. La sabiduría ama al hombre. Comunica santidad. 3. En el libro de la Sabiduría, texto redactado casi en los umbrales del Nuevo Testamento, es decir, según algunos autores recientes, en la segunda mitad del siglo primero antes de Cristo, en ambiente helenístico, el vínculo entre la sabiduría y el espíritu se encuentra tan subrayado que casi se da una identificación. Desde el principio se lee que “la Sabiduría es un espíritu que ama al hombre” (Sb 1, 6): se manifiesta y se comunica en virtud de un amor fundamental hacia la humanidad. Pero ese espíritu amigo no es ciego y no tolera el mal, aunque sea secreto, en los hombres. “En alma fraudulenta no entra la Sabiduría, no habita en cuerpo sometido al pecado; pues el 17 espíritu santo que nos educa huye del engaño, se aleja de los pensamientos necios... No deja sin castigo los labios del blasfemo; que Dios es testigo de sus sentimientos, observador veraz de su corazón, y oye cuanto dice su lengua” (Sb 1, 4, 6). El Espíritu del Señor es, por tanto, un espíritu santo, que quiere comunicar su santidad, y realiza una función de educadora: “El espíritu santo que nos educa” (Sb 1, 5). Se opone a la injusticia. No es un límite a su amor, sino una exigencia de este amor. En la lucha contra el mal se opone a todas las iniquidades, sin dejarse engañar nunca, porque no se le escapa nada, ni “la palabra más secreta” (Sb 1, 11). En efecto, el espíritu “llena la tierra”: es omnipresente. “Y él, que todo lo mantiene unido, tiene conocimiento de toda palabra” (Sb 1, 7). El efecto de su omnipresencia es el conocimiento de todas las cosas, aunque sean secretas. Siendo un “espíritu que ama al hombre”, no pretende solamente vigilar a los hombres, sino también llenarlos de su vida y de su santidad. “No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes; Él todo lo creó para que subsistiera...” (Sb 1, 13-14). La afirmación de esta positividad de la creación, en que se refleja el concepto bíblico de Dios como “Aquel que es” (Ex 3, 14) y como Creador de todo el universo (cf. Gn 1, 1 ss.), da un fundamento religioso a la concepción filosófica y a la ética de las relaciones con las cosas. Sobre todo, da inicio a un discurso sobre la suerte final del hombre, que ninguna filosofía podría sostener sin el apoyo de la revelación divina. San Pablo dirá luego que, si la muerte fue introducida por el pecado del hombre, Cristo vino como nuevo Adán para redimir al hombre del pecado y librarlo de la muerte (cf. Rm 5, 12-21). El Apóstol añadirá que Cristo ha traído una nueva vida en el Espíritu Santo (cf. Rm 8, 1 ss.), dando el nombre y, más aún, revelando la misión de la Persona divina envuelta en el misterio en las páginas del libro de la Sabiduría. 4. El Rey Salomón, que con un recurso literario suele ser presentado como autor de este libro, en cierto momento se dirige a sus colegas: “Oíd, pues, reyes...” (Sb 6, 1) para invitarlos a acoger la sabiduría, secreto y norma de la realeza, y para explicar “qué es la Sabiduría...” (Sb 6, 22). Él hace su elogio con una larga enumeración de las características del espíritu divino, que atribuye a la sabiduría, casi personificándola: “Hay en ella un espíritu inteligente, santo, único, múltiple...” (Sb 7, 22-23). Son veintiuno los adjetivos calificativos (3x7), que consisten en vocablos tomados, en parte, de la filosofía griega y, en parte, de la Biblia. Veamos los más significativos. Es un espíritu “inteligente”, es decir, no un impulso ciego, sino un dinamismo guiado por el conocimiento de la verdad; es un espíritu “santo”, porque no sólo quiere iluminar a los hombres, sino también santificarlos; es “único y múltiple”, de forma que puede insinuarse dondequiera; es “sutil”, y penetra todos los espíritus: su acción es, por tanto, esencialmente interior, como su presencia; es un espíritu “que todo lo puede, todo lo observa”, pero no constituye un poder tiránico o destructor, ya que es “bienhechor, amigo del hombre”, quiere su bien y tiende a “formar amigos de Dios”. El amor sostiene y dirige el ejercicio de su poder. La sabiduría tiene, por consiguiente, las cualidades y ejerce las funciones tradicionalmente atribuidas al espíritu divino: “espíritu de sabiduría y de inteligencia..., etc.” (Is 11, 2 ss.), porque con él se identifica en el fondo misterioso de la realidad divina. c) El Espíritu-Sabiduría da a conocer la voluntad divina. 5. Entre las funciones del Espíritu-Sabiduría está la de dar a conocer la voluntad divina: “¿Quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu espíritu santo?” (Sb 9, 17). El hombre, por sí mismo, no es capaz de conocer la voluntad divina “¿Qué hombre, en efecto, podrá conocer la 18 voluntad de Dios?” (Sb 9, 13). Por medio de su santo espíritu, Dios da a conocer su propia voluntad, su plan sobre la vida humana, mucho más profunda y seguramente que con la sola promulgación de una ley en fórmulas del lenguaje humano. Actuando desde dentro con el don del espíritu santo, Dios permite “enderezar los caminos de los moradores de la tierra. Así aprendieron los hombres lo que a ti te agrada, y gracias a la Sabiduría se salvaron” (Sb 9, 18). Y en este punto el autor describe en diez capítulos la obra del Espíritu-Sabiduría en la historia, desde Adán hasta Moisés, la Alianza con Israel, la liberación, y la solicitud continua por el pueblo de Dios. Y concluye: “En verdad, Señor, que en todo engrandeciste a tu pueblo y le glorificaste, y no te descuidaste en asistirle en todo tiempo y en todo lugar” (Sb 19, 22). d) El Espíritu-Sabiduría ama también a los impíos, a los pecadores: la universalidad de la misericordia. 6. En esta evocación histórico-sapiencial surge un paso donde el autor recuerda, hablando al Señor, su espíritu omnipresente que ama y protege la vida del hombre. Esto vale también para los enemigos del pueblo de Dios y, en general, para los impíos, los pecadores. También en ellos está el espíritu divino de amor y de vida: “Tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida, pues tu espíritu incorruptible está en todas ellas” (Sb 11, 26; 12, 1). “Eres indulgente...”. Los enemigos de Israel hubieran podido ser castigados de modo mucho más terrible que como sucedió. Hubieran podido ser “aventados por el soplo de tu poder. Pero Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso” (Sb 11, 20). El libro de la Sabiduría exalta la “moderación” de Dios y ofrece la razón: el espíritu de Dios no actúa sólo como soplo poderoso, capaz de destruir a los culpables, sino como espíritu de sabiduría que quiere la vida, y así revela su amor. “Te compadeces de todos porque todo lo puedes y disimulas los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho ¿Y cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado?” (Sb 11, 23-25). 7. Nos encontramos en el vértice de la filosofía religiosa no sólo de Israel, sino de todos los pueblos antiguos. La tradición bíblica, ya expresada en el Génesis, ofrece aquí una respuesta a las grandes cuestiones no resueltas ni siquiera por la cultura griega. Aquí la misericordia de Dios se funde con la verdad de su creación de todas las cosas: la universalidad de la creación comporta la universalidad de la misericordia. Y todo en virtud del amor eterno con que Dios ama a todas sus criaturas: amor en el que nosotros ahora reconocemos la persona del Espíritu Santo. El libro de la Sabiduría ya nos hace entrever este Espíritu-Amor que, como la Sabiduría, toma los rasgos de una persona, con las siguientes características: espíritu que conoce todo y que da a conocer a los hombres los planes divinos; espíritu que no puede aceptar el mal; espíritu que, a través de la sabiduría, quiere conducir a todos a la salvación; espíritu de amor que quiere la vida; espíritu que llena el universo con su benéfica presencia. www.parroquiasantamonica.com

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