miércoles, 20 de junio de 2018

Solemnidad de San Juan Bautista, 24 de junio de 2018




Ø Solemnidad de S. Juan  Bautista,  24 de junio de 2018. La vocación de Juan el Bautista: fue
elegido para preparar la venida de Jesús, el Mesías, Siervo de Dios. La vocación cristiana. Dios llama y concede la capacidad para cumplir la misión encomendada. El Siervo se sabe elegido por Dios desde el seno materno.  Juan dirige las personas hacia Jesús. La fe y la vocación de cristianos afectan a toda nuestra existencia, y no sólo a una parte. Diversos aspectos del trabajo del hombre que aparece como participación en la obra creadora de Dios

v  Cfr. Solemnidad de San Juan Bautista, 24 de junio de 2018

      En lugar del Domingo 12 del Tiempo Ordinario 2018
      Isaías 49, 1-6; Salmo 139 (138) 1-3.13-14.15; Hechos 13, 22-26; Evangelio: Lucas 1, 57-
      66.80;
      Cfr. Temi di predicazione – Omelie – Editrice domenicana italiana, 103 nuova serie, Luca de
      Santis, o.p., Natività San Giovanni Battista, pp, 27-31

Isaías 49, 1-6:  1  ¡Oídme, islas, atended, pueblos lejanos! El Señor me llamó  desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre. 2 . Hizo de mi boca espada afilada, en la sombra de su mano me encubrió; hizo de mí una flecha aguzada, en su aljaba me guardó. 3 . Y me dijo: « Tú eres mi siervo Israel, en quien me glorío. » 4 . Yo me decía: « En balde me he fatigado, en vano e inútilmente he gastado mi fuerza. Sin embargo, mi juicio pertenece al Señor, y mi recompensa está en mi Dios » 5 . Ahora dice el Señor, el que me formó desde el seno materno para ser su siervo, para hacer que Jacob volviese a él, y para reunirle a Israel, pues soy estimado a los ojos del Señor y mi Dios ha venido a ser mi fortaleza. 6 . «Muy poco es que seas mi siervo, para restaurar a las tribus de Jacob, y  hacer volver los supervivientes de Israel. Te he puesto para ser  luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra.»
Salmo 139, 1-3.13-15:  1 Señor , Tú me examinas y me conoces; 2  Tú sabes cuándo me siento y cuándo me levanto. Penetras mis pensamientos desde lejos; 3 Camine o descanse, Tú lo adviertes; te son familiares todas mis sendas. 13 Tú has formado mis entrañas, me has plasmado en el vientre de mi madre. 14 Te doy gracias porque me has hecho como un prodigio: tus obras son  maravillosas, bien lo sabe mi alma. 15 No se te ocultaban mis huesos cuando iba yo siendo hecho en secreto, cuando era formado en lo profundo  de la tierra.
Hechos 13, 22-26: En aquellos días, decía Pablo: 22 Dios suscitó como rey de Israel a David, de quien precisamente dio este testimonio: He encontrado a David, el hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, que realizará todo lo que yo quiera. 23 De la descendencia de éste, Dios, según la Promesa, ha suscitado para Israel un Salvador, Jesús. 24 Juan predicó como precursor, ante su venida, un bautismo de conversión a todo el pueblo de Israel. 25 Al final de su carrera, Juan decía: "Yo no soy el que vosotros os pensáis, sino mirad que viene detrás de mí aquel a quien no soy digno de desatar las sandalias de los pies." 26 «Hermanos, hijos de la raza de Abraham, y cuantos entre vosotros temen a Dios: a vosotros ha sido enviada esta  Palabra de salvación.
Lucas 1, 57-66.80: 57 Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. 58 Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. 59 Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, 60 pero su madre, tomando la palabra, dijo: «No; se ha de llamar Juan.» 61 Le decían: «No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre.» 62 Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. 63           El pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Y todos quedaron admirados. 64 Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. 65 Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; 66 todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: «Pues ¿qué será este niño?» Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él. 80 El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.

 

LA VOCACIÓN DE JUAN EL BAUTISTA:

ELEGIDO PARA PREPARAR  LA VENIDA  DEL MESÍAS


Se prodigó con todas sus fuerzas para preparar a los hombres de su tiempo para la inminente venida del Mesías. Jesús mismo lo saludó como el más grande de los profetas. Como el Bautista, cada cristiano debe sentirse llamado a  ayudar a los hombres a caminar hacia Cristo, Salvador único y universal.

La liturgia de hoy nos invita a reflexionar sobre la vocación cristiana, como obra de Dios que comienza incluso antes de que el hombre exista: es un modo de señalar ya sea la gratuidad de la elección de parte de Dios, ya sea la dedicación total en la respuesta por parte del hombre. Cuando quien es llamado descubre la invitación de Dios, no puede reservarse nada para sí: palabras, pensamientos, acciones.

1. La vocación en cada una de las Lecturas: diversos aspectos.


v  A. En el Evangelio, Lucas 1, 57-66.80


§  La mano del Señor estaba en Juan el Bautista
·         El evangelista resalta por los comentarios de los vecinos y parientes (1, 58),  que  la nueva
vida que había venido a la luz era obra de la gran misericordia que Dios había manifestado a Isabel, preparando de este modo la elección del nombre del niño: Juan, en efecto, significa “Dios es misericordioso”. (cfr. de Santis, p. 28). 
·         “El prodigio que acompaña la circuncisión de Juan (vv. 59-66) se suma al prodigio de su
nacimiento de una mujer estéril y de un hombre ya anciano (circunstancia que Lucas señala repitiéndola dos veces: 1, 7.18), y, de este modo, se justifica el temor que suscita al hecho y el que se hablase de ello. Ciertamente la mano del Señor estaba con él (1,66)” (de Santis, p. 28).

v  B. En la primera lectura, Isaías 49, 1-6

  • Es el segundo de los Cantos del Siervo de Dios.
·         Se lee el martes de la Semana Santa.  En el NT se aplica esta figura del Siervo de Yahvé a
Jesús de Nazaret, mediador de la salvación para todas las naciones.
§  Dios llama y concede la capacidad para cumplir la misión encomendada. El Siervo se sabe elegido por Dios desde el seno materno.
·         La iniciativa es de Dios: el siervo se sabe elegido por Dios desde el seno materno (v. 1),
como Jeremías (1,5), y le concede los dones necesarios para que colabore eficazmente en la misión que le ha sido encomendada (v. 2).
·         “El profeta es consciente de que su misión tiene un inicio que precede su existencia. El
descubrimiento de la vocación y la adhesión a un designio que supera la dimensión humana, es el reconocimiento y la acogida de una invitación por la que el primer sorprendido es quien ha sido llamado, quien, al medir la propia inadecuación, reconoce la gratuidad de la elección y aprende que el fundamento de su acción está en Dios que lo  ha llamado. Todo esto el profeta lo ha expresado con una referencia al tiempo antes del nacimiento, cuando - mientras su cuerpo estaba todavía en formación, escondido en el seno de la madre - Dios ha pronunciado su nombre, fórmula que puede significar la asignación de un encargo (v.1)” (de Santis, p. 29).
·         San Agustín, Confesiones X, c. 19: Pídeme lo que quieras y dame lo que me pides

v  C. En la segunda lectura, Hechos 13, 22-26


§  Juan dirige las personas hacia Jesús
·         San Pablo recuerda la afirmación de Juan el Bautista: "Yo no soy el que vosotros os
pensáis, sino mirad que viene detrás de mí aquel a quien no soy digno de desatar las sandalias de los pies." Por muy grande que hubiese sido su fama, está claro el hecho de que su actividad tiene una función subalterna en relación con Jesús, ya que su cometido era el de anunciar la inminente venida del Salvador.

v  D. En el Salmo Responsorial: 138, 1-3.13-15

·         El salmista manifiesta (vv. 1-3) su convicción de que es conocido por Dios perfectamente:
“sabe cuando se sienta y cuando se alza, es decir conoce su actividad y su reposo; tiene un conocimiento que no se limita sólo a lo que se ve exteriormente; en efecto, Dios conoce también los pensamientos, a los que llega por la capacidad de penetrar también en lo que no se ve. Y también conoce todos los caminos del salmista, es decir, sus decisiones y las formas concretas que asumirán. Se trata de un conocimiento total y profundo, que es una prerrogativa exclusiva de Dios” (De Santis, p. 30). 
·         En el versículo 13, el salmista explica el por qué de ese conocimiento de Dios: “Conoce
tan bien porque el hombre es criatura suya. Dios lo ha tejido cuando todavía estaba en el seno materno, creando las entrañas, es decir, según el lenguaje sapiencial, lo que tiene que ver con los sentimientos que, desde el punto de vista anatómico, no se ven porque no son directamente accesibles a la mirada. Este conocimiento de Dios, que escruta todo, no es visto por el salmista como una presencia entrometida e indiscreta, sino que es percibido como motivo de agradecimiento, como aparece en el v. 14: “yo te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy, prodigios son tus obras”.(de Santis, p. 30). 
·         Libros poéticos y sapienciales, Eunsa 2001, salmo 139, 13-18: “Dios interviene asimismo
en la vida entera del hombre: en concepción (v. 13) y en los bienes que recibe a lo largo de su existencia. El salmista es bien consciente de ello (v. 14), y lo explica proclamando de nuevo la omnisciencia divina (vv. 15-16). Las expresiones poéticas del v. 15 para indicar el origen del hombre en el seno materno – en secreto, lo profundo de la tierra – asumen la consideración de que el hombre viene de la tierra y vuelve a la tierra (cfr Gn 2,7). (...)

2. Algunos comentarios

 

v  Es Cristo que pasa  

§  La vocación divina nos da una misión, enciende una luz que hace reconocer el sentido de la existencia ...  n. 45
La vocación divina nos da una misión, nos invita a participar en la tarea única de la Iglesia, para ser así testimonio de Cristo ante nuestros iguales los hombres y llevar todas las cosas hacia Dios.
La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía.
Dios nos saca de las tinieblas de nuestra ignorancia, de nuestro caminar incierto entre las incidencias de la historia, y nos llama con voz fuerte, como un día lo hizo con Pedro y con Andrés: Venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum (Mt 4, 19), seguidme y yo os haré pescadores de hombres, cualquiera que sea el puesto que en el mundo ocupemos.
El que vive de fe puede encontrar la dificultad y la lucha, el dolor y hasta la amargura, pero nunca el desánimo ni la angustia porque sabe que su vida sirve, sabe para qué ha venido a esta tierra. Ego sum lux mundi —exclamó Cristo—; qui sequitur me non ambulat in tenebris, sed habebit lumen vitæ (Jn 8, 12). Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina a oscuras, sino que poseerá la luz de la vida. (...)
§  La fe y la vocación de cristianos afectan a toda nuestra existencia, y no sólo a una parte. Las realidades que no son ajenas a los planes divinos  n. 46
La fe y la vocación de cristianos afectan a toda nuestra existencia, y no sólo a una parte. Las relaciones con Dios son necesariamente relaciones de entrega, y asumen un sentido de totalidad. La actitud del hombre de fe es mirar la vida, con todas sus dimensiones, desde una perspectiva nueva: la que nos da Dios.
Vosotros, que celebráis hoy conmigo esta fiesta de San José, sois todos hombres dedicados al trabajo en diversas profesiones humanas, formáis diversos hogares, pertenecéis a tan distintas naciones, razas y lenguas. Os habéis educado en aulas de centros docentes o en talleres y oficinas, habéis ejercido durante años vuestra profesión, habéis entablado relaciones profesionales y personales con vuestros compañeros, habéis participado en la solución de los problemas colectivos de vuestras empresas y de vuestra sociedad.
Pues bien: os recuerdo, una vez más, que todo eso no es ajeno a los planes divinos. Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en la que habéis nacido y a la que amáis
§  Diversos aspectos del trabajo del hombre, perspectivas que se alargan para el cristiano  n. 47
(...)
Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su domino sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad.
Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra. Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora.

§  El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de entrega a los demás hombres, para revelarles a Cristo y llevarles hacia Dios Padre   n. 49
El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de entrega a los demás hombres, para revelarles a Cristo y llevarles hacia Dios Padre, consecuencia de la caridad que el Espíritu Santo derrama en las almas. (...) Con vuestro trabajo mismo, con las iniciativas que se promuevan a partir de esa tarea, en vuestras conversaciones, en vuestro trato, podéis y debéis concretar ese precepto apostólico.
Si trabajamos con este espíritu, nuestra vida, en medio de las limitaciones propias de la condición terrena, será un anticipo de la gloria del cielo, de esa comunidad con Dios y con los santos, en la que sólo reinará el amor, la entrega, la fidelidad, la amistad, la alegría. En vuestra ocupación profesional, ordinaria y corriente, encontraréis la materia —real, consistente, valiosa— para realizar toda la vida cristiana, para actualizar la gracia que nos viene de Cristo.
En esa tarea profesional vuestra, hecha cara a Dios, se pondrán en juego la fe, la esperanza y la caridad. Sus incidencias, las relaciones y problemas que trae consigo vuestra labor, alimentarán vuestra oración. El esfuerzo para sacar adelante la propia ocupación ordinaria, será ocasión de vivir esa Cruz que es esencial para el cristiano. La experiencia de vuestra debilidad, los fracasos que existen siempre en todo esfuerzo humano, os darán más realismo, más humildad, más comprensión con los demás. Los éxitos y las alegrías os invitarán a dar gracias, y a pensar que no vivís para vosotros mismos, sino para el servicio de los demás y de Dios.

2. La vocación de todo cristiano

 

v  Ser testimonio de Cristo 

·         El cometido de Juan “era el de orientar los corazones hacia Jesús, el de «preparar un
pueblo para Jesucristo», como dice la oración colecta de la Misa de hoy. Así, el verdadero discípulo que se interesa por el reino de Dios, debe ser capaz de ser como el índice que apunta hacia su Señor, debe desviar la atención sobre Dios, debe proclamar no sus tesis sino la voluntad divina, debe alegrarse cuando ve que los demás no se paran junto a él sino que se dirigen hacia quien él ha indicado. No en vano el célebre Juan Bautista de Mathias Grünewald, en la “Crucifixión” del altar de Isenheim (museo de Colmar en la Alsacia alemana) está pintado con un enorme índice que se dirige al Crucifijo. En esa figura se resume la historia del Precursor” (Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno C, Piemme 1999, p 370).
·         El cristiano debe ser siempre precursor de Cristo, señal viva de su presencia en medio de
los hombres.
·         «Los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los
creyentes de hoy no sólo « hablar » de Cristo, sino en cierto modo hacérselo « ver ». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?»  (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 16).
·         Un programa de vida cristiana: « El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el
Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz.»  (Juan Pablo II,  Novo millennio ineunte, 29). 

3. Juan el Bautista en el Catecismo de la Iglesia Católica


v  «Vino como testigo para dar testimonio de la luz»


·         CEC 719: Juan es «más que un profeta» (Lc 7, 26). En él, el Espíritu Santo consuma el
«hablar por los profetas». Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías (Cf Mt 11, 13-14). Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la «voz» del Consolador que llega (Jn 1, 23) (Cf Is 40, 1-3.). Como lo hará el Espíritu de Verdad, «vino como testigo para dar testimonio de la luz» (Jn 1, 7) (Cf Jn 15, 26; 5, 33). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las «indagaciones de los profetas» y el ansia de los ángeles (Cf 1 P 1, 10-12): «Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo... Y yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios... He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1, 33-36).



Vida Cristiana

domingo, 17 de junio de 2018

Sueña tu vida llena de pobres que se acogen a ti: por Santiago Agrelo

Hablemos de plantas y de pájaros.
Semilla caída en tierra, muerta… semilla que da fruto abundante, tanto que habrá para que coman el sembrador y su casa, los pobres y los pájaros del cielo.
Mostaza: Semilla pequeña, insignificante, despreciable… que brota y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.
Hablemos de Jesús y de nosotros.
En Jesús, en el que se abajó hasta lo hondo de la muerte, en el último, en el despreciado de los hombres, en el evitado, en el leproso, en el desfigurado que ni siquiera parecía hombre, en él anidaron los liberados del espíritu inmundo,  los leprosos purificados, los lisiados curados, los pecadores perdonados, los pobres evangelizados.
En Jesús anidamos nosotros: en él somos de Dios, en él somos hijos de Dios, en él tenemos la vida de Dios, en él somos humanidad nueva, en él somos hermanos, en él somos uno, un solo cuerpo, su cuerpo…
Los místicos gozaron viéndose anidar en la cavidad de la roca, en el costado abierto del Salvador.
Tú, Iglesia convocada hoy para la Eucaristía, gozas viéndote anidar en los brazos abiertos de Cristo, en el árbol de la vida que es Cristo, en la Vida que estaba junto a Dios y que se hizo árbol humano para que tú pudieses anidar en él.
Tú gozas viéndote anidar en Cristo resucitado a quien hoy recibes, con quien hoy comulgas, en quien hoy eres recibida y escondida, protegida y cobijada.
En Cristo encuentras el Espíritu que hace posible tu vuelo, el alimento que te da fuerza, la confianza que necesitas, la gracia que te hermosea, el amor que te da calor y protección.
Y aprendes… de él aprendes a ser rama en la que puedan anidar los pobres, los hambrientos de paz y de pan, los sedientos de justicia y de agua, los pequeños en busca de protección y cobijo.
Sueña, sueña tu vida llena de pobres que se acogen a ti.
Feliz domingo, Iglesia mostaza y acogedora.

sábado, 16 de junio de 2018

A Dios le gusta la mostaza: por Santiago Agrelo


Entre los árboles del bosque, Dios escoge y planta una rama tierna. Entre las semillas, el Reino de Dios se compara con la más pequeña de ellas.
La pequeñez es el sacramento que evidencia la grandeza de Dios en la historia de la salvación, en la vida de la Iglesia, en la vida de cada  creyente.
La pequeñez sin apariencia del grano de mostaza se hará enramada tan grande que a su sombra podrán anidar los pájaros del cielo.
Ese grano de mostaza, semilla insignificante, ni “atrayente a los ojos” ni “deseable para lograr inteligencia”, se podría llamar «Belén Efratá»: “Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel”. Lo podrías llamar «cabaña de David»: “Aquel día levantaré la cabaña caída de David, repararé sus brechas, restauraré sus ruinas y la reconstruiré como antaño”. Lo puedes llamar «resto de Israel»: “Aquel día, el resto de Israel y los supervivientes de la casa de Jacob no volverán a apoyarse en su agresor, sino que se apoyarán con lealtad en el Señor, en el Santo de Israel”. Lo puedes llamar «renuevo» y «vástago»: “Se desploma el Líbano con todo su esplendor; pero brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago”.
El secreto de la fecundidad asombrosa de lo pequeño es «El Señor»: su voluntad, su misericordia, su fidelidad, sus promesas.
En la pequeñez fecunda del grano de mostaza puedes ver representado el misterio de María de Nazaret, la esclava que Dios ha enaltecido.
En esa semilla, que ni semilla parece, puedes ver representado el misterio de Cristo, del Hijo que ha descendido hasta lo hondo de la condición humana y, por eso, ha recibido de Dios el nombre sobre todo nombre.
En ese grano de mostaza se puede ver representado el misterio de la comunidad eclesial, del pequeño rebaño de Cristo Jesús.
Por eso haces tuyo el himno del salmista: “Es bueno dar gracias al Señor y tocar para tu nombre, oh Altísimo; proclamar por la mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad”.
Por eso haces tuyo el cántico de la esclava enaltecida: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava… el Poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
El Reino de Dios es como un grano de mostaza; es como el Cristo anonadado en la encarnación, entregado en la Eucaristía; es como tú, Iglesia que caminas con Cristo en pobreza y humildad.
A Dios se le van los ojos tras su Hijo bautizado en nuestra nada. Dios enaltece su misericordia y su fidelidad en la pequeñez de la comunidad eclesial. A Dios le gusta la mostaza. Y a los pájaros también.

Catequesis sobre el Bautismo. 2. La señal de la fe cristiana



[Chiesa/Testi/Battesimo/CatequesisSobreBautismoAudienciaGeneralFrancisco/BautismoCatequesisFrancisco(2)SeñalFeCristiana]

Ø El sacramento del Bautismo. Catequesis de Papa Francisco (2018). (2) La señal de la fe cristiana.

El Bautismo es el comienzo de un proceso que permite vivir unidos a Cristo en la Iglesia. Y es como si

fuese el segundo cumpleaños. El Bautismo enciende la vocación personal a vivir como cristianos, que se

desarrollará toda la vida. E implica una respuesta personal y no prestada, de “corta y pega”. La vida

cristiana está entretejida por una serie de llamadas y respuestas: Dios sigue pronunciando nuestro

nombre en el curso de los años, haciendo sonar de mil modos su llamada a conformarnos a su Hijo Jesús.

Ser cristianos es un don que viene de lo alto.   La fe no se puede comprar, pero sí pedir y recibir como

don. “Señor, regálame el don de la fe”, es una bonita oración. Si los catecúmenos adultos manifiestan en

primera persona lo que desean recibir como don de la Iglesia, los niños son presentados por sus padres,

con los padrinos. «La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala la impronta de Cristo sobre

el que le va a pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz».

¿Nuestros niños saben hacer bien la señal de la cruz?  Hacer la señal de la cruz en otros momentos de

nuestra vida.

 

v  Cfr. Catequesis de Papa Francisco, Audiencia General

Miércoles, 18 de abril de 2018

                Catequesis sobre el Bautismo. 2. La señal de la fe cristiana


1.    Es el comienzo de un proceso que permite vivir unidos a Cristo en la Iglesia. Y es como si fuese el segundo cumpleaños.

Prosigamos, en este Tiempo de Pascua, las catequesis sobre el Bautismo. El significado del Bautismo destaca claramente por su celebración, por eso dirigimos a ella nuestra atención. Considerando los gestos y las palabras de la liturgia, podemos captar la gracia y el compromiso de este Sacramento, que siempre debemos redescubrir. Lo recordamos en la aspersión con el agua
bendita que se puede hacer los domingos al inicio de la Misa, así como en la renovación de las promesas bautismales durante la Vigilia Pascual.

Y es que cuanto sucede en la celebración del Bautismo suscita una dinámica espiritual que atraviesa toda la vida de los bautizados; es el comienzo de un proceso que permite vivir unidos a Cristo en la Iglesia. Por tanto, volver a la fuente de la vida cristiana nos lleva a comprender mejor el don recibido el día de nuestro Bautismo y a renovar el compromiso de corresponder en nuestra situación actual. Renovar el compromiso, comprender mejor ese don, que es el Bautismo, y recordar el día de nuestro Bautismo.

El miércoles pasado pedí que cada uno hiciera la tarea en casa de recordar el día del Bautismo, qué día fue bautizado. Yo sé que algunos de vosotros lo saben, otros, no; los que no lo
saben, que pregunten a sus parientes, a los padrinos, a las madrinas…, que pregunten: “¿Cuál es la fecha de mi bautismo?” Porque es un renacimiento el Bautismo, y es como si fuese el segundo cumpleaños. ¿Entendido? Hacer esatarea en casa, preguntar: “¿Cuál es la fecha de mi bautismo?”.

2.    En el rito de acogida, se pregunta el nombre del candidato, porque el nombre indica la identidad de una persona.

v  Dios llama a cada uno por su nombre, amándonos singularmente, en lo concreto de nuestra historia.

o   El Bautismo enciende la vocación personal a vivir como cristianos, que se desarrollará toda la vida.

§  E implica una respuesta personal y no prestada, de “corta y pega”.
La vida cristiana está entretejida por una serie de llamadas y respuestas: Dios sigue pronunciando nuestro nombre en el curso de los años, haciendo sonar de mil modos su llamada a conformarnos a su Hijo Jesús.
            En primer lugar, en el rito de acogida, se pregunta el nombre del candidato, porque el nombre indica la identidad de una persona. Cuando nos presentamos decimos en seguida nuestro nombre: “Yo me llamo así”, para salir del anonimato —el anónimo es el que no tiene nombre—. Para salir del anonimato inmediatamente decimos nuestro nombre. Sin nombre somos unos
desconocidos, sin derechos ni deberes. Dios llama a cada uno por su nombre, amándonos singularmente, en lo concreto de nuestra historia. El Bautismo enciende la vocación personal a vivir como cristianos, que se desarrollará toda la vida. E implica una respuesta personal y no prestada, de “corta y pega”. La vida cristiana está entretejida por una serie de llamadas y respuestas: Dios sigue pronunciando nuestro nombre en el curso de los años, haciendo sonar de mil modos su llamada a conformarnos a su Hijo Jesús. ¡El nombre es importante! ¡Es muy importante! Los padres piensan en el nombre que van aponer al hijo antes del nacimiento: y eso también forma parte de la espera de
un hijo que, en su nombre propio, tendrá su identidad original, también para la vida cristiana unida a Dios.

3.    Ser cristianos es un don que viene de lo alto.   La fe no se puede comprar, pero sí pedir y recibir como don. “Señor, regálame el don de la fe”, es una bonita oración.

v  Si los catecúmenos adultos manifiestan en primera persona lo que desean recibir como don de la Iglesia, los niños son presentados por sus padres, con los padrinos.

Claro que ser cristianos es un don que viene de lo alto (cfr. Jn 3,3-8). La fe no se puede comprar, pero sí pedir y recibir como don. “Señor, regálame el don de la fe”, es una bonita oración. “Que yo tenga fe”, es una bonita oración. Pedirla como don, pero no se puede comprar, se pide. Pues, «el Bautismo es el sacramento de aquella fe, con la cual los hombres, iluminados por la gracia del Espíritu Santo, responden al Evangelio de Cristo» (Rito del Bautismo de Niños, Introducción general, n. 3).
A suscitar y despertar una fe sincera en respuesta al Evangelio tienden la formación de los catecúmenos y la preparación de los padres, como la escucha de la Palabra de Dios en la misma celebración del Bautismo.
Si los catecúmenos adultos manifiestan en primera persona lo que desean recibir como don de la Iglesia, los niños son presentados por sus padres, con los padrinos. El diálogo con ellos les permite expresar la voluntad de que los pequeños reciban el Bautismo y a la Iglesia la intención de celebrarlo. «Expresión de todo esto es la señal de la cruz, que el celebrante y los padres
trazan sobre la frente de los niños» (Rito del Bautismo de Niños, Introducción., n. 16).

4.    «La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala la impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz».

v  ¿Nuestros niños saben hacer bien la señal de la cruz?

o   La cruz es el distintivo que manifiesta quiénes somos: nuestro hablar, pensar, mirar, hacer… está bajo la señal de la cruz, o sea bajo la señal del amor de Jesús hasta el fin.

§  Los niños son signados en la frente. Los catecúmenos adultos son signados en los oídos, en los ojos, en la boca, en el pecho, en los hombros.
«La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala la impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1235). En la ceremonia hacemos sobre los niños la señal de la cruz. Pero me gustaría volver a un tema del que ya os he hablado. ¿Nuestros niños saben hacer bien la señal de la cruz? Muchas veces he visto niños que no saben hacer la señal de la cruz. Y vosotros, padres, madre, abuelos, abuelas, padrinos, madrinas, debéis enseñar a hacer bien la señal de la cruz porque es repetir lo que se hizo en el Bautismo. ¿Lo habéis entendido bien? Enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz. Si lo aprenden de niños lo harán bien después, de grandes. La cruz es el distintivo que manifiesta quiénes somos: nuestro hablar, pensar, mirar, hacer… está bajo la señal de la cruz, o sea bajo la señal del amor de Jesús hasta el fin.

Los niños son signados en la frente. Los catecúmenos adultos son signados también en los sentidos, con estas palabras: «Recibid la señal de la cruz en los oídos para escuchar la voz del Señor»; «en los ojos para ver el esplendor del rostro de Dios»; «en la boca, para responder a la
palabra de Dios»; «en el pecho, para que Cristo habite por medio de la fe en vuestros corazones»; «en los hombros, para sostener el yugo suave de Cristo» (Rito de la iniciación cristiana de adultos, n. 85). Nos hacemos cristianos en la medida en que la cruz se imprime en nosotros como una marca “pascual” (cfr. Ap 14,1;22,4), haciendo visible, también exteriormente, el modo cristiano de
afrontar la vida.

5.    Hacer la señal de la cruz en otros momentos de nuestra vida.

Hacer la señal de la cruz cuando nos despertamos, antes de comer, ante un peligro, como defensa contra el mal, por la noche antes de dormir, significa decirnos a nosotros mismos y a los demás a quién pertenecemos, quién queremos ser. Por eso es tan importante enseñar a los
niños a hacer bien la señal de la cruz. Y, como lo hacemos al entrar en la iglesia, podemos hacerlo también en casa, conservando en un pequeño vaso adecuado un poco de agua bendita. Algunas familias lo hacen: así, cada vez que entran o salen, haciendo la señal de la cruz con esa agua recordamos que estamos bautizados. No olvidarlo, repito: enseñar a los niños a hacer la señal de la cruz.



Catequesis sobre el Bautismo. 1. El fundamento de la vida cristiana




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Ø El sacramento del Bautismo. Catequesis de Papa Francisco (2018). (1) El fundamento de la vida cristiana. El Bautismo es el primero de los Sacramentos, en cuanto es la puerta que permite a Cristo Señor establecer su morada en nuestra persona y a nosotros sumergirnos en su Misterio. El Bautismo es un renacimiento. El Bautismo nos sumerge en la muerte y resurrección del Señor, ahogando en la fuente bautismal al hombre viejo, dominado por el pecado que separa de Dios, y haciendo nacer el hombre nuevo, recreado en Jesús. Todos debemos saber la fecha de nuestro Bautismo. Es otro cumpleaños: el cumpleaños del renacimiento. El Sacramento supone un camino de fe, que llamamos catecumenado, evidente cuando es un adulto quien pide el Bautismo. ¿Pero para qué bautizar a un niño que no entiende?

v  Cfr.Papa Francisco, Catequesis sobre el Bautismo,

Audiencia General - Miércoles, 11 de abril de 2018
Catequesis sobre el Bautismo. 1. El fundamento de la vida
cristiana

1.    Una reflexión  sobre la vida cristiana que, por su naturaleza, es la vida que proviene del mismo Cristo.

v  Somos cristianos en la medida en que dejamos vivir a Jesucristo en nosotros.

o   El Bautismo es el primero de los Sacramentos, en cuanto es la puerta que permite a Cristo Señor establecer su morada en nuestra persona y a nosotros sumergirnos en su Misterio.

§  El Bautismo es un renacimiento.
Los cincuenta días del tiempo litúrgico pascual son propicios para reflexionar sobre la vida cristiana que, por su naturaleza, es la vida que proviene del mismo Cristo. Somos, pues, cristianos en la medida en que dejamos vivir a Jesucristo en nosotros. ¿De dónde partir entonces para reavivar esa conciencia si no del principio, del Sacramento que encendió en nosotros la vida cristiana? Ese es el Bautismo. La Pascua de Cristo, con su carga de novedad, nos llega a través del Bautismo para transformarnos a su imagen: los bautizados son de Jesucristo, es Él el Señor de su existencia. El Bautismo es el «fundamento de toda la vida cristiana» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1213). Es el primero de los Sacramentos, en cuanto es la puerta que permite a Cristo Señor establecer su morada en nuestra persona y a nosotros sumergirnos en su Misterio.

2.    El verbo griego “bautizar” significa “sumergir”.

v  En virtud del Espíritu Santo, el Bautismo nos sumerge en la muerte y resurrección del Señor, ahogando en la fuente bautismal al hombre viejo, dominado por el pecado que separa de Dios, y haciendo nacer el hombre nuevo, recreado en Jesús.

o   Todos debemos saber la fecha de nuestro Bautismo. Es otro cumpleaños: el cumpleaños del renacimiento.

§  El Bautismo es llamado también “regeneración”: creemos que Dios nos ha salvado «por su misericordia, mediante el baño de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo».
El verbo griego “bautizar” significa “sumergir” (cfr. Catecismo, 1214). El baño con el agua es un rito común a varias creencias para expresar el paso de una condición a otra, signo de purificación para un nuevo inicio. Pero a los cristianos no se nos debe escapar que si es el cuerpo el que es sumergido en el agua, es el alma la que es sumergida en Cristo para recibir el perdón del
pecado y brillar con luz divina (cfr. Tertuliano, Sobre la resurrección de los muertos, VIII, 3: CCL 2, 931; PL 2, 806).
En virtud del Espíritu Santo, el Bautismo nos sumerge en la muerte y resurrección del Señor, ahogando en la fuente bautismal al hombre viejo, dominado por el pecado que separa de Dios, y haciendo nacer el hombre nuevo, recreado en Jesús. En Él, todos los hijos de Adán están llamados a vida nueva. El Bautismo, pues, es un renacimiento. Estoy seguro, segurísimo de que todos nos acordamos de la fecha de nuestro nacimiento: seguro. Pero me pregunto yo, un poco dudoso, y os pregunto a vosotros: ¿se acuerda cada uno de cuál fue la fecha de su Bautismo? Algunos dicen que sí: está bien. Pero es un sí un poco débil, porque quizá muchos no se acuerdan. Pero si celebramos el día del nacimiento, ¿cómo no celebrar –al menos recordar– el día del renacimiento? Yo os pondré una tarea para casa, una tarea para hacer hoy en casa. Aquellos de vosotros que no se acuerden de la fecha del Bautismo, que pregunten a su madre, a los tíos, a los abuelos:“¿Tú sabes cuál es la fecha de mi Bautismo?”, y no olvidarla nunca. Y ese día dad gracias el Señor, porque es precisamente el día en que Jesús entró en mí, el Espíritu Santo entró en mí. ¿Habéis entendido bien la tarea para casa?
Todos debemos saber la fecha de nuestro Bautismo. Es otro cumpleaños: el cumpleaños del renacimiento. No olvidéis hacerlo, por favor.

Recordemos las últimas palabras del Resucitado a los Apóstoles; son un mandato preciso: «Id, pues,  haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). A través del lavado bautismal, quien cree en Cristo viene inmerso en la vida misma de la Trinidad. No es pues un agua cualquiera la del Bautismo, sino el agua sobre la que es invocado el Espíritu «dador de vida» (Credo). Pensemos en lo que Jesús dijo a Nicodemo para explicarle el nacimiento a la vida divina: «Si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo nacido de la carne, carne es; y lo nacido del Espíritu, espíritu es» (Jn 3,5-6). Por eso el Bautismo es llamado también “regeneración”: creemos que Dios nos ha salvado «por su misericordia, mediante el baño de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo» (Tt 3,5).
§  El Bautismo es por eso signo eficaz de renacimiento, para caminar en novedad de vida.
El Bautismo es por eso signo eficaz de renacimiento, para caminar en novedad de vida. Lo recuerda san Pablo a los cristianos de Roma: «¿No sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados para unirnos a su muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con Él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de
entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva»  (Rm 6,3-4).

3.    El Bautismo nos hace también miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia, y partícipes de su misión en el mundo

v  El Bautismo permite a Cristo vivir en nosotros y a nosotros vivir unidos a Él, para colaborar con la Iglesia, cada uno según su propia condición, en la transformación del mundo.

o   El Sacramento supone un camino de fe, que llamamos catecumenado, evidente cuando es un adulto quien pide el Bautismo.

§  ¿Pero para qué bautizar a un niño que no entiende?
Sumergiéndonos en Cristo, el Bautismo nos hace también miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia, y partícipes de su misión en el mundo (cfr. Catecismo, 1213). Los bautizados no estamos aislados: somos miembros del Cuerpo de Cristo. La vitalidad que mana de la fuente bautismal queda ilustrada por estas palabras de Jesús: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15,5). Una misma vida, la del Espíritu Santo, fluye desde Cristo a los bautizados, uniéndoles en un solo Cuerpo (cfr. 1Cor 12,13), ungido por la santa unción y alimentado en la mesa eucarística.
El Bautismo permite a Cristo vivir en nosotros y a nosotros vivir unidos a Él, para colaborar con la Iglesia, cada uno según su propia condición, en la transformación del mundo. Recibido una sola vez, el lavado bautismal ilumina toda nuestra vida, guiando nuestros pasos hasta la Jerusalén del Cielo. Hay un antes y un después del Bautismo.
El Sacramento supone un camino de fe, que llamamos catecumenado, evidente cuando es un adulto quien pide el Bautismo. Pero también los niños, desde la antigüedad, son bautizados en la fe
de sus padres (cfr. Rito del Bautismo de niños, Introducción, 2). Y sobre esto yo querría deciros una cosa. Algunos piensan: ¿pero para qué bautizar a un niño que no entiende? Esperemos a que crezca, a que entienda y sea él mismo quien pida el Bautismo. Pero eso significa no tener confianza en el Espíritu Santo, porque cuando bautizamos a un niño, en ese niño entra el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo hace crecer en ese niño, desde pequeño, las virtudes cristianas que luego florecerán. Siempre se debe dar esa oportunidad a todos, a todos los niños, de tener dentro de ellos al Espíritu Santo que les guíe durante la vida. ¡No olvidéis bautizar a los niños! Nadie merece el Bautismo,
que es siempre don gratuito para todos, adultos y neonatos. Pero como sucede con una semilla llena de vida, ese don echa raíces y da fruto en un terreno alimentado por la fe. Las promesas bautismales que cada año renovamos en la Vigilia Pascual deben ser reavivadas cada día para que el Bautismo
“cristifique”: no debemos tener miedo de esa palabra; el Bautismo nos “cristifica”, quien ha ecibido el Bautismo y es “cristificado”, se parece a Cristo, se transforma en Cristo y lo hace de verdad otro Cristo.



Vida Cristiana

El Reino de Dios. Domingo 11 del tiempo ordinario, Año B (17 de junio de 2018)



Ø El Reino de Dios. Domingo 11 del tiempo ordinario, Año B (17 de junio de 2018). Dos parábolas de Jesús  sobre el reino de Dios. La semilla que crece por sí misma, y el grano de mostaza. Todo cristiano sabe bien que debe hacer todo lo que esté a su alcance, pero que el resultado final depende de Dios. Esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles. El reino de Dios es un don, no podemos merecerlo del mismo modo que ser amados nunca es algo «merecido». Pero sigue siendo siempre verdad que nuestro obrar no es indiferente ante Dios: podemos abrirnos nosotros mismos y abrir el mundo para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien. Es lo que han hecho los santos, «colaboradores de Dios», que han contribuido a la salvación del mundo. Podemos liberar nuestra vida y el mundo de las intoxicaciones y contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro.


Marcos 4, 26-34: 26 Y decía: El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, 27 y duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. 28 Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga, y por fin trigo maduro en la espiga. 29 Y en cuanto está a punto el fruto, en seguida mete la hoz, porque ha llegado la siega. 30 Y decía: ¿A qué asemejaremos el Reino de Dios?, o ¿con qué parábola lo compararemos? 31 Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; 32 pero, una vez sembrado, crece y se hace mayor que todas las hortalizas, y echa ramas grandes, de manera que los pájaros del cielo puedan anidar bajo su sombra. 33 Y con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender; 34 no les hablaba sino en parábolas. Pero a solas, explicaba todo a sus discípulos.

El Reino de Dios.
Dos parábolas de Jesús:
la de la semilla, símbolo de la Palabra de Dios que crece por sí misma,
 y la del grano de mostaza,
que crece hasta ser la más grande de todas las plantas del huerto.  

1. El Reino de Dios requiere nuestra colaboración, pero es sobre todo iniciativa y don del Señor.

v  Cfr. Francisco, Discurso, Angelus del 14 junio 2015

                  Semana 11 del tiempo ordinario, Año B
El Evangelio de hoy está formado por dos parábolas: la de la semilla que brota y crece sola y la del grano de mostaza (cfr. Mc 4,26-34). A través de estas imágenes sacadas del mundo rural, Jesús presenta la eficacia de la palabra de Dios y las exigencias de su Reino, mostrando las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso en la historia.

o   Como la humilde semilla se desarrolla en la tierra, así la Palabra actúa con el poder de Dios en el corazón de quien la escucha.

§  Siempre es Dios quien hace crecer su Reino —por eso pedimos tanto que venga tu Reino: es Él quien lo hace crecer—, y el hombre es su humilde colaborador, que contempla y goza la acción creadora divina y espera con paciencia los frutos.
La importancia de tener el Evangelio y la Biblia al alcance de la mano.
En la primera parábola la atención se pone en que la semilla, echada en la tierra, arraiga y crece sola, tanto si el campesino duerme o vela. Está confiado en el poder interno de la propia semilla y en la fertilidad del terreno. En el lenguaje evangélico, la semilla es símbolo de la Palabra de Dios, cuya fecundidad se recuerda en esta parábola. Como la humilde semilla se desarrolla en la tierra, así la Palabra actúa con el poder de Dios en el corazón de quien la escucha. Dios ha confiado su Palabra a nuestra tierra, es decir, a cada uno de nosotros con nuestra concreta humanidad. Podemos estar confiados, porque la Palabra de Dios es palabra creadora, destinada a ser el grano lleno en la espiga. Esa Palabra, si se recibe, ciertamente da sus frutos, porque Dios mismo la hace brotar y madurar por caminos que no siempre podemos comprobar y de un modo que no sabemos. Todo esto nos hace comprender que siempre es Dios quien hace crecer su Reino —por eso pedimos tanto que venga tu Reino: es Él quien lo hace crecer—, y el hombre es su humilde colaborador, que contempla y goza la acción creadora divina y espera con paciencia los frutos.
La palabra de Dios hace crecer, da vida. Y yo quisiera recordaros otra vez la importancia de tener el Evangelio y la Biblia al alcance de la mano —el Evangelio pequeño en el bolso, en el bolsillo—, y alimentarnos cada día con esa Palabra viva de Dios: leer cada día un trozo del Evangelio, un trozo de la Biblia. No lo olvidéis nunca, por favor. Porque esa es la fuerza que hace brotar en nosotros la vida del Reino de Dios.

o   El grano de mostaza.

La segunda parábola utiliza la imagen del grano de mostaza. Aun siendo la más pequeña de todas las semillas, está llena de vida y crece hasta volverse más grande que todas las plantas del huerto. Así es el Reino de Dios: una realidad humanamente pequeña y aparentemente irrelevante. Para entrar a formar parte hay que ser pobres de corazón; no confiar en las propias capacidades, sino en el poder del amor de Dios; no actuar para ser importantes a los ojos del mundo, sino valiosos a los ojos de Dios, que prefiere a los sencillos y humildes. Cuando vivimos así, a través de nosotros irrumpe la fuerza de Cristo y trasforma lo que es pequeño y modesto en una realidad que hace fermentar toda la masa del mundo y de la historia.

o   Enseñanza de las dos parábolas: el Reino de Dios requiere nuestra colaboración, pero es sobre todo iniciativa y don del Señor.

De estas dos parábolas nos viene una enseñanza importante: el Reino de Dios requiere nuestra colaboración, pero es sobre todo iniciativa y don del Señor. Nuestra débil labor, aparentemente pequeña ante la complejidad de los problemas del mundo, si se inserta en la de Dios, no tiene miedo de las dificultades. La victoria del Señor es segura: su amor hará despuntar y hará crecer cada semilla de bien presente en la tierra. Esto nos abre a la confianza y a la esperanza, a pesar de los dramas, injusticias y sufrimientos que encontramos. La semilla del bien y de la paz brota y se desarrolla, porque la hace madurar el amor misericordioso de Dios.

2. La semilla que crece por sí misma y la del grano de mostaza

    Cfr. Benedicto XVI, Angelus, 17 de junio de 2012

v  Razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso

La liturgia de hoy nos propone dos breves parábolas de Jesús: la de la semilla que crece por sí misma y la del grano de mostaza (cf. Mc 4, 26-34). A través de imágenes tomadas del mundo de la agricultura, el Señor presenta el misterio de la Palabra y del reino de Dios, e indica las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso.

v  La semilla que crece por sí misma

o   Todo cristiano sabe bien que debe hacer todo lo que esté a su alcance, pero que el resultado final depende de Dios.

§  Esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles.
En la primera parábola la atención se centra en el dinamismo de la siembra: la semilla que se echa en la tierra, tanto si el agricultor duerme como si está despierto, brota y crece por sí misma. El hombre siembra con la confianza de que su trabajo no será infructuoso. Lo que sostiene al agricultor en su trabajo diario es precisamente la confianza en la fuerza de la semilla y en la bondad de la tierra. Esta parábola se refiere al misterio de la creación y de la redención, de la obra fecunda de Dios en la historia. Él es el Señor del Reino; el hombre es su humilde colaborador, que contempla y se alegra de la acción creadora divina y espera pacientemente sus frutos. La cosecha final nos hace pensar en la intervención conclusiva de Dios al final de los tiempos, cuando él realizará plenamente su reino. Ahora es el tiempo de la siembra, y el Señor asegura su crecimiento. Todo cristiano, por tanto, sabe bien que debe hacer todo lo que esté a su alcance, pero que el resultado final depende de Dios: esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles. A este propósito escribe san Ignacio de Loyola: «Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios» (cf. Pedro de Ribadeneira, Vida de san Ignacio de Loyola).

v  El grano de mostaza  

o   La semilla de mostaza  es la más pequeña de las semillas

§  Pero crece hasta llegar a ser más alta que las demás hortalizas.
El reino de Dios está compuesto por los que no confían sólo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios.
La segunda parábola utiliza también la imagen de la siembra. Aquí, sin embargo, se trata de una semilla específica, el grano de mostaza, considerada la más pequeña de todas las semillas. Pero, a pesar de su pequeñez, está llena de vida, y al partirse nace un brote capaz de romper el terreno, de salir a la luz del sol y de crecer hasta llegar a ser «más alta que las demás hortalizas» (cf. Mc 4, 32): la debilidad es la fuerza de la semilla, el partirse es su potencia. Así es el reino de Dios: una realidad humanamente pequeña, compuesta por los pobres de corazón, por los que no confían sólo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios, por quienes no son importantes a los ojos del mundo; y, sin embargo, precisamente a través de ellos irrumpe la fuerza de Cristo y transforma aquello que es aparentemente insignificante.

v  En la imagen de las dos semillas hay un mensaje claro: el reino de Dios, aunque requiere nuestra colaboración, es ante todo don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras.

La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, ya que expresa bien el misterio del reino de Dios. En las dos parábolas de hoy ese misterio representa un «crecimiento» y un «contraste»: el crecimiento que se realiza gracias al dinamismo presente en la semilla misma y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce. El mensaje es claro: el reino de Dios, aunque requiere nuestra colaboración, es ante todo don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si se suma a la de Dios no teme obstáculos, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, que hace germinar y crecer todas las semillas de bien diseminadas en la tierra. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, los sufrimientos y el mal con que nos encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios. Que la Virgen María, que acogió como «tierra buena» la semilla de la Palabra divina, fortalezca en nosotros esta fe y esta esperanza.

3. Cuatro Catequesis de Juan Pablo II comentando la parábola de la semilla echada en tierra.


v  Catequesis del 18 de marzo de 1987

§  El reino no es obra humana, sino únicamente don del amor de Dios que actúa en el corazón de los creyentes.
  • «La parábola de la semilla que crece por sí sola (Mc 4, 26-29) subraya que el reino no es obra
humana, sino únicamente don del amor de Dios que actúa en el corazón de los creyentes y guía la historia humana hacia su realización definitiva en la comunión eterna con el Señor».

v  Catequesis del 15 junio de 1988

§  Es el poder de Dios el que hace crecer.
  • «Pero he aquí otra parábola que nos pone frente al misterio del desarrollo de la semilla por obra de
Dios: " El reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma, primero, hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga" (Marcos 4,26-28). Es el poder de Dios el que "hace crecer", dirá San Pablo (1Corintios 3,6 ss.) y, como escribe el Apóstol, es Él quien da "el querer y el obrar" (Filipenses 2,13)».

v  Catequesis del 25 de septiembre de 1991

§  El reino de Dios crece en virtud de una fundación que viene de Dios, y de un obrar misterioso de Dios mismo que la Iglesia sigue cultivando a lo largo de los siglos.
 “Por tanto, el reino de Dios crece aquí en la tierra, en la historia de la humanidad, en virtud de una siembra inicial, es decir, de una fundación que viene de Dios, y de un obrar misterioso de Dios mismo, que la Iglesia sigue cultivando a lo largo de los siglos. En la acción de Dios en relación con el Reino también está presente la «hoz» del sacrificio: el desarrollo del Reino no se realiza sin sufrimiento. Éste es el sentido de la parábola que narra el evangelio de Marcos”.

v  Catequesis del 6 de diciembre del 2000

§  “Con todo, el hombre no es un testigo inerte del ingreso de Dios en la historia. Jesús nos invita a "buscar" activamente "el reino de Dios y su justicia" y a considerar esta búsqueda como nuestra preocupación principal”.
  • Después de afirmar que «el Reino es gracia, amor de Dios al mundo, para nosotros fuente de
serenidad y confianza», añadía: «“Con todo, el hombre no es un testigo inerte del ingreso de Dios en la historia. Jesús nos invita a "buscar" activamente "el reino de Dios y su justicia" y a considerar esta búsqueda como nuestra preocupación principal».

4. El Reino de Dios en la oración de Jesús: el «Padre nuestro».

    Cfr. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret 1

v  Venga a nosotros tu reino   pp. 180-182

o   La primacía de Dios. Se establece un orden de prioridades para el obrar humano. No se nos promete a los devotos un mundo utópico que funciona automáticamente. Reino de Dios quiere decir soberanía de Dios: asumir su voluntad como criterio.

Al reflexionar sobre esta petición acerca del Reino de Dios, recordaremos lo que hemos considerado antes acerca de la expresión «Reino de Dios». Con esta petición reconocemos en primer lugar la primacía de Dios; donde El no está, nada puede ser bueno. Donde no se ve a Dios, el hombre decae y decae también el mundo. En este sentido, el Señor nos dice; «Buscad ante todo el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura» (M 6,33). Con estas palabras se establece un orden de prioridades para el obrar humano, para nuestra actitud en la vida diaria.
En modo alguno se nos promete un mundo utópico en el caso de que seamos devotos y de algún modo deseosos del Reino de Dios. No se nos presenta automáticamente un mundo que funciona como lo propuso la utopía de la sociedad sin clases, en la que todo debía salir bien sólo porque no existía la propiedad privada. Jesús no nos da recetas tan simples, pero establece - como se ha dicho -  una prioridad determinante para todo: «Reino de Dios» quiere decir «soberanía de Dios», y eso significa asumir su voluntad como criterio. Esa voluntad crea justicia, lo que implica que reconocemos a Dios su derecho y en él encontramos el criterio para medir el derecho entre los hombres.

o   La primera oración de Salomón: pide a Dios un corazón dócil (para que sea Dios quien reine y no nosotros); pide la capacidad de discernir el bien del mal, para gobernar.

El orden de prioridades que Jesús nos indica aquí nos recuerda el relato veterotestamentario de la primera oración de Salomón tras ser entronizado. En él se narra que el Señor se apareció al joven rey en sueños, asegurándole que le concedería lo que le pidiera. ¡Un tema clásico en los sueños de la humanidad! ¿Qué pidió Salomón? «Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el bien y el mal» (1 R 3, 9). Dios lo alaba porque no ha pedido — como hubiera sido más natural — riqueza, bienes, honores o la muerte de sus enemigos, ni siquiera una vida más larga (cf 2 Cr 1, 11), sino algo verdaderamente esencial: un corazón dócil, la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Y por eso Salomón recibió también todo lo demás como añadidura.
Con la petición «venga tu reino» (¡no el nuestro!), el Señor nos quiere llevar precisamente a este modo de orar y de establecer las prioridades de nuestro obrar. Lo primero y esencial es un corazón dócil, para que sea Dios quien reine y no nosotros. El Reino de Dios llega a través del corazón que escucha. Ese es su camino. Y por eso nosotros hemos de rezar siempre.

o   Jesús es el Reino de Dios en persona: la petición se convierte, por tanto, en petición de la  comunión con Jesucristo.

§  Rezar por el Reino de Dios significa decir a Jesús: ¡Déjanos ser tuyos, Señor! Empápanos, vive en nosotros.
A partir del encuentro con Cristo esta petición asume un valor aún más profundo, se hace aún más concreta. Hemos visto que Jesús es el Reino de Dios en persona; donde Él está, está el «Reino de Dios». Así, la petición de un corazón dócil se ha convertido en petición de la comunión con Jesucristo, la petición de que cada vez seamos más «uno» con El (cf. Gálatas 3,28). Es la petición del seguimiento verdadero, que se convierte en comunión y nos hace un solo cuerpo con Él. Reinhold Schneider lo ha expresado de modo penetrante: «La vida en este reino es la continuación de la vida de Cristo en los suyos; en el corazón que ya no es alimentado por la fuerza vital de Cristo se acaba el reino; en el corazón tocado y transformado por esa fuerza, comienza... Las raíces del árbol que no se puede arrancar buscan penetrar en cada corazón. El reino es uno; subsiste sólo por el Señor, que es su vida, su fuerza, su centro...» (pp. 3 Is). Rezar por el Reino de Dios significa decir a Jesús: ¡Déjanos ser tuyos, Señor! Empápanos, vive en nosotros; reúne en tu cuerpo a la humanidad dispersa para que en ti todo quede sometido a Dios y Tú puedas entregar el universo al Padre, para que «Dios sea todo para todos» (1 Corintios 15, 28).

5. El reino de Dios es un don, no podemos merecerlo del mismo modo que ser amados nunca es algo «merecido».

    Cfr. Benedicto XVI, Spe salvi, n. 35

v  Pero sigue siendo siempre verdad que nuestro obrar no es indiferente ante Dios: podemos abrirnos nosotros mismos y abrir el mundo para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien.

o   Es lo que han hecho los santos, «colaboradores de Dios», que han contribuido a la salvación del mundo.

§  Podemos liberar nuestra vida y el mundo de las intoxicaciones y contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro.
“Ciertamente, no « podemos construir » el reino de Dios con nuestras fuerzas, lo que construimos es siempre reino del hombre con todos los límites propios de la naturaleza humana. El reino de Dios es un don, y precisamente por eso es grande y hermoso, y constituye la respuesta a la esperanza. Y no podemos –por usar la terminología clásica– « merecer » el cielo con nuestras obras. Éste es siempre más de lo que merecemos, del mismo modo que ser amados nunca es algo « merecido », sino siempre un don. No obstante, aun siendo plenamente conscientes de la « plusvalía » del cielo, sigue siendo siempre verdad que nuestro obrar no es indiferente ante Dios y, por tanto, tampoco es indiferente para el desarrollo de la historia. Podemos abrirnos nosotros mismos y abrir el mundo para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien. Es lo que han hecho los santos que, como « colaboradores de Dios », han contribuido a la salvación del mundo (cf. 1 Co 3,9; 1 Ts 3,2). Podemos liberar nuestra vida y el mundo de las intoxicaciones y contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro. Podemos descubrir y tener limpias las fuentes de la creación y así, junto con la creación que nos precede como don, hacer lo que es justo, teniendo en cuenta sus propias exigencias y su finalidad. Eso sigue teniendo sentido aunque en apariencia no tengamos éxito o nos veamos impotentes ante la superioridad de fuerzas hostiles. Así, por un lado, de nuestro obrar brota esperanza para nosotros y para los demás; pero al mismo tiempo, lo que nos da ánimos y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como en los malos, es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios”.

Vida Cristiana




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