sábado, 1 de julio de 2017

Beatificación de Juan Pablo II. Texto íntegro del Decreto. «Él decide sobre mi vida».Deseo confiarme totalmente al Señor. La Beatificación es una señal de hondura de fe y una invitación a una vida cristiana plena.



1 Beatificación de Juan Pablo II. Texto íntegro del Decreto. «Él decide sobre mi vida».Deseo confiarme totalmente al Señor. La Beatificación es una señal de hondura de fe y una invitación a una vida cristiana plena. Cfr. Decreto de beatificación de Juan Pablo II Fuente: Alfa y Omega, n. 721 – 20-I-2011 BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II. TEXTO ÍNTEGRO DEL DECRETO. «ÉL DECIDE SOBRE MI VIDA».DESEO CONFIARME TOTALMENTE AL SEÑOR. LA BEATIFICACIÓN ES UNA SEÑAL DE HONDURA DE FE Y UNA INVITACIÓN A UNA VIDA CRISTIANA PLENA. ................................ 1 Cfr. Decreto de beatificación de Juan Pablo II ............................................................................... 1 o 1.- Aportación de Karol Wojtyla al Concilio Vaticano II .................................................................................2 o 2.- Totus Tuus, confianza en María Madre de Dios ..........................................................................................3 o 3.- La guerra de Iraq y la paz ofensiva ..............................................................................................................3 o 4.- Año 2000 Jubileo: una realidad histórica para recordar la venida de Jesús de Nazaret ...............................4 o 5.- Atención a la Juventud y el significado de las JMJ ......................................................................................5 o 6.- La sencillez de la oración de Juan Pablo II ..................................................................................................5 o 7.- El testamento de Juan Pablo II .....................................................................................................................6 o 8.- Un aspecto esencial del nuevo Beato: Dios es el fundamento de todos nuestros esfuerzos .........................7 o 9.- Confiar el mundo a la Divina Misericordia..................................................................................................7 «Él decide sobre mi vida» - Deseo confiarme totalmente al Señor Beatificación: señal de hondura de fe e invitación a una vida cristiana plena El pasado viernes 14 de enero, la Congregación vaticana de las Causas de los Santos hizo público el Decreto de beatificación del Papa Juan Pablo II, que tendrá lugar el día 1 de mayo próximo, Domingo II de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia. Ofrecemos en estas páginas el texto íntegro: Monseñor Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, en el Concilio Vaticano II La proclamación por la Iglesia de un santo o un Beato es fruto de la unión de varios aspectos relativos a una persona concreta. Primero, es un acto que dice algo importante en la vida de la misma Iglesia. Está ligado a un culto, por ejemplo, a la memoria de la persona, a su pleno reconocimiento en la conciencia de la comunidad eclesial, del país, o de la Iglesia universal en distintos países, continentes y culturas. Otro aspecto es la conciencia de que la elevación a los altares será un importante signo de la hondura de la fe, de la difusión de la fe en el itinerario vital de esta persona, y que este signo se convertirá en una invitación, un 2 estímulo para todos nosotros hacia una vida cristiana incluso más profunda y plena. Finalmente, la condición sine qua non es la santidad de la vida de la persona, verificada en los precisos y formales procedimientos canónicos. Todo ello proporciona el material para la decisión del sucesor de Pedro, del Papa, con vistas a la proclamación de un Beato o un santo, del culto en el contexto de la comunidad eclesial y de su liturgia. El pontificado de Juan Pablo II fue un elocuente y claro signo, no sólo para los católicos, sino para la opinión pública mundial, para personas de todos los colores y credos. La reacción mundial a su estilo de vida, al desarrollo de su misión apostólica, al modo como soportó su sufrimiento, la decisión de continuar su misión petrina hasta el final como querida por la divina Providencia, y, finalmente, la reacción a su muerte, la popularidad de la aclamación: «¡Santo, ya!», que algunos hicieron el día de su funeral, todo ello es base sólida en la experiencia de haberse encontrado con la persona que era el Papa. Los fieles sintieron, experimentaron que era un hombre de Dios, que realmente ve los pasos concretos y los mecanismos del mundo contemporáneo en Dios, en la perspectiva de Dios, con los ojos de un místico que alza los ojos sólo a Dios. Fue claramente un hombre de oración: tanto es así que, sólo en la dinámica de unión personal con Dios, de la escucha permanente a lo que Dios quiere decir en una situación concreta, fluía la entera actividad del Papa Juan Pablo II. Quienes estuvieron más cercanos a él pudieron ver que, antes de sus entrevistas con sus visitantes, ya fueran jefes de Estado, altos dignatarios de la Iglesia o sencillos ciudadanos, Juan Pablo II se recogía en oración por las intenciones de los visitantes y de la reunión a celebrar. o 1.- Aportación de Karol Wojtyla al Concilio Vaticano II Tras el Vaticano II, durante los pontificados de Pablo VI y Juan Pablo II, el modo de presentación, y entonces de autopresentación del papado, ha sido completamente expresivo. Con motivo del 25 aniversario del pontificado de Juan Pablo II, el Ministerio de Asuntos Exteriores italiano publicó, en 2004, un libro titulado Id por todo el mundo. Giancarlo Zizola, vaticanista reconocido, subrayó que «el papado ha conquistado su ciudadanía en el reino de la visibilidad pública, saliendo del lugar de marginación del culto adonde había sido relegado por decreto de la sociedad secular, en nombre de una visión militante del principio liberal de separación de Iglesia y Estado» (p.17). Un historiador alemán, el jesuita Klaus Schatz, hablando de Pablo VI y de Juan Pablo II, subrayó el significado de papado itinerante -por tanto, en conformidad con el Vaticano II-, más en modo de un movimiento misionero que como un polo estático de unidad. Schatz se refiere a la manera de interpretar la misión papal como una llamada a «confirmar en la fe a los hermanos» (Lc 22, 32), en un modo ligado a la autoridad estructural, pero con un fuerte toque espiritual y carismático, en relación con la credibilidad personal y arraigada en el mismo Dios. Detengámonos un momento a considerar el Vaticano II. El joven arzobispo de Cracovia fue uno de los padres conciliares más activos. Hizo una aportación significativa al Esquema XIII, que luego devendría en la Constitución pastoral del Concilio Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, y la Constitución dogmática Lumen gentium. Gracias a sus estudios en el extranjero, el obispo Wojtyla tenía una experiencia concreta de evangelización y de la misión de la Iglesia, en Europa occidental o en otros continentes, pero sobre todo del ateísmo totalitario en Polonia y en otros países del bloque soviético. Llevó toda esta experiencia a los debates conciliares, ciertamente no como conversaciones de salón, muy corteses pero vacías de contenido. Aquí había un esfuerzo sustancial y decisivo por insertar el dinamismo del Evangelio en el entusiasmo conciliar, arraigado en la convicción de que el cristianismo es capaz de dar un alma al desarrollo de la modernidad y a la realidad del mundo social y cultural. Todo esto sería utilizado en preparar las futuras responsabilidades del sucesor de Pedro. Como Juan Pablo II dijo, él ya tenía en mente su primera encíclica, Redemptor hominis, y la trajo a Roma desde Cracovia. Todo lo que tenía que hacer en Roma era redactar todas estas ideas. En su encíclica, hay una amplia invitación a la Humanidad a redescubrir la realidad de la redención en Cristo: «El hombre (...) permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto, precisamente, Cristo redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. (...) El hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención, el hombre es confirmado y, en cierto modo, es nuevamente creado. (...) El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo -no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes- debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe apropiarse y asimilar toda la realidad de la Encarnación y la Redención para encontrarse a sí mismo» (n. 10). «Esta unión de Cristo con el hombre es, en sí misma, un misterio, del que nace el hombre nuevo, llamado a participar en la vida de Dios, creado nuevamente en Cristo, en la plenitud de la gracia y la verdad. 3 (...) Ésta es la fuerza que transforma interiormente al hombre, como principio de una vida nueva que no se desvanece y no pasa, sino que dura hasta la vida eterna. Esta vida prometida y dada a cada hombre por el Padre en Jesucristo (...) es, de algún modo, cumplimiento del destino que desde la eternidad Dios le ha preparado. Este destino divino se hace camino, por encima de todos los enigmas, incógnitas, tortuosidades, curvas del destino humano en el mundo temporal. En efecto, si todo esto lleva, aun con toda la riqueza de la vida temporal, por inevitable necesidad a la frontera de la muerte y a la meta de la destrucción del cuerpo humano, Cristo se nos aparece más allá de esta meta: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí... no morirá para siempre» (n. 18). o 2.- Totus Tuus, confianza en María Madre de Dios Mosaico de la Virgen ante la plaza de San Pedro, desde la elección de Juan Pablo II, con el lema de su pontificado La vida de Juan Pablo II se dedicó totalmente al servicio del Señor, por intercesión de su Madre. Su lema era Totus Tuus, ya fuera para el bien de la Iglesia, o para el del hombre que es «el camino de la Iglesia» (Redemptor hominis, 14). Ésta es la razón de ser de los Viajes apostólicos internacionales, los encuentros diarios con la gente, con los responsables de comunidades eclesiales, con cardenales y obispos, con los cabezas de otras Iglesias y comunidades cristianas, los líderes de otras religiones y con los laicos. Esto es también verdad en los documentos escritos por el Papa, las relaciones diplomáticas de la Sante Sede con los Estados y organizaciones internacionales. La profunda convicción del valor del Vaticano II -no sólo sobre la necesidad, sino también sobre la posibilidad, para la Iglesia, de ofrecer el Evangelio de Cristo y construir sobre él la experiencia de la Iglesia como una inspiración vibrante y energética de la visión y mecanismos del mundo moderno- fue siempre convicción del Papa. En 1989, cayó el muro de Berlín, pero, a nivel internacional, se podía sentir la fuerza destructiva de los mecanismos comerciales y de los intereses privados económicos e ideológicos, incluso muchos de ellos anónimos, que traían injusticia y marginación a todos los pueblos -incluso a ciertos grupos sociales en los países desarrollados-, y en especial se podía percibir que la vida humana había sido devaluada. En muchos Viajes apostólicos internacionales a los varios continentes, el Papa proclamó el Evangelio de Cristo y la preocupación de la Iglesia. Escribió de modo más sistemático las encíclicas Laborem exercens, Sollicitudo rei socialis, Centesimus annus; y también Evangelium vitae, Veritatis splendor, Fides et ratio; y las encíclicas que tenían que ver directamente con la vida y el apostolado de la Iglesia, como Dominum et vivificantem, Redemptoris missio, Ut unum sint, Ecclesia de Eucharistia. o 3.- La guerra de Iraq y la paz ofensiva A menudo, como en el caso de los esfuerzos realizados para evitar la guerra entre los Estados Unidos e Iraq, existe una auténtica paz ofensiva, no sólo para salvar la vida de las personas, también para frenar el crecimiento del odio y las dementes ideas sobre el enfrentamiento entre las civilizaciones, o sobre el nuevo fenómeno del terrorismo a gran escala. De ahí el discurso de Año Nuevo ante los Cuerpos Diplomáticos acreditados en la Santa Sede, también el inolvidable febrero de 2002, en el que el Papa mantuvo encuentros con diplomáticos de primera categoría, J. Fischer (7 de febrero); Tarek Aziz (14 de febrero), Kofi Anan (18 4 de febrero), Tony Blair (22 de febrero), José María Aznar y el enviado de Seyyed Mohammed Khatami, Presidente de la República Islámica de Irán (27 de febrero); y finalmente, debido a la insostenible situación humana, la decisión de mandar al cardenal Etchegaray en misión especial a Bagdad (15 de febrero), y al cardenal Pío Laghi a Washington (del 3 al 9 de marzo). El febrero del Papa concluyó con el encuentro del cardenal J.L. Tauran con los 74 embajadores y diplomáticos del mundo entero; el Secretario por las Relaciones con los Estados, el ministro de Asuntos Exteriores del Papa, el cardenal Tauran, hizo un llamamiento para evitar la guerra, y les recordó todo lo que el Papa había dicho en su paz ofensiva. o 4.- Año 2000 Jubileo: una realidad histórica para recordar la venida de Jesús de Nazaret Juan Pablo II, tras abrir la Puerta Santa de la Basílica vaticana, inaugura el gran Jubileo del año 2000 La entonces actual tarea de Juan Pablo II se centró en la pastoral y vida de la Iglesia: las visitas ad Limina de los obispos de todo el mundo, las audiencias de los miércoles y los encuentros de los domingos con los fieles, para el Ángelus, las Visitas pastorales a las parroquias de Roma. Todo fue hecho y recordado para promover la proclamación de Cristo, para acercar a nuestros conocimientos Su Persona, y «las palabras pronunciadas por Cristo en el momento de despedirse de los Apóstoles expresan el misterio de la historia del hombre, de cada uno y de todos, el misterio de la historia de la Humanidad. El Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo es una inmersión en el Dios vivo, en el que es, que era y que viene. El Bautismo es el comienzo del encuentro, de la unidad, de la comunión, para el que toda la vida terrena es solamente un prólogo y una introducción; el cumplimiento y la plenitud pertenecen a la eternidad. Pasa la figura de este mundo. Debemos, por consiguiente, encontrarnos en el mundo de Dios, para alcanzar el fin, para llegar a la plenitud de la vida y de la vocación del hombre» (Cracovia, 10 de junio de 1979). «Ésta fue, en efecto, una inquietud de Juan Pablo II: señalar con claridad que nuestra mirada se dirige hacia el Cristo que viene, por supuesto El que vino, pero mucho más aún El que vendrá, y que, en esta perspectiva, vivimos la fe en orientación hacia el futuro. Eso implica que estamos realmente en condiciones de presentar el mensaje de la fe en una nueva manera, desde la perspectiva del Cristo que viene» (Benedicto XVI, Luz del mundo). El gran Jubileo de la Redención, en el año 2000, no fue para Juan Pablo II un pretexto para la acción pastoral, sino que, ante todo, fue una realidad histórica que recuerda la venida de Jesús de Nazaret y todo lo que este acontecimiento histórico ha traído consigo, a saber, la Redención, el testimonio del amor de Dios en la Cruz y en la Resurrección, la vida de la Iglesia primitiva, el camino de salvación realizado por el Salvador, por el que ha introducido a su Iglesia como un signo e instrumento de unidad interna con Dios, así como de la familia humana. El gran Jubileo del año 2000 nos trae de la Tierra Santa, tierra de Jesús, y de Roma, lugar del apostolado del sucesor de Pedro, el vínculo de autenticidad del mensaje y de la unidad de la comunidad eclesial. El mensaje ha sido reformulado en las Cartas Tertio millennio adveniente y Novo millennio ineunte. Pero para el Papa lo que más importaba era el agradecimiento personal y de la Iglesia entera a nuestro Señor Jesús, y el encuentro en la fe con el que Él nos ha amado hasta el final, que nos ha salvado y sigue siendo un signo tan necesario en un mundo que se está volviendo cada vez más sordo, mientras trata de organizar su vida como si Dios no existiese, errando sin identidad y sin sentido. 5 o 5.- Atención a la Juventud y el significado de las JMJ Juan Pablo II, en Tor Vergata (Roma), durante la Jornada Mundial de la Juventud del año 2000 Juan Pablo II acostumbraba a analizar los resultados de sus Viajes apostólicos al extranjero con sus colaboradores, para identificar lo que se había hecho bien, y prever cambios para los Viajes sucesivos. Tras el Viaje a Polonia en 1991, el Papa se dio cuenta de que, durante la Misa en Varsovia, en las zonas más alejadas, los jóvenes iban y venían, bebían cerveza o coca-cola, y volvían. «No era como en los Viajes anteriores -dijo-, ha habido un cambio en la mentalidad de la sociedad. No vale la pena fijarnos en los primeros puestos. Los VIP están siempre sentados de la misma manera, pero los márgenes son importantes y merecen nuestra atención». Es importante fijarnos en que el Papa no usaba la palabra multitud: él siempre veía y prestaba atención a la gente. Era muy atento al papel de los laicos en la vida y misión de la Iglesia. Es muy significativo que, cuando todavía era capellán de la Universidad de Cracovia, aprovechara un breve período de deshielo político en 1957 para organizar -en colaboración con el arzobispo de Wroclaw, Boleslaw Kominek- un simposio en la ciudad para más de 100 estudiantes universitarios de toda Polonia (¡por primera vez desde hacía décadas!), precisamente sobre el tema El papel de los laicos en la Iglesia (¡y esto fue años antes del Concilio Vaticano II!) Más tarde, durante las vacaciones de verano, organizaba Ejercicios espirituales en la sede de las Hermanas Ursulinas de la Unión Romana, de Bado Slaskie, para un grupo un poco más pequeño de participantes del simposio de Wroclaw, precisamente para promover la formación de los laicos. Con la creación de las Jornadas Mundiales de la Juventud, el Papa dio su apoyo a diversas formas de actividad de los laicos en la vida y misión de la Iglesia, allanando así el camino a iniciativas muy significativas, algunos años más tarde, durante el pontificado de Benedicto XVI: la celebración, en septiembre de 2010 en Corea, de un importante Congreso de laicos católicos de Asia, las reuniones de los obispos africanos que cada vez alientan más a los laicos a ocupar cargos de responsabilidad en los sectores de la evangelización, la actividad social y en ámbito educativo de la Iglesia, la significativa presencia de laicos católicos en la Misión Continental de América Latina. Al revisar su pontificado, Benedicto XVI hace una observación de los cambios generacionales a escala mundial, y llega a la misma conclusión que su predecesor, a saber, que «los tiempos han cambiado». Mientras tanto, una nueva generación ha llegado, con nuevos problemas. La generación de finales de los sesenta, con sus propias peculiaridades, vino y se fue. Incluso la siguiente generación, más pragmática, ha envejecido. Hoy en día, hay que preguntarse: «¿Cómo podemos hacer frente a un mundo que se pone en peligro, y en el que el progreso se convierte en un peligro? ¿No deberíamos empezar todo de nuevo desde Dios?» (Luz del mundo). Así que Benedicto XVI hace un llamamiento «a que pueda surgir una nueva generación de católicos, personas renovadas interiormente, que se comprometan en la política sin ningún complejo de inferioridad» (una idea muchas veces repetida por el Papa, por ejemplo, en el Mensaje para la 46ª Semana Social de los católicos italianos, 12 de octubre de 2010). Él sigue pidiendo una nueva generación de buenos intelectuales y científicos, atentos al hecho de que «una perspectiva científica se vuelve peligrosa si ignora la dimensión religiosa y ética de la vida, de la misma manera que la religión se convierte en limitada si rechaza la legítima contribución de la ciencia a nuestra comprensión del mundo» (Londres, Saint Mary's College, 17 de septiembre de 2010); el Papa pide una «nueva generación de laicos cristianos comprometidos, capaces de buscar, con rigor y competencia moral, soluciones de desarrollo sostenible» (7 de septiembre de 2008). o 6.- La sencillez de la oración de Juan Pablo II 6 Multitud de fieles congregados en la Plaza de San Pedro, el día 3 de abril de 2005, Domingo de la Divina Misericordia, junto a su bien visible imagen, en el funeral por Juan Pablo II Cuando recordamos lo que Juan Pablo II llevó a cabo, los grandes eventos se mezclan con el recuerdo de momentos sencillos de oración, que fueron una fuente de asombro incluso para sus colaboradores. Voy a mencionar sólo dos, procedentes de dos diferentes períodos de su vida [n. de la r.: es el testimonio del padre Andzrej, capellán universitario en Lublin). En los años setenta, yo era capellán de los estudiantes de la Universidad Católica de Lublin. Al inicio del año académico, el entonces cardenal de Cracovia vino para participar en la Eucaristía en la iglesia de la universidad, en la inauguración oficial del gran salón, y en el almuerzo. Después de eso, el cardenal estaba listo para regresar a Cracovia. El Rector de la Universidad, el padre Krapiec, lo acompañó hasta el coche, pero se detuvo a charlar con otro invitado, tanto que llegaron tarde al coche. Pero he aquí que ¡el cardenal había desaparecido! Los diez segundos que esperaron les parecieron diez siglos. El Rector, acostumbrado a tener todo bajo control, no sabía dónde podía haber ido el cardenal. Me preguntó: «¿Dónde está Wojtyla? ¡El cardenal ha desaparecido! ¿Dónde está?» Con una leve sonrisa burlona, me tomé un tiempo antes de responderle, sólo para tomarle el pelo un poco. Entonces le dije: «Probablemente ha ido a la iglesia». Allí fuimos, y, efectivamente, encontramos al cardenal, arrodillado en oración delante del Vía Crucis. El otro recuerdo fue en 1999, durante su séptimo Viaje apostólico a Polonia. Duró 13 días, con 22 paradas en el programa, desde el norte hacia el sur del país. Un programa mucho más allá de las capacidades físicas del Papa. Uno de esos días, tenía que celebrarse -según el programa- la bendición del santuario de Lichen, la Eucaristía en Bydgoszcz, a continuación una reunión con la gente de la universidad, la liturgia del Sagrado Corazón, en relación con la beatificación del padre Frelichowski en otra ciudad, en Torun, y después volver a Lichen para la noche. ¡Un día de lo más ocupado! Así que, después de la cena, la comitiva papal se fue a la cama inmediatamente. Pero el Papa se encerró solo en la capilla por un largo, muy largo momento de oración. Quedábamos sólo tres de nosotros: monseñor Chrapek, encargado de la planificación de la Visita para el episcopado, yo mismo, como asistente, y el famoso Camillo Cibin, jefe de la seguridad del Vaticano. Por fin, el Papa salió de la capilla para ir a su dormitorio. Cibin me dijo: «Padre Andzrej, tráigame una silla. Pero una que sea dura, de madera, no un sofá, dos tazas de café, café fuerte, y una manzana». Todo ello para ayudarle a esperar toda la noche en la puerta de la habitación del Papa, que no se había cerrado del todo, para determinar si el Papa -no sólo cansado, sino también de edad avanzada- respiraba con normalidad o si tenía alguna necesidad de ayuda. La santidad personal del Papa era algo que estaba más allá y por encima de la estima de que gozaba entre sus colaboradores más cercanos, y esto era muy significativo. o 7.- El testamento de Juan Pablo II Facsímil de su Testamento Juan Pablo II era consciente del hecho de que estamos viviendo momentos muy difíciles de la Historia, que el sucesor de Pedro tenía el deber de confirmar en la fe, pero era igualmente consciente de que el aspecto más importante fue el de confiar en Dios. El testamento que él escribió en 1979, y que modificaba 7 todos los años, durante los Ejercicios espirituales, nos da un poderoso testimonio de ello. Del 24 de febrero al 1 de marzo, escribió: «24.II - 1.III.1980. Durante estos Ejercicios espirituales he reflexionado sobre la verdad del sacerdocio de Cristo ante el paso que supone, para cada uno de nosotros, la hora de nuestra muerte. Para nosotros, partir de este mundo, para renacer en el siguiente, el mundo futuro, signo elocuente (añadía la palabra decisivo sobre ella) es la resurrección de Cristo. (...) Los tiempos que vivimos se han convertido en indeciblemente difíciles y preocupantes. La vida de la Iglesia también se ha vuelto difícil y tensa, una prueba característica de estos tiempos, para los fieles y los pastores. En algunos países (como uno sobre el que leí durante los Ejercicios espirituales), la Iglesia se encuentra en un momento de persecución igual al de los primeros siglos, tal vez más, teniendo en cuenta el grado de crueldad y de odio. Sanguis martyrum - semen christianorum (sangre de los mártires, semilla de cristianos). Por otra parte, tantas personas inocentes han desaparecido, incluso en este país en el que vivimos… Una vez más, deseo confiarme totalmente a la gracia del Señor. Él decidirá cuándo y cómo debo terminar mi vida terrena y mi ministerio pastoral. En la vida y en la muerte Totus Tuus, mediante la Inmaculada. Aceptando ya esta muerte, espero que Cristo me dé la gracia de este último pasaje, es decir, (mi) Pascua. Yo también espero que la haga útil para esta causa más importante a la que trato de servir: la salvación de los seres humanos, la protección de la familia humana, en todas las naciones y entre todos los pueblos (entre ellos me refiero, en particular, a mi propio país natal), útil para aquellos que, de una manera especial, se me han confiado, en la Iglesia, para gloria del propio Dios». El 5 de marzo de 1982, añadió: «El atentado contra mi vida, el 13.V.1981, ha confirmado, en cierto modo, la exactitud de las palabras escritas durante los Ejercicios espirituales de 1980 (24.II - 1.III). Siento aún más profundamente que estoy totalmente en las Manos de Dios, y permanezco continuamente a disposición de mi Señor, encomendándome a Él en Su Inmaculada Madre (Totus Tuus)». Posteriormente, el 17 de marzo del Año Jubilar 2000, número 3: «Como cada año, durante los Ejercicios espirituales, leo mi testamento del 6.III.1979. Sigo manteniendo las disposiciones contenidas en él. Lo que se ha añadido, en ese momento y durante los siguientes Ejercicios espirituales, constituye un reflejo de la situación general difícil y tensa que ha marcado los años ochenta. Desde el otoño de 1989, esta situación ha cambiado. La última década del siglo pasado estuvo libre de las tensiones anteriores; esto no significa que no hubiera nuevos problemas o dificultades. De manera especial, que la Divina Providencia sea alabada por ello, el período llamado guerra fría ha terminado sin un violento conflicto nuclear, una amenaza que pesaba sobre el mundo durante el período anterior» (las palabras en negrita están destacadas por el propio Papa). o 8.- Un aspecto esencial del nuevo Beato: Dios es el fundamento de todos nuestros esfuerzos Éste es de nuevo un aspecto esencial, si se quiere entender más profundamente la personalidad del nuevo Beato para la Iglesia, Karol Wojtyla - Juan Pablo II. El fundamento de todos los esfuerzos de nuestra vida está en Dios. Estamos rodeados por el amor divino, por los resultados de la Redención y la Salvación. Pero hay que ayudar a que se arraigue profundamente en Dios mismo, debemos hacer todo lo posible para que se creen actitudes personales y sociales arraigadas en la realidad de Dios. Esto requiere paciencia, tiempo y la capacidad de verlo todo a través de los ojos de Dios. La última y breve peregrinación del Papa Juan Pablo II a Polonia, más concretamente a su patria chica, a Cracovia, Wadovice y al Camino de la Cruz (de Kalwaria Zebrzydowska), mostró una determinación, pero también una agudeza espiritual «en el proceso de maduración en el tiempo» para que toda la Humanidad, especialmente la comunidad eclesial y cristiana, pudiese comprender mejor algunos de los aspectos fundamentales de la fe. Desde el comienzo de su pontificado, en 1978, Juan Pablo II hablaba a menudo en sus homilías de la misericordia de Dios. Ésta se convirtió en el tema de su segunda encíclica, Dives in misericordia, en 1980. Era consciente de que la cultura moderna y su lenguaje no tienen un lugar para la misericordia, tratándola como algo extraño, sino que tratan de inscribirlo todo en las categorías de la justicia y la ley. Pero esto no es suficiente, porque no es en absoluto la realidad de Dios. o 9.- Confiar el mundo a la Divina Misericordia 8 Juan Pablo II, en el acto de petición de perdón (Cuaresma, año 2000), en la Basílica vaticana, ante el Crucificado que se venera en la iglesia romana de San Marcelo Más tarde, el Papa tomó algunas medidas para finalizar el proceso de beatificación de sor Faustina Kowalska, y la canonización (2000). Toda la comunidad eclesial fue llevada a sentir la cercanía de esa persona tan íntimamente vinculada con el mensaje de la Misericordia, lo que facilitó el desarrollo de este tema para Juan Pablo II, mostrando la realidad de la Divina Misericordia en los muchos contextos alrededor del mundo, en los diversos continentes de la Humanidad hoy. Por último, en agosto de 2002, en Lagiewniki, donde sor Faustina vivió y murió, Juan Pablo II confió el mundo a la Divina Misericordia, a la confianza ilimitada en Dios, el Misericordioso, a Aquel que ha sido no sólo una fuente de inspiración, sino también de la fuerza de su servicio como sucesor de Pedro: «Es el Espíritu Santo, Consolador y Espíritu de verdad, quien nos conduce por los caminos de la Misericordia divina. Él, convenciendo al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio (Jn 16, 8), al mismo tiempo revela la plenitud de la salvación en Cristo. Este convencer en lo referente al pecado tiene lugar en una doble relación con la cruz de Cristo. Por una parte, el Espíritu Santo nos permite reconocer, mediante la cruz de Cristo, el pecado, todo pecado, en toda la dimensión del mal, que encierra y esconde en sí. Por otra, el Espíritu Santo nos permite ver, siempre mediante la cruz de Cristo, el pecado a la luz del mysterium pietatis, es decir, del amor misericordioso e indulgente de Dios (cf. Dominum et vivificantem, 32). Y así, el convencer en lo referente al pecado, se transforma al mismo tiempo en un convencer de que el pecado puede ser perdonado y el hombre puede corresponder de nuevo a la dignidad de hijo predilecto de Dios. En efecto, la cruz es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre (...). La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre (Dives in misericordia, 8). La piedra angular de este santuario, tomada del monte Calvario, en cierto modo de la base de la cruz en la que Jesucristo venció el pecado y la muerte, recordará siempre esta verdad. (…) ¡Cuánta necesidad de la misericordia de Dios tiene el mundo de hoy! En todos los continentes, desde lo más profundo del sufrimiento humano, parece elevarse la invocación de la misericordia. Donde reinan el odio y la sed de venganza, donde la guerra causa el dolor y la muerte de los inocentes, se necesita la gracia de la misericordia para calmar las mentes y los corazones, y hacer que brote la paz. Donde no se respeta la vida y la dignidad del hombre, se necesita el amor misericordioso de Dios, a cuya luz se manifiesta el inexpresable valor de todo ser humano. Se necesita la misericordia para hacer que toda injusticia en el mundo termine en el resplandor de la verdad. Por eso hoy, en este santuario, quiero consagrar solemnemente el mundo a la Misericordia divina. Lo hago con el deseo ardiente de que el mensaje del amor misericordioso de Dios, proclamado aquí a través de santa Faustina, llegue a todos los habitantes de la tierra y llene su corazón de esperanza. Que este mensaje se difunda desde este lugar a toda nuestra amada patria y al mundo. Ojala se cumpla la firme promesa del Señor Jesús: de aquí debe salir la chispa que preparará al mundo para su última venida» (Homilía en Lagiewniki, 17 de agosto de 2002). Así, los últimos meses en la vida del Papa Juan Pablo II, marcados por el sufrimiento, llevaron su pontificado a su cumplimiento.

La sal y la luz en la vida cristiana (2011). Mensaje de Juan Pablo II para la 17 Jornada Mundial de la Juventud. 25 de julio de 2002. Por el bautismo toda nuestra vida ha sido sazonada con la vida nueva que viene de Cristo. No acomodarse al mundo, conservar la fe y transmitirla. La búsqueda del sentido y de la plenitud de la existencia, sin resignarse a proyectos insignificantes, a las diversiones insulsas y a las modas pasajeras, evitando la mediocridad y el conformismo. El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz.



1 La sal y la luz en la vida cristiana (2011). Mensaje de Juan Pablo II para la 17 Jornada Mundial de la Juventud. 25 de julio de 2002. Por el bautismo toda nuestra vida ha sido sazonada con la vida nueva que viene de Cristo. No acomodarse al mundo, conservar la fe y transmitirla. La búsqueda del sentido y de la plenitud de la existencia, sin resignarse a proyectos insignificantes, a las diversiones insulsas y a las modas pasajeras, evitando la mediocridad y el conformismo. El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz. Cfr. 5º Domingo T. Ordinario Ciclo A, 6 febrero 2011 Evangelio: Mateo 5, 13-16 Isaías 58, 7-10. Así dice el Señor: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. 8 Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: «Aquí estoy. » Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, 10 y ofreces tu propio sustento al hambriento y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad será como el mediodía.» Salmo responsorial Sal 111, 4-5. 6-7. 8a y 9 (R.: 4a) R. El justo brilla en las tinieblas como una luz. 4 En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. 5 Dichoso el hombre compasivo y que presta, y que administra con justicia sus asuntos. R. 6 El justo jamás vacilará, y será siempre recordado. 7 No temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor. R. 8 Su corazón está seguro, sin temor. Reparte limosna a los pobres; su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad. R. 1 Corintios 2, 1-5 Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Aleluya Jn 8, 12b: Yo soy la luz del mundo, dice el Señor, el que me sigue tendrá la luz de la vida. Mateo 5, 13-16. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 13 «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. 14 Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del candelero, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. 16 Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. » Mensaje de Juan Pablo II para la XVII Jornada Mundial de la Juventud 2002 (25 julio 2002) –“ Vosotros sois la sal de la tierra ... vosotros sois la luz del mundo”, (Mt 5, 13-14) o a) Por el bautismo toda nuestra vida ha sido sazonada con la vida nueva que viene de Cristo. No acomodarse al mundo, conservar la fe y transmitirla. "Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo", (Mt 5,13-14): éste es el lema que he elegido para la próxima Jornada Mundial de la Juventud. Las dos imágenes, de la sal y la luz, utilizadas por Jesús, son complementarias y ricas de sentido. En efecto, en la antigüedad se consideraba a la sal y a la luz como elementos esenciales de la vida humana. A) La sal de la tierra "Vosotros sois la sal de la tierra....". Como es bien sabido, una de las funciones principales de la sal es sazonar, dar gusto y sabor a los alimentos. Esta imagen nos recuerda que, por el bautismo, todo nuestro ser ha sido profundamente transformado, porque ha sido "sazonado" con la vida nueva que viene de Cristo (cf. Rm 6, 4). La sal por la que no se desvirtúa la identidad cristiana, incluso en un ambiente hondamente secularizado, es la gracia bautismal que nos ha regenerado, haciéndonos vivir en Cristo y concediendo la capacidad de responder a su llamada para "que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios" (Rm 12, 1). Escribiendo a los cristianos de Roma, san Pablo los exhorta a manifestar claramente su modo de vivir y de pensar, diferente del de sus contemporáneos: "no os acomodéis al mundo 2 presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto" (Rm 12, 2). Durante mucho tiempo, la sal ha sido también el medio usado habitualmente para conservar los alimentos. Como la sal de la tierra, estáis llamados a conservar la fe que habéis recibido y a transmitirla intacta a los demás. Vuestra generación tiene ante sí el gran desafío de mantener integro el depósito de la fe (cf 2 Ts 2, 15; 1 Tm 6, 20; 2 Tm 1, 14). o b) Descubrid las raíces cristianas y profundizad en el conocimiento de la herencia espiritual recibida. ¡Descubrid vuestras raíces cristianas, aprended la historia de la Iglesia, profundizad el conocimiento de la herencia espiritual que os ha sido transmitido, seguid a los testigos y a los maestros que os han precedido! Sólo permaneciendo fieles a los mandamientos de Dios, a la alianza que Cristo ha sellado con su sangre derramada en la Cruz, podréis ser los apóstoles y los testigos del nuevo milenio. o c) La búsqueda del sentido y de la plenitud de la existencia, sin resignarse a proyectos insignificantes, a las diversiones insulsas y a las modas pasajeras, evitando la mediocridad y el conformismo. Es propio de la condición humana, y especialmente de la juventud, buscar lo absoluto, el sentido y la plenitud de la existencia. Queridos jóvenes, ¡no os contentéis con nada que esté por debajo de los ideales más altos! No os dejéis desanimar por los que, decepcionados de la vida, se han hecho sordos a los deseos más profundos y más auténticos de su corazón. Tenéis razón en no resignaros a las diversiones insulsas, a las modas pasajeras y a los proyectos insignificantes. Si mantenéis grandes deseos para el Señor, sabréis evitar la mediocridad y el conformismo, tan difusos en nuestra sociedad. B. Luz del mundo o d) El sol es Cristo resucitado. "Vosotros sois la luz del mundo....". Para todos aquellos que al principio escucharon a Jesús, al igual que para nosotros, el símbolo de la luz evoca el deseo de verdad y la sed de llegar a la plenitud del conocimiento que están impresos en lo más íntimo de cada ser humano. Cuando la luz va menguando o desaparece completamente, ya no se consigue distinguir la realidad que nos rodea. En el corazón de la noche podemos sentir temor e inseguridad, esperando sólo con impaciencia la llegada de la luz de la aurora. Queridos jóvenes, ¡a vosotros os corresponde ser los centinela de la mañana (cf. Is 21, 11-12) que anuncian la llegada del sol que es Cristo resucitado! o e) La luz es la de la fe, don gratuito de Dios. El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz. La luz de la cual Jesús nos habla en el Evangelio es la de la fe, don gratuito de Dios, que viene a iluminar el corazón y a dar claridad a la inteligencia: "Pues el mismo Dios que dijo: ‘De las tinieblas brille la luz’, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo" (2 Co 4, 6). Por eso adquieren un relieve especial las palabras de Jesús cuando explica su identidad y su misión: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12). El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz, nos conduce por el buen camino y nos compromete a ser sus testigos. Con el nuevo modo que Él nos proporciona de ver el mundo y las personas, nos hace penetrar más profundamente en el misterio de la fe, que no es sólo acoger y ratificar con la inteligencia un conjunto de enunciados teóricos, sino asimilar una experiencia, vivir una verdad; es la sal y la luz de toda la realidad (cf. Veritatis splendor, 88). o f) El Evangelio es el gran criterio que guía el rumbo de la vida. En el contexto actual de secularización, en el que muchos de nuestros contemporáneos piensan y viven como si Dios no existiera, o son atraídos por formas de religiosidad irracionales, es necesario que precisamente vosotros, queridos jóvenes, reafirméis que la fe es una decisión personal que compromete toda la existencia. ¡Que el Evangelio sea el gran criterio que guíe las decisiones y el rumbo de vuestra vida! De este modo os haréis misioneros con los gestos y las palabras y, dondequiera que trabajéis y viváis, seréis signos del amor de Dios, testigos creíbles de la presencia amorosa de Cristo. No lo olvidéis: ¡"No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín" (cf. Mt 5,15). o g) La santidad da pleno sentido a la vida, haciéndola un reflejo de la gloria de Dios. Así como la sal da sabor a la comida y la luz ilumina las tinieblas, así también la santidad da pleno sentido a la vida, haciéndola un reflejo de la gloria de Dios. ¡Con cuántos santos, también entre los jóvenes, cuenta la historia de la Iglesia! En su amor por Dios han hecho resplandecer las mismas virtudes heroicas ante el mundo, convirtiéndose en modelos de vida propuestos por la Iglesia para que todos les imiten.

Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Homilía de Benedicto XVI, crónica. Nos quitó el miedo a llamarnos cristianos.



1 Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Homilía de Benedicto XVI, crónica. Nos quitó el miedo a llamarnos cristianos. Benedicto XVI: Juan Pablo II nos quitó el miedo a llamarnos cristianos. CIUDAD DEL VATICANO, domingo 1 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Juan Pablo II consiguió, “con la fuerza de un gigante”, devolver al cristianismo su fuerza transformadora del mundo, y hacer que los cristianos “dejasen de tener miedo” a serlo, afirmó hoy el Papa Benedicto XVI durante la homilía de la ceremonia de beatificación de su predecesor, en la Plaza de San Pedro. Ante más de un millón de peregrinos llegados de todo el mundo a Roma para la beatificación, el Papa Benedicto XVI definió al nuevo beato como un “gigante” que dedicó su vida a una “causa”: “¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”. La gran tarea de Juan Pablo II, explicó, fue superar la confrontación entre marxismo y cristianismo, devolviendo a este último su fuerza capaz de transformar la sociedad y realizar las esperanzas de los hombres. El papa polaco, afirmó, “abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible”. “Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio”. Es decir, añadió, “nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás”. Karol Wojtyla “subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre”. “Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar 'umbral de la esperanza'”. El papa polaco “dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia”, afirmó. “Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de 'adviento', con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz”. o Wojtyla y el Vaticano II El Papa Benedicto XVI quiso subrayar el mérito de Juan Pablo II de haber abierto las “riquezas del Concilio Vaticano II” a toda la Iglesia. La clave de ello, explicó, fue la profunda devoción mariana que acompañó toda la vida del nuevo beato. Karol Wojtyla, “primero como obispo auxiliar y después como arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera”. “Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre”, afirmó el Papa. Recordó las palabras del testamento de su predecesor, que le dirigió el cardenal Stefan Wyszyński: "La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio". Juan Pablo II añadía a continuación: “Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo”. 2 o Hace seis años El Papa quiso recordar los funerales de Juan Pablo II, hace seis años, en esa misma Plaza de San Pedro: “el dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento”. “Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él”, afirmó. Por eso, explicó, “he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato”. Concluyendo la homilía, el Papa quiso dar su propio “testimonio personal” sobre el nuevo beato, con quien trabajó durante más de veinte años. “Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona”, afirmó. De él destacó dos rasgos, como hombre de oración y como testigo ante el sufrimiento. “El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio”, afirmó. “Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una 'roca', como Cristo quería”, añadió. “Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía”, concluyó.

Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Homilía de Benedicto XVI, texto íntegro. Jesús es el Cristo: ésta es la bienaventuranza de la fe que Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo. Juan Pablo II abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad. Juan Pablo II recordó con fuerza la vocación universal a la santidad.



1 Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Homilía de Benedicto XVI, texto íntegro. Jesús es el Cristo: ésta es la bienaventuranza de la fe que Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo. Juan Pablo II abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad. Juan Pablo II recordó con fuerza la vocación universal a la santidad. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Beatificación del Siervo de Dios Juan Pablo II, 1 de mayo de 2011. Queridos hermanos y hermanas. Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato. Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión. Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial. o La bienaventuranza de la fe Jesús es el Cristo: ésta es la bienaventuranza de la fe que Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo. «Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo. o La bienaventuranza de la Virgen María, Madre del Redentor. La Virgen, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). 2 La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14). o Una realidad accesible a la fe: sin haber visto a Jesucristo lo amamos y creemos en él, y nos alegramos al alcanzar la propia salvación. (1ª Carta de Pedro). También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe. o Juan Pablo II recordó con fuerza la vocación universal a la santidad. Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266). o «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Juan Pablo II abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad. El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las 3 gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás. o Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz. o El testimonio personal de Benedicto XVI El ejemplo de su oración, en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio; su testimonio en el sufrimiento, su profunda humildad. Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Iglesia. ¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Desde el Palacio nos has bendecido muchas veces en esta Plaza. Hoy te rogamos: Santo Padre: bendícenos. Amén. © Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana www.parroquiasantamonica.com

Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Su vida en cifras.


Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Su vida en cifras. La vida de Karol Wojtyla en cifras Los datos contenidos en el libro litúrgico del rito de beatificación ROMA, domingo 1 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Humillime a Sanctitate Vestra petit ut Venerabilem Servum Dei Ioannem Paulum II, papam, numero Beatorum adscribere benignissime digneris. Con esta fórmula latina (traducida en español: “Pido humildemente a Su Santidad la incorporación al número de los Beatos, al Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II, Papa”) el cardenal Agustín Vallini, vicario del Papa en la diócesis de Roma, comenzará el domingo por la mañana, el rito de la beatificación de Karol Wojtyla. El cardenal lee, entonces, como esta prescrito para este rito, algunos datos biográficos esenciales del Siervo de Dios, contenidos en el libro de la liturgia. Se hacen presentes los números del pontificado: Juan Pablo II realizó 146 visitas en Italia, visitó 317 de las actuales 332 parroquias de Roma. Los viajes al extranjero fueron 104. Escribió 14 encíclicas, 15 Exhortaciones Apostólicas, 11 Constituciones Apostólicas y 45 Cartas Apostólicas, además de 5 libros. Celebró 9 Consistorios en los que nombró 231 cardenales, más uno “in pectore”, nunca revelado. En 26 años, 5 meses y 17 días de pontificado presidió 6 reuniones plenarias del Colegio Cardenalicio. Convocó 15 asambleas generales del Sínodo de los Obispos. Y a propósito de beatificaciones... Wojtyla celebró 147 ritos de beatificación, en los que proclamó 1338 beatos y 51 canonizaciones para un total de 482 santos. “Ningún Papa -se lee en el libro- se reunió con tantas personas como Juan Pablo II”. Las audiencias generales del miércoles fueron 1160; en las que participaron 17 millones y 600 mil fieles. Sólo en el Año Jubilar de 2000, vio a 8 millones de peregrinos. Fueron 38 las visitas oficiales de personalidades gubernamentales de todo el mundo, mientras que concedió 738 audiencias y encuentros privados con jefes de Estado y 246 con primeros ministros. “Proponiendo al pueblo de Dios momentos de especial intensidad espiritual -siguen diciendo las notas biográficas- convocó el Año de la Redención, el Año Mariano y el Año de la Eucaristía además del Gran Jubileo de 2000”. No se puede olvidar tampoco que “acercó a las nuevas generaciones convocando las celebraciones de la Jornada Mundial de la Juventud”. Además promulgó el nuevo Código de derecho canónico para las Iglesias Latinas y el de las Iglesias orientales y el Catecismo de la Iglesia Católica. Una vida, la de Juan Pablo II, marcada por las tragedias de la historia: la ocupación nazi de Polonia que lo obligó a frecuentar el seminario clandestino de Cracovia y el régimen comunista al que se opuso en nombre de la dignidad del hombre y de la libertad religiosa. También los dramas personales: la muerte de su madre en 1929, la de su único hermano en 1932 y de su padre en 1941, que lo dejaron sólo en el mundo a los 21 años de edad. Ordenado sacerdote en 1946, fue ordenado obispo auxiliar de Cracovia en 1958, arzobispo de la misma diócesis en 1964 y cardenal en 1967. Participó en el Concilio Vaticano II (1962-1965) haciendo una aportación importante en la elaboración de la constitución Gaudium et spes. Fue elegido Papa el 16 de octubre de 1978. El 13 de mayo de 1981 sufrió en la Plaza San Pedro “un grave atentado” del que lo salvó “la mano materna de la Madre de Dios” y “después de una larga convalecencia perdonó a su agresor”. “Consciente de haber recibido una nueva vida -añade el libro- intensificó sus esfuerzos pastorales con heroica generosidad”. Por Chiara Santomiero. Traducción del italiano por Carmen Álvarez

Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). La Vigilia en el Circo Máximo, en Roma. Crónica (1).


1 Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). La Vigilia en el Circo Máximo, en Roma. Crónica (1). Vigilia en el Circo Máximo: Juan Pablo II nuevamente entre los jóvenes Desde México, Polonia, Rumanía o Italia, atraídos por su santidad ROMA, sábado 30 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Cuando la vigilia de preparación a la beatificación de Juan Pablo II, en el Circo Máximo de Roma, se conectó por satélite con el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, las misioneras del Santísimo Sacramento, mezcladas entre los peregrinos, agitaron sus pañuelos para atraer la atención de sus compatriotas. Son siete, y vienen de Nuevo León. "Juan Pablo II fue un padre para nosotras --afirma la hermana Adela de la Rosa en esta noche del sábado--. Siempre cercano a la gente, unido a Cristo, un testigo con toda su vida". Impactaba su capacidad para entablar un contacto con la gente: "en su vista a México, la gente le esperó en la calle durante horas y horas con la esperanza de verle un momento, de poderle tocar". Las hermanas tenían previsto ir del Circo Máximo de Roma a la plaza de San Pdro y esperar a que las 5.30 de la madrugada se abran los ingresos para poder participar en la beatificación. El suelo está húmedo, pues durante el día ha llovido. "Y, ¿si vuelve a llover?", les preguntamos. "No importa --responden--, abriremos los paraguas". o Del Este de Europa Junto a ellas enarbolan banderas blancas y rojas diecinueve muchachos polacos que han viajado durante tres días para llegar a Roma desde Gdansk. No sienten el cansancio. "Es más, para nosotros --afirma Magda Batachowska-- es un sueño poder estar aquí con motivo de la beatificación de Juan Pablo II". Como polaco, "fue de manera particular 'nuestro' papa, un padre para todos y ahora un santo al que podemos encomendarnos". ¿Qué palabras se han quedado más grabadas en el corazón? "No tengáis miedo --responde con seguridad Magda--: así es, nada malo puede sucederle a quien cree". "Nu và temeti!", es el eslogan impreso en las camisetas de la Acción Católica de Rumanía. Salieron en un autobús el jueves pasado desde Cluj, e hicieron etapa en Padua, Asís, y en Roma, donde son acogidos en la parroquia de San Bernabé, con sacos de dormir. "El papa venía del Este de Europa --afirma Oana Tuduce--. Sabía comprender nuestra situación, pues él mismo la había vivido, y esto nos daba aliento". "Su lección fundamental -añade Oana-- fue la confianza en la verdad, pues la verdad nos hace libres: si en nuestros países hubiera más valentía para afrontar los errores del pasado, la situación actual mejoraría". o Misionero con el sufrimiento Un largo viaje en autobús, en la noche, han tenido que afrontar también los scouts de Misterbianco, en la provincia italiana de Catania. Giuseppe Scuderi tenía 16 años cuando falleció Karol Wojtyla, pero reconoce: "Le veía en la televisión y lo sentía cerca de los jóvenes, cariñoso con los pequeños". Alfredo Murabito añade: "No se comprendía muy bien cuando hablaba en los últimos tiempos de su vida, pero transmitía emociones: al escucharle, uno se sentía mejor". Estos muchachos también han previsto una "noche blanca", sin dormir, entre el Circo Máximo y la plaza de San Pedro: "no hemos traído ni siquiera los sacos de dormir --explican--. Hubiera sido un peso inútil". o Vidas cambiadas en pocos segundos El hermano Fabian, de la Comunidad de San Juan, en Austria, que une vida activa y contemplativa, recuerda un momento particular ligado a Juan Pablo II: "Tenía 19 años y él visitó Paderborn, en Alemania del Norte, de camino hacia Berlín. Iba en el papamóvil y al pasar a mi lado me cruzó la mirada, se me quedó mirando: fue un momento decisivo para mí". "Hoy la Iglesia nos alienta a encomendarnos a su intercesión y su beatificación es como un sello de lo que ya llevábamos en el corazón", añade. 2 Con motivo de la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta, Costança Andrade, de Lisboa, vino a Roma para perderse entre la muchedumbre de peregrinos que festejaba los 25 años de pontificado de Juan Pablo II. En la noche, habían programado fuegos artificiales: "la plaza de San Pedro estaba a oscuras -- recuerda Costança-- y el Papa se asomó a la ventana. Entonamos el canto de la Virgen de Fátima y de repente Juan Pablo II dijo 'buenas noches' en portugués. Es un recuerdo imborrable". o Santidad cercana ¿Por qué le queremos? "Porque abrió la Iglesia a la gente, porque es un santo para nuestro tiempo", afirma Benedetto Coccia, presidente de la Acción Católica de Roma. "Juan Pablo II acercó el concepto de santidad a los jóvenes, haciendo que se derrumbara el prejuicio de la lejanía de la vida cotidiana que teníamos". Muchos jóvenes de la asociación, con motivo de la beatificación, se han comprometido como voluntarios: "es una forma de servicio --afirma Benedetto--, pero también una manera de dar las gracias al Papa, que nos enseñó a ser Iglesia". o Alegría neocatecumenal En torno a un canto religioso se encontraban reunidos en un área del Circo Máximo jóvenes de las comunidades del Camino Neocatecumenal, procedentes de toda Europa, bailando al ritmo del tambor bíblico. Gianfranco Tata, de la comunidad neocatecumenal de la parroquia de san Jerónimo Emiliano de Roma es un veterano de las Jornadas Mundiales de la Juventud, comenzando por la de Santiago de Compostela, en 1989, pasando por Denver, París, Roma, Toronto, hasta concluir con la de Colonia, en 2005, presidida por Benedicto XVI. "He visto a Juan Pablo II muchas veces --cuenta--. Creo que evangelizó al mundo con su sufrimiento, trastocando la lógica del mundo que no acepta a quien no está en perfectas condiciones". "Le veía con frecuencia en al televisión, el domingo --afirma Achille Ascione de Nápoles--; su sufrimiento me impresionaba, sufría con él. Créeme, hablo de corazón". Achille no ha venido al Circo Máximo como peregrino, sino para vender imanes con la imagen sonriente de Juan Pablo II mientras bendice. Es uno de las oficios que improvisa para ganarse la vida. "Presente, presente, el Papa está presente", repiten mientras tanto en coro, los fieles desde el Santuario de Guadalupe, contagiando de alegría a los doscientos mil peregrinos congregados en Roma. Y se escucha nuevamente el famoso grito: "Juan Pablo, segundo, te quiere todo el mundo". En su testimonio en el palco, seguido por más de cien países gracias a la televisión, el cardenal Stanislaw Dziwisz, fiel secretario de Karol Wojtyla durante más de 40 años, asegura: "en esta noche, en el Circo Máximo, Juan Pablo II está más presente que nunca". Por Chiara Santomiero

Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). La Vigilia en el Circo Máximo, en Roma. Crónica (2).


Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). La Vigilia en el Circo Máximo, en Roma. Crónica (2). La vigilia en el Circo Máximo revela aspectos desconocidos de Juan Pablo II Intervenciones de sor Marie Simon-Pierre, Navarro-Valls, y el cardenal Dziwisz ROMA, sábado 30 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Las doscientas mil personas que participaron durante la noche de este sábado en la vigilia de preparación para la beatificación de Juan Pablo II descubrieron aspectos desconocidos de su vida, gracias a los testimonios de sus más cercanos colaboradores. Pero la intervención más esperada, seguida también por canales de televisión de más de cien países, fue la de sor Marie Simon-Pierre, religiosa de las Maternidades Católicas, cuya curación de Parkinson ha sido el fenómeno científicamente inexplicable que permitió el reconocimiento de su beatificación. "Juan Pablo II os está mirando desde el cielo, y sonríe", dijo la religiosa que narró detalles sobre el sufrimiento que le había provocado la misma enfermedad que vivió Juan Pablo II y confesó: "Me ha impresionado el hecho de que mi experiencia ha contribuido a la beatificación de Juan Pablo II y el que pueda testimoniarlo aquí" (Cf. Marie Simon-Pierre, el milagro de Juan Pablo II). o Navarro-Valls: se confesaba todas las semanas Joaquín Navarro Valls, quien fue portavoz de Juan Pablo II durante 21 años, explicó que para comprender a Juan Pablo II hay que entender qué es la Divina Misericordia, y reveló que el papa "se confesaba todas las semanas", "pues sabía que nosotros, seres humanos, no podemos hacernos bellos, puros, por nosotros mismos. Tenemos necesidad de la ayuda que procede de Dios a través de los sacramentos". "Para un cristiano rezar es un deber y también el resultado de una convicción; para él era una necesidad, no podía vivir sin rezar", añadió. "Verle rezar era ver a una persona que está en conversación con Dios". Navarro-Valls recordó que con frecuencia le veía en su capilla privada, de rodillas, con pedazos de papel, que leía y que después en encomendaba en la oración. Eran intenciones de oración que las personas de todo el mundo le confiaban en sus cartas. o Las dos veces en que se enfadó Luego le tocó el turno al cardenal Stanisław Dziwisz, arzobispo de Cracovia, quien fue su secretario personal durante más de 40 años. Tomó la palabra para recordar que los dos amores de su vida fueron "Dios (Jesucristo), y el hombre, sobre todo los jóvenes". Y luego reveló cuáles son las dos ocasiones en las que vio a Juan Pablo II "verdaderamente enfadado". Aunque matizó: "había un motivo". La primera vez, dijo, fue en Agrigento, en Sicilia, el 9 de mayo de 1993, cuando "levantó la voz contra la mafia. Y nos asustamos todos", recordó. La otra ocasión, añadió el secretario de Karol Wojtyla, fue durante el Ángelus, antes de la guerra en Irak, cuando gritó con fuerza: "No a la guerra, la guerra no resuelve nada. Yo he vivido la guerra; sé lo que es la guerra". "Envió a un cardenal a Washington y otro a Bagdad para decir: '¡no tratéis de resolver los problemas con la guerra!'. Y tuvo razón. La guerra existe todavía y no ha resuelto nada". Al final, el cardenal Dziwisz confesó también la gran satisfacción de su vida: "al inicio le llamaban 'el papa polaco'", recordó. "Pero después todos le han llamado 'nuestro papa', incluso muchos que no son cristianos. Pero mañana le llamaremos: 'Juan Pablo II, beato'", reconoció conmovido, arrancando aplausos. o Un Rosario mundial Concluyó así la primera parte de la vigilia, la Celebración de la Memoria a través de los testimonios. La segunda se convirtió en un Rosario mundial, que unió en cada uno de los cinco misterios luminosos a Roma con grandes santuarios de diferentes continentes. Desde Lagniewniki, en Cracovia, se rezó por la juventud; desde Kawekamo-Bugando (Tanzania) por la familia; desde Nuestra Señora del Líbano-Harissa por la evangelización, desde la basílica de Santa María de Guadalupe, en México, por la paz entre las naciones, y desde Fátima por la Iglesia. El acto concluyó en torno a las 22.30 con la oración final y bendición que Benedicto XVI impartió desde el Palacio Apostólico del Vaticano gracias a la conexión televisiva. Por Jesús Colina

Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Breve biografía.


1 Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Breve biografía. Juan Pablo II: Breve Biografía Oficina de Prensa de la Santa Sede Actualización: 30.06.2005 Karol Józef Wojtyła, conocido como Juan Pablo II desde su elección al papado en octubre de 1978, nació en Wadowice, una pequeña ciudad a 50 kms. de Cracovia, el 18 de mayo de 1920. Era el más pequeño de los tres hijos de Karol Wojtyła y Emilia Kaczorowska. Su madre falleció en 1929. Su hermano mayor Edmund (médico) murió en 1932 y su padre (suboficial del ejército) en 1941. Su hermana Olga murió antes de que naciera él. Fue bautizado por el sacerdote Franciszek Zak el 20 de junio de 1920 en la Iglesia parroquial de Wadowice; a los 9 años hizo la Primera Comunión, y a los 18 recibió la Confirmación. Terminados los estudios de enseñanza media en la escuela Marcin Wadowita de Wadowice, se matriculó en 1938 en la Universidad Jagellónica de Cracovia y en una escuela de teatro. Cuando las fuerzas de ocupación nazi cerraron la Universidad, en 1939, el joven Karol tuvo que trabajar en una cantera y luego en una fábrica química (Solvay), para ganarse la vida y evitar la deportación a Alemania. A partir de 1942, al sentir la vocación al sacerdocio, siguió las clases de formación del seminario clandestino de Cracovia, dirigido por el Arzobispo de Cracovia, Cardenal Adam Stefan Sapieha. Al mismo tiempo, fue uno de los promotores del "Teatro Rapsódico", también clandestino. Tras la segunda guerra mundial, continuó sus estudios en el seminario mayor de Cracovia, nuevamente abierto, y en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica, hasta su ordenación sacerdotal en Cracovia el 1 de noviembre de 1946 de manos del Arzobispo Sapieha. Seguidamente fue enviado a Roma, donde, bajo la dirección del dominico francés Garrigou-Lagrange, se doctoró en 1948 en teología, con una tesis sobre el tema de la fe en las obras de San Juan de la Cruz (Doctrina de fide apud Sanctum Ioannem a Cruce). En aquel período aprovechó sus vacaciones para ejercer el ministerio pastoral entre los emigrantes polacos de Francia, Bélgica y Holanda. En 1948 volvió a Polonia, y fue vicario en diversas parroquias de Cracovia y capellán de los universitarios hasta 1951, cuando reanudó sus estudios filosóficos y teológicos. En 1953 presentó en la Universidad Católica de Lublin una tesis titulada "Valoración de la posibilidad de fundar una ética católica sobre la base del sistema ético de Max Scheler". Después pasó a ser profesor de Teología Moral y Etica Social en el seminario mayor de Cracovia y en la facultad de Teología de Lublin. El 4 de julio de 1958 fue nombrado por Pío XII Obispo titular de Olmi y Auxiliar de Cracovia. Recibió la ordenación episcopal el 28 de septiembre de 1958 en la catedral del Wawel (Cracovia), de manos del Arzobispo Eugeniusz Baziak. 2 El 13 de enero de 1964 fue nombrado Arzobispo de Cracovia por Pablo VI, quien le hizo cardenal el 26 de junio de 1967, con el título de San Cesareo en Palatio, Diaconía elevada pro illa vice a título presbiteral. Además de participar en el Concilio Vaticano II (1962-1965), con una contribución importante en la elaboración de la constitución Gaudium et spes, el Cardenal Wojtyła tomó parte en las cinco asambleas del Sínodo de los Obispos anteriores a su pontificado. Los cardenales reunidos en Cónclave le eligieron Papa el 16 de octubre de 1978. Tomó el nombre de Juan Pablo II y el 22 de octubre comenzó solemnemente su ministerio petrino como 263 sucesor del Apóstol Pedro. Su pontificado ha sido uno de los más largos de la historia de la Iglesia y ha durado casi 27 años. Juan Pablo II ejerció su ministerio petrino con incansable espíritu misionero, dedicando todas sus energías, movido por la "sollicitudo omnium Ecclesiarum" y por la caridad abierta a toda la humanidad. Realizó 104 viajes apostólicos fuera de Italia, y 146 por el interior de este país. Además, como Obispo de Roma, visitó 317 de las 333 parroquias romanas. Más que todos sus predecesores se encontró con el pueblo de Dios y con los responsables de las naciones: más de 17.600.000 peregrinos participaron en las 1166 Audiencias Generales que se celebran los miércoles. Ese numero no incluye las otras audiencias especiales y las ceremonias religiosas [más de 8 millones de peregrinos durante el Gran Jubileo del año 2000] y los millones de fieles que el Papa encontró durante las visitas pastorales efectuadas en Italia y en el resto del mundo. Hay que recordar también las numerosas personalidades de gobierno con las que se entrevistó durante las 38 visitas oficiales y las 738 audiencias o encuentros con jefes de Estado y 246 audiencias y encuentros con Primeros Ministros. Su amor a los jóvenes le impulsó a iniciar en 1985 las Jornadas Mundiales de la Juventud. En las 19 ediciones de la JMJ celebradas a lo largo de su pontificado se reunieron millones de jóvenes de todo el mundo. Además, su atención hacia la familia se puso de manifiesto con los encuentros mundiales de las familias, inaugurados por él en 1994. Juan Pablo II promovió el diálogo con los judíos y con los representantes de las demás religiones, convocándolos en varias ocasiones a encuentros de oración por la paz, especialmente en Asís. Bajo su guía, la Iglesia se acercó al tercer milenio y celebró el Gran Jubileo del año 2000, según las líneas indicadas por él en la carta apostólica Tertio millennio adveniente; y se asomó después a la nueva época, recibiendo sus indicaciones en la carta apostólica Novo millennio ineunte, en la que mostraba a los fieles el camino del tiempo futuro. Con el Año de la Redención, el Año Mariano y el Año de la Eucaristía, promovió la renovación espiritual de la Iglesia. 3 Realizó numerosas canonizaciones y beatificaciones para mostrar innumerables ejemplos de santidad de hoy, que sirvieran de estímulo a los hombres de nuestro tiempo: celebró 147 ceremonias de beatificación -en las que proclamó 1338 beatos- y 51 canonizaciones, con un total de 482 santos. Proclamó a santa Teresa del Niño Jesús Doctora de la Iglesia. Amplió notablemente el Colegio cardenalicio, creando 231 cardenales (más uno "in pectore", cuyo nombre no se hizo público antes de su muerte) en 9 consistorios. Además, convocó 6 reuniones plenarias del colegio cardenalicio. Presidió 15 Asambleas del Sínodo de los obispos: 6 generales ordinarias (1980, 1983, 1987, 1990, 1994 y 2001), 1 general extraordinaria (1985) y 8 especiales (1980, 1991, 1994, 1995, 1997, 1998 (2) y 1999). Entre sus documentos principales se incluyen: 14 Encíclicas, 15 Exhortaciones apostólicas, 11 Constituciones apostólicas y 45 Cartas apostólicas. Promulgó el Catecismo de la Iglesia Católica, a la luz de la Revelación, autorizadamente interpretada por el Concilio Vaticano II. Reformó el Código de Derecho Canónico y el Código de Cánones de las Iglesias Orientales; y reorganizó la Curia Romana. Publicó también cinco libros como doctor privado: "Cruzando el umbral de la esperanza" (octubre de 1994);"Don y misterio: en el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal" (noviembre de 1996); "Tríptico romano - Meditaciones", libro de poesías (marzo de 2003); “¡Levantaos! ¡Vamos!” (mayo de 2004) y “Memoria e identidad” (febrero de 2005). Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005, a las 21.37, mientras concluía el sábado, y ya habíamos entrado en la octava de Pascua y domingo de la Misericordia Divina. Desde aquella noche hasta el 8 de abril, día en que se celebraron las exequias del difunto pontífice, más de tres millones de peregrinos rindieron homenaje a Juan Pablo II, haciendo incluso 24 horas de cola para poder acceder a la basílica de San Pedro. El 28 de abril, el Santo Padre Benedicto XVI dispensó del tiempo de cinco años de espera tras la muerte para iniciar la causa de beatificación y canonización de Juan Pablo II. La causa la abrió oficialmente el cardenal Camillo Ruini, vicario general para la diócesis de Roma, el 28 de junio de 2005. Juan Pablo II fue beatificado por Benedicto XVI en Roma el 1 de Mayo de 2011.

Juan Pablo I. Beatificación (1 mayo 2011). El apóstol de la Divina Misericordia. El misterio del mal ético.


Juan Pablo I. Beatificación (1 mayo 2011). El apóstol de la Divina Misericordia. El misterio del mal ético. El apóstol de la Divina Misericordia. El misterio del mal ético La fecha de su beatificación recoge su legado espiritual CIUDAD DEL VATICANO, sábado 30 de abril de 2011 (ZENIT.org).- La elección de Benedicto XVI para la fecha de la beatificación de Juan Pablo II, el 1 de mayo, que en este año coincide con el domingo de la Divina Misericordia, no es una casualidad. En varias ocasiones, pero en particular en los funerales de Karol Wojtyla, el cardenal Joseph Ratzinger ha mostrado cómo la herencia más original de ese papa a la Iglesia fue precisamente su contribución a la comprensión del mal provocado por el ser humano a la luz del límite que pone la Divina Misericordia. El entonces decano del colegio cardenalicio, ante el cuerpo de Juan Pablo II, explicaba este legado así: "Cristo, sufriendo por todos nosotros, ha conferido un nuevo sentido al sufrimiento; lo ha introducido en una nueva dimensión, en un nuevo orden: el del amor... Es el sufrimiento que quema y consume el mal con la llama del amor, y obtiene también del pecado un multiforme florecimiento de bien" (Cf. Homilía del cardenal Joseph Ratzinger en las exequias de Juan Pablo II). o El misterio del mal ético Karol Wojtyla sufrió los dos totalitarismos del siglo XX, el comunismo y el nazismo, y se preguntaba cómo fue posible que Dios permitiera dramas tan terribles. Muchos han utilizado estos males como razones para negar la existencia de Dios, o incluso para afirmar que Dios no es bueno. Juan Pablo II, en cambio, se valió de ellos para reflexionar sobre lo que Dios enseña, al permitir que sucedan tragedias, a causa de la libre cooperación de los hombres. Y encontró la respuesta a la cuestión del mal ético en la perspectiva de la Divina Misericordia, la enseñanza de la religiosa y mística polaca santa Faustina Kowalska (1905-1938). San Agustín explica que Dios nunca permite el mal: Él no lo causa; lo permite. El mal no es una cosa. Al crear al ser humano con libertad, Dios aceptó la existencia del mal. ¿Hubiera sido mejor que Dios no creara al hombre? ¿Habría sido mejor no crearlo libre? No. Pero, entonces -se preguntaba el joven polaco- ¿cuál es el límite del mal para que no tenga la última palabra? Juan Pablo II comprendió que los límites del mal los delimita la Divina Misericordia. Esto no implica que todo el mundo se salve automáticamente por la Divina Misericordia, disculpando así todo pecado, sino que Dios perdonará a todo pecador que acepte ser perdonado. Por eso, el perdón, la superación del mal, pasa por el arrepentimiento. Y si el perdón constituye el límite al mal (¡cuántas lecciones se podrían sacar de esta verdad para superar los conflictos armados!), la libertad condiciona, en cierto modo, a la Divina Misericordia. Dios, en efecto, arriesgó mucho al crear al hombre libre. Arriesgó que rechace su amor y que sea capaz, negando en realidad la verdad más honda de su libertad, de matar y pisotear a su hermano. Y pagó el precio más terrible, el sacrificio de su único Hijo. Somos el riesgo de Dios. Pero un riesgo que se supera con el poder infinito de la Divina Misericordia. o Su mensaje póstumo Juan Pablo II había preparado una alocución para el Domingo de la Divina Misericordia, que no pudo pronunciar, pues la víspera fue llamado a la Casa del Padre. Sin embargo, quiso que ese texto se leyera y publicara como su mensaje póstumo: "A la Humanidad, que a veces parece extraviada y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece, como don, su amor que perdona, reconcilia y suscita de nuevo la esperanza. Es un amor que convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Misericordia divina!" (Cf. Regina Cæli, 3 de abril de 2005). Como recuerdo perenne de este mensaje, Juan Pablo II introdujo en el calendario litúrgico la solemnidad de la Divina Misericordia, una semana tras el domingo de Pascua. Por este motivo, el monseñor Guido Marini, maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, ha anunciado que la beatificación de Juan Pablo II comenzará en la plaza de san Pedro del Vaticano con una novedad. Los centenares de miles de peregrinos se prepararán a la celebración recitando, en diferentes idiomas, la coronilla de la Divina Misericordia, práctica de devoción que promovió sor Faustina. La imagen de Divina Misericordia, traída de la Iglesia del Espíritu Santo en Sassia, muy cerca del Vaticano estará presente en la parte elevada de plaza, frente a la Basílica hasta el comienzo de la Santa Misa. Por Jesús Colina

Juan Pablo II, Beatificación (1 mayo 2011). El mundo del teatro rinde homenaje a Wojtyla.


Juan Pablo II, Beatificación (1 mayo 2011). El mundo del teatro rinde homenaje a Wojtyla. El mundo del teatro rinde homenaje a Wojtyla Meditando sobre la “Pasión y muerte de Karol” ROMA, domingo 1 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- “Pasión y muerte de Karol”: con este evento el mundo del teatro ha querido rendir homenaje a Juan Pablo II a través de una meditación que se realizó en Roma el pasado viernes por la noche. Tomando como escenario el Palacio de la Cancillería, 28 actores con la ayuda de grandes voces de la prosa evocaron la atmósfera de aquellas horas. Los textos de dicha meditación eran citas elegidas del libro “Papa Wojtyla, el adiós”, escrito por el periodista Marco Politi. De los 22 capítulos del volumen fueron elegidos los más importantes, dividiéndose en XIV “estaciones” para contar las últimas semanas del Papa polaco. En el salón del siglo XVI, más de 700 personas se emocionaron escuchando la lectura de las citas relacionadas con diversos momentos de la enfermedad del Santo Padre, mientras se proyectaban algunas fotografías relativas a este periodo histórico: los ingresos en el hospital, el Papa que se asoma por la ventana del hospital, el público que lo saluda en el recorrido que va del Vaticano a la clínica Gemelli, los medios de comunicación alrededor del hospital en una especie de asedio mediático, el cardenal Leonardo Sandri que lee el mensaje del Papa, sus palabras contra la guerra de Iraq. El encuentro fue organizado por Elea, el instituto de alta formación de los Padres Concepcionistas, con el apoyo del IDI. La parte audiovisual fue adaptada por el director Riccardo Leonellie y por el organizador de eventos de Elea, Pietro Schiavazzi, que presentó el evento. La meditación recordó el sentimiento colectivo que se apoderó y arrastró a millones de hombres y de mujeres entre febrero y abril de 2005, cuando el Papa que vino de lejos consiguió hablar también a quien no practica, a quien piensa diversamente, a quien sigue otras confesiones y a quien lo había criticado. Entre una estación y otra, un cuarteto dirigido por Stelvio Cipriani interpretó pasajes musicales de la misa solmene compuesta por él y dedicada a Juan Pablo II. Intervinieron entre otros: Serena Autieri, Giulio Base, Massimo Dapporto, Monica Guerritore, Francesco Salvi, Sebastiano Somma, Euridice Axe'n, Vincenzo Bocciarelli, Danilo Brugia, Valeria Cavalli, Rodolfo Corsato, Lorenzo Flaherty, Khaled Fouad Allam, Giuliano Gemma, Andrea Giordana, Eleonora Ivone, Lucrezia Lante della Rovere, Riccardo Leonelli, Eleonora Mazzoni, Olek Mincer, Francesco Montanari, Giuseppe Pambieri, Francesco Pannofino, Nicoletta Romanoff, Edoardo Siravo, Lia Tanzi, Massimo Wertmuller, Giuseppe Zeno.

Educación de los jóvenes en la justicia y en la paz. Mensaje de Benedicto XVI en la 45 Jornada Mundial de la paz (2010). La educación: el encuentro entre dos libertades y dos responsabilidades: las del adulto y las del joven. Cometidos de la familia, de las instituciones educativas, de los responsables políticos y de los medios de comunicación. La educación en la verdad y en la libertad. La justicia no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano. La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad.



1 Educación de los jóvenes en la justicia y en la paz. Mensaje de Benedicto XVI en la 45 Jornada Mundial de la paz (2010). La educación: el encuentro entre dos libertades y dos responsabilidades: las del adulto y las del joven. Cometidos de la familia, de las instituciones educativas, de los responsables políticos y de los medios de comunicación. La educación en la verdad y en la libertad. La justicia no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano. La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Benedicto XVI, «Educar a los jóvenes en la justicia y la paz», Mensaje en la 45 Jornada Mundial de la paz, 1 de enero de 2012 o Una mirada al nuevo año: con una actitud de confianza. El salmista dice que el hombre de fe aguarda al Señor «más que el centinela la aurora». 1. El comienzo de un Año nuevo, don de Dios a la humanidad, es una invitación a desear a todos, con mucha confianza y afecto, que este tiempo que tenemos por delante esté marcado por la justicia y la paz. ¿Con qué actitud debemos mirar el nuevo año? En el salmo 130 encontramos una imagen muy bella. El salmista dice que el hombre de fe aguarda al Señor «más que el centinela la aurora» (v. 6), lo aguarda con una sólida esperanza, porque sabe que traerá luz, misericordia, salvación. Esta espera nace de la experiencia del pueblo elegido, el cual reconoce que Dios lo ha educado para mirar el mundo en su verdad y a no dejarse abatir por las tribulaciones. Os invito a abrir el año 2012 con dicha actitud de confianza. Es verdad que en el año que termina ha aumentado el sentimiento de frustración por la crisis que agobia a la sociedad, al mundo del trabajo y la economía; una crisis cuyas raíces son sobre todo culturales y antropológicas. Parece como si un manto de oscuridad hubiera descendido sobre nuestro tiempo y no dejara ver con claridad la luz del día. o Los jóvenes, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales, pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza. En esta oscuridad, sin embargo, el corazón del hombre no cesa de esperar la aurora de la que habla el salmista. Se percibe de manera especialmente viva y visible en los jóvenes, y por esa razón me dirijo a ellos teniendo en cuenta la aportación que pueden y deben ofrecer a la sociedad. Así pues, quisiera presentar el Mensaje para la XLV Jornada Mundial de la Paz en una perspectiva educativa: «Educar a los jóvenes en la justicia y la paz», convencido de que ellos, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales, pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza. Mi mensaje se dirige también a los padres, las familias y a todos los estamentos educativos y formativos, así como a los responsables en los distintos ámbitos de la vida religiosa, social, política, económica, cultural y de la comunicación. Prestar atención al mundo juvenil, saber escucharlo y valorarlo, no es sólo una oportunidad, sino un deber primario de toda la sociedad, para la construcción de un futuro de justicia y de paz. Transmitir a los jóvenes el aprecio por el valor positivo de la vida. Se ha de transmitir a los jóvenes el aprecio por el valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al servicio del bien. Éste es un deber en el que todos estamos comprometidos en primera persona. Las preocupaciones manifestadas en estos últimos tiempos por muchos jóvenes en diversas regiones del mundo expresan el deseo de mirar con fundada esperanza el futuro. En la actualidad, muchos son los aspectos que les preocupan: el deseo de recibir una formación que los prepare con más profundidad a afrontar la realidad, la dificultad de formar una familia y encontrar un puesto estable de trabajo, la capacidad efectiva de contribuir al mundo de la política, de la cultura y de la economía, para edificar una sociedad con un rostro más humano y solidario. Es importante que estos fermentos, y el impulso idealista que contienen, encuentren la justa atención en todos los sectores de la sociedad. La Iglesia mira a los jóvenes con esperanza, confía en ellos y los anima a buscar la verdad, a defender el bien común, a tener una perspectiva abierta sobre el mundo y ojos capaces de ver «cosas nuevas» (Is 42,9; 48,6). 2 Los responsables de la educación o La educación: el encuentro entre dos libertades y dos responsabilidades: las del adulto y las del joven. 2. La educación es la aventura más fascinante y difícil de la vida. Educar – que viene de educere en latín – significa conducir fuera de sí mismos para introducirlos en la realidad, hacia una plenitud que hace crecer a la persona. Ese proceso se nutre del encuentro de dos libertades, la del adulto y la del joven. Requiere la responsabilidad del discípulo, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la realidad, y la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo. Por eso, los testigos auténticos, y no simples dispensadores de reglas o informaciones, son más necesarios que nunca; testigos que sepan ver más lejos que los demás, porque su vida abarca espacios más amplios. El testigo es el primero en vivir el camino que propone. Lugares donde madura una verdadera educación en la paz y en la justicia. En la familia ¿Cuáles son los lugares donde madura una verdadera educación en la paz y en la justicia? Ante todo la familia, puesto que los padres son los primeros educadores. La familia es la célula originaria de la sociedad. «En la familia es donde los hijos aprenden los valores humanos y cristianos que permiten una convivencia constructiva y pacífica. En la familia es donde se aprende la solidaridad entre las generaciones, el respeto de las reglas, el perdón y la acogida del otro»[1].Ella es la primera escuela donde se recibe educación para la justicia y la paz. Vivimos en un mundo en el que la familia, y también la misma vida, se ven constantemente amenazadas y, a veces, destrozadas. Unas condiciones de trabajo a menudo poco conciliables con las responsabilidades familiares, la preocupación por el futuro, los ritmos de vida frenéticos, la emigración en busca de un sustento adecuado, cuando no de la simple supervivencia, acaban por hacer difícil la posibilidad de asegurar a los hijos uno de los bienes más preciosos: la presencia de los padres; una presencia que les permita cada vez más compartir el camino con ellos, para poder transmitirles esa experiencia y cúmulo de certezas que se adquieren con los años, y que sólo se pueden comunicar pasando juntos el tiempo. Deseo decir a los padres que no se desanimen. Que exhorten con el ejemplo de su vida a los hijos a que pongan la esperanza ante todo en Dios, el único del que mana justicia y paz auténtica. En las instituciones dedicadas a la educación. Cometidos de los responsables de las mismas. Quisiera dirigirme también a los responsables de las instituciones dedicadas a la educación: que vigilen con gran sentido de responsabilidad para que se respete y valore en toda circunstancia la dignidad de cada persona. Que se preocupen de que cada joven pueda descubrir la propia vocación, acompañándolo mientras hace fructificar los dones que el Señor le ha concedido. Que aseguren a las familias que sus hijos puedan tener un camino formativo que no contraste con su conciencia y principios religiosos. Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna. Cometidos de los responsables políticos Me dirijo también a los responsables políticos, pidiéndoles que ayuden concretamente a las familias e instituciones educativas a ejercer su derecho deber de educar. Nunca debe faltar una ayuda adecuada a la maternidad y a la paternidad. Que se esfuercen para que a nadie se le niegue el derecho a la instrucción y las familias puedan elegir libremente las estructuras educativas que consideren más idóneas para el bien de sus hijos. Que trabajen para favorecer el reagrupamiento de las familias divididas por la necesidad de encontrar medios de subsistencia. Ofrezcan a los jóvenes una imagen límpida de la política, como verdadero servicio al bien de todos. No puedo dejar de hacer un llamamiento, además, al mundo de los medios, para que den su aportación educativa. En la sociedad actual, los medios de comunicación de masa tienen un papel particular: 3 no sólo informan, sino que también forman el espíritu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes. Es importante tener presente que los lazos entre educación y comunicación son muy estrechos: en efecto, la educación se produce mediante la comunicación, que influye positiva o negativamente en la formación de la persona. También los jóvenes han de tener el valor de vivir ante todo ellos mismos lo que piden a quienes están en su entorno. Les corresponde una gran responsabilidad: que tengan la fuerza de usar bien y conscientemente la libertad. También ellos son responsables de la propia educación y formación en la justicia y la paz. Educar en la verdad y en la libertad o Para educar en la verdad es necesario saber sobre todo quién es la persona humana, conocer su naturaleza. La cuestión fundamental que hay que plantearse: ¿Quién es el hombre? La primera educación consiste en aprender a reconocer en el hombre la imagen del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser humano y ayudar a los otros a llevar una vida conforme a esta altísima dignidad. 3. San Agustín se preguntaba: «Quid enim fortius desiderat anima quam veritatem? - ¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad?»[2]. El rostro humano de una sociedad depende mucho de la contribución de la educación a mantener viva esa cuestión insoslayable. En efecto, la educación persigue la formación integral de la persona, incluida la dimensión moral y espiritual del ser, con vistas a su fin último y al bien de la sociedad de la que es miembro. Por eso, para educar en la verdad es necesario saber sobre todo quién es la persona humana, conocer su naturaleza. Contemplando la realidad que lo rodea, el salmista reflexiona: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que de él te cuides?» (Sal 8,4-5). Ésta es la cuestión fundamental que hay que plantearse: ¿Quién es el hombre? El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed de infinito, una sed de verdad –no parcial, sino capaz de explicar el sentido de la vida– porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Así pues, reconocer con gratitud la vida como un don inestimable lleva a descubrir la propia dignidad profunda y la inviolabilidad de toda persona. Por eso, la primera educación consiste en aprender a reconocer en el hombre la imagen del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser humano y ayudar a los otros a llevar una vida conforme a esta altísima dignidad. Nunca podemos olvidar que «el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones»[3],incluida la trascendente, y que no se puede sacrificar a la persona para obtener un bien particular, ya sea económico o social, individual o colectivo. Es cometido de la educación el formar en la auténtica libertad. Sólo en la relación con Dios comprende también el hombre el significado de la propia libertad. Y es cometido de la educación el formar en la auténtica libertad. Ésta no es la ausencia de vínculos o el dominio del libre albedrío, no es el absolutismo del yo. El hombre que cree ser absoluto, no depender de nada ni de nadie, que puede hacer todo lo que se le antoja, termina por contradecir la verdad del propio ser, perdiendo su libertad. Por el contrario, el hombre es un ser relacional, que vive en relación con los otros y, sobre todo, con Dios. La auténtica libertad nunca se puede alcanzar alejándose de Él. La libertad es un valor precioso, pero delicado; se la puede entender y usar mal. «En la actualidad, un obstáculo particularmente insidioso para la obra educativa es la masiva presencia, en nuestra sociedad y cultura, del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la libertad, se transforma para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, dejando a cada uno encerrado dentro de su propio “yo”. Por consiguiente, dentro de ese horizonte relativista no es posible una auténtica educación, pues sin la luz de la verdad, antes o después, toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su esfuerzo por construir con los demás algo en común»[4]. Para ejercer su libertad, el hombre debe superar por tanto el horizonte del relativismo y conocer la verdad sobre sí mismo y sobre el bien y el mal. En lo más íntimo de la conciencia el hombre descubre una 4 ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz lo llama a amar, a hacer el bien y huir del mal, a asumir la responsabilidad del bien que ha hecho y del mal que ha cometido[5].Por eso, el ejercicio de la libertad está íntimamente relacionado con la ley moral natural, que tiene un carácter universal, expresa la dignidad de toda persona, sienta la base de sus derechos y deberes fundamentales, y, por tanto, en último análisis, de la convivencia justa y pacífica entre las personas. El uso recto de la libertad es, pues, central en la promoción de la justicia y la paz, que requieren el respeto hacia uno mismo y hacia el otro, aunque se distancie de la propia forma de ser y vivir. De esa actitud brotan los elementos sin los cuales la paz y la justicia se quedan en palabras sin contenido: la confianza recíproca, la capacidad de entablar un diálogo constructivo, la posibilidad del perdón, que tantas veces se quisiera obtener pero que cuesta conceder, la caridad recíproca, la compasión hacia los más débiles, así como la disponibilidad para el sacrificio. Educar en la justicia o La justicia no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano. No caer en una concepción contractualista de la justicia y abrir también para ella el horizonte de la solidaridad y del amor 4. En nuestro mundo, en el que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, más allá de las declaraciones de intenciones, está seriamente amenazo por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de utilidad, del beneficio y del tener, es importante no separar el concepto de justicia de sus raíces transcendentes. La justicia, en efecto, no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano. La visión integral del hombre es lo que permite no caer en una concepción contractualista de la justicia y abrir también para ella el horizonte de la solidaridad y del amor[6]. No podemos ignorar que ciertas corrientes de la cultura moderna, sostenida por principios económicos racionalistas e individualistas, han sustraído al concepto de justicia sus raíces transcendentes, separándolo de la caridad y la solidaridad: «La “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo»[7]. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,6). Serán saciados porque tienen hambre y sed de relaciones rectas con Dios, consigo mismos, con sus hermanos y hermanas, y con toda la creación. Educar en la paz o La paz no puede alcanzarse en la tierra sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad» La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. 5. «La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad»[8].La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo don de Dios. Los cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera paz: en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las barreras que nos separaban a unos de otros (cf. Ef 2,14-18); en Él, hay una única familia reconciliada en el amor. La paz no sólo un don sino también una obra que se ha de construir. Para ser verdaderamente constructores de la paz Pero la paz no es sólo un don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Para ser verdaderamente constructores de la paz, debemos ser educados en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad; hemos de ser activos dentro de las comunidades y atentos a despertar las consciencias sobre las cuestiones nacionales e internacionales, así como sobre la importancia de buscar 5 modos adecuados de redistribución de la riqueza, de promoción del crecimiento, de la cooperación al desarrollo y de la resolución de los conflictos. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios», dice Jesús en el Sermón de la Montaña (Mt 5,9). La paz para todos nace de la justicia de cada uno y ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según las propias competencias y responsabilidades. La paz para todos nace de la justicia de cada uno y ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según las propias competencias y responsabilidades. Invito de modo particular a los jóvenes, que mantienen siempre viva la tensión hacia los ideales, a tener la paciencia y constancia de buscar la justicia y la paz, de cultivar el gusto por lo que es justo y verdadero, aun cuando esto pueda comportar sacrificio e ir contracorriente. Levantar los ojos a Dios o «No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente. 6. Ante el difícil desafío que supone recorrer la vía de la justicia y de la paz, podemos sentirnos tentados de preguntarnos como el salmista: «Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?» (Sal 121,1). Deseo decir con fuerza a todos, y particularmente a los jóvenes: «No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico [...], mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?»[9]. El amor se complace en la verdad, es la fuerza que nos hace capaces de comprometernos con la verdad, la justicia, la paz, porque todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cf. 1 Co 13,1-13). o Exhortaciones a los jóvenes No os dejéis vencer por el desánimo ante las dificultades y no os entreguéis a las falsas soluciones. Queridos jóvenes, vosotros sois un don precioso para la sociedad. No os dejéis vencer por el desánimo ante las dificultades y no os entreguéis a las falsas soluciones, que con frecuencia se presentan como el camino más fácil para superar los problemas. No tengáis miedo de comprometeros, de hacer frente al esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos que requieren fidelidad y constancia, humildad y dedicación. Vivid con confianza vuestra juventud y esos profundos deseos de felicidad, verdad, belleza y amor verdadero que experimentáis. Vivid con intensidad esta etapa de vuestra vida tan rica y llena de entusiasmo. Sed conscientes de que ….. Sed conscientes de que vosotros sois un ejemplo y estímulo para los adultos, y lo seréis cuanto más os esforcéis por superar las injusticias y la corrupción, cuanto más deseéis un futuro mejor y os comprometáis en construirlo. Sed conscientes de vuestras capacidades y nunca os encerréis en vosotros mismos, sino sabed trabajar por un futuro más luminoso para todos. Nunca estáis solos. La Iglesia confía en vosotros, os sigue, os anima y desea ofreceros lo que tiene de más valor: la posibilidad de levantar los ojos hacia Dios, de encontrar a Jesucristo, Aquel que es la justicia y la paz. A todos vosotros, hombres y mujeres preocupados por la causa de la paz. La paz no es un bien ya logrado, sino una meta a la que todos debemos aspirar. Miremos con mayor esperanza al futuro, animémonos mutuamente en nuestro camino, trabajemos para dar a nuestro mundo un rostro más humano y fraterno y sintámonos unidos en la responsabilidad respecto a las jóvenes generaciones de hoy y del mañana, particularmente en educarlas a ser pacíficas y artífices de paz. Consciente de todo ello, os envío estas reflexiones y os dirijo un llamamiento: unamos nuestras fuerzas espirituales, morales y materiales para «educar a los jóvenes en la justicia y la paz». Vaticano, 8 de diciembre de 2011 BENEDICTUS PP XVI 6 Notas [1] Discurso a los Administradores de la Región del Lacio, del Ayuntamiento y de la Provincia de Roma, (14 enero 2011), L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (23 enero 2011), 3. [2] Comentario al Evangelio de S. Juan, 26,5. [3] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 11: AAS 101 (2009), 648; cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 14: AAS 59 (1967), 264. [4] Discurso en la ceremonia de apertura de la Asamblea eclesial de la diócesis de Roma (6 junio 2005): AAS 97 (2005), 816. [5] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 16. [6] Cf. Discurso en el Bundestag (Berlín, 22 septiembre 2011): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (25 septiembre 2011), 6-7. [7] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 6: AAS 101 (2009), 644-645. [8] Catecismo de la Iglesia Católica, 2304. [9] Vigilia de oración con los jóvenes (Colonia, 20 agosto 2005): AAS 97 (2005), 885-886. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

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