viernes, 3 de agosto de 2018

Los pobres, nuestra salvación: por Santiago Agrelo





“Lo que oímos y aprendimos, lo contaremos a la futura generación”.
A decir “Padre nuestro”, a confiar en Dios, a tener responsabilidad ante Dios, lo aprendí de mis abuelos, de mis padres, de mis maestros, de mi párroco.
Cosas asombrosas de Dios las leí en la Historia sagrada.
A bajar crucifijos de las paredes para dar alivio al Señor crucificado me lo enseñó el que todo lo sabe, aunque yo no sabía para qué me lo enseñaba.
Luego, de franciscanos y benedictinos aprendí las cosas de Dios en la Historia de la salvación.
Y con todos los que han oído y aprendido, vamos contando las obras de Dios, su poder, sus alabanzas.
Oímos, aprendimos y contamos que Dios caminaba con su pueblo en el desierto, que lo guiaba hacia una tierra de libertad y de abundancia, que hizo con su pueblo una alianza de recíproca fidelidad y pertenencia.
Oímos, aprendimos y contamos que Dios alimentó a los hijos de su pueblo con el maná, un pan de gracia recogido bajo la capa de rocío de la mañana, y los hizo vivir con el trigo celeste de la divina palabra.
Oímos, aprendimos y contamos que Dios puso su tienda entre nosotros, y preparó para todos el banquete de su reino, un festín de bendiciones del cielo sobre la vida de los redimidos, de los rescatados, de los liberados, de los justificados, de los salvados, de los resucitados con Cristo.
Oímos, aprendimos y contamos –lo hacemos cada vez que celebramos la eucaristía-, que Jesús, “la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos”, y declaró que aquel pan, del que todos habíamos de comer, era su cuerpo entregado por nosotros.
Hoy, comulgando, aceptamos ese cuerpo entregado, recibimos a Cristo, nos hacemos de Cristo, para ser todos, en Cristo, un solo cuerpo, un solo Cristo.
Entonces, el mismo Espíritu que me enseñó a bajar crucifijos de las paredes, me recuerda que he de aliviar el dolor de Cristo en su cuerpo que son los pobres, y aprendo -¡con cuánta lentitud y poco empeño!- que no resulta coherente comulgar con Cristo en la eucaristía y rechazar a Cristo en los pobres; aprendo que no puedo decir sí a Cristo y decir no a los pobres; aprendo que no habrá eucaristía para mí si no recibo a Cristo en los pobres, si no amo a los pobres, si no cuido de ellos como se supone que cuidaría de Jesús si él, cansado del camino, hambriento y sediento, llegase a mi casa.
Quien rechaza a Cristo en los pobres, come del pan y bebe del cáliz del Señor indignamente, come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación.
Así he oído y aprendido a Cristo, y así lo voy contando a todos los que esperan salvarse.
No creo equivocarme si digo que nuestra salvación son los pobres en los que Cristo nos visita.
Ciertamente, ellos serán la clave con la que se nos abrirá la puerta del reino que Dios ha preparado para los justos desde la creación del mundo.

El sacramento del Bautismo (6). Catequesis de Papa Francisco (2018). La vestidura blanca.


[Chiesa/Testi/Battesimo/BautismoCatequesisFrancisco(6)RevestidosEnCristo]
El sacramento del Bautismo (6). Catequesis de Papa Francisco (2018). La vestidura blanca. Revestirse de Cristo significa las virtudes que los bautizados deben cultivar. La entrega ritual de la llama encendida en el cirio pascual, recuerda el efecto del Bautismo: «Recibid la luz de Cristo». La presencia viva de Cristo, que se debe proteger, defender y dilatar en nosotros, es lámpara que ilumina nuestros pasos, luz que orienta nuestras decisiones, llama que calienta los corazones al ir al encuentro del Señor, haciéndonos capaces de ayudar a quien hace el camino con nosotros.

  • Cfr. Catequesis de Papa Francisco, Audiencia General

Miércoles, 16 de mayo de 2018
Catequesis sobre el Bautismo: 6. Revestidos de Cristo

  1. Los efectos espirituales del Bautismo se manifiestan con la entrega de la

vestidura blanca y la vela encendida.

  • La vestidura blanca. Revestirse de Cristo significa las virtudes que los bautizados deben cultivar: revestirnos de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia , sobrellevarnos mutuamente y perdonarnos cuando alguno tenga queja contra otro; sobre todo, revestirnos con la caridad.


Hoy concluíamos el ciclo de catequesis sobre el Bautismo. Los efectos espirituales de este sacramento, invisibles a los ojos, pero operativos en el corazón de quién se ha convertido en nueva criatura, se manifiestan con la entrega de la vestidura blanca y la vela encendida.

Después del lavado de regeneración, capaz de recrear al hombre según Dios en la verdadera santidad (cfr. Ef 4,24), parecía natural, desde los primeros siglos, revestir a los recién bautizados de una vestidura nueva, cándida, a semejanza del esplendor de la vida adquirida en Cristo y en el Espíritu Santo.

La vestidura blanca, al expresar simbólicamente lo que ha sucedido en el sacramento, anuncia la condición de los transfigurados en la gloria divina. Qué significa revestirse de Cristo, lo recuerda san Pablo explicando cuáles son las virtudes que los bautizados deben cultivar: «Elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de
mansedumbre, de paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro; como el Señor os ha perdonado, hacedlo así también vosotros. Sobre todo, revestíos con la caridad, que es el vínculo de la perfección» (Col 3,12-14).

  1. La entrega ritual de la llama encendida en el cirio pascual, recuerda el efecto del

Bautismo: «Recibid la luz de Cristo», dice el sacerdote. Esas palabras recuerdan que no somos nosotros la luz, sino que la luz es Jesucristo.

  • La vocación cristiana es «caminar siempre como hijos de la luz, perseverando en la fe»-

  • La presencia viva de Cristo, que se debe proteger, defender y dilatar en nosotros, es lámpara que ilumina nuestros pasos, luz que orienta nuestras decisiones, llama que calienta los corazones al ir al encuentro del Señor, haciéndonos capaces de ayudar a quien hace el camino con nosotros.


También la entrega ritual de la llama encendida en el cirio pascual, recuerda el efecto del Bautismo: «Recibid la luz de Cristo», dice el sacerdote. Esas palabras recuerdan que no somos nosotros la luz, sino que la luz es Jesucristo (Jn 1,9; 12,46), el cual, resucitado de entre los muertos, ha vencido las tinieblas del mal. ¡Nosotros estamos llamados a recibir su esplendor! Como la llama del cirio pascual da luz a las demás velas, así la caridad del Señor Resucitado inflama los corazones de los bautizados, colmándolos de luz y calor. Y por eso, desde los primeros siglos el Bautismo se llamaba también “iluminación” y el que era bautizado era llamado “el iluminado”.

Porque esa es la vocación cristiana: «caminar siempre como hijos de la luz, perseverando en la fe» (cfr. Rito de la iniciación cristiana de los adultos, n. 226; Jn 12,36). Si se trata de niños, es deber de los padres, junto a padrinos y madrinas, ocuparse de alimentar la llama de la gracia bautismal en sus pequeños, ayudándoles a perseverar en la fe (cfr. Rito del Bautismo de Niños, n. 156). «La educación en la fe, que en justicia se les debe a los niños, tiende a llevarles gradualmente a comprender y asimilar el plan de Dios en Cristo, para que finalmente ellos mismos puedan libremente ratificar la fe en que han sido bautizados» (ibíd., Introducción, 9).

La presencia viva de Cristo, que se debe proteger, defender y dilatar en nosotros, es lámpara que ilumina nuestros pasos, luz que orienta nuestras decisiones, llama que calienta los corazones al ir al encuentro del Señor, haciéndonos capaces de ayudar a quien hace el camino con nosotros, hasta la comunión inseparable con Él. Ese día, dice también el Apocalipsis, «ya no habrá noche: no tienen necesidad de luz de lámparas ni de la luz del sol, porque el Señor Dios alumbrará sobre ellos y reinarán por los siglos de los siglos» (Ap 22,5).

  1. La celebración del Bautismo concluye con la oración del Padrenuestro, propia

de la comunidad de los hijos de Dios.


La celebración del Bautismo concluye con la oración del Padrenuestro, propia de la comunidad de los hijos de Dios. En efecto, los niños renacidos en el Bautismo recibirán la plenitud del don del Espíritu en la Confirmación y participarán en la Eucaristía, aprendiendo qué significa dirigirse a Dios llamándolo “Padre”.

  1. Una invitación: : «Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de

santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez».


Al final de estas catequesis sobre el Bautismo, repito a cada uno la invitación que expresé en la Exhortación apostólica Gaudete et exsultate: «Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cfr. Ga 5,22-23)» (n. 15).




VIDA CRISTIANA

El sacramento del Bautismo (4). Catequesis de Papa Francisco (2018). La regeneración.

[Chiesa/Testi/Battesimo/BautismoCatequesisFrancisco(5)LaRegeneración]
  • El sacramento del Bautismo (4). Catequesis de Papa Francisco (2018). La regeneración. En el
Bautismo se sepulta el hombre viejo, con sus pasiones engañosas, para que renazca una nueva criatura; en verdad lo viejo pasó, y ha nacido lo nuevo. Si nuestros padres nos han generado a la vida terrena, la Iglesia nos ha regenerado a la vida eterna en el Bautismo. Hemos sido hechos hijos en su Hijo Jesús. La vocación cristiana está toda aquí: vivir unidos a Cristo en la santa Iglesia, partícipes de la misma consagración para realizar la misma misión, en este mundo, dando frutos que duran para siempre. Participar del sacerdocio de Cristo significa hacer de sí mismo una ofrenda agradable a Dios. Dándole testimonio por medio de una vida de fe y de caridad , poniéndola al servicio de los demás, según el ejemplo del Señor Jesús.

  • Cfr. Catequesis de Papa Francisco, Audiencia General

Miércoles, 9 de mayo de 2018
Catequesis sobre el Bautismo: 5. La regeneración.

1, En el Bautismo se sepulta el hombre viejo, con sus pasiones engañosas, para

que renazca una nueva criatura; en verdad lo viejo pasó, y ha nacido lo nuevo.

  • La Iglesia que nos hace nacer, la Iglesia que es seno, es madre nuestra por medio del Bautismo. Si nuestros padres nos han generado a la vida terrena, la Iglesia nos ha regenerado a la vida eterna en el Bautismo. Hemos sido hechos hijos en su Hijo Jesús.

La catequesis sobre el sacramento del Bautismo nos lleva a hablar hoy del santo lavatorio acompañado de la invocación de la Santísima Trinidad, o sea el rito central que propiamente “bautiza” –es decir, sumerge– en el Misterio pascual de Cristo (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1239).
El sentido de este gesto lo recuerda san Pablo a los cristianos de Roma, primero preguntando: « ¿No sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados para unirnos a su muerte?», y luego respondiendo: «Pues fuimos sepultados juntamente con él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva» (Rm 6,3-4). El Bautismo nos abre la puerta a una vida de resurrección, no a una vida mundana. Una vida según Jesús.

¡La fuente bautismal es el lugar donde se hace Pascua con Cristo! Se sepulta el hombre viejo, con sus pasiones engañosas (cfr. Ef 4,22), para que renazca una nueva criatura; en verdad lo viejo pasó, y ha nacido lo nuevo (cfr. 2Cor 5,17).
En las “Catequesis” atribuidas a San Cirilo de Jerusalén se explica así a los recién bautizados lo que les ha sucedido en el agua del Bautismo. Es bonita esta explicación de San Cirilo: «En el mismo momento habéis muerto y habéis nacido, y aquella agua llegó a ser para vosotros
sepulcro y madre» (n. 20, Mistagógica 2,4: PG 33, 1079-1082). El renacer del nuevo hombre exige que sea reducido a polvo el hombre corrompido por el pecado. Las imágenes de la tumba y del seno materno referidas a la fuente, son bastante incisivas para expresar lo mucho que sucede mediante los simples gestos del Bautismo. Me gusta citar la inscripción que se encuentra en el antiguo Baptisterio romano del Laterano, donde se lee, en latín, esta expresión atribuida al Papa Sixto III: «Virgineo fetu genitrix Ecclesia natos quos spirante Deo concipit amne parit. Caelorum regnum sperate hoc fonte renati»: La Madre Iglesia da a luz virginalmente mediante el agua a los hijos que concibe por el soplo de Dios. Cuantos habéis renacido de esa fuente, esperad el reino de los cielos.

Es bonito: la Iglesia que nos hace nacer, la Iglesia que es seno, es madre nuestra por medio del Bautismo. Si nuestros padres nos han generado a la vida terrena, la Iglesia nos ha regenerado a la vida eterna en el Bautismo. Hemos sido hechos hijos en su Hijo Jesús (cfr. Rm 8, 15; Gal 4,5-7). También sobre cada uno de nosotros, renacidos del agua y del Espíritu Santo, el Padre celeste hace sonar con infinito amor su voz que dice: «Tú eres mi hijo amado» (cfr. Mt 3,17). Esa voz paterna, imperceptible al oído, pero bien audible por el corazón de quien cree, nos acompaña toda la vida, sin abandonarnos nunca. Durante toda la vida el Padre nos dice: “Tú eres mi hijo amado, tú eres mi hija amada”. Dios nos quiere mucho, como un Padre, y no nos deja solos. Esto desde el momento del Bautismo. ¡Renacidos como hijos de Dios, lo somos para siempre! El Bautismo de hecho no se repite, porque imprime un sello espiritual indeleble: «Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1272). ¡El sello del Bautismo nunca se pierde! “Padre, pero si una persona se convierte en bandido, de esos tan famosos, que mata gente, que hace injusticias, ¿el sello se va?”. No. Para su propia vergüenza, el hijo de Dios que es ese hombre hace esas cosas, pero el sello no se va. Y sigue siendo hijo de Dios, que va contra Dios, pero Dios nunca reniega de sus hijos. ¿Habéis entendido esto último?
Dios jamás reniega de sus hijos. ¿Lo repetimos todos juntos? “Dios nunca reniega de sus hijos”. Un poco más fuerte, que yo o soy sordo o no lo entiendo: [repiten más fuerte] “Dios nunca reniega de sus hijos”. Bueno, así mejor.

2. La vocación cristiana está toda aquí: vivir unidos a Cristo en la santa Iglesia,

partícipes de la misma consagración para realizar la misma misión, en este mundo,

dando frutos que duran para siempre.


  • Todo el Pueblo de Dios participa de las funciones de Jesucristo, “Sacerdote, Rey y Profeta”.

  • Participar del sacerdocio de Cristo significa hacer de sí mismo una ofrenda agradable a Dios. dándole testimonio por medio de una vida de fe y de caridad , poniéndola al servicio de los demás, según el ejemplo del Señor Jesús.

Incorporados a Cristo por el Bautismo, los bautizados son pues conformados a Él, «el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Mediante la acción del Espíritu Santo, el Bautismo purifica, santifica, justifica, para formar en Cristo, de muchos, un solo cuerpo (cfr. 1Cor 6,11; 12,13). Lo expresa la unción crismal, «por la que se significan el sacerdocio real del bautizado y su agregación al pueblo de Dios» (Rito del Bautismo de Niños, n. 73 c). Por tanto, el sacerdote unge con el santo crisma la cabeza de cada bautizado, tras haber pronunciado estas palabras que explican su significado: «Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que os ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua y el Espíritu Santo, os consagre con el Crisma de la salvación para que entréis a formar parte de su pueblo y seáis para siempre miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey» (ibíd., n. 129).
Hermanos y hermanas, la vocación cristiana está toda aquí: vivir unidos a Cristo en la santa Iglesia, partícipes de la misma consagración para realizar la misma misión, en este mundo, dando frutos que duran para siempre. Animado por el único Espíritu, todo el Pueblo de Dios participa de las funciones de Jesucristo, “Sacerdote, Rey y Profeta”, y comporta las responsabilidades de misión y servicio que se derivan (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 783-786). ¿Que significa participar del sacerdocio real y profético de Cristo? Significa hacer de sí una ofrenda agradable a Dios (cfr. Rm 12,1), dándole testimonio por medio de una vida de fe y de caridad (cfr. Lumen gentium, 12),
poniéndola al servicio de los demás, según el ejemplo del Señor Jesús (cfr. Mt 20,25-28; Jn 13,13-17). Gracias.
VIDA CRISTIANA

El sacramento del Bautismo (4). Catequesis de Papa Francisco (2018). La fuente de la vida.

[Chiesa/Testi/Battesimo/BautismoCatequesisFrancisco(4)Fuente de la vida]
  • El sacramento del Bautismo (4). Catequesis de Papa Francisco (2018). La fuente de la vida.
El agua es fuente de vida y bienestar, mientras que su ausencia apaga toda fecundidad, como sucede en el desierto; pero el agua también puede ser causa de muerte cuando ahoga entre sus olas o en gran cantidad lo arrasa todo; finalmente, el agua tiene la capacidad de lavar, limpiar y purificar. Por eso, la Iglesia invoca la acción del Espíritu «sobre el agua de esta fuente, para que los sepultados con Cristo en su muerte, por el Bautismo, resuciten con él a la vida».

  • Cfr. Catequesis de Papa Francisco, Audiencia General

Miércoles, 2 de mayo de 2018
Catequesis sobre el Bautismo: 4. Fuente de la vida

  1. El agua. Un simbolismo natural.

  • El agua es fuente de vida y de bienestar, pero también causa de muerte cuando ahoga ente sus olas: también tiene la capacidad de lavar, limpiar y purificar.

  • El poder de perdonar los no está en el agua en sí, ya que lo tiene el agua que tiene la gracia de Cristo, la eficacia es del Espíritu Santo.

  • Por eso, la Iglesia invoca la acción del Espíritu «sobre el agua de esta fuente, para que los sepultados con Cristo en su muerte, por el Bautismo, resuciten con él a la vida»
Siguiendo con la reflexión sobre el Bautismo, hoy quisiera detenerme en los ritos centrales que se hacen junto a la fuente bautismal. Consideremos en primer lugar el agua, sobre la que se invoca el poder del Espíritu para que tenga la fuerza de regenerar y renovar (cfr. Jn 3,5 y Tt 3,5). El agua es fuente de vida y bienestar, mientras que su ausencia apaga toda fecundidad, como sucede en el desierto; pero el agua también puede ser causa de muerte cuando ahoga entre sus olas o en gran cantidad lo arrasa todo; finalmente, el agua tiene la capacidad de lavar, limpiar y purificar.

A partir de este simbolismo natural, universalmente reconocido, la Biblia describe las intervenciones y promesas de Dios mediante el signo del agua. Sin embargo, el poder de perdonar los pecados no está en el agua en sí, como explicaba San Ambrosio a los recién bautizados: «Has visto el agua, pero no toda agua cura: sana el agua que tiene la gracia de Cristo. […] La acción es del agua, la eficacia es del Espíritu Santo» (De sacramentis 1,15).

Por eso, la Iglesia invoca la acción del Espíritu «sobre el agua de esta fuente, para que los sepultados con Cristo en su muerte, por el Bautismo, resuciten con él a la vida» (Rito del Bautismo de niños, n. 123). La oración de bendición dice que Dios ha preparado el agua «para significar la gracia del Bautismo» y recuerda las principales figuras bíblicas: sobre las aguas de los orígenes se
cernía el Espíritu para hacerlas germen de vida (cfr. Gen 1,1-2); el agua del diluvio marcó el final del pecado y el inicio de la vida nueva (cfr. Gen 7,6-8,22); a través del agua del Mar Rojo fueron liberados de la esclavitud de Egipto los hijos de Abraham (cfr. Ex 14,15-31).

  1. Se pide a Dios que infunda en el agua de la fuente la gracia de Cristo muerto y

resucitado (cfr. Rito del Bautismo de niños, n. 123). Esa agua se transforma en agua que lleva en sí la fuerza del Espíritu Santo. Con esa agua bautizamos a la gente.

  • También hay que disponer el corazón para acceder al bautismo.

  • Esto tiene lugar con la renuncia a Satanás y la profesión de fe, dos actos estrechamente conectados entre sí.

  • En la medida en que digo “no” a las insinuaciones del diablo soy capaz de decir “sí” a Dios que me llama a conformarme a Él en los pensamientos y en las obras.
Yo renuncio y yo creo: esto está en la base del Bautismo. Es una elección responsable, que exige ser traducida en gestos concretos de confianza en Dios. El acto de fe supone un compromiso que el mismo Bautismo ayudará a mantener con perseverancia en las diversas situaciones y pruebas de la vida.
Respecto a Jesús, se recuerda su bautismo en el Jordán (cfr. Mt 3,13-17), la sangre y el agua vertidas de su costado (cfr. Jn 19,31-37), y el mandato a los discípulos de bautizar a todos los pueblos en el nombre de la Trinidad (cfr. Mt 28,19). Fortalecidos por esa memoria, se pide a Dios que infunda en el agua de la fuente la gracia de Cristo muerto y resucitado (cfr. Rito del Bautismo de niños, n. 123). Esa agua se transforma en agua que lleva en sí la fuerza del Espíritu Santo. Y con esa agua con la fuerza del Espíritu Santo, bautizamos a la gente, bautizamos a los adultos, a los niños, a todos.

Santificada el agua de la fuente, hay que disponer el corazón para acceder al Bautismo. Esto tiene lugar con la renuncia a Satanás y la profesión de fe, dos actos estrechamente conectados entre sí. En la medida en que digo “no” a las insinuaciones del diablo –el que divide– soy capaz de decir “sí” a Dios que me llama a conformarme a Él en los pensamientos y en las obras. El diablo divide;
Dios une siempre a la comunidad, a la gente en un solo pueblo. No es posible unirse a Cristo poniendo condiciones. Hay que desprenderse de ciertos vínculos para poder abrazar otros de verdad; o estás bien con Dios o está bien con el diablo. Por eso, la renuncia y el acto de fe van juntos. Hay que cortar puentes, dejándolos atrás, para emprender la nueva Vía que es Cristo.

La respuesta a las preguntas –«¿Renunciáis a Satanás, a todas sus obras, y a todas sus seducciones?»– está formulada en primera persona del singular: «Renuncio». Y del mismo modo viene profesada la fe de la Iglesia, diciendo: «Creo». Yo renuncio y yo creo: esto está en la base del Bautismo. Es una elección responsable, que exige ser traducida en gestos concretos de
confianza en Dios. El acto de fe supone un compromiso que el mismo Bautismo ayudará a mantener con perseverancia en las diversas situaciones y pruebas de la vida. Recordemos la antigua sabiduría de Israel: «Hijo, si te acercas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba» (Sir 2,1), es decir, prepárate para la lucha. Y la presencia del Espíritu Santo nos da la fuerza para luchar bien.

  1. El agua bendita


Queridos hermanas y hermanas, cuando metamos la mano en el agua bendita –al entrar en una iglesia tocamos el agua bendita– y hagamos la señal de la Cruz, pensemos con alegría y agradecimiento en el Bautismo que recibimos –esa agua bendita nos recuerda al Bautismo– y renovemos nuestro “Amén”. –“Estoy contento”–, para vivir inmersos en el amor de la Santísima Trinidad.




VIDA CRISTIANA

El sacramento del Bautismo (3). Catequesis de Papa Francisco (2018).

Descargar

[Chiesa/Testi/Battesimo/BautismoCatequesisFrancisco(3)FuerzaVencerElMal]
  • El sacramento del Bautismo (3). Catequesis de Papa Francisco (2018). La fuerza de vencer el
mal. El camino de los catecúmenos adultos está marcado por repetidos exorcismos/oraciones que invocan la liberación de todo lo que separa de Cristo e impide la íntima unión con Él. El Bautismo no es una fórmula mágica sino un don del Espíritu Santo que habilita a quien lo recibe «a luchar contra el espíritu del mal». Sabemos por experiencia que la vida cristiana siempre está sujeta a la tentación, sobre todo a la tentación de separarse de Dios, de su querer, de la comunión con Él. Y el Bautismo nos prepara, nos da fuerza para esa lucha cotidiana, también para luchar contra el diablo que -como dice San Pedro-, como un león intenta devorarnos, destruirnos.

  • Cfr. Catequesis de Papa Francisco, Audiencia General

Miércoles, 25 de abril de 2018
Catequesis sobre el Bautismo: 3. La fuerza de vencer el mal

  1. «El Bautismo es de un modo particular “el sacramento de la fe” por ser la entrada sacramental en la vida de fe»

  • Y la fe es la entrega de sí mismos al Señor Jesús, reconocido como «fuente de agua […] para la vida eterna», «luz del mundo», «vida y resurrección».

  • El Evangelio lleva consigo la fuerza de transformar a quien lo recibe con fe, arrancándolo del dominio del maligno para que aprenda a servir al Señor con alegría y novedad de vida.

Continuamos nuestra reflexión sobre el Bautismo, siempre a la luz de la Palabra de Dios. Es el Evangelio quien ilumina a los candidatos y suscita la adhesión de fe: «El Bautismo es de un modo particular “el sacramento de la fe” por ser la entrada sacramental en la vida de fe» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1236). Y la fe es la entrega de sí mismos al Señor Jesús, reconocido como «fuente de agua […] para la vida eterna» (Jn 4,14), «luz del mundo» (Jn 9,5), «vida y resurrección» (Jn 11,25), como enseña el itinerario recorrido, también hoy, por los catecúmenos ya próximos a recibir la iniciación cristiana. Educados por la escucha de Jesús, por su enseñanza y por sus obras, los catecúmenos reviven la experiencia de la mujer samaritana sedienta de agua viva, del ciego de
nacimiento que abre los ojos a la luz, de Lázaro que sale del sepulcro. El Evangelio lleva consigo la fuerza de transformar a quien lo recibe con fe, arrancándolo del dominio del maligno para que aprenda a servir al Señor con alegría y novedad de vida.

  1. A la fuente bautismal nunca se va solo, sino acompañados por la oración de toda la Iglesia, como recuerdan las letanías de los Santos.

  • Debemos rezar, unidos a la Iglesia, por los demás.

  • La oración de la Iglesia siempre está en acto.

A la fuente bautismal nunca se va solo, sino acompañados por la oración de toda la Iglesia, como recuerdan las letanías de los Santos que preceden la oración de exorcismo y la unción prebautismal con el óleo de los catecúmenos. Son gestos que, desde la antigüedad, aseguran a cuantos se aprestan a renacer como hijos de Dios que la oración de la Iglesia les asiste en la lucha contra el mal, les acompaña por el camino del bien, les ayuda a escapar del poder del pecado para
pasar al reino de la gracia divina. La oración de la Iglesia. ¡La Iglesia reza, y reza por todos, por todos nosotros! Nosotros Iglesia, rezamos por los demás. Es bonito rezar por los demás. Cuántas veces no tenemos ninguna necesidad urgente y no rezamos. Debemos rezar, unidos a la Iglesia, por los demás: “Señor, yo te pido por los que pasan necesidad, por los que no tienen fe…”. No os
olvidéis: la oración de la Iglesia siempre está en acto. Pero nosotros debemos entrar en esa oración y rezar por todo el pueblo de Dios y por los que necesitan oraciones.

  1. El camino de los catecúmenos adultos está marcado por repetidos exorcismos/oraciones que invocan la liberación de todo lo que separa de Cristo e impide la íntima unión con Él.

  • También para los niños se pide a Dios que los libere del pecado original y los consagre como morada del Espíritu Santo.


  • Jesús mismo combatió y expulsó a los demonios para manifestar la venida del reino de Dios: su victoria sobre el poder del maligno deja libre espacio al señorío de Dios que alegra y reconcilia con la vida.

  • El Bautismo no es una fórmula mágica sino un don del Espíritu Santo que habilita a quien lo recibe «a luchar contra el espíritu del mal».
Sabemos por experiencia que la vida cristiana siempre está sujeta a la tentación, sobre todo a la tentación de separarse de Dios, de su querer, de la comunión con Él.
Y el Bautismo nos prepara, nos da fuerza para esa lucha cotidiana, también para luchar contra el diablo que -como dice San Pedro-, como un león intenta devorarnos, destruirnos.
Por eso, el camino de los catecúmenos adultos está marcado por repetidos exorcismos pronunciados por el sacerdote (cfr. CCC, 1237), o sea por oraciones que invocan la liberación de todo lo que separa de Cristo e impide la íntima unión con Él. También para los niños se pide a Dios que los libere del pecado original y los consagre como morada del Espíritu Santo (cfr. Rito del
Bautismo de niños, n. 56). Los niños. Rezar por los niños, por la salud espiritual y corporal. Es un modo de proteger a los niños con la oración.

Como dan fe los Evangelios, Jesús mismo combatió y expulsó a los demonios para manifestar la venida del reino de Dios (cfr. Mt 12,28): su victoria sobre el poder del maligno
deja libre espacio al señorío de Dios que alegra y reconcilia con la vida.
El Bautismo no es una fórmula mágica sino un don del Espíritu Santo que habilita a quien lo recibe «a luchar contra el espíritu del mal», creyendo que «Dios envió al mundo a su Hijo para destruir el poder de satanás y conducir al hombre de las tinieblas a su reino de luz infinita» cfr. Rito del Bautismo de niños, n. 56).

Sabemos por experiencia que la vida cristiana siempre está sujeta a la tentación, sobre todo a la tentación de separarse de Dios, de su querer, de la comunión con Él, para recaer en los lazos de las seducciones mundanas. Y el Bautismo nos prepara, nos da fuerza para esa lucha cotidiana, también para luchar contra el diablo que -como dice San Pedro-, como un león intenta devorarnos, destruirnos.

  1. Además de la oración, está la unción en el pecho con el óleo de los catecúmenos, los cuales «reciben vigor para renunciar al diablo y al pecado, antes de acercarse a la fuente y renacer a vida nueva».

  • Los antiguos luchadores solían untarse de aceite para tonificar los músculos y para escapar más fácilmente de la presa del adversario.

  • Los cristianos de los primeros siglos adoptaron el uso de ungir el cuerpo de los candidatos al Bautismo con el óleo bendecido por el Obispo.

  • Es cansado combatir contra el mal, huir de sus engaños, retomar fuerza tras una lucha agotadora, pero debemos saber que toda la vida cristiana es un combate.
Además de la oración, está luego la unción en el pecho con el óleo de los catecúmenos, los cuales «reciben vigor para renunciar al diablo y al pecado, antes de acercarse a la fuente y renacer a vida nueva» (Bendición de los óleos, Premisas, n. 3). Por la propiedad del óleo de penetrar en los tejidos del cuerpo dando beneficio, los antiguos luchadores solían untarse de aceite para tonificar
los músculos y para escapar más fácilmente de la presa del adversario.

A la luz de este simbolismo, los cristianos de los primeros siglos adoptaron el uso de ungir el cuerpo de los candidatos al Bautismo con el óleo bendecido por el Obispo 1 , con el fin de significar, mediante ese «signo de salvación», que el poder de Cristo Salvador fortifica para luchar contra el mal y vencerlo (cfr. Rito del Bautismo de niños, n. 105).

Es cansado combatir contra el mal, huir de sus engaños, retomar fuerza tras una lucha agotadora, pero debemos saber que toda la vida cristiana es un combate.

  1. Debemos saber que no estamos solos, que la Madre Iglesia reza para que sus hijos, regenerados en el Bautismo, no sucumban a las insidias del maligno.

  • Todos podemos vencer, vencerlo todo, pero con la fuerza que me viene de Jesús.

Y también debemos saber que no estamos solos, que la Madre Iglesia reza para que sus hijos, regenerados en el Bautismo, no sucumban a las insidias del maligno, sino que las venzan por el poder de la Pascua de Cristo. Fortificados por el Señor Resucitado, que derrotó al príncipe de este mundo (cfr. Jn 12,31), también nosotros podemos repetir con la fe de san Pablo: «Todo lo puedo en
aquel que me conforta» (Fil 4,13). Todos podemos vencer, vencerlo todo, pero con la fuerza que me viene de Jesús.




VIDA CRISTIANA

jueves, 2 de agosto de 2018

Los Mandamientos (4). Audiencia General de Papa Francisco (2018).


Ø Los Mandamientos (4). Audiencia General de Papa Francisco (2018). «No tendrás otro dios fuera de mí». La idolatría. «Consiste en divinizar lo que no es Dios». Fases del desarrollo de la idolatría. Los ídolos prometen vida, pero en realidad la quitan. El Dios verdadero no pide la vida, sino que la da, la regala. El Dios verdadero no ofrece una proyección de nuestro éxito, sino que enseña a amar. El Dios verdadero no pide hijos, sino que da a su Hijo por nosotros. El apegamiento a un objeto o a una idea nos vuelve ciegos al amor. Los ídolos nos roban el amor, los ídolos nos hacen ciegos al amor, y para amar de verdad hay que estar libres de todo ídolo. ¿Cuál es mi ídolo? ¡Arráncalo y tíralo por la ventana!


v  Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre los Mandamientos (4). «No tendrás otro dios fuera de mí»

Audiencia General del 1 de agosto  de 2018

Hemos escuchado el primer mandamiento del Decálogo: «No tendrás otro dios fuera de mí» (Ex 20,3). Es bueno detenerse en el tema de la idolatría, que tiene gran alcance y actualidad.

El mandamiento prohíbe hacer ídolos [1] o imágenes [2] de cualquier cosa [3], pues todo puede ser usado como ídolo. Estamos hablando de una tendencia humana, que no distingue ni creyentes ni ateos. Por ejemplo, los cristianos podemos preguntarnos: ¿cuál es verdaderamente mi Dios? ¿Es el Amor Uno y Trino o bien es mi imagen, mi éxito personal, quizá dentro de la Iglesia? «La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2113).

¿Qué es un “dios” a nivel existencial? Es lo que está en el centro de la propia vida y de quien depende lo que se hace y se piensa [4]. Se puede crecer en una familia nominalmente cristiana pero centrada, en realidad, en puntos de referencia extraños al Evangelio [5]. El ser humano no vive sin centrarse en algo.
             
Por eso el mundo ofrece el supermercado de los ídolos, que pueden ser objetos, imágenes, ideas, roles. Por ejemplo, incluso la oración. Tenemos que rezar a Dios, nuestro Padre. Recuerdo una vez que fui a una parroquia en la diócesis de Buenos Aires para celebrar una Misa y luego tenía que administrar la confirmación en otra parroquia a un kilómetro de distancia. Fui caminando y
atravesé un bonito parque. Pero en aquel parque había más de 50 mesitas cada una con dos sillas y la gente sentada una enfrente de la otra. ¿Qué hacían? Echaban el tarot. Iba allí “a rezar” al ídolo. En vez de rezar a Dios que es providencia del futuro, iban allí porque leían las cartas para ver el futuro.

Eso es una idolatría de nuestros tiempos. Yo os pregunto: ¿cuántos de vosotros habéis ido a haceros leer las cartas para ver el futuro? ¿Cuántos de vosotros, por ejemplo, habéis ido a que os lean las manos para ver el futuro, en vez de rezar al Señor? Esa es la diferencia: el Señor está vivo; los demás son ídolos, idolatrías que no sirven.
¿Cómo se desarrolla una idolatría? El mandamiento describe unas fases: «No te harás escultura ni imagen […]. No te postrarás ante ellos, ni les servirás» (Ex 20,4-5).

La palabra “ídolo” en griego deriva del verbo “ver” [6] . Un ídolo es una “visión” que tiende a convertirse en una fijación, una obsesión. El ídolo es en realidad una proyección de uno mismo en los objetos o en los planes. De esa dinámica se sirve, por ejemplo, la publicidad: no veo el objeto en sí, sino que percibo aquel automóvil, aquel móvil, aquella posición –u otras cosas– como un medio para realizarme y responder a mis necesidades esenciales. Y lo busco, hablo de eso, pienso en eso; la idea de poseer aquel objeto o realizar aquel proyecto, alcanzar aquella posición, parece una vía maravillosa para la felicidad, una torre para llegar al cielo (cfr. Gen 11,1-9), y todo se hace en función de aquella meta.

Entonces se entra en la segunda fase: «No te postrarás ante ellos». Los ídolos exigen un culto, rituales; ante ellos nos postramos y sacrificamos todo. En la antigüedad se hacían sacrificios humanos a los ídolos, y también hoy: por la carrera se sacrifican los hijos, descuidándolos o simplemente no engendrándolos; la belleza requiere sacrificios humanos. ¡Cuántas horas ante el espejo! Ciertas personas, ciertas mujeres, ¿cuánto gastan para maquillarse? Eso también es una idolatría. No es malo maquillarse; pero de modo normal, no para ser una diosa.

La belleza pide sacrificios humanos. La fama pide la inmolación de uno mismo, de su inocencia y autenticidad. Los ídolos piden sangre. El dinero roba la vida y el placer lleva a la soledad. Las estructuras económicas sacrifican vidas humanas para útiles mayores. Pensemos en tanta gente sin trabajo. ¿Por qué? Porque a veces pasa que los dueños de esa empresa, de ese negocio, han decidido despedir gente para ganar más dinero. El ídolo del dinero. Se vive en la hipocresía, haciendo y diciendo lo que los demás esperan, porque el dios de la propia afirmación lo impone. Y se arruinan vidas, se destruyen familias y se abandonan jóvenes en manos de modelos
destructivos, con tal de aumentar la ganancia. También la droga es un ídolo. Cuántos jóvenes arruinan la salud, incluso la vida, adorando a ese ídolo de la droga.

Aquí llega el tercer y más trágico estadio: «…ni les servirás», dice. Los ídolos esclavizan. Prometen felicidad, pero no la dan; y nos encontramos viviendo para esa cosa o para esa visión, presos en una vorágine auto-destructiva, en espera de un resultado que nunca llega.

Queridos hermanos y hermanas, los ídolos prometen vida, pero en realidad la quitan. El Dios verdadero no pide la vida, sino que la da, la regala. El Dios verdadero no ofrece una proyección de nuestro éxito, sino que enseña a amar. El Dios verdadero no pide hijos, sino que da a su Hijo por nosotros.

Los ídolos proyectan hipótesis futuras y hacen despreciar el presente; el Dios verdadero
enseña a vivir en la realidad de cada día, en lo concreto, no con ilusiones sobre el futuro: hoy y mañana y pasado mañana caminando hacia el futuro. La concreción del Dios verdadero contra la liquidez de los ídolos. Yo os invito a pensar hoy: ¿cuántos ídolos tengo o cuál es mi ídolo preferido? Porque reconocer las propias idolatrías es un inicio de gracia, y pone en el camino del
amor. Pues el amor es incompatible con la idolatría: si algo se vuelve absoluto e intocable, entonces es más importante que un cónyuge, que un hijo, o que una amistad.

El apegamiento a un objeto o a una idea nos hace ciegos al amor. Y así por ir tras los ídolos, a un ídolo, podemos incluso renegar del padre, de la madre, de los hijos, de la mujer, del esposo, de la familia…, de las cosas más queridas. El apegamiento a un objeto o a una idea nos vuelve ciegos al amor.

Llevad esto en el corazón: los ídolos nos roban el amor, los ídolos nos hacen ciegos al amor, y para amar de verdad hay que estar libres de todo ídolo. ¿Cuál es mi ídolo? ¡Arráncalo y tíralo por la ventana!






VIDA CRISTIANA


[1] El término Pesel indica «una imagen divina originariamente esculpida en madera o en piedra,
y sobre todo en metal» (L. Koehler - W. Baumgartner,The Hebrew and Aramaic Lexicon of the
Old Testament, vol. 3, p. 949).
[2] El términoTemunah tiene un significado muy amplio, reconducible a “semejanza, forma”; por
tanto, la prohibición es bastante amplia y esas imágenes pueden ser de todo tipo (cfr. L.
Koehler - W. Baumgartner,Op. cit., vol. 1, p. 504).
[3] El mandamiento no prohíbe las imágenes en sí –Dios mismo mandará a Moisés realizar los
querubines de oro sobre la tapa del arca (cfr. Ex 25,18) y una serpiente de bronce (cfr. Nm 21,8) – sino que prohíbe adorarlas y servirlas, es decir, todo proceso de deificación de algo, no la simple reproducción.
[4] La Biblia Hebrea se refiere a las idolatrías cananeas con el término Ba‛al, que significa “señorío, relación íntima, realidad de la que se depende”. El ídolo es lo que se adueña, toma el corazón y se convierte en el pivote de la vida (cfr.Theological Lexicon of the Old Testament, vol. 1, 247-251).
[5] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2114: «La idolatría es una perversión del sentido
religioso innato en el hombre. El idólatra es el que “aplica a cualquier cosa, en lugar de a Dios,
la indestructible noción de Dios” (Orígenes, Contra Celsum, 2, 40)».

[6] La etimología del griego eidolon, derivada de eidos, es de la raíz weid que significa ver (cfr.Grande Lessico dell’Antico Testamento, Brescia 1967, vol. III, p. 127).

Los mandamientos (3). Audiencia General de Papa Francisco (2018).


Ø Los mandamientos (3). Audiencia General de Papa Francisco (2018). Las diez palabras
empiezan así: «Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre» (Éxodo 20, 2). El Decálogo empieza por la generosidad de Dios. Dios nunca pide sin dar antes. Nunca. Primero salva, primero da, después pide. Así es nuestro Padre, Dios es bueno. La vida cristiana es, ante todo, la respuesta agradecida a un Padre generoso. Los cristianos que solo siguen «deberes» denuncian que no tienen una experiencia personal de ese Dios que es «nuestro». Los mandamientos liberan del egoísmo y liberan porque está el amor de Dios, que nos lleva adelante. La formación cristiana no está basada en la fuerza de voluntad, sino en la acogida de la salvación, en el dejarse amar. La gratitud es un rasgo característico del corazón visitado por el Espíritu Santo; para obedecer a Dios, primero debemos recordar sus beneficios. Nosotros no nos salvamos solos, pero de nosotros puede partir un grito de auxilio: «Señor, sálvame, Señor, enséñame tu camino, oh Señor acaríciame, Señor, dame un poco de alegría».

v  Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre los Mandamientos (3). El amor de Dios precede la ley y le da sentido. 

Audiencia General del 27 de junio de 2018
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, esta audiencia se desarrollará como el miércoles pasado. En el Aula Pablo VI hay muchos enfermos y para protegerlos del calor, para que estuvieran más cómodos, están allí. Pero seguirán la audiencia con la pantalla gigante y también nosotros con ellos, es decir, no hay dos audiencias. Hay una sola. Saludamos a los enfermos del Aula Pablo VI.
Y continuamos hablando de los mandamientos que, como hemos dicho, más que mandamientos son las palabras de Dios a su pueblo para que camine bien; palabras amorosas de un Padre. Las diez palabras empiezan así: «Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre» (Éxodo 20, 2). Este inicio puede parecer extraño a las leyes verdaderas que siguen. Pero no es así. ¿Por qué esta proclamación que Dios hace de sí y de la liberación? Porque se lleva al Monte Sinaí después de haber atravesado el Mar Rojo: el Dios de Israel primero salva, después pide confianza. Es decir: el Decálogo empieza por la generosidad de Dios. Dios nunca pide sin dar antes. Nunca. Primero salva, primero da, después pide. Así es nuestro Padre, Dios es bueno.
Y entendemos la importancia de la primera declaración: «Yo, Yahveh, soy tu Dios». Hay un posesivo, hay una relación, se pertenece. Dios no es un extraño: es tu Dios. Esto ilumina todo el Decálogo y desvela también el secreto de la actuación cristiana, porque es la misma actitud de Jesús cuando dice: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros» (Juan 15, 9). Cristo es el amado por el Padre y nos ama con aquel amor. Él no parte de sí sino del Padre. A menudo nuestras obras fracasan porque partimos de nosotros mismos y no de la gratitud. Y quien parte de sí mismo, ¿dónde llega? ¡Llega a sí mismo! Es incapaz de hacer camino, vuelve a sí mismo. Es precisamente ese comportamiento egoísta que la gente define: «Esa persona es un yo, mi, conmigo y para mí». Sale de sí mismo y vuelve a sí mismo.
La vida cristiana es, ante todo, la respuesta agradecida a un Padre generoso. Los cristianos que solo siguen «deberes» denuncian que no tienen una experiencia personal de ese Dios que es «nuestro». Tengo que hacer esto, esto, esto... Solo deberes. ¡Pero te falta algo! ¿Cuál es el fundamento de este deber? El fundamento de este deber es el amor de Dios el Padre, que primero da, después manda. Poner la ley antes de la relación no ayuda al camino de la fe. ¿Cómo puede un joven desear ser cristiano, si partimos de obligaciones, compromisos, coherencias y no de liberación? ¡Pero ser cristiano es un viaje de liberación! Los mandamientos te liberan de tu egoísmo y te liberan porque está el amor de Dios, que te lleva adelante. La formación cristiana no está basada en la fuerza de voluntad, sino en la acogida de la salvación, en el dejarse amar: primero el Mar Rojo, después el Monte Sinaí. Primero la salvación: Dios salva a su pueblo en el Mar Rojo; después en el Sinaí les dice qué hacer. Pero aquel pueblo sabe que estas cosas las hace porque fue salvado por un Padre que lo ama. La gratitud es un rasgo característico del corazón visitado por el Espíritu Santo; para obedecer a Dios, primero debemos recordar sus beneficios. San Basilio dice: «Quien no deja que esos beneficios caigan en el olvido, está orientado hacia la buena virtud y hacia toda obra de justicia» (Regole brevi, 56). ¿A dónde nos lleva todo esto? A hacer un ejercicio de memoria: ¡cuántas cosas bellas ha hecho Dios por cada uno de nosotros! ¡Qué generoso es nuestro Padre Celestial! Ahora quisiera proponeros un pequeño ejercicio, en silencio, que cada uno responda en su corazón. ¿Cuántas cosas hermosas ha hecho Dios por mí? Esta es la pregunta. En silencio, que cada uno de nosotros responda. ¿Cuántas cosas hermosas ha hecho Dios por mí? Y esta es la liberación de Dios. Dios hace muchas cosas hermosas y nos libera.
Y sin embargo alguno puede sentir que aún no ha hecho una verdadera experiencia de la liberación de Dios. Esto puede suceder. Podría ser que se mire dentro y se encuentre solo sentido del deber, una espiritualidad de siervos y no de hijos. ¿Qué hacer en este caso? Como hizo el pueblo elegido. Dice el libro del Éxodo: «Los israelitas, gimiendo bajo la servidumbre, clamaron, y su clamor, que brotaba del fondo de su esclavitud, subió a Dios. Oyó Dios sus sus gemidos y acordose Dios de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel y conoció… (Éxodo 2, 23-25). Dios piensa en mí.
La acción liberadora de Dios colocada al principio del Decálogo —es decir, los mandamientos— es la respuesta a esta queja. Nosotros no nos salvamos solos, pero de nosotros puede partir un grito de auxilio: «Señor, sálvame, Señor, enséñame tu camino, oh Señor acaríciame, Señor, dame un poco de alegría». Este es un grito que pide ayuda. Esto nos espera a nosotros: pedir ser liberados del egoísmo, del pecado, de las cadenas de la esclavitud. Este grito es importante, es la oración, es consciente de lo que aún está oprimido y no liberado en nosotros. Hay muchas cosas que no están liberadas en nuestra alma. «Sálvame, ayúdame, libérame». Esta es una hermosa oración para el Señor. Dios espera ese grito porque puede y quiere romper nuestras cadenas; Dios no nos ha llamado a la vida para permanecer oprimidos, sino para ser libres y vivir en el agradecimiento, la obediencia a la alegría que nos ha dado tanto, infinitamente más de lo que podemos darle a Él. Es hermoso esto. ¡Que Dios sea siempre bendecido por todo lo que ha hecho, hace y hará por nosotros!






VIDA CRISTIANA

Papa Francisco, Catequesis, Mandamientos (2), “Diez palabras” para vivir la Alianza.


Ø Los Mandamientos (2). Audiencia General de Papa Francisco (2018). “Diez palabras” para vivir 

la Alianza. ¿Qué diferencia hay entre un mandamiento y una palabra? El mandamiento es una  comunicación que no requiere el diálogo. La palabra, sin embargo, es el medio esencial de la relación como diálogo. El amor se nutre de palabras, y lo mismo la educación o la colaboración. Dios se comunica en estas diez Palabras, y espera nuestra respuesta. ¿Sus mandamientos son solo una ley o contienen una palabra para cuidarme? Los mandamientos son el camino hacia la libertad, porque son la palabra del Padre que nos hace libres en este camino. El mundo no necesita legalismo sino cuidado. Necesita cristianos con el corazón de hijos. Necesita cristianos con el corazón de hijos: no olvidéis esto.


v  Cfr. Papa Francisco, Catequesis, Mandamientos (2),  “Diez palabras” para vivir la Alianza. 

            Miércoles, 20 de junio de 2018

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
Esta audiencia se celebra en dos lugares: nosotros aquí, en la plaza, y en el Aula Pablo VI hay más de 200 enfermos que siguen con la pantalla gigante la audiencia. Todos juntos formamos una comunidad. Con un aplauso saludamos a los que están en el Aula.
El miércoles pasado empezamos un nuevo ciclo de catequesis, sobre los mandamientos. Pero debemos entender mejor esta perspectiva.
En la Biblia los mandamientos no viven por sí mismos, sino que son parte de una relación, una conexión. Hemos visto que el Señor Jesús no ha venido a abolir la Ley sino a darle cumplimiento. Y está esa relación, de la Alianza entre Dios y su Pueblo. Al inicio del capítulo 20 del libro del Éxodo leemos —y esto es importante—: «Pronunció Dios todas estas palabras» (v. 1).
Parece una apertura como otra, pero nada es banal en la Biblia. El texto no dice: «Dios pronunció estos mandamientos» sino «estas palabras». La tradición hebrea llamará siempre al Decálogo «las diez Palabras». Y el término «decálogo» quiere decir precisamente esto. Y también tienen forma de ley, son objetivamente mandamientos. ¿Por qué, por tanto, el Autor sagrado usa, precisamente aquí, el término «diez palabras»? ¿Por qué? ¿Y no dice «diez mandamientos»?
¿Qué diferencia hay entre un mandamiento y una palabra? El mandamiento es una  comunicación que no requiere el diálogo. La palabra, sin embargo, es el medio esencial de la relación como diálogo. Dios Padre crea por medio de su palabra, y su Hijo es la Palabra hecha carne. El amor se nutre de palabras, y lo mismo la educación o la colaboración. Dos personas que no se aman, no consiguen comunicar. Cuando uno habla a nuestro corazón, nuestra soledad termina. Recibe una palabra, se da la comunicación y los mandamientos son palabras de Dios: Dios se comunica en estas diez Palabras, y espera nuestra respuesta.
Otra cosa es recibir una orden, otra cosa es percibir que alguno trata de hablar con nosotros. Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Yo puedo deciros: «Hoy es el último día de primavera, cálida primavera, pero hoy es el último día». Esta es una verdad, no es un diálogo. Pero si yo os digo: «¿Qué pensáis de esta primavera?», empiezo un diálogo. Los mandamientos son un diálogo.
La comunicación «se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras. Es un bien que no consiste en cosas, sino en las personas mismas que mutuamente se dan en el diálogo» (cf. Exhort. ap.Evangelii gaudium, 142). Pero esta diferencia no es una cosa artificial. Miremos lo que sucedió al inicio. El tentador, el diablo, quiere engañar al hombre y a la mujer sobre este punto: quiere convencerlos de que Dios les ha prohibido comer el fruto del árbol del bien y del mal para tenerlos sometidos. El desafío es precisamente este: ¿la primera norma que Dios dio al hombre es la imposición de un déspota que prohíbe y obliga o es la atención de un padre que está cuidando de sus pequeños y les protege de la autodestrucción? ¿Es una palabra o es una orden? La más trágica, entre las varias mentiras que la serpiente dice a Eva es la instigación de una divinidad envidiosa —«Pero no, Dios siente envidia de vosotros»— de una divinidad posesiva —«Dios no quiere que vosotros tengáis libertad»—. Los hechos demuestran dramáticamente que la serpiente mintió (cf. Génesis 2, 16-17; 3, 4-5), hizo creer que una palabra de amor fuera una orden.
El hombre está frente a esta encrucijada: ¿Dios me impone las cosas o cuida de mí? ¿Sus mandamientos son solo una ley o contienen una palabra para cuidarme? ¿Dios es patrón o padre? Dios es Padre: nunca olvidéis esto. Incluso en las peores situaciones, pensad que tenemos un Padre que nos ama a todos. ¿Somos súbditos o hijos? Esta lucha, tanto dentro como fuera de nosotros, se presenta continuamente: mil veces tenemos que elegir entre una mentalidad de esclavo y una mentalidad de hijos. El mandamiento es del señor, la palabra es del Padre.
El Espíritu Santo es un Espíritu de hijos, es el Espíritu de Jesús. Un espíritu de esclavos no puede hacer otra cosa que acoger la Ley de manera opresiva y puede producir dos resultados opuestos: o una vida hecha de deberes y de obligaciones o una reacción violenta de rechazo. Todo el cristianismo es el paso de la carta de la Ley al Espíritu que da la vida. (Cf. 2 Corintios 3, 6-17). Jesús es la Palabra del Padre, no es la condena del Padre. Jesús vino a salvar, con su palabra, no a condenarnos. Se ve cuando un hombre o una mujer han vivido este paso y cuando no. La gente se da cuenta de si un cristiano razona como hijo o como esclavo. Y nosotros mismos recordamos si nuestros educadores nos han cuidado como padres y madres o si nos han impuesto solo unas reglas. Los mandamientos son el camino hacia la libertad, porque son la palabra del Padre que nos hace libres en este camino.
El mundo no necesita legalismo sino cuidado. Necesita cristianos con el corazón de hijos. Necesita cristianos con el corazón de hijos: no olvidéis esto.

© Copyright - Libreria Editrice Vaticana



VIDA CRISTIANA

Los Mandamientos (1). Audiencia General de Papa Francisco (2018).

Descargar


Ø Los Mandamientos (1). Audiencia General de Papa Francisco (2018). Introducción: el deseo de una vida plena. ¿Cómo se encuentra la vida, la vida en abundancia, la felicidad? Jesús responde: «Ya conoces los mandamientos». Hemos de descubrir  en cada una de esas leyes, antiguas y sabias, la puerta abierta por el Padre que está en los cielos, para que el Señor Jesús, que la cruzó, nos conduzca a la vida verdadera. Su vida. La vida de los hijos de Dios.


v  Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre los Mandamientos (1) Introducción: el deseo de una vida plena.

Miércoles, 13 de junio de 2018

Hoy es la fiesta de San Antonio de Padua. ¿Quién de vosotros se llama Antonio?
Un aplauso a todos los “Antonios”. Empezamos hoy un nuevo itinerario de catequesis sobre el tema de los mandamientos, los mandamientos de la ley de Dios. Para introducirlo, partimos del texto recién escuchado: el encuentro entre Jesús y un hombre –un joven– que, de rodillas, le pregunta cómo puede heredar la vida eterna (cfr. Mc 10,17-21). Y en esa pregunta está el reto de toda existencia, también la nuestra: el deseo de una vida plena, infinita. Pero, ¿qué hacer para lograrla? ¿Qué sendero recorrer? ¡Vivir de verdad, vivir una existencia noble! Cuántos jóvenes intentan “vivir” y luego se destruyen yendo tras cosas efímeras.

Algunos piensan que es mejor apagar ese impulso –el impulso de vivir–, porque es peligroso. Me gustaría decir, especialmente a los jóvenes: nuestro peor enemigo no son los problemas concretos, por muy serios y dramáticos que sean: el peligro más grande de la vida es un mal espíritu de adaptación, que no es mansedumbre ni humildad, sino mediocridad, pusilanimidad [1].

¿Un joven mediocre es un joven con futuro o no? ¡No! Se queda ahí, no crece, no tendrá
éxito. ¡La mediocridad o la pusilanimidad! Esos jóvenes que tienen miedo de todo: “No, yo es que soy así…”. Esos jóvenes no saldrán adelante.

¡Mansedumbre, fuerza: nada de pusilanimidad, nada de mediocridad! El Beato Pier Giorgio Frassati   –que era joven–  decía que hay que vivir, no “ir tirando”[2]. Los mediocres van tirando. ¡Vivir con la fuerza de la vida! Hay que pedir al Padre celestial para los jóvenes de hoy el don de la sana inquietud. Porque, en casa, en vuestras casas, en las familias, cuando se ve un joven que está sentado todo el día, a veces la madre y el padre piensan: “Está enfermo, algo le pasa”, y lo llevan
al médico.

La vida del joven es ir adelante, estar inquieto, la sana inquietud, la capacidad de no contentarse con una vida sin belleza, sin color. Si los jóvenes no están hambrientos de vida auténtica, me pregunto, ¿adónde irá la humanidad? ¿Dónde acabará esta humanidad con jóvenes quietos y no inquietos?

La pregunta de aquel hombre del Evangelio que hemos oído está dentro de cada uno de nosotros: ¿cómo se encuentra la vida, la vida en abundancia, la felicidad? Jesús responde: «Ya conoces los mandamientos» (v. 19), y cita una parte del Decálogo. Es un proceso pedagógico, con el que Jesús quiere llevarle a un lugar preciso; porque está claro, por su pregunta, que aquel hombre no tiene la vida plena, busca más, está inquieto. Por tanto, ¿qué debe hacer? Dice: «Maestro,
todo eso lo he guardado desde mi juventud» (v. 20).

¿Cómo se pasa de la juventud a la madurez? Cuando se empiezan a aceptar las propias limitaciones. Se convierte en adulto cuando se relativiza y se es consciente de “lo que falta” (cfr. v. 21). Este hombre está obligado a reconocer que todo lo que puede “hacer” no supera un “techo”, no va más allá de la orilla.

¡Qué hermoso ser hombres y mujeres! ¡Qué preciosa en nuestra existencia! Sin embargo, hay una verdad que, en la historia de los últimos siglos, el hombre ha rechazado con frecuencia, con trágicas consecuencias: la verdad de sus limitaciones.

Jesús, en el Evangelio de hoy, dice algo que nos puede ayudar: «No creáis que he venido a abolir la Ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5,17). El Señor Jesús regala el cumplimiento, vino para eso. Aquel hombre debía llegar al umbral de un salto, donde se abre la posibilidad de dejar de vivir de sí mismo, de las propias obras, de los propios bienes y –precisamente porque falta la vida plena– dejarlo todo para seguir al Señor [3]. Bien visto, en la invitación final de Jesús –inmensa, maravillosa– no está la propuesta de la pobreza, sino de la riqueza, la verdadera: «Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme» (v. 21).

¿Quien, pudiendo elegir entre un original y una copia, escogería la copia? Ese es el reto: encontrar el original de la vida, no la copia. ¡Jesús no ofrece sucedáneos, sino vida verdadera, amor verdadero, riqueza verdadera! ¿Cómo podrán los jóvenes seguirnos en la fe si no nos ven elegir el original, si nos ven adictos a la mediocridad? Es feo encontrar cristianos mediocres, cristianos –me permito la palabra– “enanos”; crecen hasta cierta estatura y luego ya no; cristianos con el corazón encogido, cerrado. Es feo encontrarse eso. Hace falta el ejemplo de alguien que me invite a un “más allá”, a un “más”, a crecer un poco. San Ignacio lo llamaba el “magis”, «el fuego, el fervor de la acción, que sacude a los somnolientos» [4] .

El camino de lo que falta pasa por lo que hay. Jesús no vino para abolir la Ley o los Profetas sino para dar cumplimiento. Debemos partir de la realidad para dar el salto a lo “que falta”.  Debemos escrutar lo ordinario para abrirnos a lo extraordinario.

En estas catequesis tomaremos las dos tablas de Moisés como cristianos, llevándonos de la mano de Jesús, para pasar de las ilusiones de la juventud al tesoro que está en el cielo, caminando tras Él. Descubriremos, en cada una de esas leyes, antiguas y sabias, la puerta abierta por el Padre que está en los cielos, para que el Señor Jesús, que la cruzó, nos conduzca a la vida verdadera.
Su vida. La vida de los hijos de Dios.



VIDA CRISTIANA


[1] Los Padres hablan de pusilanimidad (oligopsychìa). San Juan Damasceno la define como «el
temor de hacer una acción» (Exposición exacta de la fe ortodoxa, II, 15), y San Juan Clímaco añade que «la pusilanimidad es una disposición pueril, en un alma que ya no es joven» (La Escala,  X, 1,2).
[2] Cfr.Carta a Isidoro Bonini, 27-II-1925.

[3] «El ojo fue creado para la luz, el oído para los sonidos, cada cosa para su fin, y el deseo del alma para arrojarse en Cristo» (Nicola Cabasilas,La vida en Cristo, II, 90).
[4] Discurso a la XXXVI Congregación General de la Compañía de Jesús, 24-X-2016: «Se trata de magis, de ese plus que lleva a Ignacio a iniciar procesos, a acompañarles y a valorar su real incidencia en la vida de las personas, en materia de fe, o de justicia, o de misericordia y caridad».

Printfriendly