martes, 11 de julio de 2017
La Palabra de Dios y la parábola del sembrador. (2011). Domingo 15 del tiempo ordinario, Ciclo A. La Palabra de Dios es como la semilla que cae en la tierra; el hombre ejercita su libertad preparando el terreno de su corazón para que sea una tierra buena en la que da frutos la Palabra de Dios. Los cristianos han sido conscientes desde el comienzo de que, en Cristo, la Palabra de Dios está presente como persona. Un compromiso moral de todo cristiano: conocer y poner en práctica las enseñanzas de Jesús. El misterio de nuestra libertad: la cooperación con la Palabra de Dios. Una llamada a la conversión. El ejemplo de la Virgen.
1 La Palabra de Dios y la parábola del sembrador. (2011). Domingo 15 del tiempo ordinario, Ciclo A. La Palabra de Dios es como la semilla que cae en la tierra; el hombre ejercita su libertad preparando el terreno de su corazón para que sea una tierra buena en la que da frutos la Palabra de Dios. Los cristianos han sido conscientes desde el comienzo de que, en Cristo, la Palabra de Dios está presente como persona. Un compromiso moral de todo cristiano: conocer y poner en práctica las enseñanzas de Jesús. El misterio de nuestra libertad: la cooperación con la Palabra de Dios. Una llamada a la conversión. El ejemplo de la Virgen. Domingo 15 tiempo ordinario 10 julio 2011 Isaías 55, 10-11 - Mateo 13, 1-23 Isaías 55, 10-11: 10 Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, 11 así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié. Mateo 13, 18-23: Explicación de la palabra del sembrador. 18 “Escuchad pues la parábola del sembrador. 19 A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: es esto lo sembrado junto al camino. 20 Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; 21 pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. 22 Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. 23 Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta o el treinta” AL ACOGER LIBREMENTE LA PALABRA DE DIOS, EL HOMBRE LE OFRECE EL HOMENAJE DE SU ENTENDIMIENTO Y DE SU VOLUNTAD. En la primera Lectura el profeta compara la Palabra que sale de la boca de Dios con la lluvia y la nieve, que caen para regar y fecundar la tierra. Dios difunde su Palabra en el corazón de cada hombre para transformarlo interiormente, y - según la predicación de Jesús en el Evangelio de hoy - , nos invita a limpiarlo de zarzas y piedras, con el fin de que, acogiendo la Palabra libremente, demos los frutos que Dios quiere. El ser tierra buena que acoge la semilla es una elección de libertad que corresponde a cada uno de nosotros. Porque Dios no coacciona, Él dona y espera nuestro sí. Así como la simiente cae a veces en un terreno árido, o pedregoso, o lleno de maleza, la Palabra de Dios puede caer en un corazón distraído, lleno de otros intereses, superficial. «Cuando Dios revela, el hombre tiene que “someterse con la fe” (cf. Rm 16,26; Rm 1,5; 2 Co 10,5-6), por la que el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece “el homenaje total de su entendimiento y voluntad”, asintiendo libremente a lo que él ha revelado». 1 1. Juan Pablo II En el Santuario alpino de Nuestra Señora de Barmasc (15-VII-1990) o Las palabras del profeta son una invitación a creer que Dios puede modificar cualquier situación, incluso la más dramática y compleja. (Primera Lectura) “Así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya cumplido aquello a que la envié” (Is 55,11). Como la lluvia baña la tierra, así Dios con su gracia da nuevamente vigor al hombre abrumado por el peso del pecado y de la muerte. Él es fiel y mantiene siempre la palabra dada. Ningún poder logrará frenar la fuerza irresistible de su misericordia. 1 Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, 5. 2 Las palabras del Deutero-Isaías que hemos escuchado en la primera lectura subrayan de manera significativa la promesa que Yavé renueva al pueblo de Israel afligido y desorientado. Ellas se dirigen también a nosotros como un llamamiento a la esperanza y como un estímulo a la confianza. Se dirigen al hombre de nuestro tiempo, sediento de felicidad y bienestar, que va en busca de la verdad y de la paz, pero que, por desgracia, experimenta la decepción del fracaso. Las palabras del profeta son una invitación a creer que Dios puede modificar cualquier situación, incluso la más dramática y compleja. En efecto, ¿quién puede oponerse a su obrar? Él, que es omnipotente y bueno, ¿nos abandonará quizá a nuestra fragilidad y nos dejará vagar a merced de nuestra infidelidad? En los textos de este domingo el Omnipotente se nos presenta revestido de ternura y atención, prodigando a la humanidad dones de salvación. Él acompaña con paciencia al pueblo que eligió; guía fielmente a lo largo de los siglos a la Iglesia, el “nuevo Israel”, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne” (Lumen gentium n.9). Habla y obra, dona sin medida y sin arrepentimiento, interviene en nuestra realidad diaria incluso cuando somos débiles y no correspondemos a su amor gratuito y generoso. o Pero el hombre tiene la posibilidad tremenda de volver vana la iniciativa divina y rechazar su amor. (Evangelio) Depende de nosotros ser la tierra buena en la que “da fruto y produce uno ciento, otro sesenta, otro treinta” (Mt 13,23). Pero el hombre tiene la posibilidad tremenda de volver vana la iniciativa divina y rechazar su amor. Nuestro “sí”, adhesión libre a su propuesta de vida, es indispensable para que el proyecto de salvación se cumpla en nosotros. Reflexionemos sobre la parábola del sembrador. Ella nos ayuda a comprender mejor esta realidad providencial y a ponderar sabiamente la responsabilidad que nos corresponde a cada uno de nosotros de hacer madurar la semilla de la Palabra, difundida ampliamente en nuestro corazón. La semilla de la que hablamos es la Palabra de Dios; es Cristo, el Verbo de Dios vivo. Se trata de una semilla en sí misma fecunda y eficaz, surgida de la fuente inextinguible del Amor trinitario. Sin embargo, el hecho de hacerla fructificar depende de nosotros, depende de la acogida de cada uno de nosotros. A menudo, el hombre es distraído por demasiados intereses, le llegan innumerables estímulos desde muchas partes, y le resulta difícil distinguir, entre tantas voces, la única Verdad que hace libre. Es necesario convertirse en terreno disponible sin abrojos y sin piedras, sino arado y escardado con cuidado. Depende de nosotros ser la tierra buena en la que “da fruto y produce uno ciento, otro sesenta, otro treinta” (Mt 13,23). Os exhorto a crecer en deseos de Dios; os aliento a acoger generosamente la invitación que os dirige la liturgia de este día. Ojalá correspondáis siempre a los impulsos de la gracia y produzcáis frutos abundantes de santidad. El mundo, “sometido a la vanidad” (Rm 8,20), grita que tiene sed de Cristo. Invoca la paz, pero no sabe dónde hallarla plenamente. ¿Quién podrá transformar este terreno pedregoso y lleno de abrojos en un campo ubérrimo, sino la lluvia y la nieve que bajan desde arriba? o La Virgen nos sostiene “Virgo potens, erige pauperem” - “Virgen poderosa, alza al pobre”. Es verdad: la Virgen sostiene al pobre que confía en Ella. Ayuda al cristiano, día tras día, a seguir los pasos de Jesús, a gastar por Él todo tipo de recursos físicos y espirituales, realizando de este modo la misión que le fue confiada por el bautismo. El creyente se transforma así, a su vez, en una semilla de vida ofrecida, junto a Cristo, por la salvación de sus hermanos. “La ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios” (Rm 8,19). La humanidad pide ayuda y busca seguridad. Todos tenemos necesidad de la lluvia de la misericordia, todos aspiramos a los frutos del amor. 3 Dios sigue visitando la tierra y bendiciendo sus retoños, y seguramente llevará a término la obra comenzada. El panorama formidable que contemplamos aquí nos habla de su fidelidad eterna. Nos habla también de la riqueza de sus dones. Dios se manifiesta desde lo alto “muestra a los extraviados la luz de su verdad para que puedan volver a su camino recto” (Colecta). Nos muestra a Jesucristo, su Verbo eterno. Nos lo muestra y nos lo ofrece en la Eucaristía; nos lo ofrece a través de las manos de María, su Madre, nuestra Madre. 2. Una llamada a la conversión • El capítulo 55 de Isaías también contiene una invitación a convertirse al Señor, que encontramos en los versículos inmediatamente precedentes a los que se leen hoy en la liturgia: “Buscad al Yahvé mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cercano. Deje el malo su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Yahvé, que tendrá compasión de él, a nuestro Dios, que será grande en perdonar” (vv. 6-7). “Seremos buen terreno en la medida de nuestra capacidad para dejarnos penetrar por el Evangelio, de adecuar a él nuestro modo de pensar, de juzgar los valores; en una palabra, de convertirnos” (Raniero Cantalamessa, La parola e la vita, Anno A, Città Nuova XI edicione giugno 2001, XV Domenica, p. 205) . 2. Un compromiso moral de todo cristiano: conocer y poner en práctica las enseñanzas de Jesús. El misterio de nuestra libertad: la cooperación con la Palabra de Dios. o Varias actitudes ante la palabra de Dios a) Desde el principio, los cristianos han estado preocupados por la suerte que corría la Palabra de Dios, que es la semilla que el Señor siembra, dependiendo de la actitud con que era acogida. Y se ha explicado esta parábola, por tanto, como una exhortación para que la Palabra de Dios no sea ahogada por los diversos tipos de dificultades. Se trata de examinar el compromiso moral de cada cristiano, de cómo ejercitamos nuestra libertad, de conocer y poner en práctica las enseñanzas de Jesús. b) Y así se han hecho diversas aplicaciones (cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno A, Piemme novembre 1995 III edición XV Domenica, p. 208): “Los pájaros que devoran la semilla tienen la función de desvelar un corazón poseído por el maligno que arranca el bien que se ha sembrado. Los terrenos pedregosos que dejan que crezca solamente un fruto tísico, revelan a los inconstantes, a los frágiles, a los débiles que se postran enseguida ante las pruebas. Las espinas son el emblema de los superficiales y de los inestables que están atados a los mitos del fácil bienestar y del orgullo”. Una actitud específica según el apóstol Santiago (1, 21-25): los desmemoriados, los distraídos, que no la ponen en práctica. Es una de las actitudes más difundidas. c) “Recibid con mansedumbre la palabra sembrada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Pero tenéis que ponerla en práctica y no sólo escucharla engañándoos a vosotros mismos. Porque quien se contenta con oír la palabra, sin ponerla en práctica, es como un hombre que contempla la figura de su rostro en un espejo: se mira, se va e inmediatamente se olvida de cómo era. En cambio, quien considera atentamente la ley perfecta de loa libertad y persevera en ella - no como quien la oye y luego se olvida, sino como quien la pone por obra – ese será bienaventurado al llevarla a la práctica”. Tres actitudes positivas • Confrontarnos con la palabra de Dios; intentar descubrir bajo su luz todos los aspectos de nuestra vida; dejarnos juzgar por ella. 3. El ejemplo de la Virgen • María fue un terreno óptimo: acogió la palabra de Dios y la custodiaba: “María guardaba todas estas cosas ponderándolas [meditándolas] en su corazón” o María acoge con fe la palabra de Dios. Pablo VI, Marialis cultus: virgen oyente n. 17 17. María es la "Virgen oyente", que acoge con fe la palabra de Dios: fe, que para ella fue premisa y camino hacia la Maternidad divina, porque, como intuyó S. Agustín: "la bienaventurada Virgen María concibió creyendo al (Jesús) que dio a luz creyendo" (45); en efecto, cuando recibió del Ángel la respuesta a su duda (cf. Lc 1,34-37) "Ella, llena de fe, y concibiendo a Cristo en su mente antes que en su seno", dijo: "he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38) (46); fe, que fue para ella causa de 4 bienaventuranza y seguridad en el cumplimiento de la palabra del Señor" (Lc 1, 45): fe, con la que Ella, protagonista y testigo singular de la Encarnación, volvía sobre los acontecimientos de la infancia de Cristo, confrontándolos entre sí en lo hondo de su corazón (Cf. Lc 2, 19. 51). Esto mismo hace la Iglesia, la cual, sobre todo en la sagrada Liturgia, escucha con fe, acoge, proclama, venera la palabra de Dios, la distribuye a los fieles como pan de vida (47) y escudriña a su luz los signos de los tiempos, interpreta y vive los acontecimientos de la historia. 45. Sermo 215, 4: PL 38, 1074. 46. Ibid. 47. Cf. Conc. Vat. II, Const. Dogm. sobre la divina Revelación, Dei Verbum, n. 21: AAS 58 (1966), pp. 827- 828. o María es maestra de vida espiritual: hace de la propia vida una ofrenda a Dios. El culto espiritual. ibid. n. 21 21. Ejemplo para toda la Iglesia en el ejercicio del culto divino, María es también, evidentemente, maestra de vida espiritual para cada uno de los cristianos. Bien pronto los fieles comenzaron a fijarse en María para, como Ella, hacer de la propia vida un culto a Dios, y de su culto un compromiso de vida. Ya en el siglo IV, S. Ambrosio, hablando a los fieles, hacía votos para que en cada uno de ellos estuviese el alma de María para glorificar a Dios: "Que el alma de María está en cada uno para alabar al Señor; que su espíritu está en cada uno para que se alegre en Dios" (63). Pero María es, sobre todo, modelo de aquel culto que consiste en hacer de la propia vida una ofrenda a Dios: doctrina antigua, perenne, que cada uno puede volver a escuchar poniendo atención en la enseñanza de la Iglesia, pero también con el oído atento a la voz de la Virgen cuando Ella, anticipando en sí misma la estupenda petición de la oración dominical "Hágase tu voluntad" (Mt 6, 10), respondió al mensajero de Dios: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Y el "sí" de María es para todos los cristianos una lección y un ejemplo para convertir la obediencia a la voluntad del Padre, en camino y en medio de santificación propia. 63. Expositio Evangelii secundum Lucam, II, 26: CSEL 32, IV, p. 55, S. Ch. 45, pp. 83-84. La finalidad última del culto a la bienaventurada Virgen María es glorificar a Dios y empeñar a los cristianos en un vida absolutamente conforme a su voluntad. ibid. n. 39 39. Finalmente, por si fuese necesario, quisiéramos recalcar que la finalidad última del culto a la bienaventurada Virgen María es glorificar a Dios y empeñar a los cristianos en un vida absolutamente conforme a su voluntad. Los hijos de la Iglesia, en efecto, cuando uniendo sus voces a la voz de la mujer anónima del Evangelio, glorifican a la Madre de Jesús, exclamando, vueltos hacia El: "Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te crearon" (Lc 11, 27), se verán inducidos a considerar la grave respuesta del divino Maestro: "Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen" (Lc 11, 28). Esta misma respuesta, si es una viva alabanza para la Virgen, como interpretaron algunos Santos Padres (107) y como lo ha confirmado el Concilio Vaticano II (108), suena también para nosotros como una admonición a vivir según los mandamientos de Dios y es como un eco de otras llamadas del divino Maestro: "No todo el que me dice: "Señor, Señor", entrará en el reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mt 7, 21) y "Vosotros sois amigos míos, si hacéis cuanto os mando" (Jn 15, 14). 102. Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, 56; AAS 57 (1965), p.60. 103. S. Petrus Chrysologus, Sermo CXLIII; PL 52, 583. 104. Conc. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, n.55; AAS 57 (1965), pp. 59-60. 105. Cf. Pablo VI, Exhortación Apostólica, Signum magnum I; AAS 59 (1967), pp. 467-468; Missale Romanum, die 15 Septembris, Super oblata. 106. Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, n. 67; AAS 57 (1965), pp. 65-66 4. Algunos de los textos del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la Palabra de Dios. El Nuevo Testamento ofrece la verdad definitiva de la Revelación divina, y su objeto central es Jesucristo • CEC 124: El Nuevo Testamento - «La Palabra de Dios, que es fuerza de Dios para la salvación del que cree, se encuentra y despliega su fuerza de modo privilegiado en el Nuevo Testamento» (DV 17). Estos escritos nos ofrecen la verdad definitiva de la Revelación divina. Su objeto central es Jesucristo, el Hijo de 5 Dios encarnado, sus obras, sus enseñanzas, su pasión y su glorificación, así como los comienzos de su Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo (Cf DV 20). La palabra de Dios es alimento del alma, fuente de vida espiritual, sustento y vigor de la Iglesia. CEC 131: La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia - «Es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual» (DV 21). «Los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura» (DV 22). Todos los hombres estamos llamados a entrar en el Reino de Dios: para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús • CEC 543: El anuncio del Reino de Dios - Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (Cf Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (Cf Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús: La Palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5). 5. Afirmaciones sobre la Palabra de Dios de la Exhortación Verbum Domini, sobre la Palabra de Dios, de Benedicto XVI, 30 de septiembre de 2010. o Quien construye su vida sobre la Palabra de dios edifica la casa de la propia vida sobre roca. n. 10: (…) Quien construye sobre esta palabra edifica la casa de la propia vida sobre roca (cf. Mt 7,24). Que nuestro corazón diga cada día a Dios: «Tú eres mi refugio y mi escudo, yo espero en tu palabra» (Sal 119,114) y, como san Pedro, actuemos cada día confiando en el Señor Jesús: «Por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5). (…) o La Palabra en Cristo se ha convertido en un hombre nacido de mujer. Se comienza a ser cristiano por el encuentro con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida, y , con ello, una orientación decisiva. n. 11: (…) La Palabra eterna, que se expresa en la creación y se comunica en la historia de la salvación, en Cristo se ha convertido en un hombre «nacido de una mujer» (Ga 4,4). La Palabra aquí no se expresa principalmente mediante un discurso, con conceptos o normas. Aquí nos encontramos ante la persona misma de Jesús. Su historia única y singular es la palabra definitiva que Dios dice a la humanidad. Así se entiende por qué «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».[Deus caritas est, 1] La renovación de este encuentro y de su comprensión produce en el corazón de los creyentes una reacción de asombro ante una iniciativa divina que el hombre, con su propia capacidad racional y su imaginación, nunca habría podido inventar. Se trata de una novedad inaudita y humanamente inconcebible: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn1,14a). Esta expresión no se refiere a una figura retórica sino a una experiencia viva. La narra san Juan, testigo ocular: «Y hemos contemplado su gloria; gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn1,14b). La fe apostólica testifica que la Palabra eterna se hizo Uno de nosotros. La Palabra divina se expresa verdaderamente con palabras humanas. n. 12. (…) Ahora, la Palabra no sólo se puede oír, no sólo tiene una voz, sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret.[Cf Mensaje final]. (…) Los cristianos han sido conscientes desde el comienzo de que, en Cristo, la Palabra de Dios está presente como persona. o Sin la acción del Espíritu de la Verdad, no se pueden comprender las palabras del Señor. n. 16. (…) Sin la acción eficaz del «Espíritu de la Verdad» (Jn14,16) no se pueden comprender las palabras del Señor. (…) 6 Los grandes escritores de la tradición cristiana consideran unánimemente la función del Espíritu Santo en la relación de los creyentes con las Escrituras. San Juan Crisóstomo afirma que la Escritura «necesita de la revelación del Espíritu, para que descubriendo el verdadero sentido de las cosas que allí se encuentran encerradas, obtengamos un provecho abundante».[Homiliae in Genesim,22] También san Jerónimo está firmemente convencido de que «no podemos llegar a comprender la Escritura sin la ayuda del Espíritu Santo que la ha inspirado».[Epistula 120, 10] San Gregorio Magno, por otra parte, subraya de modo sugestivo la obra del mismo Espíritu en la formación e interpretación de la Biblia: «Él mismo ha creado las palabras de los santos testamentos, él mismo las desvela».[Homiliae in Ezechielem, 1,7,17] Ricardo de San Víctor recuerda que se necesitan «ojos de paloma», iluminados e ilustrados por el Espíritu, para comprender el texto sagrado.[Explicatio in Cantica canticorum, 15] o Estamos verdaderamente llamados por gracia a conformarnos con Cristo. n. 22. (…) El hombre ha sido creado en la Palabra y vive en ella; no se entiende a sí mismo si no se abre a este diálogo. La Palabra de Dios revela la naturaleza filial y relacional de nuestra vida. Estamos verdaderamente llamados por gracia a conformarnos con Cristo, el Hijo del Padre, y a ser transformados en Él. o La Palabra divina nos introduce a cada uno en el coloquio con el Señor: el Dios que habla nos enseña cómo podemos hablar con Él. El libro de los salmos 2 . n. 24. La Palabra divina nos introduce a cada uno en el coloquio con el Señor: el Dios que habla nos enseña cómo podemos hablar con Él. Pensamos espontáneamente en el Libro de los Salmos, donde se nos ofrecen las palabras con que podemos dirigirnos a él, presentarle nuestra vida en coloquio ante él y transformar así la vida misma en un movimiento hacia él.[Cf. Discurso al mundo de la cultura, en el Collège des Bernardins de Paris, 12 septiembre 2008] En los Salmos, en efecto, encontramos toda la articulada gama de sentimientos que el hombre experimenta en su propia existencia y que son presentados con sabiduría ante Dios; aquí se encuentran expresiones de gozo y dolor, angustia y esperanza, temor y ansiedad. Además de los Salmos, hay también muchos otros textos de la Sagrada Escritura que hablan del hombre que se dirige a Dios mediante la oración de intercesión (cf. Ex 33,12-16), del canto de júbilo por la victoria (cf. Ex 15), o de lamento en el cumplimiento de la propia misión (cf. Jr 20,7-18). Así, la palabra que el hombre dirige a Dios se hace también Palabra de Dios, confirmando el carácter dialogal de toda la revelación cristiana,[Propositio 4] y toda la existencia del hombre se convierte en un diálogo con Dios que habla y escucha, que llama y mueve nuestra vida. La Palabra de Dios revela aquí que toda la existencia del hombre está bajo la llamada divina. [Cf. Relatio post disceptationem, 12] o Cristo, realmente presente en las especies del pan y del vino, está presente de modo análogo también en la Palabra proclamada en la liturgia. n. 56. (…) Al acercarnos al altar y participar en el banquete eucarístico, realmente comulgamos el cuerpo y la sangre de Cristo. La proclamación de la Palabra de Dios en la celebración comporta reconocer que es Cristo mismo quien está presente y se dirige a nosotros [Conc.Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 7] para ser recibido. Sobre la actitud que se ha de tener con respecto a la Eucaristía y la Palabra de Dios, dice san Jerónimo: «Nosotros leemos las Sagradas Escrituras. Yo pienso que el Evangelio es el Cuerpo de Cristo; yo pienso que las Sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando él dice: “Quién no come mi carne y bebe mi sangre” (Jn6,53), aunque estas palabras puedan entenderse como referidas también al Misterio [eucarístico], sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es realmente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios. Cuando acudimos al Misterio [eucarístico], si cae una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando estamos escuchando la Palabra de Dios, y se nos vierte en el oído la Palabra de Dios y la carne y la sangre de Cristo, mientras que nosotros estamos pensando en otra cosa, ¿cuántos graves peligros 2 Nota de la Redacción: Cfr. Benedicto XVI, Audiencia general sobre la oración cristiana y los Salmos, 22 de junio de 2011. 7 corremos?».[In Psalmum 147] Cristo, realmente presente en las especies del pan y del vino, está presente de modo análogo también en la Palabra proclamada en la liturgia. Por tanto, profundizar en el sentido de la sacramentalidad de la Palabra de Dios, puede favorecer una comprensión más unitaria del misterio de la revelación en «obras y palabras íntimamente ligadas», [Conc. Vat. II, Const. Dei Verbum, 2] favoreciendo la vida espiritual de los fieles y la acción pastoral de la Iglesia. o Mediante la lectura de la Sagrada Escritura se profundiza la relación con la persona misma de Jesús, y se crece en el amor de Cristo. n. 72. (…) Expreso el vivo deseo de que florezca «una nueva etapa de mayor amor a la Sagrada Escritura por parte de todos los miembros del Pueblo de Dios, de manera que, mediante su lectura orante y fiel a lo largo del tiempo, se profundice la relación con la persona misma de Jesús».[248] No faltan en la historia de la Iglesia recomendaciones por parte de los santos sobre la necesidad de conocer la Escritura para crecer en el amor de Cristo. Este es un dato particularmente claro en los Padres de la Iglesia. (…). o La Palabra de Dios y el rezo del Rosario y del Angelus n. 88. Al recordar la relación inseparable entre la Palabra de Dios y María de Nazaret, junto con los Padres sinodales, invito a promover entre los fieles, sobre todo en la vida familiar, las plegarias marianas, como una ayuda para meditar los santos misterios narrados por la Escritura. Un medio de gran utilidad, por ejemplo, es el rezo personal y comunitario del santo Rosario,[302] que recorre junto a María los misterios de la vida de Cristo,[Propositio 55] y que el Papa Juan Pablo II ha querido enriquecer con los misterios de la luz.[Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 5-36] Es conveniente que se acompañe el anuncio de cada misterio con breves pasajes de la Biblia relacionados con el misterio enunciado, para favorecer así la memorización de algunas expresiones significativas de la Escritura relacionadas con los misterios de la vida de Cristo. El Sínodo, además, ha recomendado promover entre los fieles el rezo del Angelus Domini. Es una oración sencilla y profunda que nos permite «rememorar cotidianamente el misterio del Verbo Encarnado».[Propostiio 55] Es conveniente, además, que el Pueblo de Dios, las familias y las comunidades de personas consagradas, sean fieles a esta plegaria mariana, que la tradición nos invita a recitar por la mañana, a mediodía y en el ocaso. En el rezo del Angelus Domini pedimos a Dios que, por intercesión de María, nos sea dado también a nosotros el cumplir como Ella la voluntad de Dios y acoger en nosotros su Palabra. Esta práctica puede ayudarnos a reforzar un auténtico amor al misterio de la Encarnación. o Palabra y Reino de Dios. Urgencia de anunciar la Palabra para que llegue el Reino de Dios, predicado por Cristo mismo. Todos nos damos cuenta de la necesidad de que la luz de Cristo ilumine todos los ámbitos de la humanidad: la familia, la escuela, la cultura, el trabajo, el tiempo libre y los otros sectores de la vida social. n.93. (…) Es necesario, pues, redescubrir cada vez más la urgencia y la belleza de anunciar la Palabra para que llegue el Reino de Dios, predicado por Cristo mismo. Renovamos en este sentido la conciencia, tan familiar a los Padres de la Iglesia, de que el anuncio de la Palabra tiene como contenido el Reino de Dios (cf. Mc 1,14-15), que es la persona misma de Jesús (la Autobasileia), como recuerda sugestivamente Orígenes.[In Evangelium secundum Matthaeum 17,7] El Señor ofrece la salvación a los hombres de toda época. Todos nos damos cuenta de la necesidad de que la luz de Cristo ilumine todos los ámbitos de la humanidad: la familia, la escuela, la cultura, el trabajo, el tiempo libre y los otros sectores de la vida social.[Homilía en la Apertura de la XII Asamblea Del Sínodo de los Obispos, 5 octubre 2008] No se trata de anunciar una palabra sólo de consuelo, sino que interpela, que llama a la conversión, que hace accesible el encuentro con Él, por el cual florece una humanidad nueva.
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