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Ø Domingo 2º de Cuaresma (2020), Año A. La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los apóstoles ante la proximidad de la Pasión. Nosotros debemos buscar el rostro de Cristo para ser fortalecidos en las pruebas de la vida. Para llegar a la madurez en la fe, paso a paso, también a través del amor y de la fatiga, de la donación, del morir a nosotros mismos. El Señor puede contar con tiempos largos. En el centro de nuestra fe, de nuestra liturgia, de nuestra espiritualidad, debe brillar por encima de todos y de todas las cosas, el rostro de Cristo: él debe ofuscar las «devocionalismos fáciles», debe confundir las degeneraciones de las diversas sectas, debe llevar lejos del oscuro abismo de las supersticiones”.
v
Cfr. 2º Cuaresma A 2020 – 8
de marzo de 2020
Este es mi Hijo amado: escuchadle
Mateo 17, 1-9: 1 Seis días después [de la
primera predición de su Pasión] , Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su
hermano Juan y se los llevó aparte a un
monte alto. 2 Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3 Y se les aparecieron
Moisés y Elías conversando con él. 4 Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a
Jesús: -«Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para
ti, otra para Moisés y otra para Elías.» 5 Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su
sombra, y una voz desde la nube decía: -«Éste
es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido: escuchadle.» 6 Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de
espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: -«Levantaos, no temáis.» Al
alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la
montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del
hombre resucite de entre los muertos.»
1. Explicación
del episodio de la transfiguración (Mt 17, 1-9).
v La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad
fortalecer la fe de los apóstoles ante la proximidad de la Pasión.
a Catecismo
de la Iglesia Católica: la
Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los apóstoles
ante la proximidad de la Pasión.
- n. 568: “La
Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los apóstoles
ante la proximidad de la Pasión: la subida a un «monte alto» prepara la subida
al Calvario. Cristo, Cabeza de la Iglesia, manifiesta lo que su cuerpo contiene
e irradia en los sacramentos: «la esperanza de la gloria» (Colosenses1, 27).
(Cf S. León Magno, serm. 51, 3)”.
Jesús muestra su gloria
divina por un instante
- n. 555:
Por un instante, Jesús muestra su gloria
divina, confirmando así la confesión de
Pedro.
Muestra también
que para «entrar en su gloria» (Lucas 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y
Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña ; la Ley y los profetas habían anunciado los
sufrimientos del Mesías (Cf Lucas 24, 27). La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del
Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios (Cf Is 42, 1). La nube indica la
presencia del Espíritu Santo: «Apareció toda la Trinidad : el Padre en la
voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa» (S. Tomás de A., s.
th. 3, 45, 4, ad 2).
b Algunos discípulos se desconciertan
ante el anuncio de Jesús sobre su pasión y muerte, y ese desconcierto
desaparece cuando participan en la Transfguración.
-
El episodio es narrado
también por Marcos (9, 2-13) y por Lucas (9,28-36). Y también habla de él San
Pedro en su segunda carta (1, 16-18).
Mateo coloca su narración del episodio entre los dos anuncios de la Pasión por parte del Señor
(16, 21-23 y 17, 22-23). Sabemos por el Evangelio que algunos de los discípulos
se sintieron desconcertados y desanimados ante el anuncio que había hecho Jesús sobre su pasión y muerte, antes del episodio de la Transfiguración. Ese
desánimo desaparece cuando participan en la Transfiguración : la Luz de la Gloria les confirmó que Jesús era el Salvador, el Cristo, el
Mesías. La
Transfiguración es un anticipo de la Resurrección.
c La reacción de Pedro ante el anuncio de la
Pasión del Señor
-
Recordemos
la reacción de S. Pedro ante el primer anuncio de la Pasión del Señor (16, 21-23):
«21
Desde entonces
comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y
padecer mucho por causa de los ancianos,
de los príncipes de los sacerdotes y de
los escribas, y ser llevado a muerte y resucitar al tercer día. 22 Pedro,
tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo: «¡Dios te libre, Señor! ¡De
ningún modo ocurrirá eso!» 23 Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Apártate de
mí, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino
la de los hombres.
-
De los sermones de S. León Magno
(400-461), papa (Sermón 51, 3-4.8: PL 54, 312-311.313).
Sin
Duda esta
transfiguración tenía sobre todo la finalidad de quitar del corazón de los
discípulos el escándalo de la cruz, a
fin de que la humillación de la pasión voluntariamente aceptada no perturbara
la fe de aquellos a quienes había sido revelada la excelencia de la dignidad
oculta. Más, con igual providencia, daba al mismo tiempo un fundamento a la
esperanza de la Iglesia ,
ya que todo el cuerpo de Cristo pudo conocer la transformación con que él
también sería enriquecido, y todos sus miembros cobraron la esperanza de
participar en el honor que había resplandecido en la cabeza.
e La
Transfiguración es uno de los misterios de Luz del Rosario.
como uno de los
misterios de Luz, y resalta la misma finalidad del Catecismo, es decir, que los
discípulos se dispongan con la
Transfiguración a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión: “Misterio de
luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en
el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo,
mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo «
escuchen » (cf. Lc 9, 35 par.) y se
dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con
Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu
Santo” (n. 21).
f Jesús
quiere hacer entender a sus discípulos que su Pasión no será la realidad última
de su vida en la tierra, sino una etapa para llegar a la gloria de la
Resurrección.
-
Con el hecho extraordinario de la Transfiguración ,
Jesús quiere hacer entender a sus discípulos que su
Pasión no será la realidad última de su vida en la tierra,
sino una etapa para llegar a la gloria de la Resurrección. Por
ello manifiesta a los discípulos que fueron con El al monte, el misterio de su identidad y de su gloria. Quiere prevenirlos y
fortalecerlos en la fe. A través del
hecho de la transfiguración podían vislumbrar su gloria después de la resurrección. Prefacio Cuaresma 2º domingo: “Porque Cristo
nuestro Señor, después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de
su gloria, para testimoniar, de acuerdo con le ley y los profetas, que la
pasión es el camino de la resurrección”.
v En la Transfiguración Jesús se presenta de un modo diverso.
Con el término
«transfiguración» se quiere decir que Jesús se presenta de modo diverso,
transfigurado, es decir, más allá (trans)
de su aspecto habitual. Ante la imposibilidad de expresar con palabras los
hechos, las sensaciones, las emociones y los sentimientos sobre el hecho
acaecido, el evangelista recurre a imágenes: el rostro de Jesús “se puso
resplandeciente como el sol”, y sus vestidos
se pusieron “blancos como la
luz”. La presentación que se hace, recuerda a Moisés quien se encuentra con
Dios (en un monte, el Sinaí) en medio de la nube (Ex 24, 15-18), que baja del
monte con la piel de su rostro radiante (cfr. Ex 34, 29). La luz es símbolo de
la presencia divina. La transfiguración es manifestación de la divinidad, que
habitualmente estaba escondida detrás de su humanidad.
o Por qué Jesús les ordena que no cuenten a nadie ese episodio.
Nos encontramos también con la
recomendación que el Señor hace a sus discípulos después de la transfiguración:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de
entre los muertos». Es como una orden que encontramos frecuentemente en el
Evangelio después de algún milagro ... Esta actitud de Jesús ha sido interpretada
como un modo de evitar una publicidad superficial con el riesgo de un
malentendido por lo que se refiere a los milagros: no sólo porque Jesús no
quería ser exaltado como un mesías político (recordemos que alguna vez después de un milagro querían hacerlo rey), sino también porque no quería ser confundido
con un curandero o brujo; pero, sobre
todo, porque en el desarrollo de su misión
había etapas, y, una de ellas, era ciertamente el paso por la cruz: esto es lo
que dice el Señor a los discípulos de Emaus: «¡Necios y torpes de corazón para
creer todo lo que anunciaron los Profetas! ¿No era preciso que el Cristo
padeciera estas cosas y así entrara en su gloria?» (Lc 24,26).
o La explicación que da San Pedro en
su segunda Carta.
S. Pedro en su segunda carta se refiere al
hecho de la transfiguración, diciendo que fue testigo que vio con sus ojos “la majestad de
Cristo”, “que recibió de Dios Padre honor y gloria”. 2 Pedro 1, 16-19: “Os
hemos dado a conocer el poder de la venida de nuestro Señor Jesucristo, nos
siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios
ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la
sublime gloria le dirigió esta voz: «Este es mi Hijo muy amado en quien me
complazco». Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con
él en el monte santo. Y tenemos así mejor confirmada la palabra de los
profetas, a la que hacéis bien en prestar atención como a una lámpara que
alumbra en la oscuridad, hasta que alboree el día y el lucero de la mañana
amanezca en vuestros corazones”.
o Aplicación a nuestra vida cristiana: debemos pasar por la cruz
para llegar con Jesús a participar de su gloria.
a) cfr. Maisa Milazzo, Omelie-temi di predicazione, 30
Nuova serie, Ciclo A, p. 37.Sucede lo mismo en nuestra vida cristiana: nos podemos
perder en la búsqueda de soluciones
mágicas o adivinanzas, o bien buscando métodos de persuasión, como si la
evangelización fuese una cuestión de marketing, sin apreciar la madurez en la
fe, paso a paso, también a través del amor y de la fatiga, de la donación, del
morir a nosotros mismos. El Señor puede contar con
tiempos largos ...
b)
De los Sermones de S. León Magno,
ibidem: “A este respecto, el mismo Señor había dicho, refiriéndose a la
majestad de su advenimiento: Los santos
brillarán entonces como el sol en el reino de su Padre (Mt 13,43). Y el
apóstol san Pablo afirma lo mismo, cuando dice: Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un
día se nos descubrirá (Rm 8,18); y también: Porque habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios:
cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, os manifestaréis también
vosotros con él revestidos de gloria (Col 3, 3.4).”
2. Éste es mi
Hijo, el amado, en quien me he complacido: escuchadle (v. 5 del Evangelio)
v En el centro de la fe, de la liturgia y de la espiritualidad, debe
brillar el rostro de Cristo.
Gianfranco Ravasi, Secondo
le Scritture, Anno A, Piemme 1995, p. 69. “En el Evangelio esta
voz resuena con las mismas palabras en tres escenas, dispuestas simétricamente
de modo que constituyen como un hilo conductor narrativo en la existencia
terrena de Cristo. Al inicio (Mt 3), en el bautismo, cuando la voz celeste
proclama la misma declaración sobre Cristo inmerso en las aguas del Jordán. En
el centro del camino terreno de Jesús, en la Transfiguración ,
la voz confirma el misterio que se
oculta en el hombre Jesús, residente en Nazaret y predicador ambulante por los
caminos de Palestina. Al final del Evangelio, cuando Cristo es elevado en la
cruz delante del mundo, un centurión romano será quien proclame el verdadero
secreto de Jesús que había sido anunciado antes desde el cielo: «En verdad éste
era Hijo de Dios» (Mt 27,54). Por tanto, esa voz contiene el Credo que Dios nos revela y que la Iglesia profesa. En el
centro de nuestra fe, de nuestra liturgia, de nuestra espiritualidad, debe brillar por encima de todos y de todas las
cosas, el rostro de Cristo: él debe
ofuscar las «devocionalismos fáciles», debe confundir las degeneraciones
de las diversas sectas, debe llevar lejos del oscuro abismo de las
supersticiones”.
o La contemplación del rostro de Cristo en la Escritura: el
testimonio de los Evangelios es una visión de fe basada en un testimonio
histórico preciso
Juan
Pablo II, Carta Apostólica Novo millennio
ineunte, 6 enero 2001, n. 17: La
contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura
que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio,
señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el
Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: « Ignorar las
Escrituras es ignorar a Cristo mismo » (« Ignoratio
enim Scripturarum ignoratio Christi est »: Comm. in Is., Prol.: PL
24, 17). Teniendo como fundamento la Escritura ,
nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn
15,26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. ibíd., 27), que tuvieron la experiencia
viva de Cristo, la Palabra
de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con
sus manos (cf. 1 Jn 1,1).
Lo que nos ha llegado por medio de ellos es una visión de fe, basada en
un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verdadero que los Evangelios,
no obstante su compleja redacción y con una intención primordialmente
catequética, nos transmitieron de una manera plenamente comprensible (Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum,
sobre la divina revelación, 19).
v A Jesús se llega por la fe. Es necesaria una gracia de «
revelación » que viene del Padre. A la contemplación plena del rostro del Señor
no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia.
o Sólo la experiencia del
silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede
madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de
aquel misterio
Juan
Pablo II, Carta Apostólica Novo millennio
ineunte, 6 enero 2001, nn. 19-20: 19 A Jesús no se llega verdaderamente más que
por la fe, a través de un camino cuyas etapas nos presenta el Evangelio en la
bien conocida escena de Cesarea de Filipo (cf. Mt 16,13-20). A los discípulos, como haciendo un primer balance de
su misión, Jesús les pregunta quién dice la « gente » que es él, recibiendo como
respuesta: « Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías
o uno de los profetas » (Mt 16,14).
Respuesta elevada, pero distante aún —¡y cuánto!— de la verdad. El pueblo llega
a entrever la dimensión religiosa realmente excepcional de este rabbí que habla de manera fascinante,
pero que no consigue encuadrarlo entre los hombres de Dios que marcaron la
historia de Israel. En realidad, ¡Jesús es muy distinto! Es precisamente este
ulterior grado de conocimiento, que atañe al nivel profundo de su persona, lo
que él espera de los « suyos »: « Y vosotros ¿quién decís que soy yo? » (Mt 16,15). Sólo la fe profesada por
Pedro, y con él por la Iglesia
de todos los tiempos, llega realmente al corazón, yendo a la profundidad del
misterio: « Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo » (Mt 16,16).
20. ¿Cómo llegó Pedro a esta
fe? ¿Y qué se nos pide a nosotros si queremos seguir de modo cada vez más
convencido sus pasos? Mateo nos da una indicación clarificadora en las palabras
con que Jesús acoge la confesión de Pedro: « No te ha revelado esto la carne ni
la sangre, sino mi Padre que está en los cielos » (16,17). La expresión « carne
y sangre » evoca al hombre y el modo común de conocer. Esto, en el caso de
Jesús, no basta. Es necesaria una gracia de « revelación » que viene del Padre
(cf. ibíd.). Lucas nos ofrece un dato
que sigue la misma dirección, haciendo notar que este diálogo con los
discípulos se desarrolló mientras Jesús « estaba orando a solas » (Lc 9,18). Ambas indicaciones nos hacen
tomar conciencia del hecho de que a la contemplación plena del rostro del Señor
no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia.
Sólo la experiencia del silencio y de la
oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse
el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio, que tiene
su expresión culminante en la solemne proclamación del evangelista Juan: « Y la Palabra se hizo carne, y
puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe
del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad » (Jn 1,14).
v Un programa para nuestra vida: Cristo mismo, al que hay que
conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con
él la historia.
Juan
Pablo II, Carta Apostólica Novo millennio
ineunte, 6 enero 2001, n 29: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los
días hasta el fin del mundo » (Mt
28,20). Esta certeza, queridos hermanos y hermanas, ha acompañado a la Iglesia durante dos
milenios y se ha avivado ahora en nuestros corazones por la celebración del
Jubileo. De ella debemos sacar un renovado
impulso en la vida cristiana, haciendo que sea, además, la fuerza
inspiradora de nuestro camino. Conscientes de esta presencia del Resucitado
entre nosotros, nos planteamos hoy la pregunta dirigida a Pedro en Jerusalén,
inmediatamente después de su discurso de Pentecostés: « ¿Qué hemos de hacer,
hermanos? » (Hch 2,37).
Nos lo preguntamos con
confiado optimismo, aunque sin minusvalorar los problemas. No nos satisface ciertamente
la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos
de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una
Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo
estoy con vosotros!
No se trata, pues, de inventar
un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el
Evangelio y la Tradición
viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e
imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia
hasta su perfeccionamiento en la
Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los
tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un
verdadero diálogo y una comunicación eficaz».
3. Joseph
Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret: ¡Escuchadlo! pp. 368-369
o
La nube
indicaba la presencia de Dios
Teniendo en cuenta esta panorámica, volvamos de nuevo
al relato de la transfiguración. «Se formó una nube que los cubrió y una voz
salió de la nube: Este es mi Hijo amado; escuchadlo» (Mc9, 7). La nube sagrada,
es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la
presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la
presencia de Dios y desde la cual cubre ahora «con su sombra» también a los
demás. Se repite la escena del bautismo de Jesús, cuando el Padre mismo
proclama desde la nube a Jesús como Hijo: «Tú eres mi Hijo amado, mi preferido»
(Mc 1, 11).
o Un imperativo: ¡escuchadlo!, porque Jesús es la Torà misma [2], la misma palabra divina,
la Torá viviente.
Pero a esta proclamación solemne de la dignidad filial
se añade ahora el imperativo: «Escuchadlo». Aquí se aprecia de nuevo claramente
la relación con la subida de Moisés al Sinaí que hemos visto al principio como
trasfondo de la historia de la transfiguración. Moisés recibió en el monte la Torá , la palabra con la
enseñanza de Dios. Ahora se nos dice, con referencia a Jesús: «Escuchadlo».
Hartmut Gese comenta esta escena de un modo bastante acertado: «Jesús se ha
convertido en la misma Palabra divina de la revelación. Los Evangelios no
pueden expresarlo más claro y con mayor autoridad: Jesús es la Torá misma» (p. 81). Con esto
concluye la aparición: su sentido más profundo queda recogido en esta única
palabra. Los discípulos tienen que volver a descender con Jesús y aprender
siempre de nuevo: «Escuchadlo».
(...) En el
monte experimentan que Jesús mismo es la Torá viviente, toda la Palabra de Dios. En el
monte ven el «poder» (dýnamis) del
reino que llega en Cristo.
4. Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2011
o
El Evangelio de la
Transfiguración del Señor: es la invitación a alejarse del ruido de la vida
diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada
día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde
discierne el bien y el mal (cf. Hebreos 4, 12) y fortalece la voluntad de
seguir al Señor.
·
El
Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la
gloria de Cristo, que
anticipa la
resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana
toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan
«aparte, a un monte alto» (Mateo 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como
hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien
me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la
vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos,
cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu,
donde discierne el bien y el mal (cf. Hebreos 4, 12) y fortalece la voluntad de
seguir al Señor.
Vida Cristiana
[1] Carta Apostólica
«Rosarium Virginis Mariae», 16
octubre 2002
[2] Se llama Pentateuco al conjunto de los cinco primeros
libros de la Biblia :
Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Los judíos (y también con
frecuencia los cristianos) dan a esta obra en cinco partes el nombre de “La Ley ” de Moisés, que en hebreo
es ha-Torah. Fundamentalmente muestra
cómo Dios actuó en la historia humana haciendo que surgiera el pueblo de Israel
y enseña como la respuesta que éste debía dar a Dios. Por tanto, se presenta
como el fundamento de la fe y de la religión de Israel. Esta Ley es, como
enseña san Pablo, el pedagogo que nos lleva a Cristo (cfr. Ga 3, 24-25). “Del Mesías se esperaba que trajera una
nueva Torá, su Torá”. “La «Torá del
Mesías» es totalmente nueva, diferente, pero precisamente por eso «da
cumplimiento» a la Torá
de Moisés”, etc. (vid. Passim “Jesús de Nazaret).
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