miércoles, 7 de febrero de 2018

Domingo 6º Tiempo Ordinario Ciclo B 11 febrero 2018


[Chiesa/Omelie1/Peccato/6B18LepraSímboloPecadoAbsoluciónEncuentroMisericordiaDios]

Ø La lepra es un símbolo  del pecado que también cura el Señor.  El sacramento de la penitencia es un encuentro con la misericordia de Dios. Es el gesto del hijo pródigo que vuelve al Padre. La lepra en la antigüedad y en la tradición cristiana. La actitud ejemplar del leproso. Algunos números del Catecismo de la Iglesia católica sobre la absolución en la confesión.


v  Cfr. Domingo 6º Tiempo Ordinario  Ciclo B  11 febrero 2018  

                   Marcos 1, 40-45; 1 Corintios 10, 31-11,1; Levítico 13, 1-2; 44,46

Marcos 1, 40-45: 40 En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: - «Si quieres, puedes limpiarme.» 41 Sintiendo compasión, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero, queda limpio.» 42 La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. 43 Enseguida le conminó y le despidió. 44 Le dijo:  «No se lo digas a nadie; pero anda,  preséntate al sacerdote y ofrece por tu curación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio». 45 Sin embargo, en cuanto se fue, empezó a proclamar ya a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Salmo 32/31, 1-2; 5; 11: 1 De David. Poema. ¡Dichoso el que es perdonado de su culpa, y le queda cubierto su pecado!
2 Dichoso el hombre a quien Yahveh no le cuenta el delito, y en cuyo espíritu no hay fraude. 5 Mi pecado te reconocí, y no oculté mi culpa; dije: "Me confesaré a Yahveh de mis rebeldías." Y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado.
11 ¡Alegraos en Yahveh, oh justos, exultad, gritad de gozo, todos los de recto corazón!

1.    La lepra en la antigüedad y en la tradición cristiana


v  En la antigüedad era una enfermedad considerada repugnante, cuya desaparición era un signo de la llegada del Mesías.

·         En la antigüedad, no sólo era considerada una enfermedad repugnante, sino que se consideraba como
un castigo de Dios (Cf. Números 12, 10-15; Levítico 13 ss). Además, el enfermo era declarado impuro por la Ley, y debía vivir aislado, para no transmitir la impureza a las personas y a las cosas que tocaba (Números 5,12; 12,14ss).
·         La desaparición de esta enfermedad era considerada como una de las bendiciones  o signos de la
llegada del Mesías. Véase, por ejemplo, la respuesta que da el mismo Señor a los discípulos de Juan el Bautista, cuando se acercan a él para preguntarle, de parte del Bautista: «¿Eres tú el que va a venir, o esperamos a otro?» “Y Jesús le respondió: «Id y anunciadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan» (Mateo 11, 3-5).

v  En la tradición cristiana la lepra es un símbolo del pecado que también cura el Señor.

·         Por otra parte, la tradición cristiana ha considerado la lepra como un símbolo de la enfermedad del
pecado. Y, por tanto, la liberación de la lepra como un símbolo de la liberación de la lepra del pecado. El mismo Señor declara expresamente que él cura del mal físico o de la muerte para que sepamos que puede curarnos de ese otro mal más radical y profundo que es el pecado: “Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados - se dirigió entonces al paralítico - , levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Y él se levantó y se fue a su casa”. (Marcos 2, 1ss).

o   Jesucristo vino para liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado

·         En el Evangelio, de un modo u otro, aparece la finalidad principal de los milagros que es la de mostrar la
identidad divina de Jesucristo, además de que también se compadece del dolor humano.  El Mesías “no vino para abolir todos los males aquí abajo (Cf Lucas 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado (Cf Juan 8, 34-36)” (Catecismo de la Iglesia Católica, 549).

o   El perdón del pecado es una bienaventuranza: “Dichoso el que es perdonado de la culpa…”

·         El salmo responsorial que nos propone hoy la liturgia (32/31, 1-2.5.11), resalta la bienaventuranza del
perdón del pecado que ha sido confesado:  “Dichoso el que es perdonado de la culpa .... Dichoso el hombre a quien el Señor no le imputa delito y en cuyo espíritu no hay dolo  ... Te declaré mi pecado, no te oculté mi delito. Dije «Confesaré mis culpas al Señor». Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. ... Alegraos justos, y regocijaos en el Señor, exultad todos los rectos de corazón”.
·         Sagrada Biblia, Libros poéticos y sapienciales, Eunsa 2001, nota a Sal 32, 1-2:  “El hombre
encuentra la dicha cuando recibe el perdón divino y puede presentarse ante Dios con sinceridad de corazón”

2.    La absolución en el sacramento de la penitencia es un encuentro  con la misericordia de Dios.


o   En el momento de la absolución sacramental, el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios.

§  La confesión se convierte en un renacimiento espiritual, que transforma al penitente en una nueva criatura.
·         Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 31: “La fórmula sacramental: “Yo te absuelvo...”, y la
imposición de la mano y la señal de la cruz, trazada sobre el penitente, manifiestan que en aquel momento el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios. Es el momento en el que, en respuesta al penitente, la Santísima Trinidad se hace presente para borrar su pecado y devolverle la inocencia, y la fuerza salvífica de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús es comunicada al mismo penitente como «misericordia más fuerte que la culpa y la ofensa», según la definición  de la Encíclica «Dives in misericordia»”.
·         Benedicto XVI: Discurso a los penitenciarios de las cuatro basílicas papales de Roma, 19/02/07:
“En el gesto de la absolución, pronunciada en nombre y por cuenta de la Iglesia, el confesor se convierte en el medio consciente de un maravilloso acontecimiento de gracia. Al adherir con docilidad al Magisterio de la Iglesia, se convierte en ministro de la consoladora misericordia de Dios, pone de manifiesto la realidad del pecado y al mismo tiempo la desmesurada potencia renovadora del amor divino, amor que vuelve a dar la vida. La confesión se convierte, por tanto, en un renacimiento espiritual, que transforma al penitente en una nueva criatura. Este milagro de gracia sólo puede realizarlo Dios, y lo cumple a través de las palabras y de los gestos del sacerdote. Al experimentar la ternura y el perdón del Señor, el penitente reconoce más fácilmente la gravedad del pecado, y refuerza su decisión para evitarlo y para permanecer y crecer en la reanudada amistad con Él”. 

o   Dios concede su perdón con el signo de la absolución

·         Rito de la Penitencia, n.6: Al pecador, que en la Confesión sacramental manifiesta al ministro de
la Iglesia su conversión, Dios concede su perdón con el signo de la absolución; de este modo, el sacramento de la Penitencia es completo en todas sus partes. Dios quiere servirse de signos sensibles para conferirnos la salvación, y renovar la alianza rota: todo entra en el conjunto de la economía divina que ha llevado a la manifestación visible de la bondad de Dios, nuestro Salvador y de su amor por nosotros (cf. Tito, 3, 4-5).

o   La absolución sacerdotal es también un juicio en el que Dios, Padre misericordioso, se vuelve benévolo al pecador por la muerte y resurrección de Jesucristo

·         Conferencia Episcopal Alemana: Catecismo católico de adultos:  La absolución sacerdotal en el
sacramento de la penitencia no es solamente el anuncio del Evangelio en relación al perdón de los pecados una declaración de que Dios ha perdonado los pecados; ella es, en cuanto reasunción en la plena comunión eclesial (como dice la doctrina cristiana) un verdadero acto judicial que corresponde únicamente a aquel que en nombre de Jesucristo puede actuar por la entera comunidad eclesial (cf. DS, 1685, 1709-10). El sacramento de la penitencia, como juicio, es ciertamente un juicio de gracia, en el que Dios, Padre misericordioso, se dirige benévolamente al pecador en virtud de la muerte y resurrección de Jesucristo, en el Espíritu Santo. El confesor asume, por esto, de igual modo, el lugar de un juez y de un médico. Debe actuar como un padre y como un hermano. Representa a Jesucristo, que ha derramado en la cruz su sangre por el pecador. Por esto, debe anunciar y explicar al penitente el mensaje de la remisión de los pecados, ayudarlo con su consejo para una nueva vida, orar por él, hacer penitencia en lugar suyo, y darle por la absolución, en nombre de Jesucristo, la remisión de sus pecados.

o   ¡Dios perdona siempre!

·         Camino, 309: ¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! —Porque en los juicios
humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona.
¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia!

3.    Cristo confió a sus apóstoles el ministerio de la reconciliación y los obispos, sus sucesores, y los presbíteros, colaboradores de los obispos, continúan ejerciendo este ministerio del perdón  [1] .

 

o   Jesús ha transmitido el poder que tiene de perdonar los pecados a simples hombres, sujetos ellos mismos a la insidia del pecado

·         Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 29: “En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios,
viniendo como el Cordero que quita y carga sobre el pecado del mundo ( Cf. Juan 1, 29; Is 53, 7. 12), aparece como el que tiene el poder tanto de juzgar (Cf Jn 5, 27) como el de perdonar los pecados,( Cf. Mateo 9, 2-7; Lc 5, 18-25; 7, 47-49; Marcos 2, 3-12) y que ha venido no para condenar, sino para perdonar y salvar.( Cf. Juan 3, 16 s.; 1 Juan 3, 5. 8)
Ahora bien, este poder de perdonar los pecados Jesús lo confiere, mediante el Espíritu Santo, a simples hombres, sujetos ellos mismos a la insidia del pecado, es decir a sus Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos».( Juan 20, 22; Mt 18, 18; cf. también, por lo que se refiere a Pedro, Mt 16, 19. El B. Isaac de la Estrella subraya en un discurso la plena comunión de Cristo con su Iglesia en la remisión de los pecados: « Nada puede perdonar la Iglesia sin Cristo y Cristo no quiere perdonar nada sin la Iglesia. Nada puede perdonar la Iglesia sino a quien es penitente, es decir a quien Cristo ha tocado con su gracia; Cristo nada quiere considerar como perdonado a quien desprecia a la Iglesia »: Sermo 11 (In dominica III post Epiphaniam, I): PL 194, 1729) Es ésta una de las novedades evangélicas más notables. Jesús confirió tal poder a los Apóstoles incluso como transmisible —así lo ha en tendido la Iglesia desde sus comienzos— a sus sucesores, investidos por los mismos Apóstoles de la misión y responsabilidad de continuar su obra de anunciadores del Evangelio y de ministros de la obra redentora de Cristo”.

o   Como en los demás sacramentos, el sacerdote actúa «in  persona Christi». Por su medio Cristo aparece como hermano del hombre, pontífice misericordioso, fiel y compasivo  ....

·         Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 29: “Aquí se revela en toda su grandeza la figura del
ministro del Sacramento de la Penitencia, llamado, por costumbre antiquísima, el confesor.
Como en el altar donde celebra la Eucaristía y como en cada uno de los Sacramentos, el Sacerdote, ministro de la Penitencia, actúa «in persona Christi». Cristo, a quien él hace presente, y por su medio realiza el misterio de la remisión de los pecados, es el que aparece como hermano del hombre,( Cf. Mateo12, 49 s.; Mc 3, 33 s.; Lucas 8, 20 s.; Romanos 8, 29: «... primogénito entre muchos hermanos») pontífice misericordioso, fiel y compasivo,(Cf. Hebreos 2, 17; 4, 15) pastor decidido a buscar la oveja perdida,(Cf. Mateo 18, 12 s.; Lc 15, 4-6) médico que cura y conforta,(Cf. Lucas 5, 31 s) maestro único que enseña la verdad e indica los caminos de Dios,(Cf. Mt 22, 16) juez de los vivos y de los muertos,(Cf. Hechos 10, 42) que juzga según la verdad y no según las apariencias.(Cf. Juan 8, 16)”. 

4.    La  actitud ejemplar del leproso

o   Reconoce claramente y con sencillez su mal y pide con fe su curación.

·         La tradición cristiana también ha resaltado la actitud ejemplar del leproso que reconoce claramente y
con sencillez su mal y pide con fe su curación - «rogándole de rodillas, le decía: Si quieres puedes curarme» -, para reflexionar sobre el hecho de que los hombres encontramos el perdón divino cuando recurrimos al Señor, confesando nuestros pecados. Se ha escrito mucho sobre las cualidades de ese reconocimiento de los propios pecados: claro, sencillo, confiado, etc. etc. Confesarse es “el gesto del hijo pródigo que vuelve al padre y es acogido por él con el beso de la paz; gesto de lealtad y de valentía; gesto de entrega de sí mismo, por encima del pecado, a la  misericordia que perdona” (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 31) 

5. Algunos números del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la absolución en el sacramento de la Penitencia.


v  Elementos de la celebración del sacramento de la Penitencia

-          n. 1480 XI. LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA - Como todos
los sacramentos, la Penitencia es una acción litúrgica. Ordinariamente los elementos de su celebración son: saludo y bendición del sacerdote, lectura de la Palabra de Dios para iluminar la conciencia y suscitar la contrición, y exhortación al arrepentimiento; la confesión que reconoce los pecados y los manifiesta al sacerdote; la imposición y la aceptación de la penitencia; la absolución del sacerdote; alabanza de acción de gracias y despedida con la bendición del sacerdote.

v  La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión.

-          n. 1484 "La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo
ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión" (OP 31). Y esto se establece así por razones profundas. Cristo actúa en cada uno de los sacramentos. Se dirige personalmente a cada uno de los pecadores: "Hijo, tus pecados están perdonados" (Mc 2, 5); es el médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de él (cf Mc 2, 17) para curarlos; los restaura y los devuelve a la comunión fraterna. Por tanto, la confesión personal es la forma más significativa de la reconciliación con Dios y con la Iglesia.

-          n. 1483 En casos de necesidad grave se puede recurrir a la celebración comunitaria de la
reconciliación con confesión general y absolución general. Semejante necesidad grave puede presentarse cuando hay un peligro inminente de muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes tengan tiempo suficiente para oír la confesión de cada penitente. La necesidad grave puede existir también cuando, teniendo en cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente las confesiones individuales en un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa suya, se verían privados durante largo tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión. En este caso, los fieles deben tener, para la validez de la absolución, el propósito de confesar individualmente sus pecados graves en su debido tiempo (CIC can. 962, 1). Al obispo diocesano corresponde juzgar si existen las condiciones requeridas para la absolución general (CIC can. 961, 2). Una gran concurrencia de fieles con ocasión de grandes fiestas o de peregrinaciones no constituyen por su naturaleza ocasión de la referida necesidad grave.

o   La fórmula de la absolución indica que el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón.

-          n. 1449: La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa el elemento esencial de
este sacramento: el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón. Realiza la reconciliación de los pecadores por la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través de la oración y el ministerio de la Iglesia:
"Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Ordo poenitentiae 102).

v  Los obispos y los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los pecados.

-          n. 1461 EL MINISTRO DE ESTE SACRAMENTO - Puesto que Cristo confió a sus apóstoles
el ministerio de la reconciliación (cf Jn 20, 23; 2Co 5, 18), los obispos, sus sucesores, y los presbíteros, colaboradores de los obispos, continúan ejerciendo este ministerio. En efecto, los obispos y los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los pecados "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".
-          Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1442: Cristo (…)  confió el ejercicio del poder de
absolución al ministerio apostólico, que está encargado del «ministerio de la reconciliación» (2 Corintios 5, 18). El apóstol es enviado «en nombre de Cristo», y «es Dios mismo» quien, a través de él, exhorta y suplica: «Dejaos reconciliar con Dios» (2 Corintios 5, 20).

v  Relación entre la absolución y la penitencia que impone el confesor (llamada también satisfacción).

o   La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó.

§  Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe «satisfacer» de manera apropiada o «expiar» sus pecados.
-          Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1459: La satisfacción - Muchos pecados causan daño al
prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó (Cf Cc. de Trento: DS 1712). Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe «satisfacer» de manera apropiada o «expiar» sus pecados. Esta satisfacción se llama también «penitencia».





Vida Cristiana



[1] Sobre la confesión de los pecados, cfr. Julio Atienza – Pedro Jesús Lasanta,  La alegría del perdón, Edibesa 1998, pp. 157-173.

La actitud ejemplar del leproso


y con sencillez su mal y pide con fe su curación. La escena debió de ser extraordinaria. Con su sinceridad se pone delante del Señor, e hincándose de rodillas, reconoce su enfermedad y pide que le cure.

La  actitud ejemplar del leproso


v  Cfr. Domingo 6 del tiempo ordinario Ciclo B.

                      [6B18LepraSímboloPeccadoAbsolucionEncuentroMisericordiaDios; 11 de febrero de 2018]


Marcos 1, 40-45: 40 En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: - «Si

quieres, puedes limpiarme.» 41 Sintiendo compasión, extendió la mano y lo tocó, diciendo:

«Quiero, queda limpio.»42 La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. 43 Enseguida le

conminó y le despidió. 44 Le dijo:  «No se lo digas a nadie; pero anda,  preséntate al sacerdote y

ofrece por tu curación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio». 45 Sin embargo, en

cuanto se fue, empezó a proclamar ya a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar

abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas

partes.


v  La  actitud ejemplar del leproso

Francisco Fernández Carvajal, Meditaciones para cada día del año, Ediciones Palabra,
tomo III, Sexto Domingo, Ciclo B

o   Reconoce claramente y con sencillez su mal y pide con fe su curación.

·         La tradición cristiana ha resaltado la actitud ejemplar del leproso que reconoce claramente y con
sencillez su mal y pide con fe su curación - «rogándole de rodillas le decía: Si quieres puedes curarme» -, para reflexionar sobre el hecho de que los hombres encontramos el perdón divino cuando recurrimos al Señor, confesando nuestros pecados. Se ha escrito mucho sobre las cualidades de ese reconocimiento de los propios pecados: claro, sencillo, confiado, etc. etc. 
Confesarse es “el gesto del hijo pródigo que vuelve al padre y es acogido por él con el beso de la paz; gesto de lealtad y de valentía; gesto de entrega de sí mismo, por encima del pecado, a la  misericordia que perdona” (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 31) 

o   La escena debió de ser extraordinaria

Francisco Fernández Carvajal, o.c.
·         “La escena debió de ser extraordinaria. Se postró el leproso ante Jesús, y le dijo: Señor, si quieres puedes
 limpiarme. Si quieres... Quizá se había preparado un discurso más largo, con más explicaciones..., pero al final todo quedó reducido a esta jaculatoria llena de sencillez, de confianza, de delicadeza: Si vis, potes me mundare, si quieres, puedes... En estas pocas palabras se resume una oración poderosa. Jesús se compadeció; y los tres Evangelistas que relatan el suceso nos han dejado el gesto sorprendente del Señor: extendió la mano y le tocó. Hasta ahora todos los hombres habían huido de él con miedo y repugnancia, y Cristo, que podía haberle curado a distancia –como en otras ocasiones–, no solo no se separa de él, sino que llegó a tocar su lepra. No es difícil imaginar la ternura de Cristo y la gratitud del enfermo cuando vio el gesto del Señor y oyó sus palabras: Quiero, queda limpio.
El Señor siempre desea sanarnos de nuestras flaquezas y de nuestros pecados. Y no tenemos necesidad de esperar meses ni días para que pase cerca de nuestra ciudad, o junto a nuestro pueblo... Al mismo Jesús de Nazaret que curó a este leproso le encontramos todos los días en el Sagrario más cercano, en la intimidad del alma en gracia, en el sacramento de la Penitencia. “Es Médico y cura nuestro egoísmo, si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. Jesús nos ha advertido que la peor enfermedad es la hipocresía, el orgullo que lleva a disimular los propios pecados. Con el Médico es imprescindible una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Domine, si vis, potes me mundare (Mt 8, 2), Señor, si quieres –y Tú quieres siempre–, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus” [1]; todas las miserias de nuestra vida”.

o   Con su sinceridad se pone delante del Señor, e hincándose de rodillas, reconoce su enfermedad y pide que le cure [2].

Francisco Fernández Carvajal, o.c.
·         “Hemos de aprender de este leproso: con su sinceridad se pone delante del Señor, e hincándose de
rodillas [3]  reconoce su enfermedad y pide que le cure.
Le dijo el Señor al leproso: Quiero, queda limpio. Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio. Nos imaginamos la inmensa alegría del que hasta ese momento era leproso. Tanto fue su gozo que, a pesar de la advertencia del Señor, comenzó a proclamar y divulgar por todas partes la noticia del bien inmenso que había recibido. No se pudo contener con tanta dicha para él solo, y siente la necesidad de hacer partícipes a todos de su buena suerte.
Esta ha de ser nuestra actitud ante la Confesión. Pues en ella también quedamos libres de nuestras enfermedades, por grandes que pudieran ser. Y no solo se limpia el pecado; el alma adquiere una gracia nueva, una juventud nueva, una renovación de la vida de Cristo en nosotros. Quedamos unidos al Señor de una manera particular y distinta. Y de ese ser nuevo y de esa alegría nueva que encontramos en cada Confesión hemos de hacer partícipes a quienes más apreciamos, y a todos”.

v  ¡«Si quieres, puedes limpiarme»!

o   Cada día, el Señor purifica el alma de quien se lo suplica, lo adora y proclama con estas palabras: Señor, si quieres, me puedes purificar, sin mirar la cantidad de sus faltas. 

Cada día, el Señor purifica el alma de quien se lo suplica, lo adora y proclama con estas palabras: Señor, si quieres, me puedes purificar, sin mirar la cantidad de sus faltas.  Porque el que cree de todo corazón queda justificado. Debemos dirigir a Dios nuestras peticiones con toda confianza, sin duda de su poder. Esta es la razón porque el Señor responde al instante a la petición del leproso que le suplica y le dice: Quiero, queda limpio. Porque a poco que el pecador ore con fe, la mano del Señor limpia la lepra de su alma. Este leproso nos da un buen consejo acerca de nuestra manera de orar. No pone en duda la voluntad del señor, como si no creyera en su bondad. Sino que, consciente de la gravedad de sus faltas, no quiere presumir de esta voluntad. Diciendo «si quieres». Afirma que este poder pertenece  al Señor, al mismo tiempo que confiesa su fe.
            El apóstol Pedro habla de esta fe, sin duda alguna, cuando dice: Purificó sus corazones por medio de la fe.  La fe pura, vivida en el amor, mantenida por la perseverancia, paciente en la espera, humilde en la confesión, firme en la confianza, respetuosa en la oración, llena de sabiduría en lo que pide, escuchará con certeza en toda circunstancia esta palabra del Señor: Quiero. (San Pascasio Radberto [4] (En Magnificat, n. 171, febrero 2018, pp. 157-158).




Vida Cristiana





[1] Es Cristo que pasa, 93
[2] Sobre la confesión de los pecados, cfr.Julio Atienza-Pedro Jesús Lasanta,  La alegría del perdón, Edibesa 1998, pp.
  157-173
[3] Marcos 1, 40
[4] san Pascasio Radberto (Soissons, Aisne, Picardía, ca. 792 - Corbie, 26 de abril de 865) fue un monje benedictino, abad de la Abadía de Corbie e importante autor eclesiástico. Su memoria se celebra el 26 de abril​ y su sepulcro se conserva en Corbie inventariado como monumento histórico francés en 1907.

martes, 6 de febrero de 2018

Sólo me queda el amor: por Santiago Agrelo

Había oído muchas veces esa narración evangélica. La había meditado. Siempre consideré asombroso que, lo mismo el enfermo de lepra que Jesús, ignorasen, como si no existiesen, las normas que defendían de la lepra a la comunidad.
Oír, meditar, asombrarse de lo que se ha oído, fueron durante mucho tiempo los verbos de mi vida de fe.
Hasta que un día…
Era un día cualquiera, en una eucaristía que en nada se diferenciaba de las que hasta entonces había celebrado. Todo era como siempre, incluido aquel evangelio que tantas veces había escuchado: “Si quieres, puedes limpiarme”… “Quiero: queda limpio”.
Sólo que, mientras proclamaba el relato acostumbrado, supe con certeza que se estaba hablando de Jesús y de mí. En un instante, todo yo, mi vida entera, arrodillada a los pies de Jesús, la vi alcanzada por la ternura del que, extendida la mano, me tocó contagiándose de mi impureza y contagiándome de su santidad.
¡El leproso del relato evangélico era yo!
Cuando te pedí que me curases, no podía sospechar, Señor, que serías tú quien se había de quedar con mi enfermedad, con mis harapos, con mi soledad, con mi impureza.
Ahora lo sé, y el corazón me pide decirte: Señor, devuélveme esa lepra que tu amor se ha llevado; devuélveme impureza, soledad y andrajos, pues no es justo que tú te quedes con una maldición que es sólo mía; no puedo permitirte esa locura; “no me lavarás los pies jamás”.
Pero tú, arrodillado a mis pies como si fueses mi esclavo, con seriedad que no puedo ignorar, me dijiste: “Si no te lavo”, si no me das tu enfermedad, “no tienes parte conmigo”.
Entonces supe que sólo cabía amarte para no morir de pena por haber echado sobre tus hombros el peso de mis pecados.
Sólo cabe que amemos a quien tanto nos amó, y tú lo sabes, Iglesia de leprosos limpios, Iglesia de Cristo, el esposo que se entregó a sí mismo por ti, para consagrarte, purificándote con el baño del agua y la palabra.
El amor que te purifica, el amor que es Cristo Jesús, no se arrodilló una vez a tus pies para luego apartarse: Se arrodilló una vez para siempre, como se entregó una vez para siempre, como es para siempre el amor que es Dios.
Hoy, en la eucaristía, volverás a decírselo: “Si quieres, puedes limpiarme”… Y volverás a oír la voz de su misericordia: “Quiero: queda limpio”. Y te acercarás a él, lo recibirás y, a la luz de la fe, verás que su mano se extiende sobre ti dejándote gloriosa, sin mancha ni arruga, santa e inmaculada.
El corazón intuye que sólo tenemos el amor que Dios nos tiene: Sólo nos queda el amor.

lunes, 5 de febrero de 2018

Con Cristo en el camino de los pobres: por Santiago Agrelo

“Al  acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se me hace eterna la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba”.
Es la confesión del enfermo que se ha quedado a solas con su fragilidad.

Es la confesión del emigrante que se ha quedado a solas con la incertidumbre de su futuro, con la precariedad de su presente, con la memoria de la vida que ha dejado atrás.
Es la confesión de los excluidos de una existencia digna, de los que ya no cuentan, de los que nunca han contado, de los derrotados.
Es la confesión de Job, la confesión del hombre que, en la propia carne, herida con llagas malignas, ha experimentado los límites estrechos de la condición humana: “Corren mis días más que la lanzadera, se van consumiendo faltos de esperanza”.
Es la confesión de los crucificados, del Crucificado, traspasado todavía hoy en el cuerpo de los pobres.
Y ésta es la oración de alabanza que, desde la vida de los pobres, desde el corazón y los labios de la Iglesia, sube agradecida hasta el corazón de Dios: “Alabad al Señor, que sana los corazones quebrantados”.

Los pobres, los crucificados, son ellos los que van diciendo: “Alabad al Señor, que la música es buena”.
Los entregados con Cristo a la muerte, las víctimas de la iniquidad humana, de la corrupción política, de la indiferencia socializada, son ellos los que confiesan: “Nuestro Dios es grande y poderoso”.
He dicho: “son ellos”. Tendría que decir: Eres tú, Iglesia cuerpo de Cristo; eres tú, comunidad pobre, comunidad de pobres, de oprimidos, de cautivos, de crucificados, eres tú la que va recordando y proclamando: el Señor nuestro Dios, el que “cuenta el número de las estrellas”, el que “a cada una la llama por su nombre”, el amor que mueve el universo, él es mi Señor, él es mi Padre, él es quien se ocupa de mí, “él sostiene a los humildes”, a él confío mi vida, en él pongo mi esperanza.

Viene a la memoria la consumación de la vida de Jesús, la que está llamada a ser la consumación de la vida para todos los que creemos en él: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.
En Cristo y en los que son de Cristo, el poder de Dios reconstruye lo que el mal ha derruido, el Espíritu de Dios reúne a los que la ambición ha dispersado, la misericordia de Dios sana los corazones destrozados, venda sus heridas.
Hoy, el evangelio nos recuerda cómo, en Jesús de Nazaret, la Palabra de Dios que ha creado el universo recorre los caminos de Galilea, cómo predica en las sinagogas, cómo expulsa demonios.
Y tú, Iglesia cuerpo de Cristo, que comulgas con esa Palabra sanadora, que la recibes, que eres recibida por ella, tú sales con Cristo a los caminos de la humanidad, él sale contigo, los dos formando un solo cuerpo, para anunciar a los pobres el evangelio de la salvación.

Que del cuerpo, sin ofender la verdad, se pueda decir lo que se dice de la cabeza, porque tú, Iglesia de Cristo, te haces cargo de las dolencias de la humanidad, tú echas sobre tus hombros el peso de la vida de los pobres, tú eres agua para los sedientos, tú eres consuelo para los que lloran, tú eres saciedad para los hambrientos de justicia, tú eres un sacramento de misericordia para todos.
Aquel día también se dirá de ti lo que Pedro y sus compañeros decían a Jesús: “todo el mundo te busca”.
Y entonces, tú como Jesús, saldrás, en busca de los que no te buscan pero te necesitan.


Feliz domingo, Iglesia hospital de campaña.

jueves, 1 de febrero de 2018

La eucaristía (2018). La Santa Misa (8). Liturgia de la Palabra. I. Diálogo entre Dios y su pueblo. Catequesis del Papa Francisco.


Ø La eucaristía (2018). La Santa Misa (8). Liturgia de la Palabra. I. Diálogo entre Dios y su pueblo.  Catequesis del Papa Francisco.  «Cuando en la Iglesia se lee la sagrada Escritura, Dios mismo habla a su pueblo y Cristo, presente en la palabra, anuncia el Evangelio». No es bueno hablar en ese momento de otras cosas, chismorrear. Debemos escuchar, abrir el corazón, porque es Dios mismo el que nos habla y no hay que pensar en otras cosas ni hablar de otras cosas. ¡Es muy importante escuchar! «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4): la vida que nos da la Palabra de Dios. La Liturgia de la Palabra es la “mesa” que el Señor prepara para alimentar nuestra vida espiritual. Su sustitución por textos no bíblicos, está prohibida. Escuchamos la semilla de la divina Palabra con los oídos y pasa al corazón; no se queda en las orejas, debe ir al corazón. Y del corazón pasa a las manos, a las buenas obras.


v  Papa Francisco, Catequesis, Audiencia General

Miércoles, 31 de enero de 2018

La Santa Misa - 8. Liturgia de la Palabra: I. Diálogo entre Dios y su pueblo

o   «Cuando en la Iglesia se lee la sagrada Escritura, Dios mismo habla a su pueblo y Cristo, presente en la palabra, anuncia el Evangelio».

§  No es bueno hablar en ese momento de otras cosas, chismorrear. Debemos escuchar, abrir el corazón, porque es Dios mismo el que nos habla y no hay que pensar en otras cosas ni hablar de otras cosas.
Continuamos hoy las catequesis sobre la Santa Misa. Tras habernos detenido en los ritos de introducción, consideremos ahora la Liturgia de la Palabra, que es parte constitutiva porque nos reunimos precisamente para escuchar lo que Dios dijo y todavía quiere hacer por nosotros.
Es una experiencia que sucede “en directo” y no “de oídas”, porque «cuando en la Iglesia se lee la sagrada Escritura, Dios mismo habla a su pueblo y Cristo, presente en la palabra, anuncia el Evangelio» (Ordenación General del Misal Romano, 29; cfr. Const. Sacrosanctum Concilium, 7; 33).
Y cuántas veces, mientras se lee la Palabra de Dios, se comenta: “Mira ese…, mira aquella…, mira qué pelos lleva esa: qué ridícula”. Y se empiezan a hacer comentarios. ¿No es verdad? ¿Se deben hacer comentarios mientras se lee la Palabra de Dios? [responden: “¡No!”]. No,
porque si chismorreas con la gente no escuchas la Palabra de Dios. Cuando se lee la Palabra de Dios en la Biblia –la primera Lectura, la segunda, el Salmo responsorial y el Evangelio– debemos escuchar, abrir el corazón, porque es Dios mismo el que nos habla y no hay que pensar en otras cosas ni hablar de otras cosas. ¿Entendido? Os explicaré qué es lo que sucede en esta Liturgia de la Palabra.

o   Es Dios quien, a través de la persona que lee, nos habla y nos interpela a nosotros. Es “palabra viva” pronunciada por Dios.

§  Para oír la Palabra de Dios también hay que tener el corazón abierto para recibir sus palabras en el corazón. ¡Es muy importante escuchar!
Las páginas de la Biblia dejan de ser un “escrito” para convertirse en “palabra viva”, pronunciada por Dios. Es Dios quien, a través de la persona que lee, nos habla y nos interpela a nosotros, que escuchamos con fe. El Espíritu «que habló por los profetas» (Credo) e inspiró a los autores sagrados, hace que «la palabra de Dios obre de verdad en los corazones lo que hace sonar en los oídos» (Leccionario, Introd., 9).
Pero para oír la Palabra de Dios también hay que tener el corazón abierto para recibir sus palabras en el corazón. Dios habla y nosotros le prestamos atención, para luego poner en práctica lo que hemos escuchado. ¡Es muy importante escuchar! Algunas veces quizá no comprendamos bien, porque hay algunas lecturas un poco difíciles. Pero Dios nos dice lo mismo de otro modo. ¡En silencio, escuchar la Palabra de Dios! No olvidéis esto: en Misa, cuando empiezan las lecturas, escuchamos la Palabra de Dios.

o   «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4): la vida que nos da la Palabra de Dios.

§  La Liturgia de la Palabra es la “mesa” que el Señor prepara para alimentar nuestra vida espiritual.
Su sustitución por textos no bíblicos, está prohibida.
¡Necesitamos escucharlo! Es una cuestión vital, como bien recuerda la incisiva expresión que «no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4): la vida que nos da la Palabra de Dios. En este sentido, hablamos de la Liturgia de la Palabra como de la “mesa” que el Señor prepara para alimentar nuestra vida espiritual. Es una mesa abundante la de la Liturgia, que se basa mayormente en los tesoros de la Biblia (cfr. SC, 51), tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, porque en ellos la Iglesia anuncia el único e idéntico misterio de Cristo (cfr. Leccionario, Introd., 5). Pensemos en la riqueza de las lecturas bíblicas propuesta por los tres ciclos dominicales que, a la luz de los evangelios sinópticos, nos acompañan a lo largo del año litúrgico: una gran riqueza.
Deseo recordar aquí también la importancia del Salmo responsorial, cuya función es favorecer la meditación de lo escuchado en la lectura que le precede. Es bueno que el Salmo sea enriquecido con el canto, al menos el estribillo (cfr. OGMR, 61; Leccionario, Introd., 19-22).

La proclamación litúrgica de las mismas lecturas, con los cánticos tomados de la Sagrada Escritura, expresa y favorece la comunión eclesial, acompañando el camino de todos y de cada uno. Así se entiende porqué algunas “opciones subjetivas”, como la omisión de lecturas o su sustitución por textos no bíblicos, estén prohibidas. He oído que alguno, si hay una noticia, lee el periódico,
porque es la noticia del día. ¡No! ¡La Palabra de Dios es la Palabra de Dios! El periódico lo podemos leer después, pero allí se lee la Palabra de Dios. Es el Señor quien nos habla. Sustituir esa Palabra por otras cosas empobrece y deteriora el diálogo entre Dios y su pueblo en oración. Al contrario, se requiere la dignidad del ambón y el uso del Leccionario, la disponibilidad de buenos
lectores y salmistas. Hay que buscar buenos lectores, de los que sepan leer bien, no esos que leen mal y no se entiende nada. ¡Es así: buenos lectores! Se deben preparar y hacer una prueba antes de la Misa para leer bien. Y esto crea un clima de silencio receptivo [1].

o   La Palabra del Señor es una ayuda indispensable para no desorientarnos en nuestra peregrinación terrena.

Sabemos que la Palabra del Señor es una ayuda indispensable para no desorientarnos, como bien reconoce el Salmista que, dirigido al Señor, confiesa: «Lámpara para mis pasos es tu palabra, luz en mi camino» (Salmo 119,105). ¿Cómo podríamos afrontar nuestra peregrinación terrena, con sus penas y pruebas, sin estar habitualmente alimentados e iluminados por la Palabra de Dios que resuena en la Liturgia?

o   Ciertamente no basta oír con los oídos.

§  Escuchamos la semilla de la divina Palabra con los oídos y pasa al corazón; no se queda en las orejas, debe ir al corazón.
Y del corazón pasa a las manos, a las buenas obras.
Ciertamente no basta oír con los oídos, sin acoger en el corazón la semilla de la divina Palabra, permitiéndole que dé fruto. Acordémonos de la parábola del sembrador y de los diversos resultados según los distintos tipos de terreno (cfr. Marcos 4,14-20). La acción del Espíritu, que hace eficaz la respuesta, necesita corazones que se dejen trabajar y cultivar, de modo que cuanto se escuche en Misa pase a la vida ordinaria, según la advertencia del apóstol Santiago: «Tenéis que ponerla en práctica y no sólo escucharla engañándoos a vosotros mismos» (Santiago 1,22).
La Palabra de Dios realiza un camino dentro de nosotros: la escuchamos con los oídos y pasa al corazón; pero no se queda en las orejas, debe ir al corazón; y del corazón pasa a las manos, a las buenas obras. Ese es el recorrido que hace la Palabra de Dios: de los oídos al corazón y a las
manos. Aprendamos estas cosas. Gracias.






Vida Cristiana



[1] «La Liturgia de la Palabra se debe celebrar de tal manera que favorezca la meditación; por eso hay que evitar en todo caso cualquier forma de apresuramiento que impida el recogimiento. Además, conviene que durante la misma haya breves momentos de silencio, acomodados a la asamblea reunida, gracias a los cuales, con la ayuda del Espíritu Santo, se saboree la Palabra de Dios en los corazones y, por la oración, se prepare la respuesta» (OGMR, 56).

La eucaristía (2018). La Santa Misa (7). El canto del “Gloria” y la oración colecta. Catequesis del Papa Francisco.



Ø La eucaristía (2018). La Santa Misa (7). El canto del “Gloria” y la oración colecta. Catequesis del Papa Francisco. En el “Gloria” toma vida el  encuentro entre la miseria humana y la misericordia divina. «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». La oración “colecta”. Al decir el sacerdote oremos viene un momento de silencio cada uno piensa en las cosas que necesita, por las que quiere pedir en la oración. El silencio ayuda a recogernos y a pensar porqué estamos allí. Es la importancia de escuchar nuestra alma para abrirla luego al Señor. El sacerdote reza esta súplica, esta oración colecta, con los brazos extendidos es la actitud del orante, tomado por los cristianos desde los primeros siglos –como manifiestan los frescos de las catacumbas romanas– para imitar a Cristo con los brazos abiertos en el leño de la cruz.


v  Cfr. Papa Francisco, Audiencia General.

                  Miércoles, 10 de enero de 2018

La Santa Misa - 7. El canto del “Gloria” y la oración colecta


Queridos hermanos y hermanas, buenos días. En el recorrido de catequesis sobre la celebración eucarística, vimos que el Acto penitencial nos ayuda a despojarnos de nuestras presunciones y a presentarnos ante Dios como somos realmente, conscientes de ser pecadores, con la esperanza de ser perdonados.

o   En el “Gloria” toma vida el  encuentro entre la miseria humana y la misericordia divina.

§  «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
Precisamente del encuentro entre la miseria humana y la misericordia divina toma vida la gratitud expresada en el “Gloria”, «un himno antiquísimo y venerable con el que la Iglesia, reunida en el Espíritu Santo, glorifica y suplica a Dios Padre y al Cordero» (Ordenación General del Misal Romano, 53).
El comienzo de este himno –“Gloria a Dios en el cielo”– retoma el canto de los Ángeles en el nacimiento de Jesús en Belén, gozoso anuncio del abrazo entre cielo y tierra. Este canto nos envuelve también a nosotros reunidos en oración: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».

o   La oración “colecta”.

§  Al decir el sacerdote oremos viene un momento de silencio cada uno piensa en las cosas que necesita, por las que quiere pedir en la oración.
El silencio ayuda a recogernos y a pensar porqué estamos allí. Es la importancia de escuchar nuestra alma para abrirla luego al Señor.
Después del “Gloria” o, cuando no lo hay, inmediatamente tras el Acto penitencial, la oración toma forma particular en la oración denominada “colecta”, por medio de la cual se expresa el carácter propio de la celebración, variable según los días y los tiempos del año (cfr. ibíd., 54). Con la invitación «oremos», el sacerdote exhorta al pueblo a recogerse con él en un momento de silencio, con el fin de tomar conciencia de estar en la presencia de Dios y hacer surgir, cada uno en su corazón, las personales intenciones con las que participa en la Misa (cfr. ibíd., 54). El sacerdote dice «oremos»; y luego viene un momento de silencio, y cada uno piensa en las cosas que necesita, por las que quiere pedir en la oración.
El silencio no se reduce a la ausencia de palabras, sino a disponerse para escuchar otras voces: la de nuestro corazón y, sobre todo, la voz del Espíritu Santo. En la liturgia, la naturaleza del sagrado silencio depende del momento en que tiene lugar: «Durante el acto penitencial y tras la invitación a la oración, ayuda al recogimiento; después la lectura o la homilía, es un reclamo a meditar brevemente lo que se ha escuchado; después de la Comunión, favorece la
oración interior de alabanza y de súplica» (ibíd., 45).
Así pues, antes de la oración inicial, el silencio ayuda a recogernos y a pensar porqué estamos allí. Es la importancia de escuchar nuestra alma para abrirla luego al Señor. Quizá
venimos de días de cansancio, de alegría, de dolor, y queremos decírselo al Señor, invocar su ayuda, pedirle que esté cerca; tenemos familiares y amigos enfermos o que pasan momentos difíciles; deseamos confiar a Dios el destino de la Iglesia y del mundo. Y para eso hace falta el breve silencio antes de que el sacerdote, recogiendo las intenciones de cada uno, exprese en voz alta a Dios, en nombre de todos, la común oración que concluye los ritos de introducción, rezando precisamente la “colecta” de las intenciones particulares.
Recomiendo vivamente a los sacerdotes que cuiden ese momento de silencio y no tengan prisa: «oremos», y que se haga el silencio. Lo recomiendo a los sacerdotes. Sin ese silencio, corremos el riesgo de descuidar el recogimiento del alma.

o   El sacerdote reza esta súplica, esta oración colecta, con los brazos extendidos es la actitud del orante, tomado por los cristianos desde los primeros siglos –como manifiestan los frescos de las catacumbas romanas– para imitar a Cristo con los brazos abiertos en el leño de la cruz.

El sacerdote reza esta súplica, esta oración colecta, con los brazos extendidos es la actitud del orante, tomado por los cristianos desde los primeros siglos –como manifiestan los frescos de las catacumbas romanas– para imitar a Cristo con los brazos abiertos en el leño de la cruz. ¡Y ahí, Cristo es el Orante y es a la vez la oración! En el Crucificado reconocemos al Sacerdote que ofrece
a Dios el culto agradable a Él, o sea, la obediencia filial.
En el Rito Romano las oraciones son breves pero llenas de significado: se pueden hacer tantas bonitas meditaciones sobre esas oraciones. ¡Tan hermosas! Volver a meditar los textos, también fuera de la Misa, puede ayudarnos a aprender cómo dirigirnos a Dios, qué pedir, qué palabras usar.
Que la liturgia pueda convertirse para todos nosotros en una verdadera escuela de oración.





Vida Cristiana
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