sábado, 8 de julio de 2017

Alégrate, canta. (Monseñor Agrelo. Arzobispo de Tánger)

Lo dice el Señor: “Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén”.
Sólo el Señor puede decirlo, pues ese «alégrate» y ese «canta» son imperativos de fiesta para quienes sólo conocen la vulnerabilidad de lo pequeño –Sión, Jerusalén-, la fragilidad de lo femenino –hija de Sión, hija de Jerusalén-, la hostilidad de los poderosos con sus carros, sus caballos y sus arcos guerreros.
Lo dice el Señor a quien ha conocido de cerca, porque las ha sufrido, la injusticia y la humillación: «Alégrate y canta», porque «tu rey viene a ti justo y victorioso».
La profecía lo anunciaba para un futuro tan cierto como la fidelidad de Dios a su palabra.
El evangelio nos los revela ya cumplido en Jesús de Nazaret.
Y tú, en tu eucaristía, lo celebras recordando la profecía, proclamando el evangelio y saliendo gozosamente al encuentro de tu Rey, que viene a ti para ser él mismo tu justicia y tu victoria, tu fiesta y tu descanso.
Él «vino a ti» por la encarnación, pues nació para ti, vivió para ti, murió para ti, resucitó para ti.
Y es él quien ahora te dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.
Él «viene a ti» porque te ama y confía en ti, y te pide que «vayas a él» por la fe, porque te fías de él, porque él te merece confianza-.
Ese «venid a mí», que resuena hoy como súplica humilde en cada asamblea eucarística, evoca el grito de Jesús en el día de su entrega por todos los agobiados: «Tengo sed».

Tengo sed de aliviar vuestro cansancio, tengo sed de quedarme con vuestras heridas, tengo sed de hacerme con vuestras enfermedades, tengo sed de hacer mía vuestra muerte: «Tengo sed», «venid a mí».

LA AUTOSUFICIENCIA Cfr. San Juan Pablo II, Catequesis, Audiencia General del 12 de mayo de 2004



Ø     La falsa esperanza de salvarnos por nosotros mismos, con nuestros propios recursos. Comentario de

Juan Pablo II,  en la Audiencia General del 12 de mayo de 2004, al salmo 29. La tentación de la soberbia y la autosuficiencia, asalta en los tiempos de bienestar. Se debe pedir sin cesar, con humildad, la ayuda de la gracia divina, aunque ya se cuente con ella.


Dios salva de la muerte  Salmo 30/29
1 Salmo. Cántico para la dedicación del templo. De David.
2 Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
3 Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste.
4 Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.
5 Tañed para el Señor, fieles suyos, celebrad el recuerdo de su nombre santo;
6 su cólera dura un instante; su bondad, de por vida; al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo.
7 Yo pensaba muy seguro: «No vacilaré jamás».
8 Tu bondad, Señor, me aseguraba el honor y la fuerza; pero escondiste tu rostro, y quedé desconcertado.
9 A ti, Señor, llamé, supliqué a mi Dios:
10 «¿Qué ganas con mi muerte, con que yo baje a la fosa?
¿Te va a dar gracias el polvo, o va a proclamar tu lealtad?
11 Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme».
12 Cambiaste mi luto en danzas, me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;
13 te cantará mi alma sin callarse. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

LA AUTOSUFICIENCIA


v     Cfr. San Juan Pablo II, Catequesis, Audiencia General del 12 de mayo de 2004


1. El orante eleva a Dios, desde lo más profundo de su corazón, una intensa y ferviente acción de gracias porque lo ha librado del abismo de la muerte. Ese sentimiento resalta con fuerza en el salmo 29, que acaba de resonar no sólo en nuestros oídos, sino también, sin duda, en nuestro corazón. 
Este himno de gratitud revela una notable finura literaria y se caracteriza por una serie de contrastes que expresan de modo simbólico la liberación alcanzada gracias al Señor. Así, "sacar la vida del abismo" se opone a "bajar a la fosa" (cf.v. 4); la "bondad de Dios de por vida" sustituye su "cólera de un instante" (cf. v. 6); el "júbilo de la mañana" sucede al "llanto del atardecer" (ib.); el "luto" se convierte en "danza" y el triste "sayal" se transforma en "vestido de fiesta" (v. 12). 
Así pues, una vez que ha pasado la noche de la muerte, clarea el alba del nuevo día. Por eso, la tradición cristiana ha leído este salmo como canto pascual. Lo atestigua la cita inicial, que la edición del texto litúrgico de las Vísperas toma de un gran escritor monástico del siglo IV, Juan Casiano:  "Cristo, después de su gloriosa resurrección, da gracias al Padre". 

2. El orante se dirige repetidamente al "Señor" -por lo menos ocho veces- para anunciar que lo ensalzará (cf. vv. 2 y 13), para recordar el grito que ha elevado hacia él en el tiempo de la prueba (cf. vv. 3 y 9) y su intervención liberadora (cf. vv. 2, 3, 4, 8 y 12), y para invocar de nuevo su misericordia (cf. v. 11). En otro lugar, el orante invita a los fieles a cantar himnos al Señor para darle gracias (cf. v. 5). 
Las sensaciones oscilan constantemente entre el recuerdo terrible de la pesadilla vivida y la alegría de la liberación. Ciertamente, el peligro pasado es grave y todavía causa escalofrío; el recuerdo del sufrimiento vivido es aún nítido e intenso; hace muy poco que el llanto se ha enjugado. Pero ya ha despuntado el alba de un nuevo día; en vez de la muerte se ha abierto la perspectiva de la vida que continúa. 

La tentación de la soberbia y la autosuficiencia

v     Nunca debemos dejarnos arrastrar por la oscura tentación de la desesperación, aunque parezca que todo está perdido

o     Ciertamente, tampoco hemos de caer en la falsa esperanza de salvarnos por nosotros mismos, con nuestros propios recursos.



3. De este modo, el Salmo demuestra que nunca debemos dejarnos arrastrar por la oscura tentación de la desesperación, aunque parezca que todo está perdido. Ciertamente, tampoco hemos de caer en la falsa esperanza de salvarnos por nosotros mismos, con nuestros propios recursos. En efecto, al salmista le asalta la tentación de la soberbia y la autosuficiencia: "Yo pensaba muy seguro: "No vacilaré jamás"" (v. 7). 
Los Padres de la Iglesia comentaron también esta tentación que asalta en los tiempos de bienestar y vieron en la prueba una invitación de Dios a la humildad. Por ejemplo, san Fulgencio, obispo de Ruspe (467-532), en su Carta 3, dirigida a la religiosa Proba, comenta el pasaje del Salmo con estas palabras: "El salmista confesaba que a veces se enorgullecía de estar sano, como si fuese una virtud suya, y que en ello había descubierto el peligro de una gravísima enfermedad. En efecto, dice: "Yo pensaba muy seguro: No vacilaré jamás". Y dado que al decir eso había perdido el apoyo de la gracia divina, y, desconcertado, había caído en la enfermedad, prosigue diciendo: "Tu bondad, Señor, me aseguraba el honor y la fuerza; pero escondiste tu rostro, y quedé desconcertado". Asimismo, para mostrar que se debe pedir sin cesar, con humildad, la ayuda de la gracia divina, aunque ya se cuente con ella, añade: "A ti, Señor, llamé; supliqué a mi Dios". Por lo demás, nadie eleva oraciones y hace peticiones sin reconocer que tiene necesidades, y sabe que no puede conservar lo que posee confiando sólo en su propia virtud" (Lettere di San Fulgenzio di Ruspe, Roma 1999, p. 113). 


4. Después de confesar la tentación de soberbia que le asaltó en el tiempo de prosperidad, el salmista recuerda la prueba que sufrió a continuación, diciendo al Señor: "Escondiste tu rostro, y quedé desconcertado" (v. 8).
El orante recuerda entonces de qué manera imploró al Señor (cf. vv. 9-11):  gritó, pidió ayuda, suplicó que le librara de la muerte, aduciendo como razón el hecho de que la muerte no produce ninguna ventaja a Dios, dado que los muertos no pueden ensalzarlo y ya no tienen motivos para proclamar su fidelidad, al haber sido abandonados por él. 
Volvemos a encontrar esa misma argumentación en el salmo 87, en el cual el orante, que ve cerca la muerte, pregunta a Dios: "¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia o tu fidelidad en el reino de la muerte?" (Sal 87, 12). De igual modo, el rey Ezequías, gravemente enfermo y luego curado, decía a Dios: "Que el seol no te alaba ni la muerte te glorifica (...). El que vive, el que vive, ese te alaba" (Is 38, 18-19). 
Así expresaba el Antiguo Testamento el intenso deseo humano de una victoria de Dios sobre la muerte y refería diversos casos en los que se había obtenido esta victoria: gente que corría peligro de morir de hambre en el desierto, prisioneros que se libraban de la condena a muerte, enfermos curados, marineros salvados del naufragio (cf. Sal 106, 4-32). Sin embargo, no se trataba de victorias definitivas. Tarde o temprano, la muerte lograba prevalecer. 
La aspiración a la victoria, a pesar de todo, se ha mantenido siempre y al final se ha convertido en una esperanza de resurrección. La satisfacción de esta fuerte aspiración ha quedado garantizada plenamente con la resurrección de Cristo, por la cual nunca daremos gracias a Dios suficientemente.



Vida Cristiana

14 domingo tiempo ordinario Ciclo A 9 de julio 2017




Ø     14 domingo del tiempo ordinario, Ciclo A (2017). La infancia espiritual es la adhesión total a Dios con confianza. Jesús propone el verdadero «pequeño» en nuestra civilización en la que se exalta al adulto “rampante o trepador” y arrogante, privado de escrúpulos y de moral. La infancia espiritual es la actitud que ve en toda circunstancia a Dios Padre, que se revela en Jesús como una invitación a estar de acuerdo con el cumplimiento de su voluntad, y equivale a alcanzar la madurez cristiana.   «Pequeño» se convierte en una expresión simbólica eficaz de la adhesión total a Dios en la confianza. No tanto por la supuesta «inocencia» del niño, que, en realidad, es siempre una criatura limitada, egoísta, prepotente, una miniatura del adulto, sino en tanto en cuanto el pequeño pone su mano con confianza en la mano de su padre.


v     Cfr. 14 domingo tiempo ordinario Ciclo A  9 de julio 2017

Zacarías 9, 9-10; Salmo 144; Romanos 8, 9.11-13; Mateo 11, 25-30
Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno A, Piemme  3 edizione novembre
1995, XIV domenica pp. 201-205

Mateo 11, 25-30: En aquel tiempo, exclamó Jesús: 25-«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla (a los pequeños).  26 Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. 27 Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 28 Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. 29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis vuestro descanso. 30 Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

1 Introducción: la infancia espiritual; la gente sencilla, los pequeños


v     La infancia espiritual.

            Cfr. G. Ravasi o.c. pp. 203-205

«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra,
porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos
y las has revelado a la gente sencilla» [a los pequeños].
(Mateo 11,25)

o     La infancia espiritual es la adhesión total a Dios con confianza.

·         Cfr. G. Ravasi o.c. pp. 203-205: “Para nuestra reflexión, escogemos una sola  palabra,
que en la traducción suena  como «pequeños», en el griego original nèpioi, los destinatarios
privilegiados de la revelación de Jesús. Este vocablo inaugura ese filón de oro de la
espiritualidad cristiana que  lleva el nombre de «infancia espiritual» y que tiene su origen en
esa joya que es el salmo 131/130: «Como un niño en el regazo de su madre, como niño
satisfecho está mi alma»[1]. No se trata del abandono irracional y ciego como el del recién
nacido tranquilo y saciado después de haber mamado la leche del seno de su madre. En
efecto, el texto habla de un «niño destetado», probablemente llevado sobre la espaldas de su
madre, según el uso oriental. Ahora bien, en Oriente el destete oficial tenía lugar muy tarde,
alrededor de los tres años, y daba la ocasión para una gran fiesta de la tribu”.

o     «Pequeño» se convierte en una expresión simbólica eficaz de la adhesión total a Dios en la confianza. No tanto por la supuesta «inocencia» del niño, que, en realidad, es siempre una criatura limitada, egoísta, prepotente, una miniatura del adulto, sino en tanto en cuanto el pequeño pone su mano con confianza en la mano de su padre.

·         El niño, por tanto, es la criatura ligada a su madre por una relación consciente de  intimidad
que no es equiparable  a la simple necesidad fisiológica y al vínculo solamente generador. Bajo esta luz, «pequeño» se convierte en una expresión simbólica eficaz de la adhesión total a Dios en la confianza. Bajo esta luz, Jesús lo propone como modelo y no tanto por la supuesta «inocencia» del niño, que, en realidad, es siempre una criatura limitada, egoísta, prepotente, una miniatura del adulto, sino en tanto en cuanto el pequeño pone su mano con confianza en la mano de su padre y acoge todos sus dones y palabras. Por esto, si no os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos (Mateo 18,3).

o     «Pequeño» es sinónimo de «pobre», cuya única fuerza y sostén están en Dios.

·        Por tanto, «pequeño» se convierte en sinónimo de otra palabra clásica en la Biblia, los
«pobres», es decir, aquellos cuya única fuerza y sostén están en  Dios. A ellos es predicada la  «buena noticia» (Cf. Mt 11,5), y es a ellos a quienes está destinada la bienaventuranza sobre el Reino de los cielos (Mt 5,3).  Ya Isaías presentaba la antítesis  a  la que Jesús se refirió en su oración entre «pequeños»  y «sabios e inteligentes»: «Perecerá la sabiduría de los sabios y la prudencia de los prudentes quedará oculta ... Los humildes aumentarán su alegría en el señor, y los más pobres exultarán en el Santo de Israel» 29, 14.19). 

o     El verdadero discípulo es aquel que se abandona en Dios, descartando los cálculos, los intereses  mezquinos, los egoísmos, la altanería, la prepotencia, la violencia.

                        El verdadero discípulo es aquel que se abandona en Dios, descartando los cálculos, los intereses  mezquinos, los egoísmos, la altanería, la prepotencia, la violencia. (...) En el Oriente Antiguo, el niño no tenía todavía personalidad jurídica, era casi inexistente, un objeto; pues bien, Jesús lo transforma en un emblema para nosotros los adultos, invitándonos a ser «pequeños» para ser verdaderamente «grandes». Jesús nos invita, incluso, a usar el lenguaje sencillo y espontáneo de los niños cuando nos dirigimos a Dios: Abbá en aramaico significa,  como es sabido, «papá» y está en la raíz del original del Padre nuestro. Jesús nos invita a tener la transparencia y la confianza del pequeño para «conocer» verdaderamente al Padre: las elucubraciones de los sabios empalidecen, se paran ante la frontera del misterio, se transforman en especulaciones áridas y orgullosas. Es necesario pedir la sabiduría del corazón, el don que facilita penetrar en las «cosas escondidas», es decir, en el misterio de Dios”.

o    Jesús propone el verdadero «pequeño» en nuestra civilización en la que se exalta al adulto “rampante o trepador” y arrogante, privado de escrúpulos y de moral.  

En esta civilización en la que se exalta al adulto “rampante o trepador” y
arrogante, privado de escrúpulos y de moral, que pervierte al niño haciéndolo cada vez más egoísta y prepotente, incapaz de jugar auténticamente, de vivir el estupor propio de  su infancia, la oración de Jesús nos propone el verdadero «pequeño» que deberá ser el modelo de su discípulo.  Y si hemos perdido la infancia, recordemos lo que afirmaba el escritor francés Bernanos: «La infancia puede ser reconquistada por todos, pero sólo por medio de la santidad». La figura de Teresa de Lisieux es casi la síntesis de los miles y miles de discípulos de Cristo que han recorrido el camino de la sencillez, de la confianza y de la infancia espiritual Por esto nosotros repetimos hoy la conocida oración de P.L. De Grandmaison: «Santa Madre de Dios, conserva en mí un corazón de niño, puro y transparente como un manantial». 

2. La naturalidad y la sencillez hacen al hombre capaz de recibir el mensaje de Cristo.

·          Se dice que es sencilla la persona de carácter no complicado, exenta de artificio, que carece
de ostentación, que expresa naturalmente los conceptos y que, sin doblez ni engaño, dice lo que siente. Es la persona sin malicia. Los «sabios» y los «entendidos» en el contexto de este evangelio son los “maestros de la ley y los fariseos, que conocen la ley de Moisés, pero han rechazado a Jesús; en cambio los «sencillos» han sabido recibir la revelación de Jesús y la han acogido”.
·         Amigos de Dios, 90: “La naturalidad y la sencillez son dos maravillosas virtudes
humanas, que hacen al hombre capaz de recibir el mensaje de Cristo. Y, al contrario, todo lo enmarañado, lo complicado, las vueltas y revueltas en torno a uno mismo, construyen un muro que impide con frecuencia oír la voz del Señor. Recordad lo que Cristo echa en cara a los fariseos: se han metido en un mundo retorcido que exige pagar diezmos de la hierbabuena, del eneldo y del comino, abandonando las obligaciones más esenciales de la ley, la justicia y la fe; se esmeran en colar todo lo que beben, para que no pase ni un mosquito, pero se tragan un camello. (Cf. Mateo 23, 23-24)”.
·         Está clara en el Evangelio de hoy la intención de Jesús  de ayudarnos para sacar adelante los
problemas y dificultades  de la vida. “Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados ….”.  Pero para recibir esa ayuda, se requiere, por nuestra parte, que no nos consideremos autosuficientes [2], en el sentido de presuntuosos o engreídos.
            Nuestra existencia tiene un valor  inconmensurable, porque es objeto del amor del Señor. Pero no se trata de vivir con autosuficiencia (que traiciona tarde o temprano), sino de  conocer la grandeza de nuestra condición/vocación: el ser humano es «la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma» (Conc. Vat. II,  Const. Gaudium et spes, n. 24). Creado a su imagen y semejanza, está llamado a llevar a plenitud esta imagen al identificarse cada vez más con Cristo por la acción de la gracia. “Habéis sino rescatados (…) no con bienes corruptibles, plata u oro, sino con la sangre preciosa de Cristo” ( 1 Pedro 1, 18-19). 
Es buena la  autoestima que crece al amparo de la humildad, “virtud que nos ayuda a conocer,
simultáneamente, nuestra miseria y nuestra grandeza” (Cfr. Amigos de Dios, 94), que permite conocernos como somos, e impulsa a buscar a Dios y sus dones, y el apoyo de los demás.

3. La oración de Jesús  como “adhesión amorosa de su corazón de hombre al misterio de  la voluntad del Padre”.

·        Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2603: Los evangelistas han conservado las dos
oraciones más explícitas de Cristo durante su ministerio. Cada una de ellas comienza precisamente con la acción de gracias. En la primera (Cf Mateo 11, 25-27 y Lucas 10, 21-23), Jesús confiesa al Padre, le da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios del Reino a los que se creen doctos y los ha revelado a los «pequeños» (los pobres de las Bienaventuranzas). Su conmovedor «¡Sí, Padre!» expresa el fondo de su corazón, su adhesión al querer del Padre, que fue un eco del «Fiat» de su Madre en el momento de su concepción y que preludia lo que dirá al Padre en su agonía. Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al «misterio de la voluntad» del Padre (Efesios  1, 9).
           

4. La infancia espiritual es la actitud que ve en toda circunstancia a Dios Padre que se revela en Jesús como una invitación a estar de acuerdo con el cumplimiento de su voluntad, y equivale a alcanzar la madurez cristiana.

Cfr. El Señor, Ed. Cristiandad, 2ª ed. 2005, pp. 328-334

v     Pero para poder llegar a esto hay que transformar todo lo que ocurre en la vida; del mero aherrojamiento en la existencia ha de surgir la sabiduría; del azar ha de brotar el amor.

·         “La infancia a la que se refiere Jesús es una apertura que responde a la paternidad de
Dios. Para el niño todo tiene relación con su padre y con su madre. Todo pasa por ellos. Están en todas partes. Son origen, norma y orden. Para el adulto, «padre y madre desparecen». Todo es mundo incoherente, hostil, complicado. Desaparecen el padre y la madre, y todo queda huérfano. Para el que se hace como niño surge un alguien paternal en todas partes: el Padre del cielo. Ciertamente, éste no puede ser un padre terrenal sobrehumano, sino el auténtico «Padre nuestro y del Señor Jesucristo» (1 Corintios 1,3), el que se revela en las palabras de Jesús como una invitación a estar de acuerdo con el cumplimiento de su voluntad.
            La infancia espiritual es la actitud que ve en toda circunstancia al Padre del cielo. Pero para poder llegar a esto hay que transformar todo lo que ocurre en la vida; del mero aherrojamiento en la existencia ha de surgir la sabiduría; del azar ha de brotar el amor. En realidad, esto es difícil; es «vencer al mundo» (1 Juan 5,4). Por consiguiente, hacerse niño en el sentido que Jesús dice equivale a alcanzar la madurez cristiana.”

5. La infancia espiritual, ser como niños, para recibir el consuelo de Dios.

     Papa Francisco, Homilía, en el Estadio M. Meskgi, Tiflis (Georgia), 1 de octubre de 2016

v     El consuelo que necesitamos, en medio de las vicisitudes turbulentas de la vida, es la presencia de Dios en el corazón.

o     Si queremos ser consolados, tenemos que dejar que el Señor entre en nuestra vida.

El consuelo que necesitamos, en medio de las vicisitudes turbulentas de la vida, es la presencia de Dios en el corazón. Porque su presencia en nosotros es la fuente del verdadero consuelo, que permanece, que libera del mal, que trae la paz y acrecienta la alegría. Por lo tanto, si queremos ser consolados, tenemos que dejar que el Señor entre en nuestra vida. Y para que el Señor habite establemente en nosotros, es necesario abrirle la puerta y no dejarlo fuera. Hay que tener siempre abiertas las puertas del consuelo porque Jesús quiere entrar por ahí: por el Evangelio leído cada día y llevado siempre con nosotros, la oración silenciosa y de adoración, la Confesión y la Eucaristía. A través de estas puertas el Señor entra y hace que las cosas tengan un sabor nuevo. Pero cuando la puerta del corazón se cierra, su luz no llega y se queda a oscuras. Entonces nos acostumbramos al pesimismo, a lo que no funciona bien, a las realidades que nunca cambiarán. Y terminamos por encerrarnos dentro de nosotros mismos en la tristeza, en los sótanos de la angustia, solos. Si, por el contrario, abrimos de par en par las puertas del consuelo, entrará la luz del Señor.

v     Pero Dios no nos consuela sólo en el corazón.

o     Cuando estamos unidos, cuando hay comunión entre nosotros obra el consuelo de Dios.

§         Podemos preguntarnos: Yo, que estoy en la Iglesia, ¿soy portador del consuelo de Dios? ¿Sé acoger al otro como huésped y consolar a quien veo cansado y desilusionado?
No está bien que nos acostumbremos a un «microclima» eclesial cerrado, es bueno que compartamos horizontes de esperanza amplios y abiertos, viviendo el entusiasmo humilde de abrir las puertas y salir de nosotros mismos.
Pero Dios no nos consuela sólo en el corazón; por medio del profeta Isaías, añade: «En Jerusalén seréis consolados» (66,13). En Jerusalén, en la comunidad, es decir en la ciudad de Dios: cuando estamos unidos, cuando hay comunión entre nosotros obra el consuelo de Dios. En la Iglesia se encuentra consuelo, es la casa del consuelo: aquí Dios desea consolar. Podemos preguntarnos: Yo, que estoy en la Iglesia, ¿soy portador del consuelo de Dios? ¿Sé acoger al otro como huésped y consolar a quien veo cansado y desilusionado? El cristiano, incluso cuando padece aflicción y acoso, está siempre llamado a infundir esperanza a quien está resignado, a alentar a quien está desanimado, a llevar la luz de Jesús, el calor de su presencia y el alivio de su perdón. Muchos sufren, experimentan pruebas e injusticias, viven preocupados. Es necesaria la unción del corazón, el consuelo del Señor que no elimina los problemas, pero da la fuerza del amor, que ayuda a llevar con paz el dolor. Recibir y llevar el consuelo de Dios: esta misión de la Iglesia es urgente. Queridos hermanos y hermanas, sintámonos llamados a esto; no a fosilizarnos en lo que no funciona a nuestro alrededor o a entristecernos cuando vemos algún desacuerdo entre nosotros. No está bien que nos acostumbremos a un «microclima» eclesial cerrado, es bueno que compartamos horizontes de esperanza amplios y abiertos, viviendo el entusiasmo humilde de abrir las puertas y salir de nosotros mismos.

Vida Cristiana





[1]  Libros poéticos y sapienciales, Eunsa 2001, Salmo 131, 2: “La palabra hebrea traducida por «niño» indica un niño de unos dos o tres años, ya destetado, que tiene conciencia de la seguridad que encuentra en su madre. Del mismo modo permanece tranquilo el orante”.
2. Cfr. Juan Pablo II,  Audiencia General del 12 de mayo de 2004, comentario al salmo 29.

viernes, 7 de julio de 2017

Epifanía 2010. En los Magos se reflejan todos aquellos que - en la peregrinación de la propia vida - no se contentan con su pequeño horizonte y con soluciones modestas sino que se ponen en camino para ir más allá, arriesgando, esperando, interrogándose. La epifanía debería ser el día en el que las criaturas encontramos la estrella interior que lleva al descubrimiento del Señor en nuestra existencia; pedimos al Señor que nos ayude para descubrir los signos mesiánicos, la estrella de cada uno. Los Reyes Magos nos enseñan que la fe no es una ideología, sino una actitud de búsqueda sincera, que exige abandonar las comodidades domésticas del propio pensar, para recorrer los caminos desconcertantes que llevan a Dios, que se manifiesta en la sencillez maravillosa de un recién nacido.



1 Epifanía 2010. En los Magos se reflejan todos aquellos que - en la peregrinación de la propia vida - no se contentan con su pequeño horizonte y con soluciones modestas sino que se ponen en camino para ir más allá, arriesgando, esperando, interrogándose. La epifanía debería ser el día en el que las criaturas encontramos la estrella interior que lleva al descubrimiento del Señor en nuestra existencia; pedimos al Señor que nos ayude para descubrir los signos mesiánicos, la estrella de cada uno. Los Reyes Magos nos enseñan que la fe no es una ideología, sino una actitud de búsqueda sincera, que exige abandonar las comodidades domésticas del propio pensar, para recorrer los caminos desconcertantes que llevan a Dios, que se manifiesta en la sencillez maravillosa de un recién nacido. Cfr. Epifanía 6 de enero de 2010 Ciclo C Mateo 2, 1-12 “Hace pocos días hemos celebrado el nacimiento del Señor; hoy, en cambio, celebramos, con solemnidad no menos merecida, su primera manifestación a los gentiles. En aquel día lo vieron recién nacido los pastores judíos; hoy lo adoraron los Magos llegados de Oriente” (San Agustín, predicación en la fiesta de la Epifanía). Isaías 60, 1-6- La gloria del Señor amanece sobre ti! ¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor. Salmo responsorial - Sal 71, 1-2. 7-8. 10-11. 12-13 (R.: cf. 11) - R. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra. Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud. R. Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.R. Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan. R. Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres. R. Efesios 3, 2-3a. 5-6 - Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos de la promesa Hermanos: Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio. Aleluya Mt 2, 2 - Hemos visto salir su estrella y venimos a adorar al Señor. Mateo 2, 1-12: Venimos de Oriente a adorar al Rey. Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: -« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.» Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: -«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: "Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel."» Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: -«Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino. 1. De los sermones de san León Magno (390-461), papa: los Magos que buscan a Jesús, al no ser judíos, son los primeros de los gentiles (paganos) que recibirán la salvación en Cristo. o Sermón 3 en la Epifanía del Señor, 1-3. 5: PI, 54, 240) • La misericordiosa providencia de Dios, que ya había decidido venir en los últimos tiempos en ayuda del mundo que perecía, determinó de antemano la salvación de todos los pueblos en Cristo. De estos pueblos se trataba en la descendencia innumerable que fue en otro tiempo prometida al santo patriarca Abrahán, descendencia que no sería engendrada por una semilla de carne, sino por la fecundidad de la fe, descendencia comparada a la multitud de las estrellas, para quien de este modo el padre de todas las naciones esperara una posteridad no terrestre, sino celeste. Así pues, que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán, a la cual renuncian los hijos según la carne. Que todas las 2 naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel. (cfr. Sal 75,2) Instruidos en estos misterios de la gracia divina, queridos míos, celebremos con gozo espiritual el día que es de nuestras primicias y aquél en que comenzó la salvación de los paganos. Demos gracias al Dios misericordioso quien, según palabras del Apóstol, nos ha hecho capaz de compartir la herencia del pueblo santo en la luz; él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido (Col 1, 12-13). Porque, como profetizó Isaías, el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló (cfr. Is 9,1). También a propósito de ellos dice el propio Isaías al Señor: Naciones que no te conocían te invocarán, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti (Is 55,5).. (…) 2. Jesús es el Mesías, un rey “a la manera de un nuevo y más grande David, en el que se han cumplido las profecías”: (cfr. S. Biblia, Nuevo Testamento, Eunsa, Mateo 2,1-12) o a) La estrella: es símbolo del rey mesiánico; en el Apocalipsis: Cristo es “la estrella de la mañana”, La estrella es símbolo de la luz que, a su vez, es símbolo de la Navidad. • Números 24, 17: (Oráculo de Balaan, hijo de Beor:) “Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso pero no de cerca; de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel”. Biblia de Jerusalén: “La estrella es en el antiguo Oriente signo de un dios; de ahí pasó a ser signo de un rey divinizado. Véase igualmente Isaías 14,12. Este término parece evocar aquí la monarquía davídica y, para el futuro, al Mesías.” • La estrella es símbolo del rey mesiánico y el Apocalipsis llama a Cristo «estrella de la mañana»: - 2,26.28: «Al vencedor, al que se mantenga fiel a mis obras hasta el fin, le daré poder sobre las naciones. Yo también lo he recibido de mi Padre. Y le daré el Lucero del alba». Biblia de Jerusalén Ap 2, 28: “Al poder (Números 24,17; Isaías 14,12), se añade en el simbolismo de la estrella la glorificación del cristiano por el Señor Jesús (22,16) (ver 1,5+; Hechos 2,36+; Romanos 1,4+). El tema se ha mantenido en el Exultet de la vigilia Pascual”. - 22,16: «Yo, Jesús, he enviado a mi Angel para daros testimonio de lo referente a las Iglesias. Yo soy el Retoño y el descendiente de David, el Lucero radiante del alba.». o b) La ciudad de Belén, en la que nace. (Lugar de origen del rey David) • Miqueas 5,1: “En cuanto a ti, Belén Efratá, la menor entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser el gobernador de Israel; sus orígenes son antiguos, desde tiempos remotos”. Biblia de Jerusalén: “ (...) Los evangelistas reconocerán en «Belén de Efratá» la designación del lugar del nacimiento del Mesías”. La estrella nos habla de la luz, símbolo de la Navidad. La epifanía debería ser el día en el que las criaturas encontramos la estrella interior que lleva al descubrimiento del Señor en nuestra existencia. • Gian Franco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno B, IV edizione settembre 1996, Epifania del Signore, pp. 57-58: “La Epifanía, precisamente porque es la celebración de una revelación de la luz divina, debería ser el día en el que el creyente reencuentra su estrella interior y llega a contemplar, plenamente - como los Magos -, a su Señor. La meditación, la oración de alabanza, la contemplación de la presencia de Dios entre nosotros y entre nuestras oscuridades, alimentan la paz y la alegría del espíritu. La inmersión más frecuente en la luz de Dios y de su palabra se convierte en fuente de luz en nosotros mismos, y nos lleva a abandonar las pobres lámparas de nuestros cálculos, de nuestros pequeños proyectos y de las mezquinas decisiones. La luz de Dios es dulce y se adapta a los ojos enfermos e inciertos como los del hombre pecador. Agustín afirma que el período natalicio cae en invierno cuando el sol es más débil, precisamente para que la luz de Cristo pueda adaptarse a nuestros ojos débiles como signo de delicadeza y de amor”. • Gian Franco Ravasi o.c. pp. 60-61: “Hay un escrito muy bello del escritor francés A. de St. Exupéry que denuncia la tragedia de quien no sabe buscar el sentido profundo de la historia y de la vida, la figura secreta que da sentido a acciones diversas y múltiples, monótonas y fatuas: Y trabajan en el aburrimiento. No les falta nada, excepto el nudo divino que liga todas las cosas. Y falta todo. Los Magos encontraron en la respuesta modelada por la Palabra de Dios, que se expresaba por medio del profeta Miqueas, ese «nudo divino» que pone juntos los fragmentos dispersos de la vida. Entonces todo 3 adquiere sabor, todo da serenidad, todo es afrontado con ánimo, también la persecución, también la «vuelta a su tierra» [cfr. Los Magos, Mateo 2, 12], es decir, a la existencia cotidiana. Pablo, en su discurso en el Areópago ateniense, había dicho: “Dios fijó las edades de su historia y los límites de los lugares en que los hombres habían de vivir, para que buscasen a Dios, a ver si al menos a tientas lo encontraban, aunque no está lejos de cada uno de nosotros” (Hechos 17, 26-27). También hoy los hombres pedimos que el Señor, con su gracia, nos ayude para estar vigilantes y descubrir los signos mesiánicos, la estrella de cada uno. • También hoy los hombres pedimos que el Señor, con su gracia, nos ayude para estar vigilantes y descubrir los signos mesiánicos, la estrella de cada uno. Y descubriremos que los ciegos recuperan la luz de la fe y de la esperanza cuando se ponen en contacto con la Palabra de Dios; descubriremos que los cojos espirituales se alzan y caminan, dejando el lecho de muerte en el que vivían cuando se ponen en contacto con el Señor por medio de la vida sacramental; descubriremos que hay prisioneros de sí mismos, prisioneros del mal o de otros hombres que se liberan de las cadenas del pecado que es siempre esclavitud. o c) la sumisión a Dios de los reyes de la tierra que ofrecen sus dones y le adoran. • Isaías, 49,23: “Reyes serán tus tutores, y sus princesas, nodrizas tuyas. Rostro en tierra se postrarán ante ti, y el polvo de tus pies lamerán”. • Isaías 60,5-6: “Tú entonces al verlo te pondrás radiante, se estremecerá y se ensanchará tu corazón, porque vendrán a ti los tesoros del mar, las riquezas de las naciones vendrán a ti. Un sin fin de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos de Sabá vienen llevando oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahvé.” Biblia de Jerusalén, 60,6: “Los tesoros del mar vienen del Oeste, en barcos fenicios o griegos; las riquezas del Oriente y de Egipto llegan del desierto de Siria y del Sinaí en caravanas. Madián, Efá y Sabá son pueblos de Arabia (ver 45,14; Génesis 25, 1-4). – La alusiones a los tesoros del Oriente y la perspectiva universalista de 60,6 han llevado a la liturgia a aplicar este texto al msterio de la Epifanía”. o d) La Epifanía según el Catecismo: la Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo, a unos «magos» (los «gentiles», de los que habla San Pablo en la Carta a los Efesios, 3.2-3.5- 6) que representan a las religiones paganas de pueblos vecinos a Israel. • n. 528: La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús en el Jordán y las bodas de Caná (Cf LH, Antífona del Magníficat de las segundas vísperas de Epifanía), la Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos «magos» venidos de Oriente (Cf Mt 2, 1). En estos «magos», representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para «rendir homenaje al rey de los judíos» (Mateo 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David (Cf Números 24, 17; Apocalipsis 22, 16), al que será el rey de las naciones (Cf Números 24, 17-19). Su venida significa que los gentiles no pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia los judíos (Cf Juan 4, 22) y recibiendo de ellos su promesa mesiánica tal como está contenida en el Antiguo Testamento (Cf Mateo 2, 4-6). La Epifanía manifiesta que «la multitud de los gentiles entra en la familia de los patriarcas» (S. León Magno, serm. 23) y adquiere la «israelitica dignitas» (la dignidad israelítica) (MR, Vigilia pascual 26: oración después de la tercera lectura). La revelación es aceptada por quienes buscan con corazón sincero, por quienes arriesgan y esperan. • Gian Franco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno B, IV edizione settembre 1996, Epifania del Signore, p. 60: “La epifanía es una revelación que es reconocida no tanto por los miembros del pueblo de la Alianza – Mateo subraya que toda Jerusalén se sobresaltó con Herodes - sino por hombres que buscan con corazón sincero como los Magos. En ellos se reflejan todos aquellos que no se contentan con su pequeño horizonte y con soluciones modestas sino que se ponen en camino para ir más allá, arriesgando, esperando, interrogándose. No les bloquean los obstáculos, no les dan miedo las oscuridades temporales, no se desaniman por las respuestas reticentes. Y al final, como escribe Mateo, “se llenaron de inmensa alegría y vieron al niño con María, su madre”. Han llegado a la meta, han encontrado el objeto de la vida, la búsqueda ha sido premiada”. Para aceptar la estrella (la revelación) debemos estar abiertos a la verdad. 4 • Benedicto XVI, Homilía en la Epifanía del 2007: "Hemos visto su estrella en oriente y venimos a adorarlo" (Aleluya, cf. Mt 2, 2). Lo que nos maravilla siempre, al escuchar estas palabras de los Magos, es que se postraron en adoración ante un simple niño en brazos de su madre, no en el marco de un palacio real, sino en la pobreza de una cabaña en Belén (cf. Mt 2, 11). ¿Cómo fue posible? ¿Qué convenció a los Magos de que aquel niño era "el rey de los judíos" y el rey de los pueblos? Ciertamente los persuadió la señal de la estrella, que habían visto "al salir", y que se había parado precisamente encima de donde estaba el Niño (cf. Mt 2, 9). Pero tampoco habría bastado la estrella, si los Magos no hubieran sido personas íntimamente abiertas a la verdad. A diferencia del rey Herodes, obsesionado por sus deseos de poder y riqueza, los Magos se pusieron en camino hacia la meta de su búsqueda, y cuando la encontraron, aunque eran hombres cultos, se comportaron como los pastores de Belén: reconocieron la señal y adoraron al Niño, ofreciéndole los dones preciosos y simbólicos que habían llevado consigo. 3. Los Magos En el ámbito de su ciencia, reciben una indicación sobre el nacimiento del Mesías, a) Los Magos que vienen de oriente, es decir, de Persia o Mesopotamia, podrían pertenecer a la casta sacerdotal del reino de los Medos, o bien se podría tratar de altos funcionarios de Babilonia que se dedican a la astrología y astronomía y que trabajaban como consejeros del rey. Los Magos de los que habla el Evangelio (no dice que eran tres), son expertos en astronomía y, en el ámbito de su ciencia, reciben una indicación sobre el nacimiento del Mesías, y un impulso para emprender un camino, sin conocer el itinerario preciso. b) Por una parte ellos estaban al corriente de la espera de un salvador por parte del pueblo de Israel; por otra, la aparición de un astro misterioso o estrella en el cielos les convence de que ha sucedido algo extraordinario en la historia del universo o de la humanidad; Los magos son la figura de cuantos buscan sinceramente la salvación. c) Y se ponen en camino; los magos son la figura de cuantos buscan sinceramente la salvación. Son símbolo de los que acogen al Señor con fe, esperanza y caridad. Herodes es el símbolo del rechazo incrédulo. Los Magos dan en Jerusalén la siguiente explicación sobre su largo viaje: “se presentaron en Jerusalén preguntando: -« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo»” . d) «La reina de Saba que busca la sabiduría en Jerusalén en la época de Salomón y los Magos, del imperio medo o de Mesopotamia, que se dirigen hacia la ciudad santa en búsqueda de un rey-salvador, son dos personificaciones de la ansia eterna del hombre que solamente en Dios puede encontrar la paz. El mismo cosmos con su silencioso lenguaje (salmo 19) es la primera guía en la búsqueda. He aquí la estrella que ha tenido mucho que ver en las especulaciones de los exégetas-astrónomos. Esta guía luminosa, que está presente con frecuencia como motivo legendario en los anuncios grecoromanos de nacimientos imperiales o excepcionales (Alejandro Magno, Augusto) tiene un significado preciso en la Biblia». (cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno C, Piemme 1999, p. 53). La Epifanía es, en primer lugar, una fiesta de iluminación para los que saben mirar al cielo y no están encorvados obsesivamente para las cosas de la tierra. e) “Los Magos tenían una sabiduría puramente humana, no habían sido instruidos ni en la doctrina de los profetas ni en el testimonio de la ley. Al percibir en el cielo una estrella que brilla con una claridad nueva, que sobrepasa en esplendor y belleza a los restantes astros del firmamento, descubren su lenguaje silencioso que anuncia la presencia nueva del Salvador del mundo. Por lo tanto la Epifanía es, en primer lugar, una fiesta de iluminación para los que saben mirar al cielo y no están encorvados obsesivamente para las cosas de la tierra. Los Magos se iluminaron con la fe, porque supieron leer en la estrella su mensaje, porque la buscaron en los momentos de ocultación, porque fueron sabiamente sordos para las opiniones de distinto parecer y preferentemente humanas. (...) Sorprende siempre contemplar a los Magos, sabios en las ciencias del mundo, postrados ante un niño igual a los otros en la apariencia externa, pero que ellos descubren como Príncipe y Maestro de la sabiduría del amor universal. Los Reyes Magos, nos enseñan que la fe no es una ideología, sino una actitud de búsqueda sincera, que exige abandonar las comodidades domésticas del propio pensar, para recorrer los caminos desconcertantes que llevan a Dios, que se manifiesta en la sencillez maravillosa de un recién nacido. Por eso los Reyes Magos, nos enseñan que la fe no es una ideología, sino una actitud de búsqueda sincera, que exige abandonar las comodidades domésticas del propio pensar, para recorrer los caminos desconcertantes que llevan a Dios, que se manifiesta en la sencillez maravillosa de un recién nacido. 5 Encontraron a Dios hecho carne de hombre, no encontraron a un ídolo fabricado. Por eso abrieron ante él sus tesoros y sobre todo su corazón. En su vaciamiento generoso encontrarán la recompensa de verse llenos de lo divino.” (Archidiócesis de Madrid, «Hoy domingo») f) Ellos creen y se ponen en camino, «buscaban con el deseo de encontrar» (San Agustín), «siguieron a la estrella que los fue guiando; los judíos no quisieron creer ni a los profetas” (san Juan Crisóstomo). Los sacerdotes, que fueron consultores de Herodes y de los Magos, conocían dónde se había de manifestar el Mesías, pero no fueron a El: para encontrar y seguir al Mesías hace falta vivir su mensaje, no basta señalarlo. 4. El relato de los magos nos indica un camino espiritual Juan Pablo II: Homilía de la Epifanía 2001, clausura del Jubileo y Novo Millennio Ineunte. a) detenerse con Jesús para contemplar su rostro. • “Ante todo ellos nos dicen que, cuando se encuentra a Cristo, es necesario saber detenerse y vivir profundamente la alegría de la intimidad con Él. "Entraron en la casa, vieron al niño con María su Madre y, postrándose, lo adoraron": sus vidas habían sido entregadas ya para siempre a aquella Criatura por la cual habían afrontado las asperezas del viaje y las insidias de los hombres. El cristianismo nace, y se regenera continuamente, a partir de esta contemplación de la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo. Un rostro para contemplar, casi vislumbrando en sus ojos los "rasgos" del Padre y dejándose envolver por el amor del Espíritu. La gran peregrinación jubilar nos ha recordado esta dimensión trinitaria fundamental de la vida cristiana: en Cristo encontramos también al Padre y al Espíritu. La Trinidad es el origen y el culmen. Todo parte de la Trinidad, todo vuelve a la Trinidad”. b) La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura. • “La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: « Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo » (« Ignoratio enim Scripturarum ignoratio Christi est »: Comm. in Is., Prol.: PL 24, 17). Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15,26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. ibíd., 27), que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1,1). Lo que nos ha llegado por medio de ellos es una visión de fe, basada en un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verdadero que los Evangelios, no obstante su compleja redacción y con una intención primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera plenamente comprensible.(Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 19).” c) y después reemprender el camino, para dar a conocer a Cristo • “Y, no obstante, como sucedió a los Magos, esta inmersión en la contemplación del misterio no impide caminar, antes bien obliga a reemprender un nuevo tramo de camino, en el cual nos convertimos en anunciadores y testigos. "Volvieron a su país por otro camino". Los Magos fueron en cierta manera los primeros misioneros. El encuentro con Cristo no los bloqueó en Belén, sino que les impulso nuevamente a recorrer los caminos del mundo. Es necesario volver a comenzar desde Cristo, y por tanto, desde la Trinidad.” d) Cristo, fundamento y centro de la historia: Novo Millennio Ineunte, 5. • “Contemplado en su misterio divino y humano, Cristo es el fundamento y el centro de la historia, de la cual es el sentido y la meta última. En efecto, es por medio él, Verbo e imagen del Padre, que « todo se hizo » (Jn 1,3; cf. Col 1,15). Su encarnación, culminada en el misterio pascual y en el don del Espíritu, es el eje del tiempo, la hora misteriosa en la cual el Reino de Dios se ha hecho cercano (cf. Mc 1,15), más aún, ha puesto sus raíces, como una semilla destinada a convertirse en un gran árbol (cf. Mc 4,30-32), en nuestra historia. « Gloria a ti, Cristo Jesús, hoy y siempre tú reinarás ». Con este canto, tantas veces repetido, hemos contemplado en este año a Cristo como nos lo presenta el Apocalipsis: « El Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin » (Ap 22,13). Y contemplando a Cristo hemos adorado juntos al Padre y al Espíritu, la única e indivisible Trinidad, misterio inefable en el cual todo tiene su origen y su realización.” www.parroquiasantamonica.com

La Navidad (2006). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI (1). La luz, que aparece en Navidad, y que hoy se manifiesta a las gentes es el amor de Dios, revelado en el Niño de Belén: atraídos por esta luz, vienen los Magos de Oriente. Él es el centro, principio de recapitulación universal, meta final de la historia, camino providencial de redención que culmina con su muerte y resurrección.



1 La Navidad (2006). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI (1). La luz, que aparece en Navidad, y que hoy se manifiesta a las gentes es el amor de Dios, revelado en el Niño de Belén: atraídos por esta luz, vienen los Magos de Oriente. Él es el centro, principio de recapitulación universal, meta final de la historia, camino providencial de redención que culmina con su muerte y resurrección. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Epifanía (manifestación) del Señor del 6 de enero de 2006 o La Epifanía es el misterio de luz, simbólicamente indicado por la estrella que guió en su viaje a los Magos. Ahora bien, el verdadero manantial luminoso, el «sol que surge de lo alto» (Lucas, 1, 78), es Cristo, que, en el misterio de la Navidad, ilumina a María y a José, a los pastores y a los magos. La luz que en Navidad brilló en la noche iluminando la gruta de Belén, donde están en silenciosa adoración María, José y los pastores, hoy resplandece y se manifiesta a todos. La Epifanía es el misterio de luz, simbólicamente indicado por la estrella que guió en su viaje a los Magos. Ahora bien, el verdadero manantial luminoso, el «sol que surge de lo alto» (Lucas, 1, 78), es Cristo. En el misterio de la Navidad, la luz de Cristo se irradia sobre la tierra, como si se difundiera en círculos concéntricos. Ante todo, sobre la sagrada Familia de Nazaret: la Virgen María y José quedan iluminados por la divina presencia del Niño Jesús, manifestándose después esta luz del Redentor a los pastores de Belén, los cuales, informados por el ángel, acuden inmediatamente a la gruta y encuentran el «signo» que se les había preanunciado: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Cf. Lucas 2, 12). Los pastores, junto a María y José, representan ese «resto de Israel», los pobres, los «anawim», a quienes se les anuncia la Buena Nueva. Por último, este fulgor de Cristo, alcaza también a los Magos, que constituyen las primicias de los pueblos paganos. Quedan ensombrecidos los palacios del poder de Jerusalén, adonde la noticia del nacimiento del Mesías llega, paradójicamente, a través de los Magos, sin que suscite felicidad, sino más bien temor y reacciones hostiles. Misterioso designio divino: «vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Juan 3,19). o La luz, que aparece en Navidad, y que hoy se manifiesta a las gentes es el amor de Dios, revelado en la Persona del Verbo encarnado. Atraídos por esta luz, vienen los Magos de Oriente. ¿Pero qué es esta luz? ¿Es sólo una sugerente metáfora o a esta imagen le corresponde una realidad? El apóstol Juan escribe en su primera carta: «Dios es luz, en Él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 1,5); y a más adelante añade: «Dios es amor». Estas dos afirmaciones, unidas, nos ayudan a comprender mejor: la luz, que aparece en Navidad, y que hoy se manifiesta a las gentes es el amor de Dios, revelado en la Persona del Verbo encarnado. Atraídos por esta luz, vienen los Magos de Oriente. El Niño de Belén es el centro, principio de recapitulación universal, meta final de la historia, camino providencial de redención que culmina con su muerte y resurrección. En el misterio de la Epifanía, por tanto, junto a un movimiento de irradiación hacia el exterior, se manifiesta un movimiento de atracción hacia el centro, que lleva a su cumplimiento el movimiento ya inscrito en la Antigua Alianza. El manantial de este dinamismo es Dios, uno en su sustancia y trino en las personas, que atrae todo y a todos hacia sí. La Persona encarnada del Verbo se presenta como principio de recapitulación universal (Cf. Efesios 1, 9-10). Él es la meta final de la historia, el punto de llegada de un «éxodo», de un providencial camino de redención, que culmina con su muerte y resurrección. Por este motivo, en la solemnidad de la Epifanía, la liturgia prevé el llamado «Anuncio de Pascua»: el año litúrgico, de hecho, resume toda la historia de la salvación, en cuyo centro está «el Triduo del Señor crucificado, sepultado y resucitado». El momento en el que el Hijo de Dios se hace hombre, entra en la historia, es el momento culminante de la autorrevelación de Dios a Israel y a todas las gentes. En el Niño de Belén, Dios se ha revelado con la humildad de la «forma humana», con la «condición de siervo», es más, de crucificado. En la liturgia del Tiempo de Navidad se recurre a menudo, como estribillo, a un versículo del Salmo 97: «El Señor ha manifestado su salvación, a los ojos de los pueblos ha revelado su justicia» (v, 2). Son 2 palabras que la Iglesia utiliza para subrayar la dimensión de «epifanía» de la encarnación: el momento en el que el Hijo de Dios se hace hombre, entra en la historia, es el momento culminante de la autorrevelación de Dios a Israel y a todas las gentes. En el Niño de Belén, Dios se ha revelado con la humildad de la «forma humana», con la «condición de siervo», es más, de crucificado (Cf. Filipenses 2, 6-8). Es la paradoja cristiana. Este escondimiento constituye precisamente la más elocuente «manifestación» de Dios: la humildad, la pobreza, la misma ignominia de la Pasión, nos permiten saber cómo es Dios verdaderamente. El rostro del Hijo revela fielmente al del Padre. Por este motivo, el misterio de la Navidad es, por así decir, todo una «epifanía». La manifestación a los Magos no añade nada ajeno al designio de Dios, sino que desvela una dimensión perenne y constitutiva, es decir: «que los gentiles sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (Efesios, 3, 6). El Señor Jesús es al mismo tiempo y de manera inseparable «luz para iluminar a las gentes y gloria del pueblo de Israel» Si se analiza superficialmente, la fidelidad de Dios a Israel y su manifestación a las gentes podrían parecer aspectos divergentes; en realidad son las dos caras de una misma moneda. De hecho, según las Escrituras, al ser fiel al pacto de amor con el pueblo de Israel, Dios revela su gloria también a los demás pueblos. «Gracia y fidelidad» (Salmo 88, 2), «misericordia y verdad» (Salmo 84, 11) son el contenido de la gloria de Dios, son su «nombre», destinado a ser conocido y santificado por los hombres de toda lengua y nación. Pero este «contenido» es inseparable del «método» que Dios eligió para revelarse: la fidelidad absoluta a la alianza, que alcanza su cumbre en Cristo. El Señor Jesús es al mismo tiempo y de manera inseparable «luz para iluminar a las gentes y gloria del pueblo de Israel» (Lucas 2,32), como exclamará el anciano Simeón, inspirado por Dios, al tomar al Niño entre sus brazos, cuando los padres lo presentaron en el templo. La luz que ilumina a las gentes, la luz de la Epifanía, emana de la gloria de Israel, la gloria del Mesías, nacido según las Escrituras, en Belén, «ciudad de David» (Cf. Lucas, 2, 4). Los Magos adoraron a un simple Niño en brazos de su Madre, María, porque en Él reconocieron el manantial de la doble luz que les había guiado: la luz de la estrella, y la luz de las Escrituras. Reconocieron en Él, al Rey de los judíos, gloria de Israel, pero también, al Rey de todas las gentes. o En el contexto de la Epifanía se manifiesta también el misterio de la Iglesia y su dimensión misionera. Está llamada a hacer resplandecer en el mundo la luz de Cristo, reflejándola en sí misma como la luna refleja la luz del sol. En el contexto de la Epifanía se manifiesta también el misterio de la Iglesia y su dimensión misionera. Está llamada a hacer resplandecer en el mundo la luz de Cristo, reflejándola en sí misma como la luna refleja la luz del sol. En la Iglesia, se han cumplido las antiguas profecías referidas a la ciudad santa, Jerusalén, como es el caso de la estupenda profecía de Isaías que acabamos de escuchar: «¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz…! Caminarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alborada» (Isaías 60, 1-3). Es lo que tendrán que hacer los discípulos de Cristo: habiendo aprendido de Él a vivir con el estilo de las Bienaventuranzas, tendrán que atraer, a través del testimonio del amor, a todos los hombres a Dios. «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5, 16). Escuchando estas palabras de Jesús, nosotros, miembros de la Iglesia tenemos que experimentar toda la insuficiencia de nuestra condición humana, marcada por el pecado. La Iglesia es santa, pero está formada por hombres y mujeres con sus limitaciones y sus errores. Cristo, sólo Él, al darnos el Espíritu Santo, puede transformar nuestra miseria y renovarnos constantemente. Es Él la luz de las gentes, «lumen getium», que ha querido iluminar el mundo a través de su Iglesia (Cf. Concilio Vaticano II, constitución «Lumen gentium», 1). Somos “epifanía” (manifestación) del Señor con nuestra disponibilidad a la voluntad de Dios. «¿Cómo podrá suceder esto?» nos preguntamos también nosotros con las palabras que la Virgen dirigió al arcángel Gabriel. Pues, es justo ella, la Madre de Cristo y de la Iglesia, quien nos da la respuesta: con su ejemplo de disponibilidad total a la voluntad de Dios --«fiat mihi secundum verbum tuum» [He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra, ndt.] (Lucas 1, 38)--, nos enseña a ser «epifanía» del Señor, con la apertura del corazón a la fuerza de la gracia y con la adhesión a la palabra de su Hijo, luz del mundo y meta final de la historia. ¡Así sea! www.parroquiasantamonica.com

La Navidad (2007). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI (2). Los Magos hoy son los gobernantes y los hombres de ciencia si están abiertos a la verdad.



1 La Navidad (2007). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI (2). Los Magos hoy son los gobernantes y los hombres de ciencia si están abiertos a la verdad. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Epifanía (“manifestación”) del Señor del 6 de enero de 2007 Fuente: Zenit.org Queridos hermanos y hermanas: o La Epifanía es la “manifestación” de Cristo a los gentiles (a los paganos, a todos los pueblos), representados por los Magos, misteriosos personajes llegados de Oriente. Celebramos con alegría la solemnidad de la Epifanía, "manifestación" de Cristo a los gentiles, representados por los Magos, misteriosos personajes llegados de Oriente. Celebramos a Cristo, meta de la peregrinación de los pueblos en búsqueda de la salvación. En la primera lectura hemos escuchado al profeta, inspirado por Dios, que contempla a Jerusalén como un faro de luz, que, en medio de las tinieblas y de la niebla de la tierra, orienta el camino de todos los pueblos. La gloria del Señor resplandece sobre la ciudad santa y atrae ante todo a sus hijos deportados y dispersos, pero al mismo tiempo también a las naciones paganas, que de todas las partes acuden a Sión como a una patria común, enriqueciéndola con sus bienes (cf. Is 60, 1-6). En la segunda lectura se nos ha propuesto nuevamente lo que el apóstol san Pablo escribió a los Efesios, es decir, que la convergencia de judíos y gentiles, por iniciativa amorosa de Dios, en la única Iglesia de Cristo era "el misterio" manifestado en la plenitud de los tiempos, la "gracia" de que Dios lo había hecho ministro (cf. Ef 3, 2-3. 5- 6). Dentro de poco, en el Prefacio cantaremos: "Hoy en Cristo, luz de los pueblos, has revelado a los pueblos el misterio de nuestra salvación". La revelación de Cristo aún no se ha realizado plenamente. El desafío de la “globalización”. Han transcurrido veinte siglos desde que ese misterio fue revelado y realizado en Cristo, pero aún no se ha cumplido plenamente. Mi amado predecesor Juan Pablo II, al inicio de su encíclica sobre la misión de la Iglesia, escribió que "a finales del segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos" (Redemptoris missio, 1). Surgen espontáneamente algunas preguntas: ¿en qué sentido, hoy, Cristo es aún lumen gentium, luz de los pueblos? ¿En qué punto está —si se puede hablar así— este itinerario universal de los pueblos hacia él? ¿Está en una fase de progreso o de retroceso? Y también: ¿quiénes son hoy los Magos? ¿Cómo podemos interpretar, pensando en el mundo actual, a estos misteriosos personajes evangélicos? Para responder a estos interrogantes, quisiera volver a lo que los padres del concilio Vaticano II dijeron al respecto. Y quiero añadir que, inmediatamente después del Concilio, el siervo de Dios Pablo VI, hace cuarenta años, exactamente el 26 de marzo de 1967, dedicó al desarrollo de los pueblos la encíclica Populorum progressio. En verdad, todo el concilio Vaticano II se sintió impulsado por el anhelo de anunciar a la humanidad contemporánea a Cristo, luz del mundo. En el corazón de la Iglesia, comenzando por el vértice de su jerarquía, brotó con fuerza, suscitado por el Espíritu Santo, el deseo de una nueva epifanía de Cristo en el mundo, un mundo que la época moderna había transformado profundamente y que por primera vez en la historia se encontraba ante el desafío de una civilización global, donde el centro ya no podía ser Europa y ni siquiera lo que llamamos Occidente y Norte del mundo. Resultaba necesario establecer un nuevo orden mundial político y económico, pero al mismo tiempo y sobre todo espiritual y cultural, es decir, un renovado humanismo. Con creciente evidencia se imponía esta constatación: un nuevo orden mundial económico y político no funciona si no hay una renovación espiritual, si no podemos acercarnos de nuevo a Dios y encontrar a Dios en medio de nosotros. Ya antes del concilio Vaticano II, conciencias iluminadas de pensadores cristianos habían intuido y afrontado este desafío de cambio de época. Pues bien, al inicio del tercer milenio nos encontramos de lleno en esta fase de la historia humana, que ya se ha caracterizado con la palabra "globalización". Por otra parte, hoy nos damos cuenta de cuán fácil es perder de vista los términos de este mismo desafío, precisamente porque estamos implicados en él. Este peligro aumenta en gran medida por la inmensa expansión de los medios de comunicación social, los cuales, aunque por una parte multiplican indefinidamente las informaciones, por otra parecen debilitar nuestra capacidad de síntesis crítica. La solemnidad que hoy celebramos puede ofrecernos esta perspectiva, a partir de la manifestación de un Dios que se reveló en la historia como luz del mundo, para guiar e introducir por fin a la humanidad en la tierra prometida, donde reinan la libertad, la justicia y la paz. Y somos cada vez más conscientes de que por nosotros 2 mismos no podemos promover la justicia y la paz, si no se nos manifiesta la luz de un Dios que nos muestra su rostro, que se nos presenta en el pesebre de Belén, que se nos presenta en la cruz. o ¿Quiénes son los "Magos" de hoy, y en qué punto está su "viaje" y nuestro "viaje"? Los gobernantes, los hombres del pensamiento y de la ciencia y los líderes de las grandes religiones no cristianas, que están en estado de peregrinación en estado de búsqueda a menudo algo confusa. Así pues, ¿quiénes son los "Magos" de hoy, y en qué punto está su "viaje" y nuestro "viaje"? Volvamos, queridos hermanos y hermanas, a aquel momento de especial gracia que fue la conclusión del concilio Vaticano II, el 8 de diciembre de 1965, cuando los padres conciliares dirigieron a toda la humanidad algunos "Mensajes". El primero estaba dirigido "a los gobernantes"; el segundo, "a los hombres del pensamiento y de la ciencia". Son dos categorías de personas que, en cierto modo, podemos ver representadas en los personajes evangélicos de los Magos. Quisiera ahora añadir una tercera, a la cual el Concilio no dirigió ningún mensaje, pero le dedicó mucha atención en la declaración conciliar Nostra aetate. Me refiero a los líderes espirituales de las grandes religiones no cristianas. Por tanto, a dos mil años de distancia podemos reconocer en los Magos una suerte de prefiguración de estas tres dimensiones constitutivas del humanismo moderno: la dimensión política, la científica y la religiosa. La Epifanía nos lo muestra en estado de "peregrinación", o sea, en un movimiento de búsqueda, a menudo algo confusa, que en definitiva tiene su punto de llegada en Cristo, aunque algunas veces la estrella se oculta. También hay una peregrinación de Dios hacia el hombre. Al mismo tiempo nos muestra a Dios que, a su vez, está en peregrinación hacia el hombre. No existe sólo la peregrinación del hombre hacia Dios; Dios mismo se ha puesto en camino hacia nosotros. En efecto, Jesús no es sino Dios, que por decirlo así sale de sí mismo para venir al encuentro de la humanidad. Por amor se ha hecho historia en nuestra historia; por amor ha venido a traernos el germen de la vida nueva (cf. Jn 3, 3-6) y a sembrarla en los surcos de nuestra tierra, para que germine, florezca y dé fruto. Mensaje a los gobernantes Hoy quisiera hacer míos esos Mensajes conciliares, que no han perdido su actualidad. Por ejemplo, en el Mensaje a los gobernantes se lee: "Es a vosotros a quienes toca ser sobre la tierra los promotores del orden y la paz entre los hombres. Pero no lo olvidéis: es Dios, el Dios vivo y verdadero, el que es el Padre de los hombres. Y es Cristo, su Hijo eterno, quien vino a decírnoslo y a enseñarnos que todos somos hermanos. Él es el gran artesano del orden y la paz sobre la tierra, porque es él quien conduce la historia humana y el único que puede inclinar los corazones a renunciar a las malas pasiones que engendran la guerra y la desgracia" (Concilio Vaticano II, BAC, Madrid 1968, p. 838). ¿Cómo no reconocer en estas palabras de los padres conciliares la huella luminosa del único camino que puede transformar la historia de las naciones y del mundo? Mensaje a los hombres del pensamiento y de la ciencia Asimismo, en el "Mensaje a los hombres del pensamiento y de la ciencia" leemos: "Continuad buscando sin cansaros, sin desesperar jamás de la verdad". En efecto, el gran peligro consiste en perder el interés por la verdad y buscar sólo el hacer, la eficiencia, el pragmatismo. "Recordad —prosiguen los padres conciliares— las palabras de uno de vuestros grandes amigos, san Agustín: "Busquemos con afán de encontrar y encontremos con el deseo de buscar aún más". Felices los que, poseyendo la verdad, la buscan más todavía a fin de renovarla, profundizar en ella y ofrecerla a los demás. Felices los que, no habiéndola encontrado, caminan hacia ella con un corazón sincero: que busquen la luz de mañana con la luz de hoy, hasta la plenitud de la luz" (ib., p. 640). Mensaje a los representantes de las grandes tradiciones religiosas nos cristianas Esto es lo que decían los dos Mensajes conciliares. Juntamente con los gobernantes de los pueblos, los investigadores y los científicos, hoy es más necesario que nunca incluir a los representantes de las grandes tradiciones religiosas no cristianas, invitándolos a confrontarse con la luz de Cristo, que no vino a abolir, sino a cumplir lo que la mano de Dios ha escrito en la historia religiosa de las civilizaciones, especialmente en las "grandes almas", que han contribuido a edificar la humanidad con su sabiduría y sus ejemplos de virtud. Cristo es la luz, y la luz no puede oscurecerse; sólo puede iluminar, aclarar, revelar. Por tanto, que nadie tenga miedo de Cristo y de su mensaje. Y si a lo largo de la historia los cristianos, por ser hombres limitados y pecadores, lo han traicionado a veces con sus comportamientos, esto hace resaltar aún más que la luz es Cristo y que la Iglesia sólo la refleja permaneciendo unida a él. o ¿Qué convenció a los Magos de que aquel niño era "el rey de los judíos" y el rey de los pueblos? No habría bastado la estrella, si los Magos no hubieran sido personas íntimamente abiertas a la verdad. "Hemos visto su estrella en oriente y venimos a adorarlo" (Aleluya, cf. Mt 2, 2). Lo que nos maravilla siempre, al escuchar estas palabras de los Magos, es que se postraron en adoración ante un simple niño en brazos de 3 su madre, no en el marco de un palacio real, sino en la pobreza de una cabaña en Belén (cf. Mt 2, 11). ¿Cómo fue posible? ¿Qué convenció a los Magos de que aquel niño era "el rey de los judíos" y el rey de los pueblos? Ciertamente los persuadió la señal de la estrella, que habían visto "al salir", y que se había parado precisamente encima de donde estaba el Niño (cf. Mt 2, 9). Pero tampoco habría bastado la estrella, si los Magos no hubieran sido personas íntimamente abiertas a la verdad. A diferencia del rey Herodes, obsesionado por sus deseos de poder y riqueza, los Magos se pusieron en camino hacia la meta de su búsqueda, y cuando la encontraron, aunque eran hombres cultos, se comportaron como los pastores de Belén: reconocieron la señal y adoraron al Niño, ofreciéndole los dones preciosos y simbólicos que habían llevado consigo. o Que la Madre del Verbo encarnado nos ayude a ser dóciles discípulos de su Hijo, Luz de los pueblos. Queridos hermanos y hermanas, también nosotros detengámonos idealmente ante el icono de la adoración de los Magos. Encierra un mensaje exigente y siempre actual. Exigente y siempre actual ante todo para la Iglesia que, reflejándose en María, está llamada a mostrar a los hombres a Jesús, nada más que a Jesús, pues él lo es Todo y la Iglesia sólo existe para permanecer unida a él y para darlo a conocer al mundo. Que la Madre del Verbo encarnado nos ayude a ser dóciles discípulos de su Hijo, Luz de los pueblos. El ejemplo de los Magos de entonces es una invitación también para los Magos de hoy a abrir su mente y su corazón a Cristo y ofrecerle los dones de su búsqueda. A ellos, a todos los hombres de nuestro tiempo, quisiera repetirles hoy: no tengáis miedo de la luz de Cristo. Su luz es el esplendor de la verdad. Dejaos iluminar por él, pueblos todos de la tierra; dejaos envolver por su amor y encontraréis el camino de la paz. Así sea. www.parroquiasantamonica.com

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