sábado, 1 de julio de 2017

Recibir: acoger – comulgar. (Monseñor Agrelo - Arzobispo de Tanger)

Aquel día, “dijo Jesús a sus apóstoles: El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”. Y añadió: “El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá paga de justo”.
La clave para entrar en el misterio de este domingo nos la da la palabra “recibir”, que, según los diccionarios de la lengua castellana, se dice del que “acoge a otro en su compañía o comunidad”.
Pero en los tiempos de mi infancia, en el diccionario del pueblo, más rico de matices que el de los académicos, la palabra “recibir” significaba lo que hoy todos llaman “comulgar”. Y así, decíamos: “fui a recibir”, para decir que habíamos ido a comulgar.
La fe, Iglesia cuerpo de Cristo, te pide que mantengas estrechamente unidos ambos significados, el de acoger y el de comulgar, pues el mismo Jesús te enseña que, quien acoge a uno de esos pequeñuelos –a uno de esos mínimos, de esos insignificantes- sólo porque es su discípulo, acoge a Jesús que lo envía, y acoge al Padre, del que Jesús es el enviado. Jesús te enseña que, si acoges a uno de esos pequeños, ¡comulgas!
Aprenderás también que, si cuidas de esos pequeños, sólo porque son pequeños, habrás cuidado del Rey de cielos y tierra y, aun sin saberlo, habrás comulgado con él.
La fe te hace ver como un pecado contra la comunión con Cristo, contra la dicha en Cristo, contra ti mismo, te hace ver como negación de la comunión, de la dicha y de ti mismo, las fronteras que se han vuelto barreras de cuchillas contra los pobres, las leyes que se han vuelto instrumentos de inequidad contra los pequeños, las opciones morales –opciones inmorales: políticas, económicas, sociológicas- que dejan tirados al borde del camino a los que no cuentan.
Y si me dices que de esa manera –recibiendo, acogiendo, comulgando- pierdes tu vida, el Señor te asegura que ésa es la única manera en que la podrás encontrar.
Hoy, reunidos en torno a Cristo resucitado, escuchamos su palabra –la acogemos-, comemos el Pan que él ha preparado para la mesa del Reino de Dios –lo recibimos-, y cuidamos de él –comulgamos con él- en los pequeños que son su cuerpo: en los que tienen hambre; en los que tienen sed; en los que parecen haber nacido para ser esclavos de todos, para llevar las cargas de todos, para ser despreciados por todos.

Feliz domingo.

La vida en Cristo Jesús. Domingo 13 del Tiempo Ordinario, Ciclo A (2 de julio del 2017).



Ø     La vida en Cristo Jesús. Domingo 13 del Tiempo Ordinario, Ciclo A (2 de julio del 2017). Por el Bautismo se nos da la nueva vida en Cristo Jesús. «Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Primera Lectura). En el  Catecismo se recuerda: que los bautizados se han «revestido de Cristo»;  que el Bautismo, por el Espíritu Santo, es un baño que purifica, santifica y justifica; que por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con él; que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también nosotros vivimos una vida nueva. La vida nueva nos hace participar de los sentimientos que tuvo Cristo. El contraste entre la vida según la carne (es decir, según la mera condición humana de debilidad) y la vida según el Espíritu. El carácter dramático de la existencia del hombre en esta vida.  Dos textos de San Pablo en los que explica el contraste entre la vida según la carne y la vida según el Espíritu. Efectos del bautismo: muerte al pecado y nacimiento a una vida nueva en Cristo.

v     Cfr. Domingo 13 del  Tiempo Ordinario Ciclo A

2 de  julio de  2017
2 Reyes 4, 8-11.14-16; Romanos 6, 3-4.8-11; Mateo 10, 37-42

POR EL BAUTISMO: SE NOS DA LA NUEVA VIDA EN CRISTO JESÚS.


CONSIDERAOS MUERTOS AL PECADO

Y VIVOS PARA DIOS EN CRISTO JESÚS

(Cfr. Primera Lectura, Romanos 6, 11)

Romanos 6, 3-4. 8-11: 3 Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. 4 Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva. 8 Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9 pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. 10 Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. 11 Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Mateo 10, 37-42: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:  37«El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mi no es digno de mí; 38 y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. 39 El que encuentre su vida la perderá, y  el que pierda su vida por mí la encontrará. 40 El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe al que me ha enviado; 41 el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. 42 El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

1.      La vida nueva en Cristo: su contenido se expresa de diversos modos

v     En el n. 1227 del Catecismo se recuerda: 

-          que los bautizados se han «revestido de Cristo» (Gálatas 3,27);
-          que el Bautismo, por el Espíritu Santo, es un baño que purifica, santifica y justifica  (Cfr. 1 Corintios 6, 11; 12, 13);
-          que por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con él;
-          que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también nosotros vivimos una vida nueva (Cfr. Romanos 6, 3 - 4; Colosenses  2, 12).

v     En el n.  1265, también se recuerda que el Bautismo nos hace una “criatura nueva”: 

-          El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito "una nueva creación" (2 Corintios 5, 17), un hijo adoptivo de Dios (cf  Gálatas 4, 5  - 7) que ha sido hecho "partícipe de la naturaleza divina" ( 2 Pedro  1, 4), miembro de Cristo (cf 1 Corintios  6, 15; 1Co 12, 27), coheredero con él (Romanos 8, 17) y templo del Espíritu Santo (cf 1Corintios  6, 19).

v     Otras afirmaciones del Catecismo sobre los efectos del Bautismo:
-          El comienzo de la vida nueva (Cf CEC 1275; Romanos 6,4): el Bautismo « constituye el
       nacimiento a la vida nueva en Cristo», por la cual, además de lo ya dicho, el  bautizado es
       «incorporado a la Iglesia» y «hecho partícipe del sacerdocio de Cristo» (Cf. CEC 1277 y 1279).
-          “Por la gracia del  bautismo ... somos llamados a participar en la vida de la Bienaventurada
        Trinidad, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz eterna (Cf Pablo Vl,
       SPF 9)”. (cf. CEC 265).
-          Después del baño del agua, «el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y,
       adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios (S. Hilario, Mat. 2).
-          mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo (Cf Romanos 6, 5; Cf  CEC
       2565).

2.      El que pierda su vida por mí, la encontrará (Evangelio de hoy, Mateo 10,39).

·         Por encontrar se entiende: ganar, obtener, procurarse. Se trata de la vida nueva según el Espíritu.

v     Esa vida que se encuentra es la participación en la vida de Cristo resucitado, conformándonos a los sentimientos que tuvo Cristo.

o        Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1694.
-          “Incorporados a Cristo por el Bautismo, los cristianos «están «muertos al pecado y vivos para
Dios en Cristo Jesús» (Romanos 6, 11), participando así en la vida del Resucitado (Cf Colosenses 2, 12). Siguiendo a Cristo y en unión con él (Cf Juan 15, 5), los cristianos pueden ser «imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el amor» (Ef 5, 1), conformando sus pensamientos, sus palabras y sus acciones con «los sentimientos que tuvo Cristo» (Filipenses 2, 5) y siguiendo sus ejemplos (Cf  Juan 13, 12-16)”. Cristo en cierto sentido se convierte en sujeto de nuestras acciones
o       Cristo se convierte, en cierto sentido, en sujeto de todas las acciones vitales del Cristiano.
-                      Gálatas 2,20: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Esta vida en la carne , la vivo en la fe
del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Biblia de Jerusalén: “(a) Por la fe (Rm 1,16), Cristo se convierte, en cierto sentido, en sujeto de todas las acciones vitales del Cristiano (Rm 8,2.10-11+; Flp 1,21; ver Col 3,3). (b) Aunque todavía «en la carne» (Rm 7,5+), la vida del cristiano está ya espiritualizada por la fe (ver Ef 3,17); sobre esta condición paradójica, ver Rm 8, 18-27.”

v     El carácter dramático de la existencia del hombre en esta vida.

-          La «pérdida de nuestra vida» (de la vida, natural,  según la carne, es decir, según la precariedad y
debilidad de la vida humana) y la ganancia de la vida según el Espíritu se lleva a cabo no sin fatiga, lucha, etc. Se trata de la lucha ascética, realidad positiva muy conocida en la vida cristiana, que explica “el carácter dramático que caracteriza la existencia del cristiano en el mundo”. Es nuestra cooperación a la acción del Espíritu Santo autor de esa nueva vida.
-          “Si es verdad que hemos resucitado con Cristo a una vida nueva no tendría por qué volver a
dominarnos el pecado, pero desgraciadamente puede volver a dominarnos. Habrá que estar en guardia, vigilantes, preparados. Sobre todo habrá que controlar las inclinaciones malsanas de nuestro hombre viejo, que a pesar de todo siguen ahí tercamente presentes y amenazantes”. (La Casa de la Biblia, Comentario al Nuevo Testamento, PPC, Sígueme, Verbo Divino, 6ª ed, 1995, Rm 6, 1-14: Nueva vida en Cristo. Repulsa del pecado.)

v     Dos textos de San Pablo en los que explica el contraste entre la vida según la carne y la vida según el Espíritu.

-Romanos 8, 5­-7: “5 Los que viven según la carne sienten las cosas de la carne, en cambio los que
viven según el Espíritu sienten las cosas del Espíritu. 6 Porque la tendencia de la carne es la muerte; mientras que la tendencia del Espíritu, la vida y la paz. 7 Puesto que la tendencia de la carne es enemiga de Dios, ya que no se somete  - y ni siquiera puede – a la Ley de Dios. 8 Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”.   
-          El contraste entre ambas vidas llega a configurarse como contraste entre vida y muerte. Romanos
8, 13: “Si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu hacéis vivir las obras del cuerpo, viviréis”.

o     Dos comentarios a estos textos

§         Sobre la antítesis paulina «espíritu-carne»
-          La Casa de la Biblia, Comentario al Nuevo Testamento, PPC, Sígueme, Verbo Divino, 6ª ed,
1995, Rm 8, 1-17: La vida en el Espíritu: “Toda la primera parte del capítulo, pero en especial Romanos 8, 4-13, tiene como hilo conductor una de las más conocidas antítesis paulinas: espíritu-carne (véase Gálatas 3,3; 5, 16-26; Filipenses 3,3). ¿Cómo debemos entender la relación de  oposición entre estos dos elementos? Parece claro que no en el sentido de la filosofía platónica griega que distinguía entre espíritu, principio inmaterial del hombre, y cuerpo, realidad material del ser humano. La antítesis paulina tiene más bien un carácter dinámico y existencial. Es decir, con el término carne designa Pablo todo lo que hay en el hombre de pecaminoso, de oposición a Dios; en clave de equivalencia dinámica puede traducirse empleando la expresión apetitos desordenados. Y con el término espíritu, designa todo lo que hay en el hombre de apertura a lo divino, incluso - como la mayoría de las veces en nuestro pasaje - el mismo ser divino en cuanto norma de comportamiento cristiano, fuerza impulsadora de toda acción apostólica y principio inspirador de todo lo bueno (véase Rm 15,19; 1 Cor 12,3; 14,2; 1 Tes 1,5). En este sentido espíritu  - o Espíritu – y carne se encuentran en un oposición irreducible aunque no física, sin moral.
Debe advertirse, sin embargo, que tanto espíritu como sobre todo carne tienen también a veces un
significado un tanto distinto que se explica desde la antropología del Antiguo Testamento.  Carne  suele indicar lo que el hombre tiene de pequeño y de perecedero en comparación con Dios (Gálatas  1,16; 1 Corintios 15,50; Efesios 6,12), y espíritu todo aquello que hace del hombre una realidad trascendente, más allá de la simple materia, partícipe en algún modo del mismo ser divino (Romanos 8,10; 1 Corintios 2.11; 5, 3-5; Gálatas 6,8; Colosenses 2,5)”.
§         Las dos maneras en las que se puede vivir en este mundo
-          Nuevo Testamento EUNSA 2004, comentario a Romanos 8, 1-13: (…)  “San Pablo especifica
dos maneras en las que se puede vivir en este mundo (vv. 5-8).  La primera es la vida según el Espíritu, con arreglo a la cual se busca a Dios por encima de todas las cosas, y se lucha, con su gracia, contra las indicaciones de la concupiscencia. La segunda es l vida según la carne, por la que el hombre se deja vencer por las pasiones. La vida según el Espíritu, que tiene su raíz en la gracia, no se reduce al mero estar pasivo y a unas cuantas prácticas piadosas. La vida según el Espíritu es un vivir según Dios que informa la conducta del cristiano: pensamientos, anhelos, deseos y obras se justan a lo que el Señor pide en cada instante y se realizan al impulso de las mociones mociones del  Espíritu Santo. «“Es necesario someterse al Espíritu - comenta san Juan Crisóstomo -, entregarnos de corazón por mantener la carne en el puesto que le corresponde. De esta forma nuestra carne se volverá espiritual. Por el contrario, si cedemos a la vida cómoda, ésta haría descender nuestra alma al nivel de la carne y la volvería carnal (…). Con el  espíritu se pertenece a Cristo, se le posee (…). Con el Espíritu se crucifica la carne, se gusta el encanto de una vida inmortal» (In Romanos, 13). 

v     Vivir según  el Espíritu es ganarlo todo en esta vida.

·         Amigos de Dios, 38: “Nuestra fe no es una carga, ni una limitación. ¡Qué pobre idea de la verdad
cristiana manifestaría quien razonase así! Al decidirnos por Dios, no perdemos  nada, lo ganamos todo: quien a costa de su alma conserva su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por amor mío, la volverá a hallar (Mt 10,39). Hemos sacado la carta que gana, el primer premio”.

3.      El rito del bautismo nos ayuda a entender qué significa morir con Cristo para

vivir con Él.

v     a)  Bautizar: etimológicamente es igual a «sumergir»

·         CEC 1214: EL NOMBRE DE ESTE SACRAMENTO - Este sacramento recibe el nombre de
Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa «sumergir», «introducir dentro del agua»; la «inmersión» en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con El (Cf Romanos 6, 3-4; Colosenses 2, 12) como «nueva criatura» (2 Corintios 5, 17; Gálatas 6, 15).

b)     El rito esencial del bautismo, dos maneras de bautizar: sumergir en el agua al candidato (inmersión) o derramar agua sobre su cabeza (infusión), pronunciando en ambos casos  la invocación de la Santísima Trinidad, es decir, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. (Cf.  CEC  1278).

·         El bautismo puede ser realizado de dos maneras: por inmersión en el agua, o por infusión de agua en
la cabeza. La inmersión o la infusión se hace tres veces, acompañada con las palabras: N. yo te bautizo en el nombre del Padre (primera inmersión o infusión); y del Hijo (segunda); y del Espíritu Santo (tercera). El Catecismo (Cf. n. 1239) recuerda, acerca de estas dos modalidades,  que «la manera más significativa» es la de la triple inmersión en el agua bautismal; pero la otra modalidad es usada desde la antigüedad.

4.      Efectos del bautismo: muerte al pecado y nacimiento a una vida nueva en Cristo

v     a) Qué significa ser sepultados con Cristo para una vida nueva.

·         Por tanto, con la inmersión se entienden mejor las palabras de San. Pablo a los romanos que se han
leído hoy referentes a ser sepultados con Cristo: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte» (v. 4). El signo de la inmersión o del bautismo «significa eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al pecado con Cristo para una nueva vida: «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Romanos 6, 4) (Cf Colosenses 2, 12; Efesios 5, 26).» (CEC n. 628). Los dos efectos principales del bautismo son la purificación de los pecados (morir al pecado) y el nacimiento a una vida nueva, es decir, un nuevo nacimiento en el Espíritu Santo; muerte y purificación y regeneración y renovación. (Cf. CEC 1262; Cf Hechos 2, 38; Juan 3, 5).
·         Dicho con otras palabras, el Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y
los demás pecados personales que puede tener el hombre cuando es bautizado en edad adulta,  y devuelve el hombre a Dios; pero permanecen  «las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual» (CEC 405): quien ha recibido el bautismo, aunque recibe “la gracia de la purificación de todos los pecados ..... debe seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados” (CEC 2520).
·         Según nos dice el Concilio Vat. II, en la Constitución Lumen gentium, 7: «La vida de Cristo se
comunica a los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos de una manera misteriosa pero real». «Esto es particularmente verdad en el caso del bautismo por el cual nos unimos a la muerte y a la Resurrección de Cristo (Cf. Romanos 6, 4-5r; 1Co 12,13)». (Cf. CEC 790).





Vida Cristiana

viernes, 30 de junio de 2017

Beatificación de Juan Pablo II. Texto íntegro del Decreto. «Él decide sobre mi vida».Deseo confiarme totalmente al Señor. La Beatificación es una señal de hondura de fe y una invitación a una vida cristiana plena.



1 Beatificación de Juan Pablo II. Texto íntegro del Decreto. «Él decide sobre mi vida».Deseo confiarme totalmente al Señor. La Beatificación es una señal de hondura de fe y una invitación a una vida cristiana plena. Cfr. Decreto de beatificación de Juan Pablo II Fuente: Alfa y Omega, n. 721 – 20-I-2011 BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II. TEXTO ÍNTEGRO DEL DECRETO. «ÉL DECIDE SOBRE MI VIDA».DESEO CONFIARME TOTALMENTE AL SEÑOR. LA BEATIFICACIÓN ES UNA SEÑAL DE HONDURA DE FE Y UNA INVITACIÓN A UNA VIDA CRISTIANA PLENA. ................................ 1 Cfr. Decreto de beatificación de Juan Pablo II ............................................................................... 1 o 1.- Aportación de Karol Wojtyla al Concilio Vaticano II .................................................................................2 o 2.- Totus Tuus, confianza en María Madre de Dios ..........................................................................................3 o 3.- La guerra de Iraq y la paz ofensiva ..............................................................................................................3 o 4.- Año 2000 Jubileo: una realidad histórica para recordar la venida de Jesús de Nazaret ...............................4 o 5.- Atención a la Juventud y el significado de las JMJ ......................................................................................5 o 6.- La sencillez de la oración de Juan Pablo II ..................................................................................................5 o 7.- El testamento de Juan Pablo II .....................................................................................................................6 o 8.- Un aspecto esencial del nuevo Beato: Dios es el fundamento de todos nuestros esfuerzos .........................7 o 9.- Confiar el mundo a la Divina Misericordia..................................................................................................7 «Él decide sobre mi vida» - Deseo confiarme totalmente al Señor Beatificación: señal de hondura de fe e invitación a una vida cristiana plena El pasado viernes 14 de enero, la Congregación vaticana de las Causas de los Santos hizo público el Decreto de beatificación del Papa Juan Pablo II, que tendrá lugar el día 1 de mayo próximo, Domingo II de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia. Ofrecemos en estas páginas el texto íntegro: Monseñor Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, en el Concilio Vaticano II La proclamación por la Iglesia de un santo o un Beato es fruto de la unión de varios aspectos relativos a una persona concreta. Primero, es un acto que dice algo importante en la vida de la misma Iglesia. Está ligado a un culto, por ejemplo, a la memoria de la persona, a su pleno reconocimiento en la conciencia de la comunidad eclesial, del país, o de la Iglesia universal en distintos países, continentes y culturas. Otro aspecto es la conciencia de que la elevación a los altares será un importante signo de la hondura de la fe, de la difusión de la fe en el itinerario vital de esta persona, y que este signo se convertirá en una invitación, un 2 estímulo para todos nosotros hacia una vida cristiana incluso más profunda y plena. Finalmente, la condición sine qua non es la santidad de la vida de la persona, verificada en los precisos y formales procedimientos canónicos. Todo ello proporciona el material para la decisión del sucesor de Pedro, del Papa, con vistas a la proclamación de un Beato o un santo, del culto en el contexto de la comunidad eclesial y de su liturgia. El pontificado de Juan Pablo II fue un elocuente y claro signo, no sólo para los católicos, sino para la opinión pública mundial, para personas de todos los colores y credos. La reacción mundial a su estilo de vida, al desarrollo de su misión apostólica, al modo como soportó su sufrimiento, la decisión de continuar su misión petrina hasta el final como querida por la divina Providencia, y, finalmente, la reacción a su muerte, la popularidad de la aclamación: «¡Santo, ya!», que algunos hicieron el día de su funeral, todo ello es base sólida en la experiencia de haberse encontrado con la persona que era el Papa. Los fieles sintieron, experimentaron que era un hombre de Dios, que realmente ve los pasos concretos y los mecanismos del mundo contemporáneo en Dios, en la perspectiva de Dios, con los ojos de un místico que alza los ojos sólo a Dios. Fue claramente un hombre de oración: tanto es así que, sólo en la dinámica de unión personal con Dios, de la escucha permanente a lo que Dios quiere decir en una situación concreta, fluía la entera actividad del Papa Juan Pablo II. Quienes estuvieron más cercanos a él pudieron ver que, antes de sus entrevistas con sus visitantes, ya fueran jefes de Estado, altos dignatarios de la Iglesia o sencillos ciudadanos, Juan Pablo II se recogía en oración por las intenciones de los visitantes y de la reunión a celebrar. o 1.- Aportación de Karol Wojtyla al Concilio Vaticano II Tras el Vaticano II, durante los pontificados de Pablo VI y Juan Pablo II, el modo de presentación, y entonces de autopresentación del papado, ha sido completamente expresivo. Con motivo del 25 aniversario del pontificado de Juan Pablo II, el Ministerio de Asuntos Exteriores italiano publicó, en 2004, un libro titulado Id por todo el mundo. Giancarlo Zizola, vaticanista reconocido, subrayó que «el papado ha conquistado su ciudadanía en el reino de la visibilidad pública, saliendo del lugar de marginación del culto adonde había sido relegado por decreto de la sociedad secular, en nombre de una visión militante del principio liberal de separación de Iglesia y Estado» (p.17). Un historiador alemán, el jesuita Klaus Schatz, hablando de Pablo VI y de Juan Pablo II, subrayó el significado de papado itinerante -por tanto, en conformidad con el Vaticano II-, más en modo de un movimiento misionero que como un polo estático de unidad. Schatz se refiere a la manera de interpretar la misión papal como una llamada a «confirmar en la fe a los hermanos» (Lc 22, 32), en un modo ligado a la autoridad estructural, pero con un fuerte toque espiritual y carismático, en relación con la credibilidad personal y arraigada en el mismo Dios. Detengámonos un momento a considerar el Vaticano II. El joven arzobispo de Cracovia fue uno de los padres conciliares más activos. Hizo una aportación significativa al Esquema XIII, que luego devendría en la Constitución pastoral del Concilio Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, y la Constitución dogmática Lumen gentium. Gracias a sus estudios en el extranjero, el obispo Wojtyla tenía una experiencia concreta de evangelización y de la misión de la Iglesia, en Europa occidental o en otros continentes, pero sobre todo del ateísmo totalitario en Polonia y en otros países del bloque soviético. Llevó toda esta experiencia a los debates conciliares, ciertamente no como conversaciones de salón, muy corteses pero vacías de contenido. Aquí había un esfuerzo sustancial y decisivo por insertar el dinamismo del Evangelio en el entusiasmo conciliar, arraigado en la convicción de que el cristianismo es capaz de dar un alma al desarrollo de la modernidad y a la realidad del mundo social y cultural. Todo esto sería utilizado en preparar las futuras responsabilidades del sucesor de Pedro. Como Juan Pablo II dijo, él ya tenía en mente su primera encíclica, Redemptor hominis, y la trajo a Roma desde Cracovia. Todo lo que tenía que hacer en Roma era redactar todas estas ideas. En su encíclica, hay una amplia invitación a la Humanidad a redescubrir la realidad de la redención en Cristo: «El hombre (...) permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto, precisamente, Cristo redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. (...) El hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención, el hombre es confirmado y, en cierto modo, es nuevamente creado. (...) El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo -no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes- debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe apropiarse y asimilar toda la realidad de la Encarnación y la Redención para encontrarse a sí mismo» (n. 10). «Esta unión de Cristo con el hombre es, en sí misma, un misterio, del que nace el hombre nuevo, llamado a participar en la vida de Dios, creado nuevamente en Cristo, en la plenitud de la gracia y la verdad. 3 (...) Ésta es la fuerza que transforma interiormente al hombre, como principio de una vida nueva que no se desvanece y no pasa, sino que dura hasta la vida eterna. Esta vida prometida y dada a cada hombre por el Padre en Jesucristo (...) es, de algún modo, cumplimiento del destino que desde la eternidad Dios le ha preparado. Este destino divino se hace camino, por encima de todos los enigmas, incógnitas, tortuosidades, curvas del destino humano en el mundo temporal. En efecto, si todo esto lleva, aun con toda la riqueza de la vida temporal, por inevitable necesidad a la frontera de la muerte y a la meta de la destrucción del cuerpo humano, Cristo se nos aparece más allá de esta meta: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí... no morirá para siempre» (n. 18). o 2.- Totus Tuus, confianza en María Madre de Dios Mosaico de la Virgen ante la plaza de San Pedro, desde la elección de Juan Pablo II, con el lema de su pontificado La vida de Juan Pablo II se dedicó totalmente al servicio del Señor, por intercesión de su Madre. Su lema era Totus Tuus, ya fuera para el bien de la Iglesia, o para el del hombre que es «el camino de la Iglesia» (Redemptor hominis, 14). Ésta es la razón de ser de los Viajes apostólicos internacionales, los encuentros diarios con la gente, con los responsables de comunidades eclesiales, con cardenales y obispos, con los cabezas de otras Iglesias y comunidades cristianas, los líderes de otras religiones y con los laicos. Esto es también verdad en los documentos escritos por el Papa, las relaciones diplomáticas de la Sante Sede con los Estados y organizaciones internacionales. La profunda convicción del valor del Vaticano II -no sólo sobre la necesidad, sino también sobre la posibilidad, para la Iglesia, de ofrecer el Evangelio de Cristo y construir sobre él la experiencia de la Iglesia como una inspiración vibrante y energética de la visión y mecanismos del mundo moderno- fue siempre convicción del Papa. En 1989, cayó el muro de Berlín, pero, a nivel internacional, se podía sentir la fuerza destructiva de los mecanismos comerciales y de los intereses privados económicos e ideológicos, incluso muchos de ellos anónimos, que traían injusticia y marginación a todos los pueblos -incluso a ciertos grupos sociales en los países desarrollados-, y en especial se podía percibir que la vida humana había sido devaluada. En muchos Viajes apostólicos internacionales a los varios continentes, el Papa proclamó el Evangelio de Cristo y la preocupación de la Iglesia. Escribió de modo más sistemático las encíclicas Laborem exercens, Sollicitudo rei socialis, Centesimus annus; y también Evangelium vitae, Veritatis splendor, Fides et ratio; y las encíclicas que tenían que ver directamente con la vida y el apostolado de la Iglesia, como Dominum et vivificantem, Redemptoris missio, Ut unum sint, Ecclesia de Eucharistia. o 3.- La guerra de Iraq y la paz ofensiva A menudo, como en el caso de los esfuerzos realizados para evitar la guerra entre los Estados Unidos e Iraq, existe una auténtica paz ofensiva, no sólo para salvar la vida de las personas, también para frenar el crecimiento del odio y las dementes ideas sobre el enfrentamiento entre las civilizaciones, o sobre el nuevo fenómeno del terrorismo a gran escala. De ahí el discurso de Año Nuevo ante los Cuerpos Diplomáticos acreditados en la Santa Sede, también el inolvidable febrero de 2002, en el que el Papa mantuvo encuentros con diplomáticos de primera categoría, J. Fischer (7 de febrero); Tarek Aziz (14 de febrero), Kofi Anan (18 4 de febrero), Tony Blair (22 de febrero), José María Aznar y el enviado de Seyyed Mohammed Khatami, Presidente de la República Islámica de Irán (27 de febrero); y finalmente, debido a la insostenible situación humana, la decisión de mandar al cardenal Etchegaray en misión especial a Bagdad (15 de febrero), y al cardenal Pío Laghi a Washington (del 3 al 9 de marzo). El febrero del Papa concluyó con el encuentro del cardenal J.L. Tauran con los 74 embajadores y diplomáticos del mundo entero; el Secretario por las Relaciones con los Estados, el ministro de Asuntos Exteriores del Papa, el cardenal Tauran, hizo un llamamiento para evitar la guerra, y les recordó todo lo que el Papa había dicho en su paz ofensiva. o 4.- Año 2000 Jubileo: una realidad histórica para recordar la venida de Jesús de Nazaret Juan Pablo II, tras abrir la Puerta Santa de la Basílica vaticana, inaugura el gran Jubileo del año 2000 La entonces actual tarea de Juan Pablo II se centró en la pastoral y vida de la Iglesia: las visitas ad Limina de los obispos de todo el mundo, las audiencias de los miércoles y los encuentros de los domingos con los fieles, para el Ángelus, las Visitas pastorales a las parroquias de Roma. Todo fue hecho y recordado para promover la proclamación de Cristo, para acercar a nuestros conocimientos Su Persona, y «las palabras pronunciadas por Cristo en el momento de despedirse de los Apóstoles expresan el misterio de la historia del hombre, de cada uno y de todos, el misterio de la historia de la Humanidad. El Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo es una inmersión en el Dios vivo, en el que es, que era y que viene. El Bautismo es el comienzo del encuentro, de la unidad, de la comunión, para el que toda la vida terrena es solamente un prólogo y una introducción; el cumplimiento y la plenitud pertenecen a la eternidad. Pasa la figura de este mundo. Debemos, por consiguiente, encontrarnos en el mundo de Dios, para alcanzar el fin, para llegar a la plenitud de la vida y de la vocación del hombre» (Cracovia, 10 de junio de 1979). «Ésta fue, en efecto, una inquietud de Juan Pablo II: señalar con claridad que nuestra mirada se dirige hacia el Cristo que viene, por supuesto El que vino, pero mucho más aún El que vendrá, y que, en esta perspectiva, vivimos la fe en orientación hacia el futuro. Eso implica que estamos realmente en condiciones de presentar el mensaje de la fe en una nueva manera, desde la perspectiva del Cristo que viene» (Benedicto XVI, Luz del mundo). El gran Jubileo de la Redención, en el año 2000, no fue para Juan Pablo II un pretexto para la acción pastoral, sino que, ante todo, fue una realidad histórica que recuerda la venida de Jesús de Nazaret y todo lo que este acontecimiento histórico ha traído consigo, a saber, la Redención, el testimonio del amor de Dios en la Cruz y en la Resurrección, la vida de la Iglesia primitiva, el camino de salvación realizado por el Salvador, por el que ha introducido a su Iglesia como un signo e instrumento de unidad interna con Dios, así como de la familia humana. El gran Jubileo del año 2000 nos trae de la Tierra Santa, tierra de Jesús, y de Roma, lugar del apostolado del sucesor de Pedro, el vínculo de autenticidad del mensaje y de la unidad de la comunidad eclesial. El mensaje ha sido reformulado en las Cartas Tertio millennio adveniente y Novo millennio ineunte. Pero para el Papa lo que más importaba era el agradecimiento personal y de la Iglesia entera a nuestro Señor Jesús, y el encuentro en la fe con el que Él nos ha amado hasta el final, que nos ha salvado y sigue siendo un signo tan necesario en un mundo que se está volviendo cada vez más sordo, mientras trata de organizar su vida como si Dios no existiese, errando sin identidad y sin sentido. 5 o 5.- Atención a la Juventud y el significado de las JMJ Juan Pablo II, en Tor Vergata (Roma), durante la Jornada Mundial de la Juventud del año 2000 Juan Pablo II acostumbraba a analizar los resultados de sus Viajes apostólicos al extranjero con sus colaboradores, para identificar lo que se había hecho bien, y prever cambios para los Viajes sucesivos. Tras el Viaje a Polonia en 1991, el Papa se dio cuenta de que, durante la Misa en Varsovia, en las zonas más alejadas, los jóvenes iban y venían, bebían cerveza o coca-cola, y volvían. «No era como en los Viajes anteriores -dijo-, ha habido un cambio en la mentalidad de la sociedad. No vale la pena fijarnos en los primeros puestos. Los VIP están siempre sentados de la misma manera, pero los márgenes son importantes y merecen nuestra atención». Es importante fijarnos en que el Papa no usaba la palabra multitud: él siempre veía y prestaba atención a la gente. Era muy atento al papel de los laicos en la vida y misión de la Iglesia. Es muy significativo que, cuando todavía era capellán de la Universidad de Cracovia, aprovechara un breve período de deshielo político en 1957 para organizar -en colaboración con el arzobispo de Wroclaw, Boleslaw Kominek- un simposio en la ciudad para más de 100 estudiantes universitarios de toda Polonia (¡por primera vez desde hacía décadas!), precisamente sobre el tema El papel de los laicos en la Iglesia (¡y esto fue años antes del Concilio Vaticano II!) Más tarde, durante las vacaciones de verano, organizaba Ejercicios espirituales en la sede de las Hermanas Ursulinas de la Unión Romana, de Bado Slaskie, para un grupo un poco más pequeño de participantes del simposio de Wroclaw, precisamente para promover la formación de los laicos. Con la creación de las Jornadas Mundiales de la Juventud, el Papa dio su apoyo a diversas formas de actividad de los laicos en la vida y misión de la Iglesia, allanando así el camino a iniciativas muy significativas, algunos años más tarde, durante el pontificado de Benedicto XVI: la celebración, en septiembre de 2010 en Corea, de un importante Congreso de laicos católicos de Asia, las reuniones de los obispos africanos que cada vez alientan más a los laicos a ocupar cargos de responsabilidad en los sectores de la evangelización, la actividad social y en ámbito educativo de la Iglesia, la significativa presencia de laicos católicos en la Misión Continental de América Latina. Al revisar su pontificado, Benedicto XVI hace una observación de los cambios generacionales a escala mundial, y llega a la misma conclusión que su predecesor, a saber, que «los tiempos han cambiado». Mientras tanto, una nueva generación ha llegado, con nuevos problemas. La generación de finales de los sesenta, con sus propias peculiaridades, vino y se fue. Incluso la siguiente generación, más pragmática, ha envejecido. Hoy en día, hay que preguntarse: «¿Cómo podemos hacer frente a un mundo que se pone en peligro, y en el que el progreso se convierte en un peligro? ¿No deberíamos empezar todo de nuevo desde Dios?» (Luz del mundo). Así que Benedicto XVI hace un llamamiento «a que pueda surgir una nueva generación de católicos, personas renovadas interiormente, que se comprometan en la política sin ningún complejo de inferioridad» (una idea muchas veces repetida por el Papa, por ejemplo, en el Mensaje para la 46ª Semana Social de los católicos italianos, 12 de octubre de 2010). Él sigue pidiendo una nueva generación de buenos intelectuales y científicos, atentos al hecho de que «una perspectiva científica se vuelve peligrosa si ignora la dimensión religiosa y ética de la vida, de la misma manera que la religión se convierte en limitada si rechaza la legítima contribución de la ciencia a nuestra comprensión del mundo» (Londres, Saint Mary's College, 17 de septiembre de 2010); el Papa pide una «nueva generación de laicos cristianos comprometidos, capaces de buscar, con rigor y competencia moral, soluciones de desarrollo sostenible» (7 de septiembre de 2008). o 6.- La sencillez de la oración de Juan Pablo II 6 Multitud de fieles congregados en la Plaza de San Pedro, el día 3 de abril de 2005, Domingo de la Divina Misericordia, junto a su bien visible imagen, en el funeral por Juan Pablo II Cuando recordamos lo que Juan Pablo II llevó a cabo, los grandes eventos se mezclan con el recuerdo de momentos sencillos de oración, que fueron una fuente de asombro incluso para sus colaboradores. Voy a mencionar sólo dos, procedentes de dos diferentes períodos de su vida [n. de la r.: es el testimonio del padre Andzrej, capellán universitario en Lublin). En los años setenta, yo era capellán de los estudiantes de la Universidad Católica de Lublin. Al inicio del año académico, el entonces cardenal de Cracovia vino para participar en la Eucaristía en la iglesia de la universidad, en la inauguración oficial del gran salón, y en el almuerzo. Después de eso, el cardenal estaba listo para regresar a Cracovia. El Rector de la Universidad, el padre Krapiec, lo acompañó hasta el coche, pero se detuvo a charlar con otro invitado, tanto que llegaron tarde al coche. Pero he aquí que ¡el cardenal había desaparecido! Los diez segundos que esperaron les parecieron diez siglos. El Rector, acostumbrado a tener todo bajo control, no sabía dónde podía haber ido el cardenal. Me preguntó: «¿Dónde está Wojtyla? ¡El cardenal ha desaparecido! ¿Dónde está?» Con una leve sonrisa burlona, me tomé un tiempo antes de responderle, sólo para tomarle el pelo un poco. Entonces le dije: «Probablemente ha ido a la iglesia». Allí fuimos, y, efectivamente, encontramos al cardenal, arrodillado en oración delante del Vía Crucis. El otro recuerdo fue en 1999, durante su séptimo Viaje apostólico a Polonia. Duró 13 días, con 22 paradas en el programa, desde el norte hacia el sur del país. Un programa mucho más allá de las capacidades físicas del Papa. Uno de esos días, tenía que celebrarse -según el programa- la bendición del santuario de Lichen, la Eucaristía en Bydgoszcz, a continuación una reunión con la gente de la universidad, la liturgia del Sagrado Corazón, en relación con la beatificación del padre Frelichowski en otra ciudad, en Torun, y después volver a Lichen para la noche. ¡Un día de lo más ocupado! Así que, después de la cena, la comitiva papal se fue a la cama inmediatamente. Pero el Papa se encerró solo en la capilla por un largo, muy largo momento de oración. Quedábamos sólo tres de nosotros: monseñor Chrapek, encargado de la planificación de la Visita para el episcopado, yo mismo, como asistente, y el famoso Camillo Cibin, jefe de la seguridad del Vaticano. Por fin, el Papa salió de la capilla para ir a su dormitorio. Cibin me dijo: «Padre Andzrej, tráigame una silla. Pero una que sea dura, de madera, no un sofá, dos tazas de café, café fuerte, y una manzana». Todo ello para ayudarle a esperar toda la noche en la puerta de la habitación del Papa, que no se había cerrado del todo, para determinar si el Papa -no sólo cansado, sino también de edad avanzada- respiraba con normalidad o si tenía alguna necesidad de ayuda. La santidad personal del Papa era algo que estaba más allá y por encima de la estima de que gozaba entre sus colaboradores más cercanos, y esto era muy significativo. o 7.- El testamento de Juan Pablo II Facsímil de su Testamento Juan Pablo II era consciente del hecho de que estamos viviendo momentos muy difíciles de la Historia, que el sucesor de Pedro tenía el deber de confirmar en la fe, pero era igualmente consciente de que el aspecto más importante fue el de confiar en Dios. El testamento que él escribió en 1979, y que modificaba 7 todos los años, durante los Ejercicios espirituales, nos da un poderoso testimonio de ello. Del 24 de febrero al 1 de marzo, escribió: «24.II - 1.III.1980. Durante estos Ejercicios espirituales he reflexionado sobre la verdad del sacerdocio de Cristo ante el paso que supone, para cada uno de nosotros, la hora de nuestra muerte. Para nosotros, partir de este mundo, para renacer en el siguiente, el mundo futuro, signo elocuente (añadía la palabra decisivo sobre ella) es la resurrección de Cristo. (...) Los tiempos que vivimos se han convertido en indeciblemente difíciles y preocupantes. La vida de la Iglesia también se ha vuelto difícil y tensa, una prueba característica de estos tiempos, para los fieles y los pastores. En algunos países (como uno sobre el que leí durante los Ejercicios espirituales), la Iglesia se encuentra en un momento de persecución igual al de los primeros siglos, tal vez más, teniendo en cuenta el grado de crueldad y de odio. Sanguis martyrum - semen christianorum (sangre de los mártires, semilla de cristianos). Por otra parte, tantas personas inocentes han desaparecido, incluso en este país en el que vivimos… Una vez más, deseo confiarme totalmente a la gracia del Señor. Él decidirá cuándo y cómo debo terminar mi vida terrena y mi ministerio pastoral. En la vida y en la muerte Totus Tuus, mediante la Inmaculada. Aceptando ya esta muerte, espero que Cristo me dé la gracia de este último pasaje, es decir, (mi) Pascua. Yo también espero que la haga útil para esta causa más importante a la que trato de servir: la salvación de los seres humanos, la protección de la familia humana, en todas las naciones y entre todos los pueblos (entre ellos me refiero, en particular, a mi propio país natal), útil para aquellos que, de una manera especial, se me han confiado, en la Iglesia, para gloria del propio Dios». El 5 de marzo de 1982, añadió: «El atentado contra mi vida, el 13.V.1981, ha confirmado, en cierto modo, la exactitud de las palabras escritas durante los Ejercicios espirituales de 1980 (24.II - 1.III). Siento aún más profundamente que estoy totalmente en las Manos de Dios, y permanezco continuamente a disposición de mi Señor, encomendándome a Él en Su Inmaculada Madre (Totus Tuus)». Posteriormente, el 17 de marzo del Año Jubilar 2000, número 3: «Como cada año, durante los Ejercicios espirituales, leo mi testamento del 6.III.1979. Sigo manteniendo las disposiciones contenidas en él. Lo que se ha añadido, en ese momento y durante los siguientes Ejercicios espirituales, constituye un reflejo de la situación general difícil y tensa que ha marcado los años ochenta. Desde el otoño de 1989, esta situación ha cambiado. La última década del siglo pasado estuvo libre de las tensiones anteriores; esto no significa que no hubiera nuevos problemas o dificultades. De manera especial, que la Divina Providencia sea alabada por ello, el período llamado guerra fría ha terminado sin un violento conflicto nuclear, una amenaza que pesaba sobre el mundo durante el período anterior» (las palabras en negrita están destacadas por el propio Papa). o 8.- Un aspecto esencial del nuevo Beato: Dios es el fundamento de todos nuestros esfuerzos Éste es de nuevo un aspecto esencial, si se quiere entender más profundamente la personalidad del nuevo Beato para la Iglesia, Karol Wojtyla - Juan Pablo II. El fundamento de todos los esfuerzos de nuestra vida está en Dios. Estamos rodeados por el amor divino, por los resultados de la Redención y la Salvación. Pero hay que ayudar a que se arraigue profundamente en Dios mismo, debemos hacer todo lo posible para que se creen actitudes personales y sociales arraigadas en la realidad de Dios. Esto requiere paciencia, tiempo y la capacidad de verlo todo a través de los ojos de Dios. La última y breve peregrinación del Papa Juan Pablo II a Polonia, más concretamente a su patria chica, a Cracovia, Wadovice y al Camino de la Cruz (de Kalwaria Zebrzydowska), mostró una determinación, pero también una agudeza espiritual «en el proceso de maduración en el tiempo» para que toda la Humanidad, especialmente la comunidad eclesial y cristiana, pudiese comprender mejor algunos de los aspectos fundamentales de la fe. Desde el comienzo de su pontificado, en 1978, Juan Pablo II hablaba a menudo en sus homilías de la misericordia de Dios. Ésta se convirtió en el tema de su segunda encíclica, Dives in misericordia, en 1980. Era consciente de que la cultura moderna y su lenguaje no tienen un lugar para la misericordia, tratándola como algo extraño, sino que tratan de inscribirlo todo en las categorías de la justicia y la ley. Pero esto no es suficiente, porque no es en absoluto la realidad de Dios. o 9.- Confiar el mundo a la Divina Misericordia 8 Juan Pablo II, en el acto de petición de perdón (Cuaresma, año 2000), en la Basílica vaticana, ante el Crucificado que se venera en la iglesia romana de San Marcelo Más tarde, el Papa tomó algunas medidas para finalizar el proceso de beatificación de sor Faustina Kowalska, y la canonización (2000). Toda la comunidad eclesial fue llevada a sentir la cercanía de esa persona tan íntimamente vinculada con el mensaje de la Misericordia, lo que facilitó el desarrollo de este tema para Juan Pablo II, mostrando la realidad de la Divina Misericordia en los muchos contextos alrededor del mundo, en los diversos continentes de la Humanidad hoy. Por último, en agosto de 2002, en Lagiewniki, donde sor Faustina vivió y murió, Juan Pablo II confió el mundo a la Divina Misericordia, a la confianza ilimitada en Dios, el Misericordioso, a Aquel que ha sido no sólo una fuente de inspiración, sino también de la fuerza de su servicio como sucesor de Pedro: «Es el Espíritu Santo, Consolador y Espíritu de verdad, quien nos conduce por los caminos de la Misericordia divina. Él, convenciendo al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio (Jn 16, 8), al mismo tiempo revela la plenitud de la salvación en Cristo. Este convencer en lo referente al pecado tiene lugar en una doble relación con la cruz de Cristo. Por una parte, el Espíritu Santo nos permite reconocer, mediante la cruz de Cristo, el pecado, todo pecado, en toda la dimensión del mal, que encierra y esconde en sí. Por otra, el Espíritu Santo nos permite ver, siempre mediante la cruz de Cristo, el pecado a la luz del mysterium pietatis, es decir, del amor misericordioso e indulgente de Dios (cf. Dominum et vivificantem, 32). Y así, el convencer en lo referente al pecado, se transforma al mismo tiempo en un convencer de que el pecado puede ser perdonado y el hombre puede corresponder de nuevo a la dignidad de hijo predilecto de Dios. En efecto, la cruz es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre (...). La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre (Dives in misericordia, 8). La piedra angular de este santuario, tomada del monte Calvario, en cierto modo de la base de la cruz en la que Jesucristo venció el pecado y la muerte, recordará siempre esta verdad. (…) ¡Cuánta necesidad de la misericordia de Dios tiene el mundo de hoy! En todos los continentes, desde lo más profundo del sufrimiento humano, parece elevarse la invocación de la misericordia. Donde reinan el odio y la sed de venganza, donde la guerra causa el dolor y la muerte de los inocentes, se necesita la gracia de la misericordia para calmar las mentes y los corazones, y hacer que brote la paz. Donde no se respeta la vida y la dignidad del hombre, se necesita el amor misericordioso de Dios, a cuya luz se manifiesta el inexpresable valor de todo ser humano. Se necesita la misericordia para hacer que toda injusticia en el mundo termine en el resplandor de la verdad. Por eso hoy, en este santuario, quiero consagrar solemnemente el mundo a la Misericordia divina. Lo hago con el deseo ardiente de que el mensaje del amor misericordioso de Dios, proclamado aquí a través de santa Faustina, llegue a todos los habitantes de la tierra y llene su corazón de esperanza. Que este mensaje se difunda desde este lugar a toda nuestra amada patria y al mundo. Ojala se cumpla la firme promesa del Señor Jesús: de aquí debe salir la chispa que preparará al mundo para su última venida» (Homilía en Lagiewniki, 17 de agosto de 2002). Así, los últimos meses en la vida del Papa Juan Pablo II, marcados por el sufrimiento, llevaron su pontificado a su cumplimiento.

La sal y la luz en la vida cristiana (2011). Mensaje de Juan Pablo II para la 17 Jornada Mundial de la Juventud. 25 de julio de 2002. Por el bautismo toda nuestra vida ha sido sazonada con la vida nueva que viene de Cristo. No acomodarse al mundo, conservar la fe y transmitirla. La búsqueda del sentido y de la plenitud de la existencia, sin resignarse a proyectos insignificantes, a las diversiones insulsas y a las modas pasajeras, evitando la mediocridad y el conformismo. El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz.



1 La sal y la luz en la vida cristiana (2011). Mensaje de Juan Pablo II para la 17 Jornada Mundial de la Juventud. 25 de julio de 2002. Por el bautismo toda nuestra vida ha sido sazonada con la vida nueva que viene de Cristo. No acomodarse al mundo, conservar la fe y transmitirla. La búsqueda del sentido y de la plenitud de la existencia, sin resignarse a proyectos insignificantes, a las diversiones insulsas y a las modas pasajeras, evitando la mediocridad y el conformismo. El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz. Cfr. 5º Domingo T. Ordinario Ciclo A, 6 febrero 2011 Evangelio: Mateo 5, 13-16 Isaías 58, 7-10. Así dice el Señor: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. 8 Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: «Aquí estoy. » Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, 10 y ofreces tu propio sustento al hambriento y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad será como el mediodía.» Salmo responsorial Sal 111, 4-5. 6-7. 8a y 9 (R.: 4a) R. El justo brilla en las tinieblas como una luz. 4 En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. 5 Dichoso el hombre compasivo y que presta, y que administra con justicia sus asuntos. R. 6 El justo jamás vacilará, y será siempre recordado. 7 No temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor. R. 8 Su corazón está seguro, sin temor. Reparte limosna a los pobres; su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad. R. 1 Corintios 2, 1-5 Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Aleluya Jn 8, 12b: Yo soy la luz del mundo, dice el Señor, el que me sigue tendrá la luz de la vida. Mateo 5, 13-16. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 13 «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. 14 Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del candelero, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. 16 Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. » Mensaje de Juan Pablo II para la XVII Jornada Mundial de la Juventud 2002 (25 julio 2002) –“ Vosotros sois la sal de la tierra ... vosotros sois la luz del mundo”, (Mt 5, 13-14) o a) Por el bautismo toda nuestra vida ha sido sazonada con la vida nueva que viene de Cristo. No acomodarse al mundo, conservar la fe y transmitirla. "Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo", (Mt 5,13-14): éste es el lema que he elegido para la próxima Jornada Mundial de la Juventud. Las dos imágenes, de la sal y la luz, utilizadas por Jesús, son complementarias y ricas de sentido. En efecto, en la antigüedad se consideraba a la sal y a la luz como elementos esenciales de la vida humana. A) La sal de la tierra "Vosotros sois la sal de la tierra....". Como es bien sabido, una de las funciones principales de la sal es sazonar, dar gusto y sabor a los alimentos. Esta imagen nos recuerda que, por el bautismo, todo nuestro ser ha sido profundamente transformado, porque ha sido "sazonado" con la vida nueva que viene de Cristo (cf. Rm 6, 4). La sal por la que no se desvirtúa la identidad cristiana, incluso en un ambiente hondamente secularizado, es la gracia bautismal que nos ha regenerado, haciéndonos vivir en Cristo y concediendo la capacidad de responder a su llamada para "que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios" (Rm 12, 1). Escribiendo a los cristianos de Roma, san Pablo los exhorta a manifestar claramente su modo de vivir y de pensar, diferente del de sus contemporáneos: "no os acomodéis al mundo 2 presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto" (Rm 12, 2). Durante mucho tiempo, la sal ha sido también el medio usado habitualmente para conservar los alimentos. Como la sal de la tierra, estáis llamados a conservar la fe que habéis recibido y a transmitirla intacta a los demás. Vuestra generación tiene ante sí el gran desafío de mantener integro el depósito de la fe (cf 2 Ts 2, 15; 1 Tm 6, 20; 2 Tm 1, 14). o b) Descubrid las raíces cristianas y profundizad en el conocimiento de la herencia espiritual recibida. ¡Descubrid vuestras raíces cristianas, aprended la historia de la Iglesia, profundizad el conocimiento de la herencia espiritual que os ha sido transmitido, seguid a los testigos y a los maestros que os han precedido! Sólo permaneciendo fieles a los mandamientos de Dios, a la alianza que Cristo ha sellado con su sangre derramada en la Cruz, podréis ser los apóstoles y los testigos del nuevo milenio. o c) La búsqueda del sentido y de la plenitud de la existencia, sin resignarse a proyectos insignificantes, a las diversiones insulsas y a las modas pasajeras, evitando la mediocridad y el conformismo. Es propio de la condición humana, y especialmente de la juventud, buscar lo absoluto, el sentido y la plenitud de la existencia. Queridos jóvenes, ¡no os contentéis con nada que esté por debajo de los ideales más altos! No os dejéis desanimar por los que, decepcionados de la vida, se han hecho sordos a los deseos más profundos y más auténticos de su corazón. Tenéis razón en no resignaros a las diversiones insulsas, a las modas pasajeras y a los proyectos insignificantes. Si mantenéis grandes deseos para el Señor, sabréis evitar la mediocridad y el conformismo, tan difusos en nuestra sociedad. B. Luz del mundo o d) El sol es Cristo resucitado. "Vosotros sois la luz del mundo....". Para todos aquellos que al principio escucharon a Jesús, al igual que para nosotros, el símbolo de la luz evoca el deseo de verdad y la sed de llegar a la plenitud del conocimiento que están impresos en lo más íntimo de cada ser humano. Cuando la luz va menguando o desaparece completamente, ya no se consigue distinguir la realidad que nos rodea. En el corazón de la noche podemos sentir temor e inseguridad, esperando sólo con impaciencia la llegada de la luz de la aurora. Queridos jóvenes, ¡a vosotros os corresponde ser los centinela de la mañana (cf. Is 21, 11-12) que anuncian la llegada del sol que es Cristo resucitado! o e) La luz es la de la fe, don gratuito de Dios. El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz. La luz de la cual Jesús nos habla en el Evangelio es la de la fe, don gratuito de Dios, que viene a iluminar el corazón y a dar claridad a la inteligencia: "Pues el mismo Dios que dijo: ‘De las tinieblas brille la luz’, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo" (2 Co 4, 6). Por eso adquieren un relieve especial las palabras de Jesús cuando explica su identidad y su misión: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12). El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz, nos conduce por el buen camino y nos compromete a ser sus testigos. Con el nuevo modo que Él nos proporciona de ver el mundo y las personas, nos hace penetrar más profundamente en el misterio de la fe, que no es sólo acoger y ratificar con la inteligencia un conjunto de enunciados teóricos, sino asimilar una experiencia, vivir una verdad; es la sal y la luz de toda la realidad (cf. Veritatis splendor, 88). o f) El Evangelio es el gran criterio que guía el rumbo de la vida. En el contexto actual de secularización, en el que muchos de nuestros contemporáneos piensan y viven como si Dios no existiera, o son atraídos por formas de religiosidad irracionales, es necesario que precisamente vosotros, queridos jóvenes, reafirméis que la fe es una decisión personal que compromete toda la existencia. ¡Que el Evangelio sea el gran criterio que guíe las decisiones y el rumbo de vuestra vida! De este modo os haréis misioneros con los gestos y las palabras y, dondequiera que trabajéis y viváis, seréis signos del amor de Dios, testigos creíbles de la presencia amorosa de Cristo. No lo olvidéis: ¡"No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín" (cf. Mt 5,15). o g) La santidad da pleno sentido a la vida, haciéndola un reflejo de la gloria de Dios. Así como la sal da sabor a la comida y la luz ilumina las tinieblas, así también la santidad da pleno sentido a la vida, haciéndola un reflejo de la gloria de Dios. ¡Con cuántos santos, también entre los jóvenes, cuenta la historia de la Iglesia! En su amor por Dios han hecho resplandecer las mismas virtudes heroicas ante el mundo, convirtiéndose en modelos de vida propuestos por la Iglesia para que todos les imiten.

Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Homilía de Benedicto XVI, crónica. Nos quitó el miedo a llamarnos cristianos.



1 Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Homilía de Benedicto XVI, crónica. Nos quitó el miedo a llamarnos cristianos. Benedicto XVI: Juan Pablo II nos quitó el miedo a llamarnos cristianos. CIUDAD DEL VATICANO, domingo 1 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Juan Pablo II consiguió, “con la fuerza de un gigante”, devolver al cristianismo su fuerza transformadora del mundo, y hacer que los cristianos “dejasen de tener miedo” a serlo, afirmó hoy el Papa Benedicto XVI durante la homilía de la ceremonia de beatificación de su predecesor, en la Plaza de San Pedro. Ante más de un millón de peregrinos llegados de todo el mundo a Roma para la beatificación, el Papa Benedicto XVI definió al nuevo beato como un “gigante” que dedicó su vida a una “causa”: “¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”. La gran tarea de Juan Pablo II, explicó, fue superar la confrontación entre marxismo y cristianismo, devolviendo a este último su fuerza capaz de transformar la sociedad y realizar las esperanzas de los hombres. El papa polaco, afirmó, “abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible”. “Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio”. Es decir, añadió, “nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás”. Karol Wojtyla “subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre”. “Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar 'umbral de la esperanza'”. El papa polaco “dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia”, afirmó. “Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de 'adviento', con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz”. o Wojtyla y el Vaticano II El Papa Benedicto XVI quiso subrayar el mérito de Juan Pablo II de haber abierto las “riquezas del Concilio Vaticano II” a toda la Iglesia. La clave de ello, explicó, fue la profunda devoción mariana que acompañó toda la vida del nuevo beato. Karol Wojtyla, “primero como obispo auxiliar y después como arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera”. “Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre”, afirmó el Papa. Recordó las palabras del testamento de su predecesor, que le dirigió el cardenal Stefan Wyszyński: "La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio". Juan Pablo II añadía a continuación: “Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo”. 2 o Hace seis años El Papa quiso recordar los funerales de Juan Pablo II, hace seis años, en esa misma Plaza de San Pedro: “el dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento”. “Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él”, afirmó. Por eso, explicó, “he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato”. Concluyendo la homilía, el Papa quiso dar su propio “testimonio personal” sobre el nuevo beato, con quien trabajó durante más de veinte años. “Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona”, afirmó. De él destacó dos rasgos, como hombre de oración y como testigo ante el sufrimiento. “El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio”, afirmó. “Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una 'roca', como Cristo quería”, añadió. “Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía”, concluyó.

Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Homilía de Benedicto XVI, texto íntegro. Jesús es el Cristo: ésta es la bienaventuranza de la fe que Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo. Juan Pablo II abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad. Juan Pablo II recordó con fuerza la vocación universal a la santidad.



1 Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Homilía de Benedicto XVI, texto íntegro. Jesús es el Cristo: ésta es la bienaventuranza de la fe que Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo. Juan Pablo II abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad. Juan Pablo II recordó con fuerza la vocación universal a la santidad. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Beatificación del Siervo de Dios Juan Pablo II, 1 de mayo de 2011. Queridos hermanos y hermanas. Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato. Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión. Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial. o La bienaventuranza de la fe Jesús es el Cristo: ésta es la bienaventuranza de la fe que Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo. «Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo. o La bienaventuranza de la Virgen María, Madre del Redentor. La Virgen, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). 2 La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14). o Una realidad accesible a la fe: sin haber visto a Jesucristo lo amamos y creemos en él, y nos alegramos al alcanzar la propia salvación. (1ª Carta de Pedro). También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe. o Juan Pablo II recordó con fuerza la vocación universal a la santidad. Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266). o «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Juan Pablo II abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad. El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las 3 gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás. o Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz. o El testimonio personal de Benedicto XVI El ejemplo de su oración, en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio; su testimonio en el sufrimiento, su profunda humildad. Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Iglesia. ¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Desde el Palacio nos has bendecido muchas veces en esta Plaza. Hoy te rogamos: Santo Padre: bendícenos. Amén. © Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana www.parroquiasantamonica.com

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