viernes, 26 de abril de 2019

Que ilumine a los pobres la luz de la resurrección: por Santiago Agrelo

Es el día octavo de nuestra fiesta de Pascua. La comunidad reunida en torno a Cristo resucitado, vuelve a entonar con él su salmo de alabanza al Dios de la vida: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.
Puedes decirlo con la casa de Israel; puedes decirlo con la casa de Aarón; puedes decirlo con los fieles del Señor; pero no dejes de decirlo con Cristo resucitado: “Eterna es su misericordia”.
Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que Cristo está en Dios; vas diciendo que aquel a quien viste crucificado, vive para siempre con la vida de Dios; vas diciendo que Cristo  está sentado a la derecha de Dios en el cielo; ¡y todo “porque el Señor es bueno, porque es eterna su misericordia”!
Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que Cristo está en ti; que aquel a quien tu fe contempla glorificado, vive contigo para siempre, vive en ti por su Espíritu, y por medio de ti continúa llevando a los pobres la buena noticia del Reino de Dios, ¡y todo “porque el Señor es bueno, porque es eterna su misericordia”!
Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que tu vida –tu pequeñez, tu debilidad, tu fragilidad, tu pobreza, tu miseria, tu noche- está escondida con Cristo en Dios; y que la vida de Dios –su grandeza, su fuerza, su poder, su gloria, su misericordia, su luz- está escondida con Cristo en ti.
Por eso, Iglesia cuerpo de Cristo, tu salmo es el de tu Señor, pues es de los dos la alegría y el gozo de este día en el que Dios hizo maravillas de amor, es de los dos la salvación cumplida en este día, es de los dos la prosperidad alcanzada.
Tú lo vas diciendo con Cristo resucitado, y él ya nunca lo dirá sin ti: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Y a vuestro canto se unirá en todo tiempo el coro de los que van siendo iluminados por la caridad de la Iglesia con la luz de la resurrección de Cristo.
A vuestro canto se unirán los que crean sin haber visto, los que creyendo reciban de Cristo resucitado la paz y el Espíritu, los que se hayan acogido en ti a  la misericordia de Dios y hayan recibido de ti su perdón, lo que hayan conocido que Cristo vive porque tú los has amado.
“Alegraos en vuestra gloria, dando gracias a Dios, que os ha llamado al reino celestial”, a la vida con Cristo, a la gloria de su resurrección.
Feliz Pascua, queridos.

Papa Francisco, Catequesis, El sacramento de la confesión, Audiencia General del 19 de febrero de 2014.




[Chiesa/Testi/Confessione/ConfesiónAbrazoCalurosoDeLaMisericordiaDeDiosPadreFrancisco]

La confesión es un abrazo caluroso
de la misericordia de Dios Padre

v  Cfr. Papa Francisco, Catequesis, El sacramento de la confesión, Audiencia General del 19 de febrero de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

o   El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien.

§  El perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús.
A través de los sacramentos de iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, el hombre recibe la vida nueva en Cristo. Ahora, todos lo sabemos, llevamos esta vida «en vasijas de barro» (2 Cor 4, 7), estamos aún sometidos a la tentación, al sufrimiento, a la muerte y, a causa del pecado, podemos incluso perder la nueva vida. Por ello el Señor Jesús quiso que la Iglesia continúe su obra de salvación también hacia los propios miembros, en especial con el sacramento de la Reconciliación y la Unción de los enfermos, que se pueden unir con el nombre de «sacramentos de curación». El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien. La imagen bíblica que mejor los expresa, en su vínculo profundo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y los cuerpos (cf. Mc 2, 1-12; Mt 9, 1-8; Lc 5, 17-26).
El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación brota directamente del misterio pascual. En efecto, la misma tarde de la Pascua el Señor se aparece a los discípulos, encerrados en el cenáculo, y, tras dirigirles el saludo «Paz a vosotros», sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 21-23). Este pasaje nos descubre la dinámica más profunda contenida en este sacramento. Ante todo, el hecho de que el perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de misericordia y de gracia que brota incesantemente del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado. En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en la paz. Y esto lo hemos sentido todos en el corazón cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza; y cuando recibimos el perdón de Jesús estamos en paz, con esa paz del alma tan bella que sólo Jesús puede dar, sólo Él.

o   Uno puede decir: yo me confieso sólo con Dios. Sí, tú puedes decir a Dios «perdóname», y decir tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote.

A lo largo del tiempo, la celebración de este sacramento pasó de una forma pública —porque al inicio se hacía públicamente— a la forma personal, a la forma reservada de la Confesión. Sin embargo, esto no debe hacer perder la fuente eclesial, que constituye el contexto vital. En efecto, es la comunidad cristiana el lugar donde se hace presente el Espíritu, quien renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una cosa sola, en Cristo Jesús. He aquí, entonces, por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humilde y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que le alienta y le acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana. Uno puede decir: yo me confieso sólo con Dios. Sí, tú puedes decir a Dios «perdóname», y decir tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote.

v  «Pero padre, yo me avergüenzo...».

o   Incluso la vergüenza es buena, es salud tener un poco de vergüenza, porque avergonzarse es saludable.

§  Incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona.
«Pero padre, yo me avergüenzo...». Incluso la vergüenza es buena, es salud tener un poco de vergüenza, porque avergonzarse es saludable. Cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un «sinvergüenza». Pero incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decir al sacerdote estas cosas, que tanto pesan a mi corazón. Y uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia, con el hermano. No tener miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse, siente todas estas cosas, incluso la vergüenza, pero después, cuando termina la Confesión sale libre, grande, hermoso, perdonado, blanco, feliz. ¡Esto es lo hermoso de la Confesión! Quisiera preguntaros —pero no lo digáis en voz alta, que cada uno responda en su corazón—: ¿cuándo fue la última vez que te confesaste? Cada uno piense en ello... ¿Son dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga cuentas, pero cada uno se pregunte: ¿cuándo fue la última vez que me confesé? Y si pasó mucho tiempo, no perder un día más, ve, que el sacerdote será bueno. Jesús está allí, y Jesús es más bueno que los sacerdotes, Jesús te recibe, te recibe con mucho amor. Sé valiente y ve a la Confesión.

o   Celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre.

Queridos amigos, celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos la hermosa, hermosa parábola del hijo que se marchó de su casa con el dinero de la herencia; gastó todo el dinero, y luego, cuando ya no tenía nada, decidió volver a casa, no como hijo, sino como siervo. Tenía tanta culpa y tanta vergüenza en su corazón. La sorpresa fue que cuando comenzó a hablar, a pedir perdón, el padre no le dejó hablar, le abrazó, le besó e hizo fiesta. Pero yo os digo: cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta. Sigamos adelante por este camino. Que Dios os bendiga.



Vida Cristiana

Domingo 2º de Pascua, Ciclo C. (2019). Domingo de la Misericordia Divina.




[Chiesa/Omelie1/Pasqua/2PascuaC19MisericordiaDivinaConfesiónCruz]

Ø Domingo 2º de Pascua, Ciclo C. (2019). Domingo de la Misericordia Divina. El Sacramento de la Confesión o del Perdón es el Sacramento de la Misericordia Divina. En el evangelio de hoy, el mensaje más importante transmitido a sus discípulos comprende tres elementos: a) la misión apostólica v. 21 («Como el Padre me envió, así os envío yo»);  b) el don del Espíritu v. 22 («Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo»); c) y el poder de perdonar los pecados v. 23 («a quienes les perdonareis los pecados les son  perdonados»). Cuántos desiertos debe atravesar hoy el ser humano, sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios  y del prójimo. Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos. He aquí, pues, la invitación que hago a todos: acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo.

v  Cfr. 2º Pascua, Ciclo C, 28 de abril de 2019

            Todos los ciclos, A-B-C,  de este domingo tienen el mismo evangelio: Juan 20, 19-31.
Cfr. Temi di predicazione – omelie, Editrice Domenicana Italiana, n. 49 N uova Serie, Ciclo C, Napoli – Bari,  pp.8-16; Sagrada Biblia, Nuevo Testamento, Universidad de Navarra 1999;  Vincenzo Raffa, Liturgia Festiva, Anni A-B-C, Tipografia Poliglota Vaticana  1983, p. 953.

Juan 20, 19-31: 19 Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con vosotros". 20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. 21 De nuevo les dijo Jesús: "La paz esté con vosotros. Como el Padre me ha enviado, así os envío yo". 22 Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid al Espíritu Santo. 23 A quienes les perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos". 24 Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Los otros discípulos le dijeron: "Hemos visto al Señor". Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré". Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con vosotros". Luego le dijo a Tomás: "Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree". Tomás le respondió: '¡Señor mío y Dios mío!' 29 Jesús añadió: "Tú crees porque me has visto. Dichosos los que creen sin haber visto". 30 Muchos otros signos hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritas en este libro. 31 Sin embargo, éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

El 5 de mayo del 2000 la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede declaró el Segundo Domingo de Pascua, es decir, el domingo siguiente al Domingo de Resurrección, como “Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia”.
Juan Pablo II: “En todo el mundo el Segundo Domingo de Pascua recibirá el nombre de Domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros”.
Así, lo que era una devoción privada, muy extendida ya en muchas partes del mundo católico, pasó a ser Fiesta oficial de la Iglesia. El Papa dispuso que se conservaran los mismos textos tanto en el Misal Romano, como en la Liturgia de las Horas.

El don de «perdonar los pecados»:
una ola de misericordia inunda toda la humanidad.

1. La institución del sacramento de la Misericordia Divina

·         El Sacramento de la Confesión o del Perdón es el Sacramento de la Misericordia Divina.
·         El texto evangélico de ese domingo (Juan. 20, 19-31) es elocuente en cuanto a la Misericordia Divina:
narra la institución del Sacramento de la Confesión o del Perdón. Es el Sacramento de la Misericordia Divina.
·         Sagrada Biblia, Nuevo Testamento, Universidad de Navarra 2004, nota 20, 19-23 “La misión  que el Señor da a
los  Apóstoles (vv. 22-23), similar al final del Evangelio de Mateo (Mt 28, 18ss), manifiesta el origen divino de la misión de la Iglesia y su poder para perdonar los pecados. «El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo
‘Recibid el Espíritu Santo...’. Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos
Lo Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de
perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del bautismo» (C. De
Trento, De Penit.1).

o   Catecismo de la Iglesia Católica

·         n. 976: El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo,
pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a sus apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Juan  20,22-23).
·         n. 1422: Artículo 4: El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación.   «Los que se acercan al
sacramento de la Penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra El
y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a
conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones» (Lumen gentium 11).
·         La Segunda parte del Catecismo tratará explícitamente del perdón de los pecados por el Bautismo, el
sacramento de la Penitencia y los demás sacramentos, sobre todo la Eucaristía. Aquí basta con evocar
brevemente, por tanto, algunos datos básicos.

2. Diversos aspectos del don de Jesús a los Apóstoles de “perdonar los pecados”.


v  A) El gesto de Jesús de mostrar las manos y el costado (v. 27): el don de «perdonar los pecados» brota de las heridas de sus manos y de sus pies, y de su costado traspasado. Una ola de misericordia inunda toda la humanidad.

·         Juan Pablo II, 22 abril 2001: “El evangelio, que acabamos de proclamar, nos ayuda a captar
plenamente el sentido y el valor de este don. El evangelista san Juan nos hace compartir la emoción que experimentaron los Apóstoles durante el encuentro con Cristo, después de su resurrección. Nuestra atención se centra en el gesto del Maestro, que transmite a los discípulos temerosos y atónitos la misión de ser ministros de la misericordia divina. Les muestra sus manos y su costado con los signos de su pasión, y les comunica: "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo" (Jn 20, 21). E inmediatamente después "exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos"" (Jn 20, 22-23). Jesús les confía el don de "perdonar los pecados", un don que brota de las heridas de sus manos, de sus pies y sobre todo de su costado traspasado. Desde allí una ola de misericordia inunda toda la humanidad.”

v  B) En el evangelio de hoy, el mensaje más importante transmitido a sus discípulos comprende tres elementos:

a)      la misión apostólica v. 21 («Como el Padre me envió, así os envío yo»);  
b)      el don del Espíritu v. 22 («Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu  Santo»);
c)      y el poder de perdonar los pecados v. 23 («a quienes les perdonareis los pecados les son
     perdonados»).
·         Los discípulos continuarán en la Iglesia la misma misión de Jesús. Les da un “don inefable que
tan estrechamente los incorporaba a la obra divina, porque sólo Dios posee el poder de perdonar los pecados” [1]. Se harán guiar por el mismo Espíritu Santo que Jesús les transmitió soplando sobre ellos. Se debe notar que el gesto de soplar (v. 22) sobre ellos evoca el gesto creativo de Dios, que dio la vida al primer hombre plasmado del fango de la tierra: “e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente” (Gén. 2,7). La remisión de los pecados supone la  vuelta de todo hombre a la original y perdida intimidad con Dios Padre, supone un nuevo comienzo, como una re-creación de la humanidad [2].

v  C) Jesús trae el Espíritu Santo en virtud de su crucifixión.

                                          Cfr. Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, n. 24:
“La venida del Señor llena de gozo a los presentes: « Su tristeza se convierte en gozo » (Cf Juan 16,20), como ya había prometido antes de su pasión. Y sobre todo se verifica el principal anuncio del discurso de despedida: Cristo resucitado, como si preparara una nueva creación, « trae » el Espíritu Santo a los apóstoles. Lo trae a costa de su « partida »; les da este Espíritu como a través de las heridas de su crucifixión: « les mostró las manos y el costado ». En virtud de esta crucifixión les dice: « Recibid el Espíritu Santo ».
Se establece así una relación profunda entre el envío del Hijo y el del Espíritu Santo. No se da el
envío del Espíritu Santo (después del pecado original) sin la Cruz y la Resurrección: « Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito ».(Juan 16,7) Se establece también una relación íntima entre la misión del Espíritu Santo y la del Hijo en la Redención. La misión del Hijo, en cierto modo, encuentra su « cumplimiento » en la Redención: « Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros ».(Juan  16,15) La Redención es realizada totalmente por el Hijo, el Ungido, que ha venido y actuado con el poder del Espíritu Santo, ofreciéndose finalmente en sacrificio supremo sobre el madero de la Cruz. Y esta Redención, al mismo tiempo, es realizada constantemente en los corazones y en las conciencias humanas —en la historia del mundo— por el Espíritu Santo, que es el « otro Paráclito ».”        

v  D)  Juan Pablo II: La Misericordia revelada en la cruz y en la resurrección.

                            Cfr. Enc. Dives in misericordia, nn. 7-8
El mensaje mesiánico de Cristo y su actividad entre los hombres terminan con la cruz y la  resurrección. (...)
El misterio pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la misericordia, que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido del orden salvífico querido por Dios desde el principio para el hombre y, mediante el hombre, en el mundo. Cristo que sufre, habla sobre todo al hombre, y no solamente al creyente. También el hombre no creyente podrá descubrir en El la elocuencia de la solidaridad con la suerte humana, como también la armoniosa plenitud de una dedicación desinteresada a la causa del hombre, a la verdad y al amor. (...)

o   Creer en el Hijo crucificado significa « ver al Padre », (Cf. Juan 14,9) significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la misericordia.

Creer en el Hijo crucificado significa « ver al Padre », (Cf. Juan 14,9) significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la misericordia. En efecto, es ésta la dimensión indispensable del amor, es como su segundo nombre y a la vez el modo específico de su revelación y actuación respecto a la realidad del mal presente en el mundo que afecta al hombre y lo asedia, que se insinúa asimismo en su corazón y puede hacerle « perecer en la gehenna ».(Mateo 10, 28)

v  E) Un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que el pecado.

                                    Cfr. Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, n. 8:

o   La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre

La cruz es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre y todo lo que el hombre —de modo especial en los momentos difíciles y dolorosos— llama su infeliz destino. La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre, es el cumplimiento, hasta el final, del programa mesiánico que Cristo formuló una vez en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4, 18-31) y repitió más tarde ante los enviados de Juan Bautista(Lucas 7, 20-23). Según las palabras ya escritas en la profecía de Isaías,(Isaías 35,5; 61, 1-3) tal programa consistía en la revelación del amor misericordioso a los pobres, los que sufren, los prisioneros, los ciegos, los oprimidos y los pecadores. (...)
Cristo, a quien el Padre « no perdonó » (Romanos 8,32) en bien del hombre y que en su pasión así como en el suplicio de la cruz no encontró misericordia humana, en su resurrección ha revelado la plenitud del amor que el Padre nutre por El y, en El, por todos los hombres. « No es un Dios de muertos, sino de vivos »(Marcos 12,27). En su resurrección Cristo ha revelado al Dios de amor misericordioso, precisamente porque ha aceptado la cruz como vía hacia la resurrección. Por esto —cuando recordamos la cruz de Cristo, su pasión y su muerte— nuestra fe y nuestra esperanza se centran en el Resucitado: en Cristo que « la tarde de aquel mismo día, el primero después del sábado... se presentó en medio de ellos » en el Cenáculo, « donde estaban los discípulos,... alentó sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados y a quienes los retengáis les serán retenidos » (Juan 20, 19-23).

o   El Hijo de Dios en su resurrección ha experimentado radicalmente la misericordia,  es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte y se revela a sí mismo como fuente inagotable de la misericordia.

Este es el Hijo de Dios que en su resurrección ha experimentado de manera radical en sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte. Y es también el mismo Cristo, Hijo de Dios, quien al término —y en cierto sentido, más allá del término— de su misión mesiánica, se revela a sí mismo como fuente inagotable de la misericordia, del mismo amor que, en la perspectiva ulterior de la historia de la salvación en la Iglesia, debe confirmarse perennemente más fuerte que el pecado. El Cristo pascual es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente: histórico-salvífico y a la vez escatológico. En el mismo espíritu, la liturgia del tiempo pascual pone en nuestros labios las palabras del salmo: « Cantaré eternamente las misericordias del Señor » (Cf Sal 89[88],2).

3. El salmo responsorial de hoy: 117

R. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
L. Diga la casa de Israel: "Su misericordia es eterna". Diga la casa de Aarón: "Su misericordia es eterna". Digan los que temen al Señor: "'Su misericordia es eterna" /R.
L. La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra de la mano del Señor, es un milagro patente. Este es el día del triunfo del Señor, día de júbilo y de gozo /R.
L. Libéranos, Señor, y danos tu victoria. Bendito el que viene en nombre del Señor. Que Dios desde su templo nos bendiga. Que el Señor, nuestro Dios, nos ilumine/ /R.

 

v  La piedra que descartaron los constructores, es ahora la piedra angular

Cfr. Vincenzo Raffa, Liturgia Festiva, Anni A-B-C, Tipografia Poliglota –Vaticana  1983, p. 953.

“El Antiguo Testamento recurre a veces a la metáfora de la piedra para indicar el punto de fuerza de un nuevo orden querido por Dios, y para delinear  también la suerte feliz de cuantos se inscriben y la desgracia de los que lo repudian. Isaías 28, 16:  «He aquí que yo pongo por fundamento en Sión una piedra elegida, angular, preciosa y fundamental: quien tuviere fe en ella no vacilará». Isaías 8,14-15: «Dios 14 Será piedra de tropiezo, la roca desde la que se despeñen ... 15 Muchos tropezarán en ella, caerán y se harán pedazos,  quedarán atrapados y presos»
            En conformidad con la imagen profética de la piedra como fundamento, el Mesías fue matado por los Hebreos («piedra descartada») y resucitado por Dios para ser la cabeza de un nuevo pueblo de elegidos, santos, sacerdotes del Altísimo («convertido en piedra angular»). (...)
            En el ámbito de la salvación total del hombre no existe otro fundamento que Cristo (Hechos 4,12; 1 Corintios 3, 11; cfr. Romanos 15, 20-21).
            La seguridad de una construcción depende del fundamento. Quien pone a Cristo como fundamento con fe operativa, tiene la garantía de la vida eterna (Romanos 9,33; 1 Pedro 2, 6-11). Pero es fatal precipitar sobre un bloque o ser golpeado por él. Quien se arroja sobre Cristo, o quien es golpeado por su condena, está contra Dios y, por tanto, se pierde (Mateo 21, 44; Romanos 9, 32-33; 1 Pedro 2,8).
            A este propósito se podría recordar la comparación de la casa fundada sobre la roca y  la fundada sobre la arena (Mateo 7, 24-27; Lucas 6, 47-49).” (Vincenzo Raffa, o.c. p. 953).

4. Cuántos desiertos debe atravesar hoy el ser humano, sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios  y del prójimo.

     Cfr. Papa Francisco, Mensaje de Pascua de 2013

o   Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos. He aquí, pues, la invitación que hago a todos: acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo.

·         Pidamos a Jesús resucitado, que transforma la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por medio de él la paz para el mundo entero.

Cuántos desiertos debe atravesar el ser humano también hoy. Sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios y del prójimo, cuando no se es consciente de ser custodio de todo lo que el Creador nos ha dado y nos da. Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos. He aquí, pues, la invitación que hago a todos: Acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la misericordia de Dios, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz. Así, pues, pidamos a Jesús resucitado, que transforma la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por medio de él la paz para el mundo entero.

5. San Josemaría Escrivà

v  Cfr. Amigos de Dios, 215: Dios no se cansa de perdonar

“Advierte la Escritura Santa que hasta el justo cae siete veces [Proverbios 24, 16.]. Siempre que he leído estas palabras, se ha estremecido mi alma con una fuerte sacudida de amor y de dolor. Una vez más viene el Señor a nuestro encuentro, con esa advertencia divina, para hablarnos de su misericordia, de su ternura, de su clemencia, que nunca se acaban. Estad seguros: Dios no quiere nuestras miserias, pero no las desconoce, y cuenta precisamente con esas debilidades para que nos hagamos santos.
   Una sacudida de amor, os decía. Miro mi vida y, con sinceridad, veo que no soy nada, que no valgo nada, que no tengo nada, que no puedo nada; más: ¡que soy la nada!, pero Él es el todo y, al mismo tiempo, es mío, y yo soy suyo, porque no me rechaza, porque se ha entregado por mí. ¿Habéis contemplado amor más grande?
      Y una sacudida de dolor, pues repaso mi conducta, y me asombro ante el cúmulo de mis negligencias. Me basta examinar las pocas horas que llevo de pie en este día, para descubrir tanta falta de amor, de correspondencia fiel. Me apena de veras este comportamiento mío, pero no me quita la paz. Me postro ante Dios, y le expongo con claridad mi situación. Enseguida recibo la seguridad de su asistencia, y escucho en el fondo de mi corazón que El me repite despacio: meus es tu! [Isaías 43, 1]; sabía -y sé- cómo eres, ¡adelante!
      No puede ser de otra manera. Si acudimos continuamente a ponernos en la presencia del Señor, se acrecentará nuestra confianza, al comprobar que su Amor y su llamada permanecen actuales: Dios no se cansa de amarnos. La esperanza nos demuestra que, sin Él, no logramos realizar ni el más pequeño deber; y con El, con su gracia, cicatrizarán nuestras heridas; nos revestiremos con su fortaleza para resistir a los ataques del enemigo, y mejoraremos. En resumen: la conciencia de que estamos hechos de barro de botijo nos ha de servir, sobre todo, para afirmar nuestra esperanza en Cristo Jesús.


Vida Cristiana


[1] Louis Claude de Fillion, Nuestro Señor Jesucristo según los Evangelios, Edibesa 2000, p. 434
[2] Cf. Biblia de Jerusalén, Desclée De Brouwer, Bilbao 1998, nota a Juan 20,22

“Una sociedad civilizada debe eliminar el sufrimiento, no al sufriente” LUIS LUQUE - 5.ABR.2019 - Aceprensa




“Una sociedad civilizada debe eliminar el sufrimiento,
no al sufriente”
LUIS LUQUE - 5.ABR.2019 - Aceprensa

El caso de María José Carrasco, la sexagenaria enferma de esclerosis múltiple a la que su marido ayudó a suicidarse, ha abierto telediarios en los últimos días. El esposo, Ángel Hernández, que cuidó de ella durante décadas, fue arrestado tras confesar su acción y, poco después, puesto en libertad a la espera de juicio.
Empujada a escena por este drama, la eutanasia vuelve como tema en plena campaña electoral en España, con algunos políticos señalando culpables por la tragedia, pero sin hacer demasiado hincapié en que los cuidados paliativos, la alternativa eficaz al suicidio asistido, deben llegar a cada ciudadano que los necesite.
También algunos juristas han tomado la palabra, básicamente para buscarle atenuantes al asunto, toda vez que la ley habla de penas de prisión de 2 a 5 años para quien coopere con el suicidio de una persona. “En casos concretos, cuando se hace por amor y a petición, no sé si hay un reproche penal que justifique que esa persona entre en prisión”, dice a El PaísFederico Montalvo, presidente del Comité Español de Bioética. El “amor” sale a la palestra.

Aceprensa ha conversado brevemente sobre el suceso con el Dr. Marcos Gómez Sancho, quien fue presidente de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL) entre 1995 y 2000:
— Respecto a María José Carrasco, estamos ante un caso muy avanzado de esclerosis múltiple. Según su esposo, ella tuvo acceso a los cuidados paliativos. ¿Puede hacerse un control efectivo de los síntomas en un caso de este tipo?

— Los síntomas en estos casos no suelen ser muchos. Lo preocupante es la discapacidad. La persona va perdiendo fuerza, no es capaz de levantarse, no puede tragar, no puede hablar… No hay síntomas como el dolor. Lo preocupante es la invalidez a la que se ve abocada de forma lenta.

o   Atender a los enfermos y a sus familiares


— ¿Qué papel deben desempeñar los paliativos en una situación así?

— El mismo que con todos los enfermos: mejorar su calidad de vida en la medida de lo posible y atender también a los familiares, que suelen pasarlo muy mal. Esta enferma estuvo en cuidados paliativos y luego en un centro, pero la mayor parte del tiempo estuvo en su casa, y por lo que sé, sin demasiadas ayudas.
Toda la sociedad tiene que unir esfuerzos para dar respuesta a las necesidades de estos enfermos. Necesitan más ayudas, probablemente económicas. En España, cada día mueren cien personas en una siniestra lista de espera, mientras aguardan el dinero que les corresponde como ayuda por la ley. ¡Cien cada día! Habría que darles antes esas ayudas, agilizar la forma en que se administran para que las reciban a tiempo.
El proyecto de ley de la eutanasia, por ejemplo, garantiza que desde que se solicite el procedimiento hasta que se ejecute, no pasen más de 35 días. ¡Digo yo que se podían dar la misma prisa con las ayudas económicas a los enfermos que las necesitan y que tienen derecho a ellas!
En España hay cada año 75.000 personas con necesidades muy agudas que no reciben cuidados paliativos y por tanto mueren con un sufrimiento evitable
Este caso que ha saltado a la opinión pública en Madrid, me produce auténtico escalofrío. Me da la impresión de que el marido estaba muy agotado: era el único cuidador, 30 años asistiendo a su esposa. Eso no puede ser. Tiene que haber personas ayudando, posibilidades de ingresar al paciente en algún centro y darles un respiro a los cuidadores. Probablemente se puedan hacer más cosas que las que se hacen.
— En su carta, el esposo de María José explica que los paliativos “de buena calidad, como los que ha recibido ella, deben ser un derecho de todos los que lo necesiten y demanden, pero también tiene que existir el derecho al suicidio asistido”. ¿Pueden acaso ser opciones alternativas o complementarias?

— En España hay cada año 75.000 personas con necesidades muy agudas que no reciben cuidados paliativos y, por tanto, mueren con un sufrimiento intenso y perfectamente evitable si se les hubieran suministrado. Estos 75.000 enfermos no pueden elegir entre eutanasia y cuidados paliativos, ¡porque no hay cuidados paliativos para ellos! Por eso decimos que lo más urgente y coherente es implementarlos para que tengan acceso todos los enfermos que los necesiten, algo que hoy no es una realidad.
Muchas personas vienen a las unidades de cuidados paliativos solicitando una inyección para morir, y cuando les preguntamos qué tratamiento han estado llevando, resulta que están tomando un nolotil o un paracetamol. Cuando se les aplica la morfina y dejan de sentir el dolor, dejan de pedir lo primero. Por tanto, la coherencia es que el primer paso sea cuidar al enfermo; ahora bien, ¿a pesar de eso habrá enfermos que querrán la eutanasia? Los habrá. Pero afortunadamente no serán tantos. Por lo general la gente no se quiere morir: quiere vivir, siempre que pueda hacerlo decente y adecuadamente.
– El esposo fue detenido y poco después liberado sin medidas cautelares…

– Es realmente muy difícil llevar a la cárcel a un hombre que, hartos de sufrir él y su esposa, ha tomado esta decisión por iniciativa de la enferma. Se le aplicarán los atenuantes que figuran en el Código Penal, y me parece que ni siquiera entrará en la cárcel, porque es un drama muy grande. Los jueces tienen que aplicar la legislación vigente, y eso está fuera de nuestro alcance.
Yo no soy favorable a la eutanasia. Mientras haya 75.000 enfermos que mueran por sufrimiento intenso por no recibir cuidados paliativos, mientras todos los pacientes españoles no reciban una atención adecuada y de calidad, no se puede hablar de eutanasia. Una sociedad civilizada tiene que disponer de una manera de eliminar el sufrimiento que no sea eliminar al sufriente. Hay muchas deficiencias en la atención, y la eutanasia no es nada prioritario. Sí lo es atender a los pacientes. Eso, y dar las ayudas establecidas e incluso aumentarlas, es lo realmente urgente.



Vida Cristiana

viernes, 19 de abril de 2019

El cuerpo de la salvación: por Santiago Agrelo

Es Viernes Santo. Celebraremos con toda la Iglesia la pasión del Señor.
En la mañana, la comunidad se congregó en la catedral para la oración de Laudes. El salmista fue dejando caer, rocío sobre tierra reseca, las palabras de su salmo: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa”.
Entonces la mirada se perdió en el Cristo del presbiterio, oscuridad de leño y bronce suspendida en la claridad del aire.
Aquel Cristo, aunque grande, no tiene rasgos que mis ojos puedan definir, y no llego a percibir detalles que la mente pueda interpretar. Aquel Cristo es sólo materia oscura, elevada en medio del presbiterio, memoria de un misterio que el creyente recreará a la luz de su fe.
Más allá del Cristo crucificado, la vidriera que embellece el ábside de la catedral, ofrece a la contemplación la imagen, creada en pura luz, de la Virgen María en el misterio de su Concepción Inmaculada.
En la nave de la catedral, orante, humilde y pobre, está la Iglesia, la comunidad redimida a la que se revela la gracia del misterio que está celebrando: ¡La luz nace de la oscuridad! Ese prodigio de santidad y de pureza que es María de Nazaret, sólo lo pudo realizar el amor del Hijo, la obediencia del Hijo, la fidelidad del Hijo, la entrega del Hijo: ¡Sin la Pascua del Hijo no es posible la gracia de la Madre!
Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Así comenzó su cántico el anciano Simeón, cuando tuvo en brazos a aquel primogénito que una familia pobre presentaba al Señor. Los ojos del anciano veían sólo a un niño. Pero su espíritu fue iluminado para que viese en aquel niño el sacramento de la salvación.
Hoy la Iglesia contempla aquel mismo sacramento en los brazos de una cruz. ¡Contempla!, y el corazón se le ausenta en paz tras la salvación que en el sacramento se le ofrece. Allí, en aquellos brazos, está el cuerpo de la gracia, aquél es el lugar de la santidad, aquélla es la fuente del Espíritu.
Ahora los ojos vuelven a la luz de la vidriera, a la gloria representada de la Concepción Inmaculada, a su plenitud de gracia, a la belleza del cielo que esperamos, y la fe intuye que, la misma gloria, gracia y belleza que en María de Nazaret brillan para siempre, alumbran ya por dentro la humildad de nuestra vida, la pequeñez de nuestro ser: Gloria, gracia y belleza, la del cielo y la nuestra, naciendo eternamente del mismo sacramento, el Cuerpo de Cristo, ¡el Cuerpo de la Salvación!

miércoles, 17 de abril de 2019

Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret 2, Ed. Encuentro 2011





[Chiesa/Testi/SettimanaSanta/JuevesSanto/JesúsNazaretMisterioTraidor BXVI]


Ø Jueves Santo (2019). Celebración de la Misa vespertina, “en la Cena del Señor”. “Durante la cena,
cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle… (Evangelio de hoy: Juan 13, 2).

El misterio del traidor

v  Cfr. Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret 2, Ed. Encuentro 2011, p. 83-88

                  El misterio del traidor, pp. 83-88 - Breve resumen

o   La turbación y conmoción de Jesús

(…)  Inmediatamente después de haberse referido al ejemplo que da a los suyos, Jesús comienza a hablar del caso de Judas. Juan nos dice a este respecto que Jesús, profundamente conmovido, declaró: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar» (13,21).
Juan habla tres veces de la «turbación» o «conmoción» de Jesús: junto al sepulcro de Lázaro (cf. 11,33.38); el «Domingo de Ramos», después de las palabras sobre el grano de trigo que muere, en una escena que remite muy de cerca a la hora en el Monte de los Olivos (cf. 12,24-27) y, por último, aquí. Son momentos en los que Jesús se encuentra con la majestad de la muerte y es tocado por el poder de las tinieblas, un poder que Él tiene la misión de combatir y vencer. (…)

o   La agitación y curiosidad entre los discípulos

El anuncio de la traición suscita comprensiblemente al mismo tiempo agitación y curiosidad entre los discípulos. «Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, estaba en la mesa a su derecha. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: "Señor, ¿quién es?". Jesús le contestó: "Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado"» (13,23ss).
Para comprender este texto hay que tener en cuenta primero que en la cena pascual estaba prescrito cómo acomodarse a la mesa. Charles K. Barrett explica el versículo que acabamos de citar de la siguiente manera: «Los participantes en una cena estaban recostados sobre su izquierda; el brazo izquierdo servía para sujetar el cuerpo; el derecho quedaba libre para poderlo usar. Por tanto, el discípulo que estaba a la derecha de Jesús tenía su cabeza inmediatamente delante de Jesús y, consiguientemente, se podía decir que estaba acomodado frente a su pecho. Como es obvio, podía hablar confidencialmente con Jesús, pero el suyo no era el puesto de honor; éste estaba a la izquierda del anfitrión. No obstante, el puesto ocupado por el discípulo amado era el de un íntimo amigo; Barrett hace notar en este contexto que existe una descripción paralela en Plinio (p. 437).
Tal como está aquí, la respuesta de Jesús es totalmente clara. Pero el evangelista nos hace saber que, a pesar de ello, los discípulos no entendieron a quién se refería. Podemos suponer por tanto que Juan, repensando lo acontecido, haya dado a la respuesta una claridad que no tenía para los presentes en aquel momento. En 13,18 nos pone sobre la buena pista. En él Jesús dice: «Tiene que cumplirse la Escritura: "El que compartía mi pan me ha traicionado"» (Sal 41,10; cf. Sal 55,14). Éste es el modo de hablar característico de Jesús: con palabras de la Escritura, Él alude a su destino, insertándolo al mismo tiempo en la lógica de Dios, en la lógica de la historia de la salvación.

o   Quien traicionará a Jesús es uno de los comensales

§  Jesús debe experimentar la incomprensión incluso dentro del círculo más íntimo de los amigos
La ruptura de la amistad llega hasta la fraternidad de comunión de la Iglesia, donde una y otra vez se encuentran personas que toman «su pan» y lo traicionan.
Estas palabras se hacen totalmente transparentes después; queda claro que la Escritura describe verdaderamente su camino, aunque, por el momento, permanece el enigma. Inicialmente se alcanza a entender únicamente que quien traicionará a Jesús es uno de los comensales; pero posteriormente se va clarificando que el Señor tiene que padecer hasta el final y seguir hasta en los más mínimos detalles el destino de sufrimiento del justo, un destino que aparece de muchas maneras sobre todo en los Salmos. Jesús debe experimentar la incomprensión, la infidelidad incluso dentro del círculo más íntimo de los amigos y, de este modo, «cumplir la Escritura». Él se revela como el verdadero sujeto de los Salmos, como el «David» del que provienen, y a través del cual adquieren sentido.
(…) con la traición de Judas, el sufrimiento por la deslealtad no se ha terminado. «Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, el que compartía mi pan, me ha traicionado» (Sal 41,10). La ruptura de la amistad llega hasta la fraternidad de comunión de la Iglesia, donde una y otra vez se encuentran personas que toman «su pan» y lo traicionan.
El sufrimiento de Jesús, su agonía, perdura hasta el fin del mundo, ha escrito Pascal basándose en estas consideraciones (cf. Pensées, VII, 553). Podemos expresarlo también desde el punto de vista opuesto: en aquella hora, Jesús ha tomado sobre sus hombros la traición de todos los tiempos, el sufrimiento de todas las épocas por el ser traicionado, soportando así hasta el fondo las miserias de la historia.
Juan no da ninguna interpretación psicológica del comportamiento de Judas; el único punto de referencia que nos ofrece es la alusión al hecho de que, como tesorero del grupo de los discípulos, Judas les habría sustraído su dinero (cf. 12,6). Por lo que se refiere al contexto que nos interesa, el evangelista dice sólo lacónicamente: «Entonces, tras el bocado, entró en él Satanás» (13,27).

o   Lo que sucedió con Judas, para Juan, ya no es explicable psicológicamente

§  Quien traiciona la amistad se convierte en esclavo de otros poderes
Lo que sucedió con Judas, para Juan, ya no es explicable psicológicamente. Ha caído bajo el dominio de otro: quien rompe la amistad con Jesús, quien se sacude de encima su «yugo ligero», no alcanza la libertad, no se hace libre, sino que, por el contrario, se convierte en esclavo de otros poderes; o más bien: el hecho de que traicione esta amistad proviene ya de la intervención de otro poder, al que ha abierto sus puertas.

o   En Judas hay un primer paso para la conversión, pero no logra creer en el perdón. Es una tragedia.

Y, sin embargo, la luz que se había proyectado desde Jesús en el alma de Judas no se oscureció completamente. Hay un primer paso hacia la conversión: «He pecado», dice a sus mandantes. Trata de salvar a Jesús y devuelve el dinero (cf. Mt 27,3ss). Todo lo puro y grande que había recibido de Jesús seguía grabado en su alma, no podía olvidarlo.
Su segunda tragedia, después de la traición, es que ya no logra creer en el perdón. Su arrepentimiento se convierte en desesperación. Ya no ve más que a sí mismo y sus tinieblas, ya no ve la luz de Jesús, esa luz que puede iluminar y superar incluso las tinieblas. De este modo, nos hace ver el modo equivocado del arrepentimiento: un arrepentimiento que ya no es capaz de esperar, sino que ve únicamente la propia oscuridad, es destructivo y no es un verdadero arrepentimiento.
La certeza de la esperanza forma parte del verdadero arrepentimiento, una certeza que nace de la fe en que la Luz tiene mayor poder y se ha hecho carne en Jesús.

o   La marcha de Judas de la luz a la oscuridad

Juan concluye el pasaje sobre Judas de una manera dramática con las palabras: «En cuanto Judas tomó el bocado, salió. Era de noche» (13,30). Judas sale fuera, y en un sentido más profundo: sale para entrar en la noche, se marcha de la luz hacia la oscuridad; el «poder de las tinieblas» se ha apoderado de él (cf. Jn 3,19; Lc 22,53).


Vida Cristiana

Jueves Santo 2019. Celebración de la Misa vespertina “en la Cena del Señor”.





[Chiesa/Omelie1/SettimanaSanta/GiovedìSanto/JuevesSanto19LavatorioPiesServicioALosDemásPalabraSacramentos]

Ø Jueves Santo 2019. Celebración de la Misa vespertina “en la Cena del Señor”. Origen de la

celebración de la pascua. La celebración de la pascua judía. La pascua de Cristo y nuestra pascua. El lavatorio de pies: para nosotros es ponernos al servicio de los demás, ayudarnos unos a otros. La resistencia de Pedro hasta que escucha al Señor y comprende. Actualmente, Cristo nos purifica mediante su palabra y su amor, mediante el don de sí mismo. Las palabras de Jesús, si las acogemos con corazón atento, realizan un auténtico lavado, una purificación del alma, del hombre interior. Y, en los santos sacramentos, el Señor se arrodilla siempre ante nuestros pies y nos purifica. El evangelio del lavatorio de los pies nos invita a dejarnos lavar continuamente por esta agua pura.


v  Cfr. Jueves Santo de 2019

Éxodo 12, 1-8.11-14; Salmo Responsorial 115, 12-13.15-16BC.17-19; 1 Corintios 11,
23-26; Juan 13,1-15
18 de abril de 2919

Primera lectura: Éxodo 12, 1-8.11-14: Dijo Yahveh a Moisés y Aarón en el país de Egipto: 2 «Este mes será para vosotros el comienzo de los meses; será el primero de los meses del año. Hablad a toda la comunidad de Israel y decid: El día diez de este mes tomará cada uno para sí una res de ganado menor por familia, una res de ganado menor por casa. 4 Y si la familia fuese demasiado reducida para una res de ganado menor, traerá al vecino más cercano a su casa,  según el número de personas y conforme a lo que cada cual pueda comer. 5 El animal será sin defecto, macho, de un año. Lo escogeréis entre los corderos o los cabritos. 6 Lo guardaréis hasta el día catorce de este mes; y toda la asamblea de la comunidad de los israelitas lo inmolará  entre dos luces. 7 Luego tomarán la sangre y untarán las dos jambas y el dintel de las casas donde lo coman. 8 En aquella misma noche comerán la carne. La comerán asada al fuego, con ázimos y con hierbas amargas. 11 Así lo habéis de comer: ceñidas vuestras cinturas, calzados vuestros pies, y el bastón en vuestra mano; y lo comeréis de prisa. Es la Pascua del Señor. 12 Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos del país de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo, Yahveh. 13 La sangre será vuestra señal en las casas donde moráis. Cuando yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros,  y no habrá entre vosotros plaga exterminadora cuando yo hiera el país de Egipto. 14 Este será un día memorable para vosotros, y lo celebraréis como fiesta en honor de Yahveh de generación en generación. Decretaréis que sea fiesta para siempre».
Evangelio: Juan 13, 1-15: Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo  amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. 2 Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, 3 sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, 4 se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. 5 Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que  estaba ceñido. 6 Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?» 7 Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde.» 8 Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás.» Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo.» 9 Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza.» 10 Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos.» 11 Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos.» 12 Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13      Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy.                 14 Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. 15 Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros.


1. Jesús celebra con sus discípulos la pascua judía.


v  A) la fiesta de la Pascua judía: se describe en la primera lectura [1].


·         Jesús, como sabemos, quiso celebrar la fiesta de la pascua judía con sus discípulos. ¿Qué fiesta era ésta
de la Pascua judía? La historia es muy sencilla.

o   Probable origen de la Pascua: una fiesta de pastores de la primavera

- Probablemente la Pascua era en su origen una fiesta de pastores que en primavera, cuando nacen los corderos y se inicia el viaje hacia los pastos de verano, ofrecían un sacrificio de una res recién nacida, y con su sangre realizaban un rito especial  para impetrar la preservación y la fecundidad de los rebaños. También comían juntos el animal como señal de solidaridad.

o    Un significado nuevo: la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto

-  Pero ese año del que habla la primera lectura, hacia el 1250 a.C., el rito tuvo un significado nuevo. Los israelitas vivían en Egipto, donde eran esclavos del Faraón, y vivían en condiciones muy duras (Cf. Éxodo 1, 8-22). Dios habló entonces con un israelita, Moisés, y le encargó  que hablase con el faraón para pedirle que dejase marchar al pueblo de Israel fuera de Egipto, liberándolo así de la esclavitud (Cf Éxodo 3,7-4,31). Sabéis por la historia que Moisés habló con el Faraón, pero éste no hizo caso, y Dios castigó al Faraón y al pueblo egipcio con la famosas plagas (Cf  Éxodo 7, 8-11,10).
- La décima y última fue muy dura: como castigo por no dejar salir al pueblo de Israel de la tierra de Egipto, el Señor  - como acabamos de  leer – “pasó por la tierra de Egipto de noche, hiriendo a muerte a todos los primogénitos del pueblo egipcio”. El Señor les había ordenado que antes de esa noche llevasen el cordero al Templo de Jerusalén para ser allí matado, y después lo comiesen en sus casas antes del paso del Señor. Pero además, con la sangre del cordero debían hacer una señal en las dos jambas y en el dintel de la casa, con el fin de que cuando esa noche pasase el Señor Él viendo esa señal no haría daño alguno a los habitantes de esa casa. Por tanto, el Señor pasó esa noche por la tierra de Egipto hiriendo a todos los primogénitos en sus casas, excepto en aquellas casas que tenían la señal con la sangre: en estos casos pasó de largo sin hacer mal a la familia que estaba en es casa. 
- Y el Señor les dijo que ese hecho debía  ser memorable para los israelitas, y lo deberían celebrar  todos los años a partir de entonces,   en honor de Yahvé que les había preservado de la muerte y de la esclavitud. Efectivamente, como consecuencia de esa plaga el Faraón dejó partir al pueblo israelita, y éste recuperó su libertad. Partió hacia la tierra prometida a las órdenes de Moisés.  A partir de entonces los israelitas celebrarían ese  paso del Señor, es decir la  pascua del Señor (Cf. Exodo 12,14). (Cf. CCE  1340; 611,  1363 y 1364).

v  B) La pascua de Cristo. Celebró un rito e hizo un paso: de este mundo al Padre a través de su muerte y resurrección (Juan 13, 1).

·         Jesús había querido celebrar esa fiesta, la pascua judía, con sus discípulos. Y después de esa celebración
Instituyó  la Eucaristía. Así lo recordaba San Pablo a los cristianos de Corinto, en el texto que hemos leído hoy:

2ª lectura: 1 Corintios  11, 23-26: Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, 24 y después de dar gracias, lo partió y dijo: «Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» 25 Asimismo también la copa después de cenar diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío.» 26 Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga.

·         Y así lo recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1340: “Al celebrar la última Cena con sus
apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino”.
·         En vez de la inmolación de un cordero, Él ofrece su vida derramando su sangre para librarnos a nosotros
no de la esclavitud de los egipcios sino de la esclavitud del pecado; Él  pasa  - pascua - de la muerte a la vida .....  con su muerte y resurrección. Y los cristianos celebramos a partir de entonces, en la Eucaristía, ese paso que es nuestra liberación. Cuando instituyó la Eucaristía, Jesús dijo unas palabras que se repiten todas las veces que se celebra la Misa:
Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros, ésta es mi sangre que será derramada por vosotros .....    Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vengas ..... Haced esto en memoria mía.
·         Jesús, como los israelitas, no sólo hizo un rito, sino que cumplió un paso.

v  Nuestra Pascua: también debemos hacer nuestro paso

·         ¿Qué se requiere para celebrar nosotros la Pascua? Celebramos un rito y, además, hacemos
nuestro paso: en la vida cristiana, no de un sitio a otro, sino – como dice San Pablo – del hombre viejo al hombre nuevo (1 Co 5,8);  de un modo de vivir a otro, de un modo pagano a un modo cristiano.
·         Es la conversión. Que lleva consigo fatiga, sacrificio, pero, sobre todo es un paso hacia la
libertad, hacia la alegría. De la esclavitud de las comodidades, prejuicios, etc. pero sobre todo de los pecados, porque “quien comete el pecado es esclavo del pecado” (Juan 8,34). Se trata de abrirnos al Señor, dejarnos iluminar por su luz  (cirio de la Vigilia), de pasar de las tinieblas a la luz.

2. Otros aspectos de la celebración de la Misa vespertina “en la Cena del Señor” del Jueves Santo.


v  A. El lavatorio de los pies de los discípulos por parte del Señor

o   Lavar los pies es: “yo estoy a tu servicio”.

Francisco, Homilía en el Instituto Penal de Menores Casal del Marmo, Misa de la Cena del Señor. 28 de marzo de 2013
§  Significa que tenemos que ayudarnos unos a otros.
Jesús vino precisamente para esto: para servir, para ayudarnos.
"Esto es conmovedor. Jesús que lava los pies a sus discípulos. Pedro no entendía nada, se negaba. Pero Jesús se lo explicó ¡Jesús -Dios- ha hecho esto! Y él mismo explica a sus discípulos: "¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y tenéis razón, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Os he dado ejemplo para que, como yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros". Es el ejemplo del Señor: Él es el más importante y lava los pies, para que entre nosotros el que es el más alto tiene que estar al servicio de los demás. Y esto es un símbolo, una señal, ¿no?
Lavar los pies es: "yo estoy a su servicio." Y también nosotros, entre nosotros, no es que tenemos que lavar los pies todos los días uno al otro, pero ¿qué significa esto? Que tenemos que ayudarnos, unos a otros. A veces me enfado con uno, con otra ... pero ... olvídalo, olvídalo, y si te pide un favor, hazlo. Ayudarse unos a otros: Jesús nos enseña esto y esto es lo que yo hago, y lo hago de corazón, porque es mi deber. Como cura y como obispo tengo que estar a vuestro servicio. Pero es un deber que nace de mi corazón: lo amo. Amo esto y amo hacerlo porque el Señor así me lo ha enseñado. Pero, también vosotros, ayudaos: ayudaos siempre. El uno al otro. Y así, ayudándonos, nos haremos bien. Ahora haremos esta ceremonia de lavarnos los pies y pensamos, cada uno de nosotros piense, "¿yo realmente estoy dispuesta, estoy dispuesto a servir, a ayudar al otro?" Pensemos esto, solamente. Y pensemos que este signo es una caricia de Jesús, que hace Jesús, porque Jesús vino precisamente para esto: para servir, para ayudarnos."

o   Pedro en el lavatorio de los pies: debía aprender que la grandeza de Dios consiste en la humildad del servicio, en el despojamiento de sí mismo. 

Benedicto XVI, Misa «In Cena Domini», Jueves Santo 20 de marzo de 2008
En el pasaje evangélico del lavatorio de los pies, la conversación de Jesús con Pedro presenta otro aspecto de la práctica de la vida cristiana, en el que quiero centrar, por último, la atención. En un primer momento, Pedro no quería dejarse lavar los pies por el Señor. Esta inversión del orden, es decir, que el maestro, Jesús, lavara los pies, que el amo realizara la tarea del esclavo, contrastaba totalmente con su temor reverencial hacia Jesús, con su concepto de relación entre maestro y discípulo. «No me lavarás los pies jamás» (Jn 13, 8), dice a Jesús con su acostumbrada vehemencia. Su concepto de Mesías implicaba una imagen de majestad, de grandeza divina. Debía aprender continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza; que consiste precisamente en abajarse, en la humildad del servicio, en la radicalidad del amor hasta el despojamiento total de sí mismo. Y también nosotros debemos aprenderlo sin cesar, porque sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión; porque no somos capaces de caer en la cuenta de que el Pastor viene como Cordero que se entrega y nos lleva así a los pastos verdaderos.

o   Pedro al principio se resiste a que Jesús le lave los pies. Luego comprende y acepta.

Juan Pablo II, Homilía, Misa “en la Cena del Señor”, 17 de abril de 2003
§  También a nosotros se nos invita a comprender: lo primero que el discípulo debe hacer es ponerse a la escucha de su Señor, abriendo el corazón para acoger la iniciativa de su amor.
·         Mientras están cenando, Jesús se levanta de la mesa y comienza a lavar los pies a los discípulos. Pedro,
al principio, se resiste; luego, comprende y acepta. También a nosotros se nos invita a comprender:  lo primero que el discípulo debe hacer es ponerse a la escucha de su Señor, abriendo el corazón para acoger la iniciativa de su amor. Sólo después será invitado a reproducir a su vez lo que ha hecho el Maestro. También él deberá "lavar los pies" a sus hermanos, traduciendo en gestos de servicio mutuo ese amor, que constituye la síntesis de todo el Evangelio (cf. Juan 13, 1-20). (…)
El lavatorio de los pies y el sacramento de la Eucaristía son dos manifestaciones de un mismo misterio de amor confiado a los discípulos "para que -dice Jesús- lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis" (Juan 13, 15).

o   Jesús les lavó los pies. Con un gesto que normalmente correspondía a los esclavos.

 Juan Pablo II, Homilía en la Cena del Señor, 8 de abril de 2004
§  Los cristianos saben que deben "hacer memoria" de su Maestro prestándose recíprocamente el servicio de la caridad: "lavarse los pies unos a otros".
·         Antes de celebrar la última Pascua con sus discípulos, Jesús les lavó los pies. Con un gesto que
normalmente correspondía a los esclavos, quiso grabar en la mente de los Apóstoles el sentido de lo que sucedería poco después.
En efecto, la pasión y la muerte constituyen el servicio de amor fundamental con el que el Hijo de Dios libró a la humanidad del pecado. Al mismo tiempo, la pasión y la muerte de Cristo revelan el sentido profundo del nuevo mandamiento que dio a los Apóstoles: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 13, 34). 
"Haced esto en conmemoración mía" (1 Co 11, 24. 25), dijo dos veces, distribuyendo el pan convertido en su Cuerpo y el vino convertido en su Sangre. "Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis" (Jn 13, 15), había recomendado poco antes, tras haber lavado los pies a los Apóstoles. Así pues, los cristianos saben que deben "hacer memoria" de su Maestro prestándose recíprocamente el servicio de la caridad: "lavarse los pies unos a otros". En particular, saben que deben recordar a Jesús repitiendo el "memorial" de la Cena con el pan y el vino consagrados por el ministro, el cual repite sobre ellos las palabras pronunciadas en aquella ocasión por Cristo. 

o   Actualmente, Cristo nos purifica mediante su palabra y su amor, mediante el don de sí mismo.

Benedicto XVI, Homilía en la Misa «In Cena Domini», Jueves Santo,  20 de marzo de 2008
§  Las palabras de Jesús, si las acogemos con corazón atento, realizan un auténtico lavado, una purificación del alma, del hombre interior. El evangelio del lavatorio de los pies nos invita a dejarnos lavar continuamente por esta agua pura.
Y en los santos sacramentos, el Señor se arrodilla siempre ante nuestros pies y nos purifica.
En el lavatorio de los pies este proceso esencial de la hora de Jesús está representado en una especie de acto profético simbólico. En él Jesús pone de relieve con un gesto concreto precisamente lo que el gran himno cristológico de la carta a los Filipenses describe como el contenido del misterio de Cristo. Jesús se despoja de las vestiduras de su gloria, se ciñe el «vestido» de la humanidad y se hace esclavo. Lava los pies sucios de los discípulos y así los capacita para acceder al banquete divino al que los invita.
En lugar de las purificaciones cultuales y externas, que purifican al hombre ritualmente, pero dejándolo tal como está, se realiza un baño nuevo: Cristo nos purifica mediante su palabra y su amor, mediante el don de sí mismo. «Vosotros ya estáis limpios gracias a la palabra que os he anunciado», dirá a los discípulos en el discurso sobre la vid (Jn 15, 3). Nos lava siempre con su palabra. Sí, las palabras de Jesús, si las acogemos con una actitud de meditación, de oración y de fe, desarrollan en nosotros su fuerza purificadora. Día tras día nos cubrimos de muchas clases de suciedad, de palabras vacías, de prejuicios, de sabiduría reducida y alterada; una múltiple semi-falsedad o falsedad abierta se infiltra continuamente en nuestro interior. Todo ello ofusca y contamina nuestra alma, nos amenaza con la incapacidad para la verdad y para el bien.
Las palabras de Jesús, si las acogemos con corazón atento, realizan un auténtico lavado, una purificación del alma, del hombre interior. El evangelio del lavatorio de los pies nos invita a dejarnos lavar continuamente por esta agua pura, a dejarnos capacitar para participar en el banquete con Dios y con los hermanos. Pero, después del golpe de la lanza del soldado, del costado de Jesús no sólo salió agua, sino también sangre (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 6. 8).
Jesús no sólo habló; no sólo nos dejó palabras. Se entrega a sí mismo. Nos lava con la fuerza sagrada de su sangre, es decir, con su entrega «hasta el extremo», hasta la cruz. Su palabra es algo más que un simple hablar; es carne y sangre «para la vida del mundo» (Jn 6, 51). En los santos sacramentos, el Señor se arrodilla siempre ante nuestros pies y nos purifica. Pidámosle que el baño sagrado de su amor verdaderamente nos penetre y nos purifique cada vez más.

o   Jesús es nuestro modelo. Con su anonadamiento nos ha dado un ejemplo que imitar.

  Catecismo de la Iglesia Católica
§  El Bautizado está llamado a servir a los demás.
·         n. 520: Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo (cf. Romanos 15,5 Filipenses 2,5):
él es el "hombre perfecto" (Gaudium et spes,  38) que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar (cf. Juan 13,15); con su oración atrae a la oración (cf. Lucas 11,1); con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (cf. Mateo 5,11-12).
·         n. 1269: Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo (1Corintios 6,19),
sino al que murió y resucitó por nosotros (cf 2 Corintios 5,15). Por tanto, está llamado a someterse a los demás (Efesios 5,21 1 Corintios 16,15-16), a servirles (cf Juan 13,12-15) en la comunión de la Iglesia. (…)

o   No se puede separar la participación en la mesa del Señor del deber de amar al prójimo.

                        Juan Pablo II, Homilía, Misa “en la Cena del Señor”, 28 de marzo de 2002
§  Nos comprometemos a hacer lo que Cristo hizo, "lavar los pies" de nuestros hermanos, transformándonos en imagen concreta y transparente de Aquel que "se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo" (Filipenses 2, 7).
·         "Haced esto en conmemoración mía" (1 Co 11, 24-25). Con este mandato, que nos compromete a repetir
su gesto, Jesús concluye la institución del Sacramento del altar. También al terminar el lavatorio de los pies, nos invita a imitarlo: "Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros" (Jn 13, 15). De este modo establece una íntima correlación entre la Eucaristía, sacramento del don de su sacrificio, y el mandamiento del amor, que nos compromete a acoger y a servir a nuestros hermanos.
No se puede separar la participación en la mesa del Señor del deber de amar al prójimo. Cada vez que participamos en la Eucaristía, también nosotros pronunciamos nuestro "Amén" ante el Cuerpo y la Sangre del Señor. Así nos comprometemos a hacer lo que Cristo hizo, "lavar los pies" de nuestros hermanos, transformándonos en imagen concreta y transparente de Aquel que "se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo" (Flp 2, 7).
El amor es la herencia más valiosa que él deja a los que llama a su seguimiento. Su amor, compartido por sus discípulos, es lo que esta tarde se ofrece a la humanidad entera.

v  B. «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer» (Lucas 22,15).

Benedicto XVI, Homilía en la Misa de la Cena del Señor, Jueves Santo, 21 de abril de 2011.

o   En el deseo de Jesús reconocemos el deseo de Dios mismo, su amor por los hombres, por su creación, un amor que espera.

§  Jesús nos desea, nos espera. Y nosotros, ¿tenemos verdaderamente deseo de él? ¿No sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro? ¿Anhelamos su cercanía, ese ser uno con él, que se nos regala en la Eucaristía?
¿O somos, más bien, indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas?
«Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer» (Lc 22,15). Con estas palabras, Jesús comenzó la celebración de su última cena y de la institución de la santa Eucaristía. Jesús tuvo grandes deseos de ir al encuentro de aquella hora. Anhelaba en su interior ese momento en el que se iba a dar a los suyos bajo las especies del pan y del vino. Esperaba aquel momento que tendría que ser en cierto modo el de las verdaderas bodas mesiánicas: la transformación de los dones de esta tierra y el llegar a ser uno con los suyos, para transformarlos y comenzar así la transformación del mundo. En el deseo de Jesús podemos reconocer el deseo de Dios mismo, su amor por los hombres, por su creación, un amor que espera. El amor que aguarda el momento de la unión, el amor que quiere atraer hacia sí a todos los hombres, cumpliendo también así lo que la misma creación espera; en efecto, ella aguarda la manifestación de los hijos de Dios (cf. Rm 8,19).
Jesús nos desea, nos espera. Y nosotros, ¿tenemos verdaderamente deseo de él? ¿No sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro? ¿Anhelamos su cercanía, ese ser uno con él, que se nos regala en la Eucaristía? ¿O somos, más bien, indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas? Por las parábolas de Jesús sobre los banquetes, sabemos que él conoce la realidad de que hay puestos que quedan vacíos, la respuesta negativa, el desinterés por él y su cercanía. Los puestos vacíos en el banquete nupcial del Señor, con o sin excusas, son para nosotros, ya desde hace tiempo, no una parábola sino una realidad actual, precisamente en aquellos países en los que había mostrado su particular cercanía. Jesús también tenía experiencia de aquellos invitados que vendrían, sí, pero sin ir vestidos con el traje de boda, sin alegría por su cercanía, como cumpliendo sólo una costumbre y con una orientación de sus vidas completamente diferente. San Gregorio Magno, en una de sus homilías se preguntaba: ¿Qué tipo de personas son aquellas que vienen sin el traje nupcial? ¿En qué consiste este traje y como se consigue? Su respuesta dice así: Los que han sido llamados y vienen, en cierto modo tienen fe. Es la fe la que les abre la puerta. Pero les falta el traje nupcial del amor. Quien vive la fe sin amor no está preparado para la boda y es arrojado fuera. La comunión eucarística exige la fe, pero la fe requiere el amor, de lo contrario también como fe está muerta.


Vida Cristiana


[1] Cf. Sagrada Biblia, El Pentateuco, Eunsa Agosto 2000, Nota a Éxodo 12, 1-14
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