sábado, 8 de julio de 2017

Epifanía 2010. En los Magos se reflejan todos aquellos que - en la peregrinación de la propia vida - no se contentan con su pequeño horizonte y con soluciones modestas sino que se ponen en camino para ir más allá, arriesgando, esperando, interrogándose. La epifanía debería ser el día en el que las criaturas encontramos la estrella interior que lleva al descubrimiento del Señor en nuestra existencia; pedimos al Señor que nos ayude para descubrir los signos mesiánicos, la estrella de cada uno. Los Reyes Magos nos enseñan que la fe no es una ideología, sino una actitud de búsqueda sincera, que exige abandonar las comodidades domésticas del propio pensar, para recorrer los caminos desconcertantes que llevan a Dios, que se manifiesta en la sencillez maravillosa de un recién nacido.



1 Epifanía 2010. En los Magos se reflejan todos aquellos que - en la peregrinación de la propia vida - no se contentan con su pequeño horizonte y con soluciones modestas sino que se ponen en camino para ir más allá, arriesgando, esperando, interrogándose. La epifanía debería ser el día en el que las criaturas encontramos la estrella interior que lleva al descubrimiento del Señor en nuestra existencia; pedimos al Señor que nos ayude para descubrir los signos mesiánicos, la estrella de cada uno. Los Reyes Magos nos enseñan que la fe no es una ideología, sino una actitud de búsqueda sincera, que exige abandonar las comodidades domésticas del propio pensar, para recorrer los caminos desconcertantes que llevan a Dios, que se manifiesta en la sencillez maravillosa de un recién nacido. Cfr. Epifanía 6 de enero de 2010 Ciclo C Mateo 2, 1-12 “Hace pocos días hemos celebrado el nacimiento del Señor; hoy, en cambio, celebramos, con solemnidad no menos merecida, su primera manifestación a los gentiles. En aquel día lo vieron recién nacido los pastores judíos; hoy lo adoraron los Magos llegados de Oriente” (San Agustín, predicación en la fiesta de la Epifanía). Isaías 60, 1-6- La gloria del Señor amanece sobre ti! ¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor. Salmo responsorial - Sal 71, 1-2. 7-8. 10-11. 12-13 (R.: cf. 11) - R. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra. Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud. R. Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.R. Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan. R. Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres. R. Efesios 3, 2-3a. 5-6 - Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos de la promesa Hermanos: Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio. Aleluya Mt 2, 2 - Hemos visto salir su estrella y venimos a adorar al Señor. Mateo 2, 1-12: Venimos de Oriente a adorar al Rey. Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: -« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.» Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: -«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: "Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel."» Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: -«Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino. 1. De los sermones de san León Magno (390-461), papa: los Magos que buscan a Jesús, al no ser judíos, son los primeros de los gentiles (paganos) que recibirán la salvación en Cristo. o Sermón 3 en la Epifanía del Señor, 1-3. 5: PI, 54, 240) • La misericordiosa providencia de Dios, que ya había decidido venir en los últimos tiempos en ayuda del mundo que perecía, determinó de antemano la salvación de todos los pueblos en Cristo. De estos pueblos se trataba en la descendencia innumerable que fue en otro tiempo prometida al santo patriarca Abrahán, descendencia que no sería engendrada por una semilla de carne, sino por la fecundidad de la fe, descendencia comparada a la multitud de las estrellas, para quien de este modo el padre de todas las naciones esperara una posteridad no terrestre, sino celeste. Así pues, que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán, a la cual renuncian los hijos según la carne. Que todas las 2 naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel. (cfr. Sal 75,2) Instruidos en estos misterios de la gracia divina, queridos míos, celebremos con gozo espiritual el día que es de nuestras primicias y aquél en que comenzó la salvación de los paganos. Demos gracias al Dios misericordioso quien, según palabras del Apóstol, nos ha hecho capaz de compartir la herencia del pueblo santo en la luz; él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido (Col 1, 12-13). Porque, como profetizó Isaías, el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló (cfr. Is 9,1). También a propósito de ellos dice el propio Isaías al Señor: Naciones que no te conocían te invocarán, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti (Is 55,5).. (…) 2. Jesús es el Mesías, un rey “a la manera de un nuevo y más grande David, en el que se han cumplido las profecías”: (cfr. S. Biblia, Nuevo Testamento, Eunsa, Mateo 2,1-12) o a) La estrella: es símbolo del rey mesiánico; en el Apocalipsis: Cristo es “la estrella de la mañana”, La estrella es símbolo de la luz que, a su vez, es símbolo de la Navidad. • Números 24, 17: (Oráculo de Balaan, hijo de Beor:) “Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso pero no de cerca; de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel”. Biblia de Jerusalén: “La estrella es en el antiguo Oriente signo de un dios; de ahí pasó a ser signo de un rey divinizado. Véase igualmente Isaías 14,12. Este término parece evocar aquí la monarquía davídica y, para el futuro, al Mesías.” • La estrella es símbolo del rey mesiánico y el Apocalipsis llama a Cristo «estrella de la mañana»: - 2,26.28: «Al vencedor, al que se mantenga fiel a mis obras hasta el fin, le daré poder sobre las naciones. Yo también lo he recibido de mi Padre. Y le daré el Lucero del alba». Biblia de Jerusalén Ap 2, 28: “Al poder (Números 24,17; Isaías 14,12), se añade en el simbolismo de la estrella la glorificación del cristiano por el Señor Jesús (22,16) (ver 1,5+; Hechos 2,36+; Romanos 1,4+). El tema se ha mantenido en el Exultet de la vigilia Pascual”. - 22,16: «Yo, Jesús, he enviado a mi Angel para daros testimonio de lo referente a las Iglesias. Yo soy el Retoño y el descendiente de David, el Lucero radiante del alba.». o b) La ciudad de Belén, en la que nace. (Lugar de origen del rey David) • Miqueas 5,1: “En cuanto a ti, Belén Efratá, la menor entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser el gobernador de Israel; sus orígenes son antiguos, desde tiempos remotos”. Biblia de Jerusalén: “ (...) Los evangelistas reconocerán en «Belén de Efratá» la designación del lugar del nacimiento del Mesías”. La estrella nos habla de la luz, símbolo de la Navidad. La epifanía debería ser el día en el que las criaturas encontramos la estrella interior que lleva al descubrimiento del Señor en nuestra existencia. • Gian Franco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno B, IV edizione settembre 1996, Epifania del Signore, pp. 57-58: “La Epifanía, precisamente porque es la celebración de una revelación de la luz divina, debería ser el día en el que el creyente reencuentra su estrella interior y llega a contemplar, plenamente - como los Magos -, a su Señor. La meditación, la oración de alabanza, la contemplación de la presencia de Dios entre nosotros y entre nuestras oscuridades, alimentan la paz y la alegría del espíritu. La inmersión más frecuente en la luz de Dios y de su palabra se convierte en fuente de luz en nosotros mismos, y nos lleva a abandonar las pobres lámparas de nuestros cálculos, de nuestros pequeños proyectos y de las mezquinas decisiones. La luz de Dios es dulce y se adapta a los ojos enfermos e inciertos como los del hombre pecador. Agustín afirma que el período natalicio cae en invierno cuando el sol es más débil, precisamente para que la luz de Cristo pueda adaptarse a nuestros ojos débiles como signo de delicadeza y de amor”. • Gian Franco Ravasi o.c. pp. 60-61: “Hay un escrito muy bello del escritor francés A. de St. Exupéry que denuncia la tragedia de quien no sabe buscar el sentido profundo de la historia y de la vida, la figura secreta que da sentido a acciones diversas y múltiples, monótonas y fatuas: Y trabajan en el aburrimiento. No les falta nada, excepto el nudo divino que liga todas las cosas. Y falta todo. Los Magos encontraron en la respuesta modelada por la Palabra de Dios, que se expresaba por medio del profeta Miqueas, ese «nudo divino» que pone juntos los fragmentos dispersos de la vida. Entonces todo 3 adquiere sabor, todo da serenidad, todo es afrontado con ánimo, también la persecución, también la «vuelta a su tierra» [cfr. Los Magos, Mateo 2, 12], es decir, a la existencia cotidiana. Pablo, en su discurso en el Areópago ateniense, había dicho: “Dios fijó las edades de su historia y los límites de los lugares en que los hombres habían de vivir, para que buscasen a Dios, a ver si al menos a tientas lo encontraban, aunque no está lejos de cada uno de nosotros” (Hechos 17, 26-27). También hoy los hombres pedimos que el Señor, con su gracia, nos ayude para estar vigilantes y descubrir los signos mesiánicos, la estrella de cada uno. • También hoy los hombres pedimos que el Señor, con su gracia, nos ayude para estar vigilantes y descubrir los signos mesiánicos, la estrella de cada uno. Y descubriremos que los ciegos recuperan la luz de la fe y de la esperanza cuando se ponen en contacto con la Palabra de Dios; descubriremos que los cojos espirituales se alzan y caminan, dejando el lecho de muerte en el que vivían cuando se ponen en contacto con el Señor por medio de la vida sacramental; descubriremos que hay prisioneros de sí mismos, prisioneros del mal o de otros hombres que se liberan de las cadenas del pecado que es siempre esclavitud. o c) la sumisión a Dios de los reyes de la tierra que ofrecen sus dones y le adoran. • Isaías, 49,23: “Reyes serán tus tutores, y sus princesas, nodrizas tuyas. Rostro en tierra se postrarán ante ti, y el polvo de tus pies lamerán”. • Isaías 60,5-6: “Tú entonces al verlo te pondrás radiante, se estremecerá y se ensanchará tu corazón, porque vendrán a ti los tesoros del mar, las riquezas de las naciones vendrán a ti. Un sin fin de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos de Sabá vienen llevando oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahvé.” Biblia de Jerusalén, 60,6: “Los tesoros del mar vienen del Oeste, en barcos fenicios o griegos; las riquezas del Oriente y de Egipto llegan del desierto de Siria y del Sinaí en caravanas. Madián, Efá y Sabá son pueblos de Arabia (ver 45,14; Génesis 25, 1-4). – La alusiones a los tesoros del Oriente y la perspectiva universalista de 60,6 han llevado a la liturgia a aplicar este texto al msterio de la Epifanía”. o d) La Epifanía según el Catecismo: la Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo, a unos «magos» (los «gentiles», de los que habla San Pablo en la Carta a los Efesios, 3.2-3.5- 6) que representan a las religiones paganas de pueblos vecinos a Israel. • n. 528: La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús en el Jordán y las bodas de Caná (Cf LH, Antífona del Magníficat de las segundas vísperas de Epifanía), la Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos «magos» venidos de Oriente (Cf Mt 2, 1). En estos «magos», representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para «rendir homenaje al rey de los judíos» (Mateo 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David (Cf Números 24, 17; Apocalipsis 22, 16), al que será el rey de las naciones (Cf Números 24, 17-19). Su venida significa que los gentiles no pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia los judíos (Cf Juan 4, 22) y recibiendo de ellos su promesa mesiánica tal como está contenida en el Antiguo Testamento (Cf Mateo 2, 4-6). La Epifanía manifiesta que «la multitud de los gentiles entra en la familia de los patriarcas» (S. León Magno, serm. 23) y adquiere la «israelitica dignitas» (la dignidad israelítica) (MR, Vigilia pascual 26: oración después de la tercera lectura). La revelación es aceptada por quienes buscan con corazón sincero, por quienes arriesgan y esperan. • Gian Franco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno B, IV edizione settembre 1996, Epifania del Signore, p. 60: “La epifanía es una revelación que es reconocida no tanto por los miembros del pueblo de la Alianza – Mateo subraya que toda Jerusalén se sobresaltó con Herodes - sino por hombres que buscan con corazón sincero como los Magos. En ellos se reflejan todos aquellos que no se contentan con su pequeño horizonte y con soluciones modestas sino que se ponen en camino para ir más allá, arriesgando, esperando, interrogándose. No les bloquean los obstáculos, no les dan miedo las oscuridades temporales, no se desaniman por las respuestas reticentes. Y al final, como escribe Mateo, “se llenaron de inmensa alegría y vieron al niño con María, su madre”. Han llegado a la meta, han encontrado el objeto de la vida, la búsqueda ha sido premiada”. Para aceptar la estrella (la revelación) debemos estar abiertos a la verdad. 4 • Benedicto XVI, Homilía en la Epifanía del 2007: "Hemos visto su estrella en oriente y venimos a adorarlo" (Aleluya, cf. Mt 2, 2). Lo que nos maravilla siempre, al escuchar estas palabras de los Magos, es que se postraron en adoración ante un simple niño en brazos de su madre, no en el marco de un palacio real, sino en la pobreza de una cabaña en Belén (cf. Mt 2, 11). ¿Cómo fue posible? ¿Qué convenció a los Magos de que aquel niño era "el rey de los judíos" y el rey de los pueblos? Ciertamente los persuadió la señal de la estrella, que habían visto "al salir", y que se había parado precisamente encima de donde estaba el Niño (cf. Mt 2, 9). Pero tampoco habría bastado la estrella, si los Magos no hubieran sido personas íntimamente abiertas a la verdad. A diferencia del rey Herodes, obsesionado por sus deseos de poder y riqueza, los Magos se pusieron en camino hacia la meta de su búsqueda, y cuando la encontraron, aunque eran hombres cultos, se comportaron como los pastores de Belén: reconocieron la señal y adoraron al Niño, ofreciéndole los dones preciosos y simbólicos que habían llevado consigo. 3. Los Magos En el ámbito de su ciencia, reciben una indicación sobre el nacimiento del Mesías, a) Los Magos que vienen de oriente, es decir, de Persia o Mesopotamia, podrían pertenecer a la casta sacerdotal del reino de los Medos, o bien se podría tratar de altos funcionarios de Babilonia que se dedican a la astrología y astronomía y que trabajaban como consejeros del rey. Los Magos de los que habla el Evangelio (no dice que eran tres), son expertos en astronomía y, en el ámbito de su ciencia, reciben una indicación sobre el nacimiento del Mesías, y un impulso para emprender un camino, sin conocer el itinerario preciso. b) Por una parte ellos estaban al corriente de la espera de un salvador por parte del pueblo de Israel; por otra, la aparición de un astro misterioso o estrella en el cielos les convence de que ha sucedido algo extraordinario en la historia del universo o de la humanidad; Los magos son la figura de cuantos buscan sinceramente la salvación. c) Y se ponen en camino; los magos son la figura de cuantos buscan sinceramente la salvación. Son símbolo de los que acogen al Señor con fe, esperanza y caridad. Herodes es el símbolo del rechazo incrédulo. Los Magos dan en Jerusalén la siguiente explicación sobre su largo viaje: “se presentaron en Jerusalén preguntando: -« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo»” . d) «La reina de Saba que busca la sabiduría en Jerusalén en la época de Salomón y los Magos, del imperio medo o de Mesopotamia, que se dirigen hacia la ciudad santa en búsqueda de un rey-salvador, son dos personificaciones de la ansia eterna del hombre que solamente en Dios puede encontrar la paz. El mismo cosmos con su silencioso lenguaje (salmo 19) es la primera guía en la búsqueda. He aquí la estrella que ha tenido mucho que ver en las especulaciones de los exégetas-astrónomos. Esta guía luminosa, que está presente con frecuencia como motivo legendario en los anuncios grecoromanos de nacimientos imperiales o excepcionales (Alejandro Magno, Augusto) tiene un significado preciso en la Biblia». (cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno C, Piemme 1999, p. 53). La Epifanía es, en primer lugar, una fiesta de iluminación para los que saben mirar al cielo y no están encorvados obsesivamente para las cosas de la tierra. e) “Los Magos tenían una sabiduría puramente humana, no habían sido instruidos ni en la doctrina de los profetas ni en el testimonio de la ley. Al percibir en el cielo una estrella que brilla con una claridad nueva, que sobrepasa en esplendor y belleza a los restantes astros del firmamento, descubren su lenguaje silencioso que anuncia la presencia nueva del Salvador del mundo. Por lo tanto la Epifanía es, en primer lugar, una fiesta de iluminación para los que saben mirar al cielo y no están encorvados obsesivamente para las cosas de la tierra. Los Magos se iluminaron con la fe, porque supieron leer en la estrella su mensaje, porque la buscaron en los momentos de ocultación, porque fueron sabiamente sordos para las opiniones de distinto parecer y preferentemente humanas. (...) Sorprende siempre contemplar a los Magos, sabios en las ciencias del mundo, postrados ante un niño igual a los otros en la apariencia externa, pero que ellos descubren como Príncipe y Maestro de la sabiduría del amor universal. Los Reyes Magos, nos enseñan que la fe no es una ideología, sino una actitud de búsqueda sincera, que exige abandonar las comodidades domésticas del propio pensar, para recorrer los caminos desconcertantes que llevan a Dios, que se manifiesta en la sencillez maravillosa de un recién nacido. Por eso los Reyes Magos, nos enseñan que la fe no es una ideología, sino una actitud de búsqueda sincera, que exige abandonar las comodidades domésticas del propio pensar, para recorrer los caminos desconcertantes que llevan a Dios, que se manifiesta en la sencillez maravillosa de un recién nacido. 5 Encontraron a Dios hecho carne de hombre, no encontraron a un ídolo fabricado. Por eso abrieron ante él sus tesoros y sobre todo su corazón. En su vaciamiento generoso encontrarán la recompensa de verse llenos de lo divino.” (Archidiócesis de Madrid, «Hoy domingo») f) Ellos creen y se ponen en camino, «buscaban con el deseo de encontrar» (San Agustín), «siguieron a la estrella que los fue guiando; los judíos no quisieron creer ni a los profetas” (san Juan Crisóstomo). Los sacerdotes, que fueron consultores de Herodes y de los Magos, conocían dónde se había de manifestar el Mesías, pero no fueron a El: para encontrar y seguir al Mesías hace falta vivir su mensaje, no basta señalarlo. 4. El relato de los magos nos indica un camino espiritual Juan Pablo II: Homilía de la Epifanía 2001, clausura del Jubileo y Novo Millennio Ineunte. a) detenerse con Jesús para contemplar su rostro. • “Ante todo ellos nos dicen que, cuando se encuentra a Cristo, es necesario saber detenerse y vivir profundamente la alegría de la intimidad con Él. "Entraron en la casa, vieron al niño con María su Madre y, postrándose, lo adoraron": sus vidas habían sido entregadas ya para siempre a aquella Criatura por la cual habían afrontado las asperezas del viaje y las insidias de los hombres. El cristianismo nace, y se regenera continuamente, a partir de esta contemplación de la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo. Un rostro para contemplar, casi vislumbrando en sus ojos los "rasgos" del Padre y dejándose envolver por el amor del Espíritu. La gran peregrinación jubilar nos ha recordado esta dimensión trinitaria fundamental de la vida cristiana: en Cristo encontramos también al Padre y al Espíritu. La Trinidad es el origen y el culmen. Todo parte de la Trinidad, todo vuelve a la Trinidad”. b) La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura. • “La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: « Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo » (« Ignoratio enim Scripturarum ignoratio Christi est »: Comm. in Is., Prol.: PL 24, 17). Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15,26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. ibíd., 27), que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1,1). Lo que nos ha llegado por medio de ellos es una visión de fe, basada en un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verdadero que los Evangelios, no obstante su compleja redacción y con una intención primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera plenamente comprensible.(Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 19).” c) y después reemprender el camino, para dar a conocer a Cristo • “Y, no obstante, como sucedió a los Magos, esta inmersión en la contemplación del misterio no impide caminar, antes bien obliga a reemprender un nuevo tramo de camino, en el cual nos convertimos en anunciadores y testigos. "Volvieron a su país por otro camino". Los Magos fueron en cierta manera los primeros misioneros. El encuentro con Cristo no los bloqueó en Belén, sino que les impulso nuevamente a recorrer los caminos del mundo. Es necesario volver a comenzar desde Cristo, y por tanto, desde la Trinidad.” d) Cristo, fundamento y centro de la historia: Novo Millennio Ineunte, 5. • “Contemplado en su misterio divino y humano, Cristo es el fundamento y el centro de la historia, de la cual es el sentido y la meta última. En efecto, es por medio él, Verbo e imagen del Padre, que « todo se hizo » (Jn 1,3; cf. Col 1,15). Su encarnación, culminada en el misterio pascual y en el don del Espíritu, es el eje del tiempo, la hora misteriosa en la cual el Reino de Dios se ha hecho cercano (cf. Mc 1,15), más aún, ha puesto sus raíces, como una semilla destinada a convertirse en un gran árbol (cf. Mc 4,30-32), en nuestra historia. « Gloria a ti, Cristo Jesús, hoy y siempre tú reinarás ». Con este canto, tantas veces repetido, hemos contemplado en este año a Cristo como nos lo presenta el Apocalipsis: « El Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin » (Ap 22,13). Y contemplando a Cristo hemos adorado juntos al Padre y al Espíritu, la única e indivisible Trinidad, misterio inefable en el cual todo tiene su origen y su realización.” www.parroquiasantamonica.com

La Navidad (2006). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI (1). La luz, que aparece en Navidad, y que hoy se manifiesta a las gentes es el amor de Dios, revelado en el Niño de Belén: atraídos por esta luz, vienen los Magos de Oriente. Él es el centro, principio de recapitulación universal, meta final de la historia, camino providencial de redención que culmina con su muerte y resurrección.



1 La Navidad (2006). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI (1). La luz, que aparece en Navidad, y que hoy se manifiesta a las gentes es el amor de Dios, revelado en el Niño de Belén: atraídos por esta luz, vienen los Magos de Oriente. Él es el centro, principio de recapitulación universal, meta final de la historia, camino providencial de redención que culmina con su muerte y resurrección. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Epifanía (manifestación) del Señor del 6 de enero de 2006 o La Epifanía es el misterio de luz, simbólicamente indicado por la estrella que guió en su viaje a los Magos. Ahora bien, el verdadero manantial luminoso, el «sol que surge de lo alto» (Lucas, 1, 78), es Cristo, que, en el misterio de la Navidad, ilumina a María y a José, a los pastores y a los magos. La luz que en Navidad brilló en la noche iluminando la gruta de Belén, donde están en silenciosa adoración María, José y los pastores, hoy resplandece y se manifiesta a todos. La Epifanía es el misterio de luz, simbólicamente indicado por la estrella que guió en su viaje a los Magos. Ahora bien, el verdadero manantial luminoso, el «sol que surge de lo alto» (Lucas, 1, 78), es Cristo. En el misterio de la Navidad, la luz de Cristo se irradia sobre la tierra, como si se difundiera en círculos concéntricos. Ante todo, sobre la sagrada Familia de Nazaret: la Virgen María y José quedan iluminados por la divina presencia del Niño Jesús, manifestándose después esta luz del Redentor a los pastores de Belén, los cuales, informados por el ángel, acuden inmediatamente a la gruta y encuentran el «signo» que se les había preanunciado: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Cf. Lucas 2, 12). Los pastores, junto a María y José, representan ese «resto de Israel», los pobres, los «anawim», a quienes se les anuncia la Buena Nueva. Por último, este fulgor de Cristo, alcaza también a los Magos, que constituyen las primicias de los pueblos paganos. Quedan ensombrecidos los palacios del poder de Jerusalén, adonde la noticia del nacimiento del Mesías llega, paradójicamente, a través de los Magos, sin que suscite felicidad, sino más bien temor y reacciones hostiles. Misterioso designio divino: «vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Juan 3,19). o La luz, que aparece en Navidad, y que hoy se manifiesta a las gentes es el amor de Dios, revelado en la Persona del Verbo encarnado. Atraídos por esta luz, vienen los Magos de Oriente. ¿Pero qué es esta luz? ¿Es sólo una sugerente metáfora o a esta imagen le corresponde una realidad? El apóstol Juan escribe en su primera carta: «Dios es luz, en Él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 1,5); y a más adelante añade: «Dios es amor». Estas dos afirmaciones, unidas, nos ayudan a comprender mejor: la luz, que aparece en Navidad, y que hoy se manifiesta a las gentes es el amor de Dios, revelado en la Persona del Verbo encarnado. Atraídos por esta luz, vienen los Magos de Oriente. El Niño de Belén es el centro, principio de recapitulación universal, meta final de la historia, camino providencial de redención que culmina con su muerte y resurrección. En el misterio de la Epifanía, por tanto, junto a un movimiento de irradiación hacia el exterior, se manifiesta un movimiento de atracción hacia el centro, que lleva a su cumplimiento el movimiento ya inscrito en la Antigua Alianza. El manantial de este dinamismo es Dios, uno en su sustancia y trino en las personas, que atrae todo y a todos hacia sí. La Persona encarnada del Verbo se presenta como principio de recapitulación universal (Cf. Efesios 1, 9-10). Él es la meta final de la historia, el punto de llegada de un «éxodo», de un providencial camino de redención, que culmina con su muerte y resurrección. Por este motivo, en la solemnidad de la Epifanía, la liturgia prevé el llamado «Anuncio de Pascua»: el año litúrgico, de hecho, resume toda la historia de la salvación, en cuyo centro está «el Triduo del Señor crucificado, sepultado y resucitado». El momento en el que el Hijo de Dios se hace hombre, entra en la historia, es el momento culminante de la autorrevelación de Dios a Israel y a todas las gentes. En el Niño de Belén, Dios se ha revelado con la humildad de la «forma humana», con la «condición de siervo», es más, de crucificado. En la liturgia del Tiempo de Navidad se recurre a menudo, como estribillo, a un versículo del Salmo 97: «El Señor ha manifestado su salvación, a los ojos de los pueblos ha revelado su justicia» (v, 2). Son 2 palabras que la Iglesia utiliza para subrayar la dimensión de «epifanía» de la encarnación: el momento en el que el Hijo de Dios se hace hombre, entra en la historia, es el momento culminante de la autorrevelación de Dios a Israel y a todas las gentes. En el Niño de Belén, Dios se ha revelado con la humildad de la «forma humana», con la «condición de siervo», es más, de crucificado (Cf. Filipenses 2, 6-8). Es la paradoja cristiana. Este escondimiento constituye precisamente la más elocuente «manifestación» de Dios: la humildad, la pobreza, la misma ignominia de la Pasión, nos permiten saber cómo es Dios verdaderamente. El rostro del Hijo revela fielmente al del Padre. Por este motivo, el misterio de la Navidad es, por así decir, todo una «epifanía». La manifestación a los Magos no añade nada ajeno al designio de Dios, sino que desvela una dimensión perenne y constitutiva, es decir: «que los gentiles sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (Efesios, 3, 6). El Señor Jesús es al mismo tiempo y de manera inseparable «luz para iluminar a las gentes y gloria del pueblo de Israel» Si se analiza superficialmente, la fidelidad de Dios a Israel y su manifestación a las gentes podrían parecer aspectos divergentes; en realidad son las dos caras de una misma moneda. De hecho, según las Escrituras, al ser fiel al pacto de amor con el pueblo de Israel, Dios revela su gloria también a los demás pueblos. «Gracia y fidelidad» (Salmo 88, 2), «misericordia y verdad» (Salmo 84, 11) son el contenido de la gloria de Dios, son su «nombre», destinado a ser conocido y santificado por los hombres de toda lengua y nación. Pero este «contenido» es inseparable del «método» que Dios eligió para revelarse: la fidelidad absoluta a la alianza, que alcanza su cumbre en Cristo. El Señor Jesús es al mismo tiempo y de manera inseparable «luz para iluminar a las gentes y gloria del pueblo de Israel» (Lucas 2,32), como exclamará el anciano Simeón, inspirado por Dios, al tomar al Niño entre sus brazos, cuando los padres lo presentaron en el templo. La luz que ilumina a las gentes, la luz de la Epifanía, emana de la gloria de Israel, la gloria del Mesías, nacido según las Escrituras, en Belén, «ciudad de David» (Cf. Lucas, 2, 4). Los Magos adoraron a un simple Niño en brazos de su Madre, María, porque en Él reconocieron el manantial de la doble luz que les había guiado: la luz de la estrella, y la luz de las Escrituras. Reconocieron en Él, al Rey de los judíos, gloria de Israel, pero también, al Rey de todas las gentes. o En el contexto de la Epifanía se manifiesta también el misterio de la Iglesia y su dimensión misionera. Está llamada a hacer resplandecer en el mundo la luz de Cristo, reflejándola en sí misma como la luna refleja la luz del sol. En el contexto de la Epifanía se manifiesta también el misterio de la Iglesia y su dimensión misionera. Está llamada a hacer resplandecer en el mundo la luz de Cristo, reflejándola en sí misma como la luna refleja la luz del sol. En la Iglesia, se han cumplido las antiguas profecías referidas a la ciudad santa, Jerusalén, como es el caso de la estupenda profecía de Isaías que acabamos de escuchar: «¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz…! Caminarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alborada» (Isaías 60, 1-3). Es lo que tendrán que hacer los discípulos de Cristo: habiendo aprendido de Él a vivir con el estilo de las Bienaventuranzas, tendrán que atraer, a través del testimonio del amor, a todos los hombres a Dios. «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5, 16). Escuchando estas palabras de Jesús, nosotros, miembros de la Iglesia tenemos que experimentar toda la insuficiencia de nuestra condición humana, marcada por el pecado. La Iglesia es santa, pero está formada por hombres y mujeres con sus limitaciones y sus errores. Cristo, sólo Él, al darnos el Espíritu Santo, puede transformar nuestra miseria y renovarnos constantemente. Es Él la luz de las gentes, «lumen getium», que ha querido iluminar el mundo a través de su Iglesia (Cf. Concilio Vaticano II, constitución «Lumen gentium», 1). Somos “epifanía” (manifestación) del Señor con nuestra disponibilidad a la voluntad de Dios. «¿Cómo podrá suceder esto?» nos preguntamos también nosotros con las palabras que la Virgen dirigió al arcángel Gabriel. Pues, es justo ella, la Madre de Cristo y de la Iglesia, quien nos da la respuesta: con su ejemplo de disponibilidad total a la voluntad de Dios --«fiat mihi secundum verbum tuum» [He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra, ndt.] (Lucas 1, 38)--, nos enseña a ser «epifanía» del Señor, con la apertura del corazón a la fuerza de la gracia y con la adhesión a la palabra de su Hijo, luz del mundo y meta final de la historia. ¡Así sea! www.parroquiasantamonica.com

La Navidad (2007). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI (2). Los Magos hoy son los gobernantes y los hombres de ciencia si están abiertos a la verdad.



1 La Navidad (2007). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI (2). Los Magos hoy son los gobernantes y los hombres de ciencia si están abiertos a la verdad. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Epifanía (“manifestación”) del Señor del 6 de enero de 2007 Fuente: Zenit.org Queridos hermanos y hermanas: o La Epifanía es la “manifestación” de Cristo a los gentiles (a los paganos, a todos los pueblos), representados por los Magos, misteriosos personajes llegados de Oriente. Celebramos con alegría la solemnidad de la Epifanía, "manifestación" de Cristo a los gentiles, representados por los Magos, misteriosos personajes llegados de Oriente. Celebramos a Cristo, meta de la peregrinación de los pueblos en búsqueda de la salvación. En la primera lectura hemos escuchado al profeta, inspirado por Dios, que contempla a Jerusalén como un faro de luz, que, en medio de las tinieblas y de la niebla de la tierra, orienta el camino de todos los pueblos. La gloria del Señor resplandece sobre la ciudad santa y atrae ante todo a sus hijos deportados y dispersos, pero al mismo tiempo también a las naciones paganas, que de todas las partes acuden a Sión como a una patria común, enriqueciéndola con sus bienes (cf. Is 60, 1-6). En la segunda lectura se nos ha propuesto nuevamente lo que el apóstol san Pablo escribió a los Efesios, es decir, que la convergencia de judíos y gentiles, por iniciativa amorosa de Dios, en la única Iglesia de Cristo era "el misterio" manifestado en la plenitud de los tiempos, la "gracia" de que Dios lo había hecho ministro (cf. Ef 3, 2-3. 5- 6). Dentro de poco, en el Prefacio cantaremos: "Hoy en Cristo, luz de los pueblos, has revelado a los pueblos el misterio de nuestra salvación". La revelación de Cristo aún no se ha realizado plenamente. El desafío de la “globalización”. Han transcurrido veinte siglos desde que ese misterio fue revelado y realizado en Cristo, pero aún no se ha cumplido plenamente. Mi amado predecesor Juan Pablo II, al inicio de su encíclica sobre la misión de la Iglesia, escribió que "a finales del segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos" (Redemptoris missio, 1). Surgen espontáneamente algunas preguntas: ¿en qué sentido, hoy, Cristo es aún lumen gentium, luz de los pueblos? ¿En qué punto está —si se puede hablar así— este itinerario universal de los pueblos hacia él? ¿Está en una fase de progreso o de retroceso? Y también: ¿quiénes son hoy los Magos? ¿Cómo podemos interpretar, pensando en el mundo actual, a estos misteriosos personajes evangélicos? Para responder a estos interrogantes, quisiera volver a lo que los padres del concilio Vaticano II dijeron al respecto. Y quiero añadir que, inmediatamente después del Concilio, el siervo de Dios Pablo VI, hace cuarenta años, exactamente el 26 de marzo de 1967, dedicó al desarrollo de los pueblos la encíclica Populorum progressio. En verdad, todo el concilio Vaticano II se sintió impulsado por el anhelo de anunciar a la humanidad contemporánea a Cristo, luz del mundo. En el corazón de la Iglesia, comenzando por el vértice de su jerarquía, brotó con fuerza, suscitado por el Espíritu Santo, el deseo de una nueva epifanía de Cristo en el mundo, un mundo que la época moderna había transformado profundamente y que por primera vez en la historia se encontraba ante el desafío de una civilización global, donde el centro ya no podía ser Europa y ni siquiera lo que llamamos Occidente y Norte del mundo. Resultaba necesario establecer un nuevo orden mundial político y económico, pero al mismo tiempo y sobre todo espiritual y cultural, es decir, un renovado humanismo. Con creciente evidencia se imponía esta constatación: un nuevo orden mundial económico y político no funciona si no hay una renovación espiritual, si no podemos acercarnos de nuevo a Dios y encontrar a Dios en medio de nosotros. Ya antes del concilio Vaticano II, conciencias iluminadas de pensadores cristianos habían intuido y afrontado este desafío de cambio de época. Pues bien, al inicio del tercer milenio nos encontramos de lleno en esta fase de la historia humana, que ya se ha caracterizado con la palabra "globalización". Por otra parte, hoy nos damos cuenta de cuán fácil es perder de vista los términos de este mismo desafío, precisamente porque estamos implicados en él. Este peligro aumenta en gran medida por la inmensa expansión de los medios de comunicación social, los cuales, aunque por una parte multiplican indefinidamente las informaciones, por otra parecen debilitar nuestra capacidad de síntesis crítica. La solemnidad que hoy celebramos puede ofrecernos esta perspectiva, a partir de la manifestación de un Dios que se reveló en la historia como luz del mundo, para guiar e introducir por fin a la humanidad en la tierra prometida, donde reinan la libertad, la justicia y la paz. Y somos cada vez más conscientes de que por nosotros 2 mismos no podemos promover la justicia y la paz, si no se nos manifiesta la luz de un Dios que nos muestra su rostro, que se nos presenta en el pesebre de Belén, que se nos presenta en la cruz. o ¿Quiénes son los "Magos" de hoy, y en qué punto está su "viaje" y nuestro "viaje"? Los gobernantes, los hombres del pensamiento y de la ciencia y los líderes de las grandes religiones no cristianas, que están en estado de peregrinación en estado de búsqueda a menudo algo confusa. Así pues, ¿quiénes son los "Magos" de hoy, y en qué punto está su "viaje" y nuestro "viaje"? Volvamos, queridos hermanos y hermanas, a aquel momento de especial gracia que fue la conclusión del concilio Vaticano II, el 8 de diciembre de 1965, cuando los padres conciliares dirigieron a toda la humanidad algunos "Mensajes". El primero estaba dirigido "a los gobernantes"; el segundo, "a los hombres del pensamiento y de la ciencia". Son dos categorías de personas que, en cierto modo, podemos ver representadas en los personajes evangélicos de los Magos. Quisiera ahora añadir una tercera, a la cual el Concilio no dirigió ningún mensaje, pero le dedicó mucha atención en la declaración conciliar Nostra aetate. Me refiero a los líderes espirituales de las grandes religiones no cristianas. Por tanto, a dos mil años de distancia podemos reconocer en los Magos una suerte de prefiguración de estas tres dimensiones constitutivas del humanismo moderno: la dimensión política, la científica y la religiosa. La Epifanía nos lo muestra en estado de "peregrinación", o sea, en un movimiento de búsqueda, a menudo algo confusa, que en definitiva tiene su punto de llegada en Cristo, aunque algunas veces la estrella se oculta. También hay una peregrinación de Dios hacia el hombre. Al mismo tiempo nos muestra a Dios que, a su vez, está en peregrinación hacia el hombre. No existe sólo la peregrinación del hombre hacia Dios; Dios mismo se ha puesto en camino hacia nosotros. En efecto, Jesús no es sino Dios, que por decirlo así sale de sí mismo para venir al encuentro de la humanidad. Por amor se ha hecho historia en nuestra historia; por amor ha venido a traernos el germen de la vida nueva (cf. Jn 3, 3-6) y a sembrarla en los surcos de nuestra tierra, para que germine, florezca y dé fruto. Mensaje a los gobernantes Hoy quisiera hacer míos esos Mensajes conciliares, que no han perdido su actualidad. Por ejemplo, en el Mensaje a los gobernantes se lee: "Es a vosotros a quienes toca ser sobre la tierra los promotores del orden y la paz entre los hombres. Pero no lo olvidéis: es Dios, el Dios vivo y verdadero, el que es el Padre de los hombres. Y es Cristo, su Hijo eterno, quien vino a decírnoslo y a enseñarnos que todos somos hermanos. Él es el gran artesano del orden y la paz sobre la tierra, porque es él quien conduce la historia humana y el único que puede inclinar los corazones a renunciar a las malas pasiones que engendran la guerra y la desgracia" (Concilio Vaticano II, BAC, Madrid 1968, p. 838). ¿Cómo no reconocer en estas palabras de los padres conciliares la huella luminosa del único camino que puede transformar la historia de las naciones y del mundo? Mensaje a los hombres del pensamiento y de la ciencia Asimismo, en el "Mensaje a los hombres del pensamiento y de la ciencia" leemos: "Continuad buscando sin cansaros, sin desesperar jamás de la verdad". En efecto, el gran peligro consiste en perder el interés por la verdad y buscar sólo el hacer, la eficiencia, el pragmatismo. "Recordad —prosiguen los padres conciliares— las palabras de uno de vuestros grandes amigos, san Agustín: "Busquemos con afán de encontrar y encontremos con el deseo de buscar aún más". Felices los que, poseyendo la verdad, la buscan más todavía a fin de renovarla, profundizar en ella y ofrecerla a los demás. Felices los que, no habiéndola encontrado, caminan hacia ella con un corazón sincero: que busquen la luz de mañana con la luz de hoy, hasta la plenitud de la luz" (ib., p. 640). Mensaje a los representantes de las grandes tradiciones religiosas nos cristianas Esto es lo que decían los dos Mensajes conciliares. Juntamente con los gobernantes de los pueblos, los investigadores y los científicos, hoy es más necesario que nunca incluir a los representantes de las grandes tradiciones religiosas no cristianas, invitándolos a confrontarse con la luz de Cristo, que no vino a abolir, sino a cumplir lo que la mano de Dios ha escrito en la historia religiosa de las civilizaciones, especialmente en las "grandes almas", que han contribuido a edificar la humanidad con su sabiduría y sus ejemplos de virtud. Cristo es la luz, y la luz no puede oscurecerse; sólo puede iluminar, aclarar, revelar. Por tanto, que nadie tenga miedo de Cristo y de su mensaje. Y si a lo largo de la historia los cristianos, por ser hombres limitados y pecadores, lo han traicionado a veces con sus comportamientos, esto hace resaltar aún más que la luz es Cristo y que la Iglesia sólo la refleja permaneciendo unida a él. o ¿Qué convenció a los Magos de que aquel niño era "el rey de los judíos" y el rey de los pueblos? No habría bastado la estrella, si los Magos no hubieran sido personas íntimamente abiertas a la verdad. "Hemos visto su estrella en oriente y venimos a adorarlo" (Aleluya, cf. Mt 2, 2). Lo que nos maravilla siempre, al escuchar estas palabras de los Magos, es que se postraron en adoración ante un simple niño en brazos de 3 su madre, no en el marco de un palacio real, sino en la pobreza de una cabaña en Belén (cf. Mt 2, 11). ¿Cómo fue posible? ¿Qué convenció a los Magos de que aquel niño era "el rey de los judíos" y el rey de los pueblos? Ciertamente los persuadió la señal de la estrella, que habían visto "al salir", y que se había parado precisamente encima de donde estaba el Niño (cf. Mt 2, 9). Pero tampoco habría bastado la estrella, si los Magos no hubieran sido personas íntimamente abiertas a la verdad. A diferencia del rey Herodes, obsesionado por sus deseos de poder y riqueza, los Magos se pusieron en camino hacia la meta de su búsqueda, y cuando la encontraron, aunque eran hombres cultos, se comportaron como los pastores de Belén: reconocieron la señal y adoraron al Niño, ofreciéndole los dones preciosos y simbólicos que habían llevado consigo. o Que la Madre del Verbo encarnado nos ayude a ser dóciles discípulos de su Hijo, Luz de los pueblos. Queridos hermanos y hermanas, también nosotros detengámonos idealmente ante el icono de la adoración de los Magos. Encierra un mensaje exigente y siempre actual. Exigente y siempre actual ante todo para la Iglesia que, reflejándose en María, está llamada a mostrar a los hombres a Jesús, nada más que a Jesús, pues él lo es Todo y la Iglesia sólo existe para permanecer unida a él y para darlo a conocer al mundo. Que la Madre del Verbo encarnado nos ayude a ser dóciles discípulos de su Hijo, Luz de los pueblos. El ejemplo de los Magos de entonces es una invitación también para los Magos de hoy a abrir su mente y su corazón a Cristo y ofrecerle los dones de su búsqueda. A ellos, a todos los hombres de nuestro tiempo, quisiera repetirles hoy: no tengáis miedo de la luz de Cristo. Su luz es el esplendor de la verdad. Dejaos iluminar por él, pueblos todos de la tierra; dejaos envolver por su amor y encontraréis el camino de la paz. Así sea. www.parroquiasantamonica.com

La Navidad (2008). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI (3). La pequeña luz de Belén llegó muy lejos. Cristo la verdadera esperanza para instaurar un orden justo en la sobriedad de vida.



1 La Navidad (2008). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI (3). La pequeña luz de Belén llegó muy lejos. Cristo la verdadera esperanza para instaurar un orden justo en la sobriedad de vida. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Epifanía (“manifestación”) del Señor del 6 de enero de 2008. Queridos hermanos y hermanas: o En Belén, una luz pequeña que se podía ver desde muy lejos, según el testimonio de los Magos. Celebramos hoy a Cristo, luz del mundo, y su manifestación a las naciones. En el día de Navidad el mensaje de la liturgia era: "Hodie descendit lux magna super terram", "Hoy desciende una gran luz a la tierra" (Misal romano). En Belén, esta "gran luz" se presentó a un pequeño grupo de personas, a un minúsculo "resto de Israel": a la Virgen María, a su esposo José, y a algunos pastores. Una luz humilde, según el estilo del verdadero Dios. Una llamita encendida en la noche: un frágil niño recién nacido, que da vagidos en el silencio del mundo... Pero en torno a ese nacimiento oculto y desconocido resonaba el himno de alabanza de los coros celestiales, que cantaban gloria y paz (cf. Lc 2, 13-14). Así, aquella luz, aun siendo pequeña cuando apareció en la tierra, se proyectaba con fuerza en los cielos. El nacimiento del Rey de los judíos había sido anunciado por una estrella que se podía ver desde muy lejos. Este fue el testimonio de "algunos Magos" que llegaron desde Oriente a Jerusalén poco después del nacimiento de Jesús, en tiempos del rey Herodes (cf. Mt 2, 1-2). Una vez más, se comunican y se responden el cielo y la tierra, el cosmos y la historia. Las antiguas profecías se cumplen con el lenguaje de los astros. "De Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel" (Nm 24, 17), había anunciado el vidente pagano Balaam, llamado a maldecir al pueblo de Israel y que, al contrario, lo bendijo porque, como Dios le reveló, "ese pueblo es bendito" (Nm 22, 12). o La luz expresa la bendición especial de Dios en favor de la descendencia de Abraham, destinada a extenderse a todos los pueblos de la tierra. No todos comprendieron el sentido de la estrella. Abraham, Noé, Babel Cromacio de Aquileya, en su Comentario al evangelio de san Mateo, relacionando a Balaam con los Magos, escribe: "Aquel profetizó que Cristo vendría; estos lo vieron con los ojos de la fe". Y añade una observación importante: "Todos vieron la estrella, pero no todos comprendieron su sentido. Del mismo modo, nuestro Señor y Salvador nació para todos, pero no todos lo acogieron" (ib., 4, 1-2). Este es, en la perspectiva histórica, el significado del símbolo de la luz aplicado al nacimiento de Cristo: expresa la bendición especial de Dios en favor de la descendencia de Abraham, destinada a extenderse a todos los pueblos de la tierra. De este modo, el acontecimiento evangélico que recordamos en la Epifanía, la visita de los Magos al Niño Jesús en Belén, nos remite a los orígenes de la historia del pueblo de Dios, es decir, a la llamada de Abraham, que encontramos en el capítulo 12 del libro del Génesis. Los primeros once capítulos son como grandes cuadros que responden a algunas preguntas fundamentales de la humanidad: ¿Cuál es el origen del universo y del género humano? ¿De dónde viene el mal? ¿Por qué hay diversas lenguas y civilizaciones? Entre los relatos iniciales de la Biblia aparece una primera "alianza", establecida por Dios con Noé, después del diluvio. Se trata de una alianza universal, que atañe a toda la humanidad: el nuevo pacto con la familia de Noé es, a la vez, un pacto con "toda carne" (cf. Gn 9, 15). Luego, antes de la llamada de Abraham, se encuentra otro gran cuadro, muy importante para comprender el sentido de la Epifanía: el de la torre de Babel. El texto sagrado afirma que en los orígenes "todo el mundo tenía un mismo lenguaje e idénticas palabras" (Gn 11, 1). Después los hombres dijeron: "Ea, vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en los cielos, y hagámonos famosos, por si nos desperdigamos por toda la haz de la tierra" (Gn 11, 4). La consecuencia de este pecado de orgullo, análogo al de Adán y Eva, fue la confusión de las lenguas y la dispersión de la humanidad por toda la tierra (cf. Gn 11, 7-8). Esto es lo que significa "Babel"; fue una especie de maldición, semejante a la expulsión del paraíso terrenal. En este punto se inicia la historia de la bendición, con la llamada de Abraham: comienza el gran plan de Dios para hacer de la humanidad una familia, mediante la alianza con un pueblo nuevo, elegido por él para que sea una bendición en medio de todas las naciones (cf. Gn 12, 1-3). Este plan divino se sigue realizando todavía y tuvo su momento culminante en el misterio de Cristo. Desde entonces se iniciaron "los últimos tiempos", en el sentido de que el plan fue plenamente revelado y realizado en Cristo, pero debe ser 2 acogido por la historia humana, que sigue siendo siempre historia de fidelidad por parte de Dios y, lamentablemente, también de infidelidad por parte de nosotros los hombres. La Iglesia misma, depositaria de la bendición, es santa y a la vez está compuesta de pecadores; está marcada por la tensión entre el "ya" y el "todavía no". En la plenitud de los tiempos Jesucristo vino a establecer la alianza: él mismo, verdadero Dios y verdadero hombre, es el Sacramento de la fidelidad de Dios a su plan de salvación para la humanidad entera, para todos nosotros. La llegada de los Magos de Oriente a Belén, para adorar al Mesías recién nacido, es la señal de la manifestación del Rey universal a los pueblos y a todos los hombres que buscan la verdad. Es el inicio de un movimiento opuesto al de Babel La llegada de los Magos de Oriente a Belén, para adorar al Mesías recién nacido, es la señal de la manifestación del Rey universal a los pueblos y a todos los hombres que buscan la verdad. Es el inicio de un movimiento opuesto al de Babel: de la confusión a la comprensión, de la dispersión a la reconciliación. Por consiguiente, descubrimos un vínculo entre la Epifanía y Pentecostés: si el nacimiento de Cristo, la Cabeza, es también el nacimiento de la Iglesia, su cuerpo, en los Magos vemos a los pueblos que se agregan al resto de Israel, anunciando la gran señal de la "Iglesia políglota" realizada por el Espíritu Santo cincuenta días después de la Pascua. El misterio del amor fiel y tenaz de Dios El amor fiel y tenaz de Dios, que mantiene siempre su alianza de generación en generación. Este es el "misterio" del que habla san Pablo en sus cartas, también en el pasaje de la carta a los Efesios que se acaba de proclamar. El Apóstol afirma que este misterio le "fue comunicado por una revelación" (Ef 3, 3) y él se encargó de darlo a conocer. Este "misterio" de la fidelidad de Dios constituye la esperanza de la historia. Ciertamente, se le oponen fuerzas de división y atropello, que desgarran a la humanidad a causa del pecado y del conflicto de egoísmos. En la historia, la Iglesia está al servicio de este "misterio" de bendición para la humanidad entera. En este misterio de la fidelidad de Dios, la Iglesia sólo cumple plenamente su misión cuando refleja en sí misma la luz de Cristo Señor, y así sirve de ayuda a los pueblos del mundo por el camino de la paz y del auténtico progreso. En efecto, sigue siendo siempre válida la palabra de Dios revelada por medio del profeta Isaías: "La oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece el Señor y su gloria sobre ti aparece" (Is 60, 2). Lo que el profeta anuncia a Jerusalén se cumple en la Iglesia de Cristo: "A tu luz caminarán las naciones, y los reyes al resplandor de tu aurora" (Is 60, 3). Con Jesucristo la bendición de Abraham se extendió a todos los pueblos. Es necesaria una verdadera esperanza, que haga posible - con un estilo de vida sobrio – instaurar un desarrollo justo. Con Jesucristo la bendición de Abraham se extendió a todos los pueblos, a la Iglesia universal como nuevo Israel que acoge en su seno a la humanidad entera. Con todo, también hoy sigue siendo verdad lo que decía el profeta: "Espesa nube cubre a los pueblos" y nuestra historia. En efecto, no se puede decir que la globalización sea sinónimo de orden mundial; todo lo contrario. Los conflictos por la supremacía económica y el acaparamiento de los recursos energéticos e hídricos, y de las materias primas, dificultan el trabajo de quienes, en todos los niveles, se esfuerzan por construir un mundo justo y solidario. Es necesaria una esperanza mayor, que permita preferir el bien común de todos al lujo de pocos y a la miseria de muchos. "Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, (...) pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano" (Spe salvi, 31), el Dios que se manifestó en el Niño de Belén y en el Crucificado Resucitado. Si hay una gran esperanza, se puede perseverar en la sobriedad. Si falta la verdadera esperanza, se busca la felicidad en la embriaguez, en lo superfluo, en los excesos, y los hombres se arruinan a sí mismos y al mundo. La moderación no sólo es una regla ascética, sino también un camino de salvación para la humanidad. Ya resulta evidente que sólo adoptando un estilo de vida sobrio, acompañado del serio compromiso por una distribución equitativa de las riquezas, será posible instaurar un orden de desarrollo justo y sostenible. Por esto, hacen falta hombres que alimenten una gran esperanza y posean por ello una gran valentía. La valentía de los Magos, que emprendieron un largo viaje siguiendo una estrella, y que supieron arrodillarse ante un Niño y ofrecerle sus dones preciosos. Todos necesitamos esta valentía, anclada en una firme esperanza. Que nos la obtenga María, acompañándonos en nuestra peregrinación terrena con su protección materna. Amén. www.parroquiasantamonica.com

La Navidad (2009). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI (4). El amor divino, encarnado en Cristo, es la ley fundamental y universal de la creación. El señorío universal de de Cristo. "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mateo 28, 18): esta conciencia sostiene el camino de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, a lo largo de las sendas de la historia, aunque aparentemente no tengamos éxito o parezcamos impotentes ante el empuje de fuerzas hostiles.


1 La Navidad (2009). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI (4). El amor divino, encarnado en Cristo, es la ley fundamental y universal de la creación. El señorío universal de de Cristo. "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mateo 28, 18): esta conciencia sostiene el camino de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, a lo largo de las sendas de la historia, aunque aparentemente no tengamos éxito o parezcamos impotentes ante el empuje de fuerzas hostiles. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Epifanía (“manifestación”) del Señor del 6 de enero de 2009. Queridos hermanos y hermanas: o La Epifanía, misterio multiforme: la manifestación de Cristo según la tradición latina (los Magos), según la tradición oriental (Bautismo del Señor), según el Evangelio de san Juan (bodas de Caná) y según la nueva Alianza (la santa Eucaristía). La Epifanía, la "manifestación" de nuestro Señor Jesucristo, es un misterio multiforme. La tradición latina lo identifica con la visita de los Magos al Niño Jesús en Belén y, por tanto, lo interpreta sobre todo como revelación del Mesías de Israel a los pueblos paganos. En cambio, la tradición oriental privilegia el momento del bautismo de Jesús en el río Jordán, cuando se manifestó como Hijo unigénito del Padre celestial, consagrado por el Espíritu Santo. Pero el evangelio de san Juan invita a considerar "epifanía" también las bodas de Caná, donde Jesús, transformando el agua en vino, "manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos" (Jn 2, 11). Y ¿qué deberíamos decir nosotros, queridos hermanos, especialmente los sacerdotes de la nueva Alianza, que cada día somos testigos y ministros de la "epifanía" de Jesucristo en la santa Eucaristía? La Iglesia celebra todos los misterios del Señor en este santísimo y humildísimo sacramento, en el que él revela y al mismo tiempo oculta su gloria. "Adoro te devote, latens Deitas". Así, adorando, oramos con santo Tomás de Aquino. o El símbolo de la estrella En este año 2009, que, en el IV centenario de las primeras observaciones de Galileo Galilei con el telescopio, está dedicado de modo especial a la astronomía, no podemos menos de prestar atención particular al símbolo de la estrella, tan importante en el relato evangélico de los Magos (cf. Mt 2, 1-12). Muy probablemente eran astrónomos. Desde su punto de observación, situado al oriente con respecto a Palestina, tal vez en Mesopotamia, habían notado la aparición de un nuevo astro y habían interpretado este fenómeno celestial como anuncio del nacimiento de un rey, precisamente, según las Sagradas Escrituras, del rey de los judíos (cf. Nm 24, 17) . En este singular episodio, narrado por san Mateo, los Padres de la Iglesia vieron también una especie de "revolución" cosmológica, causada por el ingreso del Hijo de Dios en el mundo. Por ejemplo, san Juan Crisóstomo escribe: "Cuando la estrella se situó sobre el Niño, se detuvo; y sólo una potencia que los astros no tienen podía hacer esto, es decir, primero ocultarse, luego aparecer de nuevo y, por último, detenerse" (Homilías sobre el evangelio de san Mateo, 7, 3). San Gregorio Nacianceno afirma que el nacimiento de Cristo imprimió nuevas órbitas a los astros (cf. Poemas dogmáticos, v, 53-64: PG 37, 428-429). Eso claramente se ha de entender en sentido simbólico y teológico. En efecto, mientras la teología pagana divinizaba los elementos y las fuerzas del cosmos, la fe cristiana, llevando a cumplimiento la revelación bíblica, contempla a un único Dios, Creador y Señor de todo el universo. o El amor divino, encarnado en Cristo, es la ley fundamental y universal de la creación. Esto, en cambio, no se entiende en sentido poético, sino real. El amor divino, encarnado en Cristo, es la ley fundamental y universal de la creación. Esto, en cambio, no se entiende en sentido poético, sino real. Por lo demás, así lo entendía Dante, cuando, en el verso sublime que concluye el Paraíso y toda la Divina Comedia, define a Dios "el amor que mueve el sol y las demás estrellas" (Paraíso, XXIII, 145). Esto significa que las estrellas, los planetas y todo el universo no están gobernados por una fuerza ciega, no obedecen únicamente a las dinámicas de la materia. Por consiguiente, no son los elementos cósmicos los que se han de divinizar, sino, al contrario, en todo y por encima de todo hay una voluntad personal, el Espíritu de Dios, que en Cristo se reveló como Amor (cf. Spe salvi, 5). Si es así, entonces los hombres, como escribe san Pablo a los Colosenses, no son 2 esclavos de los "elementos del cosmos" (cf. Col 2, 8), sino que son libres, es decir, capaces de relacionarse con la libertad creadora de Dios. Dios está en el origen de todo y lo gobierna todo, no a la manera de un motor frío y anónimo, sino como Padre, Esposo, Amigo, Hermano … Dios está en el origen de todo y lo gobierna todo, no a la manera de un motor frío y anónimo, sino como Padre, Esposo, Amigo, Hermano, como Logos, "Palabra-Razón", que se unió a nuestra carne mortal una vez para siempre y compartió plenamente nuestra condición, manifestando el sobreabundante poder de su gracia. Así pues, en el cristianismo hay una concepción cosmológica peculiar, que encontró elevadísimas expresiones en la filosofía y en la teología medievales. También en nuestra época da signos interesantes de un nuevo florecimiento, gracias a la pasión y a la fe de numerosos científicos, los cuales, siguiendo las huellas de Galileo, no renuncian ni a la razón ni a la fe, más aún, valoran ambas a fondo, en su recíproca fecundidad. El pensamiento cristiano compara el cosmos con un "libro" —así decía también Galileo— considerándolo como la obra de un Autor que se expresa mediante la "sinfonía" de la creación. El pensamiento cristiano compara el cosmos con un "libro" —así decía también Galileo— considerándolo como la obra de un Autor que se expresa mediante la "sinfonía" de la creación. Dentro de esta sinfonía se encuentra, en cierto momento, lo que en lenguaje musical se llamaría un "solo", un tema encomendado a un solo instrumento o a una sola voz, y es tan importante que de él depende el significado de toda la ópera. Este "solo" es Jesús, al que precisamente corresponde un signo regio: la aparición de una nueva estrella en el firmamento. o El señorío universal de de Cristo. Los escritores cristianos antiguos comparan a Jesús con un nuevo sol. Según los conocimientos astrofísicos actuales, lo deberíamos comparar con una estrella aún más central, no sólo para el sistema solar, sino incluso para todo el universo conocido. En este misterioso designio, al mismo tiempo físico y metafísico, que llevó a la aparición del ser humano como coronación de los elementos de la creación, vino al mundo Jesús, "nacido de mujer" (Ga 4, 4), como escribe san Pablo. El Hijo del hombre resume en sí la tierra y el cielo, la creación y el Creador, la carne y el Espíritu. Es el centro del cosmos y de la historia, porque en él se unen sin confundirse el Autor y su obra. La "recapitulación" de todo en Cristo En el Jesús terreno se encuentra el culmen de la creación y de la historia, pero en el Cristo resucitado se va más allá: el paso, a través de la muerte, a la vida eterna anticipa el punto de la "recapitulación" de todo en Cristo (cf. Ef 1, 10). En efecto, "todo fue creado por él y para él", escribe el Apóstol (Col 1, 16). Y, precisamente con la resurrección de entre los muertos, él obtuvo "el primado sobre todas las cosas" (Col 1, 18). Lo afirma Jesús mismo al aparecerse a los discípulos después de la resurrección: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18). o Esta conciencia sostiene el camino de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, a lo largo de las sendas de la historia, aunque aparentemente no tengamos éxito o parezcamos impotentes ante el empuje de fuerzas hostiles. Esta conciencia sostiene el camino de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, a lo largo de las sendas de la historia. No hay sombra, por más densa que sea, que pueda oscurecer la luz de Cristo. Por eso, los que creen en Cristo mantienen siempre la esperanza, también hoy, ante la gran crisis social y económica que aflige a la humanidad; ante el odio y la violencia destructora que no dejan de ensangrentar a muchas regiones de la tierra; ante el egoísmo y la pretensión del hombre de erigirse como dios de sí mismo, que a veces lleva a peligrosas alteraciones del plan divino sobre la vida y la dignidad del ser humano, sobre la familia y la armonía de la creación. Como advertí ya en la citada encíclica Spe salvi, nuestro esfuerzo por liberar la vida humana y el mundo de los envenenamientos y de las contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro, conserva su valor y su sentido aunque aparentemente no tengamos éxito o parezcamos impotentes ante el empuje de fuerzas hostiles, porque "lo que nos da ánimos y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como en los malos, es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios" (n. 35). La Iglesia como misterio de luz refleja. Con sus límites y sus miserias, pone más de relieve la obra del Espíritu Santo. El señorío universal de Cristo se ejerce de modo especial sobre la Iglesia. "Bajo sus pies —se lee en la carta a los Efesios— (Dios) sometió todas las cosas y lo constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es 3 su Cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todo" (Ef 1, 22-23). La Epifanía es la manifestación del Señor y, como reflejo, es la manifestación de la Iglesia, porque el Cuerpo no se puede separar de la Cabeza. La primera lectura de la liturgia de hoy, tomada del llamado "tercer Isaías", nos ofrece la perspectiva precisa para comprender la realidad de la Iglesia, El pensamiento cristiano compara el cosmos con un "libro" —así decía también Galileo— considerándolo como la obra de un Autor que se expresa mediante la "sinfonía" de la creación.: "Levántate, brilla, —dice el profeta dirigiéndose a Jerusalén— porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti" (Is 60, 1). La Iglesia es humanidad iluminada, "bautizada" en la gloria de Dios, es decir, en su amor, en su belleza, en su señorío. La Iglesia sabe que su humanidad, con sus límites y sus miserias, pone más de relieve la obra del Espíritu Santo. Ella no puede jactarse de nada, excepto en su Señor: no proviene de ella la luz, no es suya la gloria. Pero su alegría, que nadie le podrá arrebatar, es precisamente ser "signo e instrumento" de Aquel que es "lumen gentium", luz de los pueblos (cf. Lumen gentium, 1). La fiesta de la Epifanía invita a la Iglesia, y en ella a cada comunidad y a cada fiel, a imitar, como hizo el Apóstol de los gentiles, el servicio que la estrella prestó a los Magos de Oriente guiándolos hasta Jesús Queridos amigos, en este año paulino, la fiesta de la Epifanía invita a la Iglesia, y en ella a cada comunidad y a cada fiel, a imitar, como hizo el Apóstol de los gentiles, el servicio que la estrella prestó a los Magos de Oriente guiándolos hasta Jesús (cf. san León Magno, Discurso 3 en la Epifanía, 5: PL 54, 244). ¿Qué fue la vida de san Pablo, después de su conversión, sino una "carrera" para llevar a los pueblos la luz de Cristo y, viceversa, llevar a los pueblos a Cristo? La gracia de Dios convirtió a san Pablo en una "estrella" para los gentiles. Su ministerio es ejemplo y estímulo para la Iglesia a redescubrir que es esencialmente misionera y a renovar el compromiso de anunciar el Evangelio, especialmente a quienes aún no lo conocen. La Iglesia y cada uno de los cristianos sólo pueden ser luz, que guía a Cristo, si se alimentan asidua e íntimamente de la Palabra de Dios. La Palabra, y ciertamente no nosotros, es la que ilumina, purifica y convierte. Pero, al mirar a san Pablo, no podemos olvidar que toda su predicación se alimentaba de las Sagradas Escrituras. Por eso, en la perspectiva de la reciente Asamblea del Sínodo de los obispos, es preciso reafirmar con fuerza que la Iglesia y cada uno de los cristianos sólo pueden ser luz, que guía a Cristo, si se alimentan asidua e íntimamente de la Palabra de Dios. La Palabra, y ciertamente no nosotros, es la que ilumina, purifica y convierte. Nosotros somos servidores de la Palabra de vida. San Pablo se concebía a sí mismo y su ministerio como un servicio al Evangelio. "Todo lo hago por el Evangelio", escribe (1 Co 9, 23). Lo mismo debería poder decir también la Iglesia, cada comunidad eclesial, cada obispo y cada presbítero: todo lo hago por el Evangelio. Queridos hermanos y hermanas, orad por nosotros, los pastores de la Iglesia, a fin de que, asimilando diariamente la Palabra de Dios, podamos transmitirla con fidelidad a los hermanos. Pero también nosotros oramos por todos vosotros, los fieles, porque cada cristiano, por el Bautismo y la Confirmación, está llamado a anunciar a Cristo, luz del mundo, con la palabra y el testimonio de su vida. Que la Virgen María, Estrella de la evangelización, nos ayude a llevar a cabo juntos esta misión; e interceda por nosotros desde el cielo san Pablo, Apóstol de los gentiles. Amén. www.parroquiasantamonica.com

La Navidad (2010). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI (5). Aunque Herodes parece siempre ser más fuerte, solamente en el Niño se manifiesta la fuerza de Dios. Para reconocerle debemos ser sensibles a la novedad de Dios, y, para ello, tener la humildad auténtica, la capacidad de ser niños en el corazón y de asombrarnos.

1 La Navidad (2010). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI (5). Aunque Herodes parece siempre ser más fuerte, solamente en el Niño se manifiesta la fuerza de Dios. Para reconocerle debemos ser sensibles a la novedad de Dios, y, para ello, tener la humildad auténtica, la capacidad de ser niños en el corazón y de asombrarnos. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Epifanía (“manifestación”) del Señor del 6 de enero de 2010. o Una espléndida visión del profeta Isaías Tras las humillaciones sufridas por el pueblo de Israel por parte de los poderes de este mundo, ve el momento en el que la gran luz de Dios, aparentemente sin poder e incapaz de proteger a su pueblo, surgirá sobre toda la tierra, de modo que los reyes de las naciones se inclinarán ante él. Hoy, solemnidad de la Epifanía, la gran luz que irradia desde la cueva de Belén, a través de los Magos procedentes de Oriente inunda a toda la humanidad. La primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, y el pasaje del Evangelio de san Mateo, que acabamos de escuchar, ponen la promesa junto a su cumplimiento, en la tensión particular que se produce cuando se leen sucesivamente pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. Así se nos presenta la espléndida visión del profeta Isaías, el cual, tras las humillaciones infligidas al pueblo de Israel por las potencias de este mundo, ve el momento en el que la gran luz de Dios, aparentemente sin poder e incapaz de proteger a su pueblo, surgirá sobre toda la tierra, de modo que los reyes de las naciones se inclinarán ante él, vendrán desde todos los confines de la tierra y depositarán a sus pies sus tesoros más preciosos. Y el corazón del pueblo se estremecerá de alegría. o La visión del evangelista Mateo parece pobre y andrajosa. Llegan a Belén no los poderosos y los reyes de la tierra, sino unos Magos, personajes desconocidos, quizás vistos con sospecha, en todo caso indignos de particular atención. En comparación con esa visión, la que nos presenta el evangelista san Mateo es pobre y humilde: nos parece imposible reconocer allí el cumplimiento de las palabras del profeta Isaías. En efecto, no llegan a Belén los poderosos y los reyes de la tierra, sino unos Magos, personajes desconocidos, tal vez vistos con sospecha; en cualquier caso, no merecen particular atención. Los habitantes de Jerusalén son informados de lo sucedido, pero no consideran necesario molestarse, y parece que ni siquiera en Belén hay alguien que se preocupe del nacimiento de este Niño, al que los Magos llaman Rey de los judíos, o de estos hombres venidos de Oriente que van a visitarlo. De hecho, poco después, cuando el rey Herodes da a entender quién tiene efectivamente el poder obligando a la Sagrada Familia a huir a Egipto y ofreciendo una prueba de su crueldad con la matanza de los inocentes (cf. Mt 2, 13-18), el episodio de los Magos parece haberse borrado y olvidado. Por tanto, es comprensible que el corazón y el alma de los creyentes de todos los siglos se hayan sentido más atraídos por la visión del profeta que por el sobrio relato del evangelista, como atestiguan también las representaciones de esta visita en nuestros belenes, donde aparecen los camellos, los dromedarios, los reyes poderosos de este mundo que se arrodillan ante el Niño y depositan a sus pies sus dones en cofres preciosos. Pero conviene prestar más atención a lo que los dos textos nos comunican. Pero estos personajes procedentes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de aquellos que, a través de todas las épocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben caminar por los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar, así, a Aquél que es aparentemente débil y frágil, pero que en cambio es capaz de dar la alegría más grande y más profunda al corazón del hombre. En realidad, ¿qué vio Isaías con su mirada profética? En un solo momento, vislumbra una realidad destinada a marcar toda la historia. Pero el acontecimiento que san Mateo nos narra no es un breve episodio intrascendente, que se concluye con el regreso apresurado de los Magos a sus tierras. Al contrario, es un comienzo. Esos personajes procedentes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de aquellos que, a lo largo de todas las épocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben avanzar por los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar, así, a Aquel que aparentemente es débil y frágil, pero que en cambio puede dar la alegría más grande y más profunda al 2 corazón del hombre. De hecho, en él se manifiesta la realidad estupenda de que Dios nos conoce y está cerca de nosotros, de que su grandeza y su poder no se manifiestan en la lógica del mundo, sino en la lógica de un niño inerme, cuya fuerza es sólo la del amor que se confía a nosotros. A lo largo de la historia siempre hay personas que son iluminadas por la luz de la estrella, que encuentran el camino y llegan a él. Todas viven, cada una a su manera, la misma experiencia que los Magos. El significado profundo de los dones (oro, incienso y mirra) que llevaron los Magos. Llevaron oro, incienso y mirra. Esos dones, ciertamente, no responden a necesidades primarias o cotidianas. En ese momento la Sagrada Familia habría tenido mucha más necesidad de algo distinto del incienso y la mirra, y tampoco el oro podía serle inmediatamente útil. Pero estos dones tienen un significado profundo: son un acto de justicia. De hecho, según la mentalidad vigente en aquel tiempo en Oriente, representan el reconocimiento de una persona como Dios y Rey: es decir, son un acto de sumisión. Quieren decir que desde aquel momento los donadores pertenecen al soberano y reconocen su autoridad. La consecuencia que deriva de ello es inmediata. Los Magos ya no pueden proseguir por su camino, ya no pueden volver a Herodes, ya no pueden ser aliados de aquel soberano poderoso y cruel. Han sido llevados para siempre al camino del Niño, al camino que les hará desentenderse de los grandes y los poderosos de este mundo y los llevará a Aquel que nos espera entre los pobres, al camino del amor, el único que puede transformar el mundo. Así pues, no sólo los Magos se pusieron en camino, sino que desde aquel acto comenzó algo nuevo, se trazó una nueva senda, bajó al mundo una nueva luz, que no se ha apagado. La visión del profeta se ha realizado: esa luz ya no puede ser ignorada en el mundo: los hombres se moverán hacia aquel Niño y serán iluminados por la alegría que sólo él sabe dar. La luz de Belén sigue resplandeciendo en todo el mundo. San Agustín recuerda a cuantos la acogen: "También nosotros, reconociendo en Cristo a nuestro rey y sacerdote muerto por nosotros, lo honramos como si le hubiéramos ofrecido oro, incienso y mirra; sólo nos falta dar testimonio de él tomando un camino distinto del que hemos seguido para venir" (Sermo 202. In Epiphania Domini, 3, 4). Aunque Herodes parece siempre ser más fuerte, solamente en ese Niño se manifiesta la fuerza de Dios. Por consiguiente, si leemos juntamente la promesa del profeta Isaías y su cumplimiento en el Evangelio de san Mateo en el gran contexto de toda la historia, resulta evidente que lo que se nos dice, y lo que en el belén tratamos de reproducir, no es un sueño ni tampoco un juego vano de sensaciones y emociones, sin vigor ni realidad, sino que es la Verdad que se irradia en el mundo, a pesar de que Herodes parece siempre más fuerte y de que ese Niño parece que puede ser relegado entre aquellos que no tienen importancia, o incluso pisoteado. Pero solamente en ese Niño se manifiesta la fuerza de Dios, que reúne a los hombres de todos los siglos, para que bajo su señorío recorran el camino del amor, que transfigura el mundo. Sin embargo, aunque los pocos de Belén se han convertido en muchos, los creyentes en Jesucristo parecen siempre pocos. Muchos han visto la estrella, pero son pocos los que han entendido su mensaje. Los estudiosos de la Escritura del tiempo de Jesús conocían perfectamente la Palabra de Dios. Eran capaces de decir sin dificultad alguna qué se podía encontrar en ella acerca del lugar en el que habría de nacer el Mesías, pero, como dice san Agustín: "Les sucedió como a los hitos (que indican el camino): mientras dan indicaciones a los caminantes, ellos se quedan inertes e inmóviles" (Sermo 199. In Epiphania Domini, 1, 2). o ¿Cuál es la razón por las que unos ven y encuentren, y otros no? ¿Qué les falta a aquellos que permanecen indiferentes, a aquellos que indican el camino pero no se mueven? Podemos responder: no ven y no encuentran por la demasiada seguridad en sí mismos, la pretensión de conocer perfectamente la realidad, la presunción de haber ya formulado un juicio definitivo sobre las cosas volviendo cerrados e insensibles sus corazones a la novedad de Dios. Entonces podemos preguntarnos: ¿cuál es la razón por la que unos ven y encuentran, y otros no? ¿Qué es lo que abre los ojos y el corazón? ¿Qué les falta a aquellos que permanecen indiferentes, a aquellos que indican el camino pero no se mueven? Podemos responder: la excesiva seguridad en sí mismos, la pretensión de conocer perfectamente la realidad, la presunción de haber formulado ya un juicio definitivo sobre las cosas hacen que su corazón se cierre y se vuelva insensible a la novedad de Dios. Están seguros de la idea que se han hecho del mundo y ya no se dejan conmover en lo más profundo por la aventura de un Dios que quiere encontrarse con ellos. Ponen su confianza más en sí mismos que en él, y no creen posible que Dios sea tan grande que pueda hacerse pequeño, que se pueda acercar verdaderamente a nosotros. 3 Por falta de humildad auténtica, de la capacidad de ser niños en el corazón y de asombrarnos para emprender el camino de Dios. Necesitamos un corazón sabio. Al final, lo que falta es la humildad auténtica, que sabe someterse a lo que es más grande, pero también la valentía auténtica, que lleva a creer en lo que es verdaderamente grande, aunque se manifieste en un Niño inerme. Falta la capacidad evangélica de ser niños en el corazón, de asombrarse y de salir de sí para avanzar por el camino que indica la estrella, el camino de Dios. Sin embargo, el Señor tiene el poder de hacernos capaces de ver y de salvarnos. Así pues, pidámosle que nos dé un corazón sabio e inocente, que nos permita ver la estrella de su misericordia, seguir su camino, para encontrarlo y ser inundados por la gran luz y por la verdadera alegría que él ha traído a este mundo. Amén. www.parroquiasantamonica.com

La Navidad (2010). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI. En el rezo del Angelus. Los Magos, hombres de ciencia, estaban abiertos a las llamadas divinas. Se abrieron al misterio. La unidad entre la inteligencia y la fe.



La Navidad (2010). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI. En el rezo del Angelus. Los Magos, hombres de ciencia, estaban abiertos a las llamadas divinas. Se abrieron al misterio. La unidad entre la inteligencia y la fe. Cfr. Benedicto XVI, Palabras en el rezo del Angelus del 6 de enero de 2010. Fuente: Zenit.org - [Traducción del italiano por Inma Álvarez - ©Libreria Editrice Vaticana] ¡Queridos hermanos y hermanas! o La estrella y las Sagradas Escrituras fueron las dos luces que guiaron el camino de los Magos, los cuales aparecen como modelos de los auténticos buscadores de la verdad. Celebramos hoy la gran fiesta de la Epifanía, el misterio de la Manifestación del Señor a todas las gentes, representadas por los Magos, venidos de Oriente para adorar al Rey de los Judíos (cfr Mt 2,1-2). El evangelista Mateo, que relata el acontecimiento, subraya que éstos llegaron a Jerusalén siguiendo una estrella, avistada en su surgimiento e interpretada como signo del nacimiento del Rey anunciado por los profetas, o sea, el Mesías. Llegados sin embargo a Jerusalén, los Magos necesitaron las indicaciones de los sacerdotes y de los escribas para conocer exactamente el lugar a donde dirigirse, es decir, Belén, la ciudad de David (cfr Mt 2,5-6; Mi 5,1). La estrella y las Sagradas Escrituras fueron las dos luces que guiaron el camino de los Magos, los cuales aparecen como modelos de los auténticos buscadores de la verdad. o El saber de estos hombres de ciencia, lejos de considerarse autosuficiente, estaba abierto a ulteriores revelaciones y llamadas divinas. Como verdaderos sabios, se abrieron al misterio Éstos eran unos sabios, que escrutaban los astros y conocían la historia de los pueblos. Eran hombres de ciencia en un sentido amplio, que observaban el cosmos considerándolo casi un gran libro lleno de signos y de mensajes divinos para el hombre. Su saber, por tanto, lejos de considerarse autosuficiente, estaba abierto a ulteriores revelaciones y llamadas divinas. De hecho, no se avergüenzan de pedir instrucciones a los jefes religiosos de los judíos. Habrían podido decir: hagámoslo solos, no necesitamos a nadie, evitando, según nuestra mentalidad actual, toda “contaminación” entre la ciencia y la Palabra de Dios. En cambio los Magos escuchan las profecías y las acogen; y, apenas se vuelven a poner en camino hacia Belén, ven nuevamente la estrella, casi como confirmación de una perfecta armonía entre la búsqueda humana y la Verdad divina, una armonía que llenó de alegría sus corazones de auténticos sabios (cfr Mt 2,10). El culmen de su itinerario de búsqueda fue cuando se encontraron ante "el niño con María su madre" (Mt 2,11). Dice el Evangelio que “postrándose le adoraron". Habrían podido quedarse desilusionados, es más, escandalizados. En cambio, como verdaderos sabios, se abrieron al misterio que se manifiesta de modo sorprendente; y con sus dones simbólicos demostraron que reconocían en Jesús al Rey y al Hijo de Dios. Precisamente en ese gesto se cumplen los oráculos mesiánicos que anuncian el homenaje de las naciones al Dios de Israel. o La unidad entre la inteligencia y la fe Un último detalle confirma, en los Magos, la unidad entre inteligencia y fe: es el hecho de que “advertidos en sueños de que no volvieran a Herodes, volvieron a su tierra por otro camino" (Mt 2,12). Habría sido natural volver a Jerusalén, al palacio de Herodes y al Templo, para proclamar su descubrimiento. En cambio, los Magos, que han elegido como soberano al Niño, lo custodian escondiéndolo, según el estilo de María, o mejor de Dios mismo, y tal como habían aparecido, desaparecieron en el silencio, apagados, pero también cambiados tras el encuentro con la Verdad. Habían descubierto un nuevo rostro de Dios, una nueva realeza: la del amor. Que nos ayude la Virgen María, modelo de verdadera sabiduría, a ser auténticos buscadores de la verdad de Dios, capaces de vivir siempre la profunda sintonía que hay entre la razón y la fe, entre la ciencia y la revelación. www.parroquiasantamonica.com

La Navidad (2010). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI. En el rezo del Angelus. Los Magos, hombres de ciencia, estaban abiertos a las llamadas divinas. Se abrieron al misterio. La unidad entre la inteligencia y la fe.



La Navidad (2010). La Epifanía (Manifestación del Señor) en la predicación de Benedicto XVI. En el rezo del Angelus. Los Magos, hombres de ciencia, estaban abiertos a las llamadas divinas. Se abrieron al misterio. La unidad entre la inteligencia y la fe. Cfr. Benedicto XVI, Palabras en el rezo del Angelus del 6 de enero de 2010. Fuente: Zenit.org - [Traducción del italiano por Inma Álvarez - ©Libreria Editrice Vaticana] ¡Queridos hermanos y hermanas! o La estrella y las Sagradas Escrituras fueron las dos luces que guiaron el camino de los Magos, los cuales aparecen como modelos de los auténticos buscadores de la verdad. Celebramos hoy la gran fiesta de la Epifanía, el misterio de la Manifestación del Señor a todas las gentes, representadas por los Magos, venidos de Oriente para adorar al Rey de los Judíos (cfr Mt 2,1-2). El evangelista Mateo, que relata el acontecimiento, subraya que éstos llegaron a Jerusalén siguiendo una estrella, avistada en su surgimiento e interpretada como signo del nacimiento del Rey anunciado por los profetas, o sea, el Mesías. Llegados sin embargo a Jerusalén, los Magos necesitaron las indicaciones de los sacerdotes y de los escribas para conocer exactamente el lugar a donde dirigirse, es decir, Belén, la ciudad de David (cfr Mt 2,5-6; Mi 5,1). La estrella y las Sagradas Escrituras fueron las dos luces que guiaron el camino de los Magos, los cuales aparecen como modelos de los auténticos buscadores de la verdad. o El saber de estos hombres de ciencia, lejos de considerarse autosuficiente, estaba abierto a ulteriores revelaciones y llamadas divinas. Como verdaderos sabios, se abrieron al misterio Éstos eran unos sabios, que escrutaban los astros y conocían la historia de los pueblos. Eran hombres de ciencia en un sentido amplio, que observaban el cosmos considerándolo casi un gran libro lleno de signos y de mensajes divinos para el hombre. Su saber, por tanto, lejos de considerarse autosuficiente, estaba abierto a ulteriores revelaciones y llamadas divinas. De hecho, no se avergüenzan de pedir instrucciones a los jefes religiosos de los judíos. Habrían podido decir: hagámoslo solos, no necesitamos a nadie, evitando, según nuestra mentalidad actual, toda “contaminación” entre la ciencia y la Palabra de Dios. En cambio los Magos escuchan las profecías y las acogen; y, apenas se vuelven a poner en camino hacia Belén, ven nuevamente la estrella, casi como confirmación de una perfecta armonía entre la búsqueda humana y la Verdad divina, una armonía que llenó de alegría sus corazones de auténticos sabios (cfr Mt 2,10). El culmen de su itinerario de búsqueda fue cuando se encontraron ante "el niño con María su madre" (Mt 2,11). Dice el Evangelio que “postrándose le adoraron". Habrían podido quedarse desilusionados, es más, escandalizados. En cambio, como verdaderos sabios, se abrieron al misterio que se manifiesta de modo sorprendente; y con sus dones simbólicos demostraron que reconocían en Jesús al Rey y al Hijo de Dios. Precisamente en ese gesto se cumplen los oráculos mesiánicos que anuncian el homenaje de las naciones al Dios de Israel. o La unidad entre la inteligencia y la fe Un último detalle confirma, en los Magos, la unidad entre inteligencia y fe: es el hecho de que “advertidos en sueños de que no volvieran a Herodes, volvieron a su tierra por otro camino" (Mt 2,12). Habría sido natural volver a Jerusalén, al palacio de Herodes y al Templo, para proclamar su descubrimiento. En cambio, los Magos, que han elegido como soberano al Niño, lo custodian escondiéndolo, según el estilo de María, o mejor de Dios mismo, y tal como habían aparecido, desaparecieron en el silencio, apagados, pero también cambiados tras el encuentro con la Verdad. Habían descubierto un nuevo rostro de Dios, una nueva realeza: la del amor. Que nos ayude la Virgen María, modelo de verdadera sabiduría, a ser auténticos buscadores de la verdad de Dios, capaces de vivir siempre la profunda sintonía que hay entre la razón y la fe, entre la ciencia y la revelación. www.parroquiasantamonica.com

La Epifanía. La adoración de los Reyes Magos. Los orígenes de esta fiesta.



1 La Epifanía. La adoración de los Reyes Magos. Los orígenes de esta fiesta. Cfr. LOS ORÍGENES DE LA FIESTA DE LA EPIFANÍA www.primeroscristianos.com Desde tiempos muy remotos, tanto en Oriente como en Occidente la Iglesia celebró el día 6 de enero la manifestación de Dios al mundo. La Epifanía (del griego epi-faneia: manifestación) es la primera manifestación al mundo pagano del Hijo de Dios hecho hombre, que tuvo lugar con la adoración de los Magos referida por S. Mateo 2,1-12. El pasaje, con la cita del profeta Miqueas, es uno de los cinco episodios que constituyen el llamado Evangelio de la Infancia en S. Mateo (cap. 1 y 2). El Evangelio de la Infancia en Lucas 1-2 no lo menciona. Para entender adecuadamente este relato y percibir su contenido teológico es necesario precisar de antemano el alcance de la cita de Miqueas, quiénes eran los Magos y qué era la estrella que se dice haberlos guiado hasta la cuna del Niño. El texto de Miqueas El centro del episodio de los Magos es la cita del profeta Miqueas, que en el relato aducen los sacerdotes y escribas consultados por Herodes acerca del lugar donde había de nacer el Cristo. «Ellos le dijeron: En Belén de Judá, porque así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que será pastor de mi pueblo Israel» (Mt 2,5 ss.). El pasaje profético es ciertamente mesiánico. Miqueas consuela a su pueblo, frente a la amenaza de Asiria, con la promesa de un futuro Libertador, descendiente de David. Del simple texto no 2 deriva que fuese necesario que el Mesías naciera materialmente en Belén; bastaba con que fuera oriundo de allí por su ascendencia davídica. El texto de Miqueas en labios de los escribas y en lá pluma del evangelista significa que para los primeros el Mesías debía nacer en Belén de la descendencia de David, y el segundo hace constar que Jesús cumplía estos requisitos. ¿Quiénes eran los magos? El evangelista presenta a los protagonistas del relato como «unos Magos que venían del Oriente». No dice cuántos eran, ni cómo se llamaban, ni de dónde procedían exactamente. La tradición antigua navega por todos esos mares, pero sin rumbo cierto. En cuanto al número, los monumentos arqueológicos fluctúan considerablemente; un fresco del cementerio de S. Pedro y S. Marcelino en Roma representa a dos; tres muestra un sarcófago que se conserva en el Museo de Letrán; cuatro aparecen en el cementerio de Santa Domitila, y hasta ocho en un vaso del Museo Kircheriano. En las tradiciones orales sirias y armenias llega a hablarse de doce. Ha prevalecido, no obstante, el número de tres acaso por correlación con los tres dones que ofrecieron -oro incienso y mirra- o porque se los creyó representantes de las tres razas: Sem, Cam y Jafet. Los nombres que se les dan (Melchor, Gaspar, Baltasar) son relativamente recientes. Aparecen en un manuscrito anónimo italiano del s. IX, y poco antes, en otro parisino de fines del s. VII, bajo la forma de Bithisarea, Melichior y Guthaspa. En otros autores y regiones se los conoce con nombres totalmente distintos. Su condición de reyes, que carece absolutamente de fundamento histórico, parece haberse introducido por una interpretación demasiado literal del Salmo 72,10: «Los reyes de Tarsis y las islas le ofrecerán dones; los reyes de Arabia y Sabá le traerán regalos». Nunca en las antiguas representaciones del arte cristiano aparecen con atributos regios, sino simplemente con gorro frigio y hábitos de nobles persas. También sobre el lugar de su origen discrepan los testimonios antiguos. Unos los hacen proceder de Persia, otros de Babilonia o de Arabia, y hasta de lugares tan poco situados al oriente de Palestina como Egipto y Etiopía. Sin embargo, un precioso dato arqueológico del tiempo de Constantino muestra la antigüedad de la tradición que parece interpretar mejor la intención del evangelista, haciéndolos oriundos de Persia. Refiere una carta sinodal del Conc. de Jerusalén del año 836 que en el 614, cuando los soldados persas de Cosroas II destruyeron todos los santuarios de Palestina, respetaron la basílica constantiniana de la Natividad en Belén, porque, al ver el mosaico del frontispicio que representaba la Adoración de los Magos, los creyeron por la indumentaria compatriotas suyos. La estrella de los magos En el relato de S. Mateo la estrella juega un papel importante. Es una estrella que los magos vieron en Oriente, pero que luego no volvieron a ver hasta que salieron de Jerusalén camino de Belén; entonces se mueve delante de ellos en dirección norte-sur y, finalmente, se para sobre la casa donde estaba el Niño. Los magos dicen haberla reconocido como la estrella de Jesús («Hemos visto su estrella en Oriente y hemos venido a adorarle»; Mt 2,2). Supuesto el carácter preternatural de la estrella, que al parecer sólo habría sido visible para los 3 magos, quedaría por explicar por qué entendieron ellos que era la estrella de Jesús y se sintieron obligados a desplazarse para adorarle. Nada tendría, en ese supuesto, de extraño que persas piadosos se hubieran ido interesando por las Escrituras de los judíos y participaran de algún modo en su esperanza en un Mesías Rey, de manera que, al percibir un fenómeno estelar, lo relacionaran con él. Sea de ello lo que fuere, lo que podemos decir es que, de una manera u otra, Dios los movió a ponerse en camino y dirigirse a Israel en espera de un gran rey. La celebración de la fiesta de la Epifanía del Señor Desde tiempos muy remotos, tanto en Oriente como en Occidente –a excepción de la ciudad de Roma y, probablemente, de las provincias de África– la Iglesia celebró el día 6 de enero la manifestación de Dios al mundo, fiesta posteriormente conocida como Epifanía. En efecto, ya en el siglo II se encuentran referencias acerca de una conmemoración del bautismo de Jesús, por parte de algunas sectas gnósticas. De todos modos, habrá que esperar hasta la segunda mitad del siglo IV para recoger los primeros testimonios procedentes de ámbitos ortodoxos. El origen de la solemnidad de Epifanía es bastante oscuro. Una tras otra se han sucedido las más variadas hipótesis, si bien, en cualquier caso, parece que la fiesta surgió dentro del proceso de inculturación de la fe, como cristianización de una celebración pagana del Sol naciente, de gran arraigo en la región oriental del Imperio. Muy pronto, en Occidente, la fiesta de Epifanía revistió un triple contenido teológico, como celebración de la manifestación a los gentiles del Dios encarnado –adoración de los Reyes Magos–, manifestación de la filiación divina de Jesús –bautismo en el Jordán– y manifestación del poder divino del Señor – milagro de las bodas de Caná–. En Oriente, con la introducción de la fiesta de la Navidad, el 25 de diciembre, la solemnidad de Epifanía perdió su carácter de celebración del nacimiento de Cristo, y se centró en la conmemoración del Bautismo en el Jordán. En la Iglesia romana, la celebración litúrgica de la Epifanía gira hoy día en torno a la universalidad del designio salvífico divino. Así, las lecturas refieren la vocación salvífica de los gentiles, ya anunciada por los profetas (IS 60: 1-6) y realizada plenamente en Cristo (Ef 3: 2-3. 5-6 y Mt 2: 1-12). Esta misma perspectiva puede advertirse en los textos eucológicos. BIBL.: J. ENCISO VIANA, La estrella de Jesús, en Por los senderos de la Biblia, t. II, Madrid-Buenos Aires 1957, 155-160; J, RACETTE, L'Évangile de 1'Enfance selon S. Matthieu, «Sciences Ecclésiastiques» 9 (1957) 77-82; S. MUÑOZ IGLESIAS, El género literario del Evang. de la Infancia en S. Mateo, «Estudios Bíblicos» 17 (1958) 245-273, especialmente 264-268; ÍD, Venez, adorons-le, en Assemblés du Seigneur, 13,31-44; A. M. DENIS, L'adoration des Mages vue par Saint Matthieu, «Nouvelle Revue Théologique» 82 (1960) 32-39; G. D. GORDINI, A. M. RAGGI, Magi, en Bibl. Sanct. 8,494-528 (con abundante bibl.).

Epifanía del Señor (2012). Una peregrinación y un encuentro de los Reyes Magos con Cristo, la luz. La epifanía es la fiesta de Cristo, luz de los pueblos. Es la historia de un camino interior, es decir, de una conversión, de un encuentro con Cristo de los Reyes Magos. Algunos textos de Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre la peregrinación exterior e interior de los Magos.



1 Epifanía del Señor (2012). Una peregrinación y un encuentro de los Reyes Magos con Cristo, la luz. La epifanía es la fiesta de Cristo, luz de los pueblos. Es la historia de un camino interior, es decir, de una conversión, de un encuentro con Cristo de los Reyes Magos. Algunos textos de Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre la peregrinación exterior e interior de los Magos. Cfr. Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 de enero de 2012. Isaías 60, 1-6; Efesios 3, 2-3.5-6; Mateo 2, 1-12. “Hace pocos días hemos celebrado el nacimiento del Señor; hoy, en cambio, celebramos, con solemnidad no menos merecida, su primera manifestación a los gentiles. En aquel día lo vieron recién nacido los pastores judíos; hoy lo adoraron los Magos llegados de Oriente” (San Agustín, predicación en la fiesta de la Epifanía). • Isaías 60, 1-6- La gloria del Señor amanece sobre ti! - ¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor. • Salmo responsorial - Sal 71, 1-2. 7-8. 10-11. 12-13 (R.: cf. 11) - R. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra. Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud. R. Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra. R. Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan. R. Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres. R. • Efesios 3, 2-3a. 5-6 - Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos de la promesa Hermanos: Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio. • Aleluya Mt 2, 2 - Hemos visto salir su estrella y venimos a adorar al Señor. • Mateo 2, 1-12: Venimos de Oriente a adorar al Rey. Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: -« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.» Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: -«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: "Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel."» Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: -«Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino. 1. Quiénes eran los Magos • Epifanía es una palabra griega que significa «manifestación», en este caso de la divinidad de Jesús, con el sucesivo reconocimiento y adoración por parte de los «gentiles», es decir de los «paganos»; se trata de un reconocimiento por parte de personas que no pertenecían al pueblo elegido. «Gentil» era el centurión del cual dijo el Señor: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande» 2 (cfr. Mateo 8, 5-10); «Gentil» era también la mujer cananea a la que el Señor dijo: «Mujer, grande es tu fe» (Cfr. Mateo 15, 21-28). • Los Magos venían de oriente, es decir, de Persia o Mesopotamia. Podrían pertenecer a la casta sacerdotal del reino de los Medos, o bien se podría tratar de altos funcionarios de Babilonia que se dedican a la astrología y astronomía y que trabajaban como consejeros del rey. Los Magos de los que habla el Evangelio (no dice que eran tres), son expertos en astronomía y, en el ámbito de su ciencia, reciben una indicación sobre el nacimiento del Mesías, y un impulso para emprender un camino, sin conocer el itinerario preciso. • Por una parte ellos estaban al corriente de la espera de un salvador por parte del pueblo de Israel. Por otra, la aparición de un astro misterioso o estrella en el cielos les convence de que ha sucedido algo extraordinario en la historia del universo o de la humanidad y se pusieron en camino. Son la figura de cuantos buscan sinceramente la salvación. Son símbolo de los que acogen al Señor con fe, esperanza y caridad. Herodes es el símbolo del rechazo incrédulo. 2. Junto a la peregrinación exterior, los Magos hicieron un camino espiritual que tiene dos aspectos. Cfr. Juan Pablo II, Homilía en la Epifanía del 2001, clausura del grande Jubileo del año 2000. Primer aspecto: cuando se encuentra a Cristo hay que saber detenerse y gozar la alegría de su intimidad. • “El relato de los Magos puede, en cierto sentido, indicarnos un camino espiritual. Ante todo ellos nos dicen que, cuando se encuentra a Cristo, es necesario saber detenerse y vivir profundamente la alegría de la intimidad con Él. "Entraron en la casa, vieron al niño con María su Madre y, postrándose, lo adoraron": sus vidas habían sido entregadas ya para siempre a aquella Criatura por la cual habían afrontado las asperezas del viaje y las insidias de los hombres. El cristianismo nace, y se regenera continuamente, a partir de esta contemplación de la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo. • Un rostro para contemplar, casi vislumbrando en sus ojos los "rasgos" del Padre y dejándose envolver por el amor del Espíritu. La gran peregrinación jubilar nos ha recordado esta dimensión trinitaria fundamental de la vida cristiana: en Cristo encontramos también al Padre y al Espíritu. La Trinidad es el origen y el culmen. Todo parte de la Trinidad, todo vuelve a la Trinidad. Segundo aspecto: después hay que reemprender el camino, para anunciar al Señor siendo sus testigos. • “Y, no obstante, como sucedió a los Magos, esta inmersión en la contemplación del misterio no impide caminar, antes bien obliga a reemprender un nuevo tramo de camino, en el cual nos convertimos en anunciadores y testigos. "Volvieron a su país por otro camino". Los Magos fueron en cierta manera los primeros misioneros. El encuentro con Cristo no los bloqueó en Belén, sino que les impulso nuevamente a recorrer los caminos del mundo. Es necesario volver a comenzar desde Cristo, y por tanto, desde la Trinidad. • ”Es necesario "recomenzar desde Cristo", con el impulso de Pentecostés, con entusiasmo renovado. Recomenzar desde Él ante todo en el compromiso cotidiano por la santidad, poniéndonos en actitud de oración y de escucha de su palabra. Recomenzar también desde Él para testimoniar el Amor mediante la práctica de una vida cristiana marcada por la comunión, por la caridad, por el testimonio en el mundo”. 3. Es la fe, la fuerza interior de la Epifanía, lo que llevó a esos personajes a reconocer al Mesías Juan Pablo II, Homilía, 6/01/1984 o La fuerza interior de le Epifanía guía a los Reyes Magos. Les permite reconocer al Mesías en el niño que yace en el pesebre. Dice el profeta a Jerusalén: “Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti: tus hijos llegan de lejos” (Is 60,3- 4). Los guía la fe. Los guía la fuerza interior de la Epifanía. De esta fuerza habla así el Concilio: “Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf. Ef 1,9); por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (cf. Col 1,15; 3 1 Tim 1,17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos (cf. Bar 3,38) para invitarlos y recibirlos en su compañía” (Dei Verbum, 2). Los Magos de Oriente llevan en sí esa fuerza interior de la Epifanía. Les permite reconocer al Mesías en el Niño que yace en el pesebre. Esta fuerza les manda postrarse ante Él y ofrecerle los dones: oro, incienso y mirra (cf. Mt 2,11). Los Magos son, al mismo tiempo, un anuncio de que la fuerza interior de la Epifanía se difundirá ampliamente entre los pueblos de la tierra. Dice el Profeta: “Entonces lo verás, radiante de alegría;/ tu corazón se asombrará, se ensanchará,/ cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar,/ y te traigan las riquezas de los pueblos” (Is 60,5). 4. La peregrinación de los Magos Homilía de Benedicto XVI, el sabado 20 de agosto de 2005, en Colonia, en la Vigilia de la Jornada Mundial de la Juventud. o El camino exterior y la peregrinación interior [En alemán] Queridos jóvenes: En nuestra peregrinación con los misteriosos Magos de Oriente hemos llegado al momento que san Mateo describe así en su Evangelio: «Entraron en la casa (sobre la que se había parado la estrella), vieron al niño con María, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). El camino exterior de aquellos hombres terminó. Llegaron a la meta. Pero en este punto comienza un nuevo camino para ellos, una peregrinación interior que cambia toda su vida. Porque seguramente se habían imaginado a este Rey recién nacido de modo diferente. Se habían detenido precisamente en Jerusalén para obtener del Rey local información sobre el Rey prometido que había nacido. Sabían que el mundo estaba desordenado y por eso estaban inquietos. Estaban convencidos de que Dios existía, y que era un Dios justo y bondadoso. Tal vez habían oído hablar también de las grandes profecías en las que los profetas de Israel habían anunciado un Rey que estaría en íntima armonía con Dios y que, en su nombre y de parte suya, restablecería el orden en el mundo. Se habían puesto en camino para encontrar a este Rey; en lo más hondo de su ser buscaban el derecho, la justicia que debía venir de Dios, y querían servir a ese Rey, postrarse a sus pies, y así servir también ellos a la renovación del mundo. Eran de esas personas que «tienen hambre y sed de justicia» (Mt 5, 6). Un hambre y sed que les llevó a emprender el camino; se hicieron peregrinos para alcanzar la justicia que esperaban de Dios y para ponerse a su servicio. o El camino interior comienza al aprender que Dios es diverso de como acostumbramos a imaginarlo Aunque otros se quedaran en casa y les consideraban utópicos y soñadores, en realidad eran seres con los pies en tierra, y sabían que para cambiar el mundo hace falta disponer de poder. Por eso, no podían buscar al niño de la promesa si no en el palacio del Rey. No obstante, ahora se postran ante una criatura de gente pobre, y pronto se enterarán de que Herodes – el Rey al que habían acudido – le acechaba con su poder, de modo que a la familia no le quedaba otra opción que la fuga y el exilio. El nuevo Rey era muy diferente de lo que se esperaban. Debían, pues, aprender que Dios es diverso de cómo acostumbramos a imaginarlo. Aquí comenzó su camino interior. Comenzó en el mismo momento en que se postraron ante este Niño y lo reconocieron como el Rey prometido. Pero debían aún interiorizar estos gozosos gestos. o El estilo de Dios: el poder inerme del amor. Los Magos ahora son diferentes: han aprendido el estilo de Dios, y que también deben entregarse a sí mismos, perderse a sí mismos. [En inglés] Debían cambiar su idea sobre el poder, sobre Dios y sobre el hombre y, con ello cambiar también ellos mismos. Ahora habían visto: el poder de Dios es diferente al poder de los grandes del mundo. Su modo de actuar es distinto de como lo imaginamos, y de como quisiéramos imponerle también a Él. En este mundo, Dios no le hace competencia a las formas terrenales del poder. No contrapone sus ejércitos a otros ejércitos. Cuando Jesús estaba en el Huerto de los olivos, Dios no le envía doce legiones de ángeles para ayudarlo (cf. Mt 26,53). Al poder estridente y pomposo de este mundo, Él contrapone el poder inerme del amor, que en la Cruz – y después siempre en la historia – sucumbe y, sin embargo, constituye la nueva realidad divina, que se opone a la injusticia e instaura el Reino de Dios. 4 Dios es diverso; ahora se dan cuenta de ello. Y eso significa que ahora ellos mismos tienen que ser diferentes, han de aprender el estilo de Dios. Habían venido para ponerse al servicio de este Rey, para modelar su majestad sobre la suya. Éste era el sentido de su gesto de acatamiento, de su adoración. Una adoración que comprendía también sus presentes – oro, incienso y mirra –, dones que se hacían a un Rey considerado divino. La adoración tiene un contenido y comporta también una donación. Los personajes que venían de Oriente, con el gesto de adoración, querían reconocer a este niño como su Rey y poner a su servicio el propio poder y las propias posibilidades, siguiendo un camino justo. Sirviéndole y siguiéndole, querían servir junto a Él la causa de la justicia y del bien en el mundo. En esto, tenían razón. Pero ahora aprenden que esto no se puede hacer simplemente a través de órdenes impartidas desde lo alto de un trono. Aprenden que deben entregarse a sí mismos: un don menor que éste es poco para este Rey. Aprenden que su vida debe acomodarse a este modo divino de ejercer el poder, a este modo de ser de Dios mismo. Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien: ¿Cómo puedo servir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse a sí mismos. Saliendo de Jerusalén, han de permanecer tras las huellas del verdadero Rey, en el seguimiento de Jesús. o Se consigue ser cristianos, vivir del modo justo cuando vivimos a la manera de Dios. [En francés] Queridos amigos, podemos preguntarnos lo que todo esto significa para nosotros. Pues lo que acabamos de decir sobre la naturaleza diversa de Dios, que ha de orientar nuestras vidas, suena bien, pero queda algo vago y difuminado. Por eso Dios nos ha dado ejemplos. Los Magos que vienen de oriente son sólo los primeros de una larga lista de hombres y mujeres que en su vida han buscado constantemente con los ojos la estrella de Dios, que han buscado al Dios que está cerca de nosotros, seres humanos, y que nos indica el camino. Es la muchedumbre de los santos – conocidos o desconocidos – mediante los cuales el Señor nos ha abierto a lo largo de la historia el Evangelio, hojeando sus páginas; y lo está haciendo todavía. En sus vidas se revela la riqueza del Evangelio como en un gran libro ilustrado. Son la estela luminosa que Dios ha dejando en el transcurso de la historia, y sigue dejando aún. Mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, ha beatificado y canonizado a un gran número de personas, tanto de tiempos recientes como lejanos. En estas figuras ha querido demostrarnos cómo se consigue ser cristianos; cómo se logra llevar una vida del modo justo: a vivir a la manera de Dios. Los beatos y los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo. De este modo, ellos nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. En las vicisitudes de la historia, han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar; la han iluminado siempre de nuevo lo suficiente para dar la posibilidad de aceptar – tal vez en el dolor – la palabra de Dios al terminar del obra del creación: «Y era muy bueno». Basta pensar en figuras como san Benito, san Francisco de Asís, santa Teresa de Ávila, san Ignacio de Loyola, san Carlos Borromeo, a los fundadores de las órdenes religiosas del siglo XVIII, que han animado y orientado el movimiento social, o a los santos de nuestro tiempo: Maximiliano Kolbe, Edith Stein, Madre Teresa, Padre Pío. Contemplando estas figuras comprendemos lo que significa «adorar» y lo que quiere decir vivir a medida del niño de Belén, a medida de Jesucristo y de Dios mismo. o Es importante descubrir el verdaderos rostro de Dios, para ser verdaderos reformadores. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. [En castellano] Los santos, hemos dicho, son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, un punto de vista humano y parcial se tomó como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama 5 totalitarismo. No libera al hombre, sino que le priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y, ¿qué puede salvarnos, si no es el amor? Queridos amigos, permitidme que añada sólo dos breves ideas. Muchos hablan de Dios; en el nombre de Dios se predica también el odio y se practica la violencia. Por tanto, es importante descubrir el verdadero rostro de Dios. Los Magos de Oriente lo encontraron cuando se postraron ante el niño de Belén.«Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre», dijo Jesús a Felipe (Jn 14,9). En Jesucristo, que por nosotros permitió que su corazón fuera traspasado, en Él se ha manifestado el verdadero rostro de Dios. Lo seguiremos junto con la muchedumbre de los que nos han precedido. Entonces iremos por el camino justo. o Esto significa que no nos construimos un Dios privado, un Jesús privado, sino que creemos y nos postramos ante el Jesús que nos muestran las Sagradas Escrituras, y que en la gran comunidad de fieles llamada Iglesia se manifiesta viviente. [En italiano] Esto significa que no nos construimos un Dios privado, un Jesús privado, sino que creemos y nos postramos ante el Jesús que nos muestran las Sagradas Escrituras, y que en la gran comunidad de fieles llamada Iglesia se manifiesta viviente, siempre con nosotros y al mismo tiempo siempre ante de nosotros. Se puede criticar mucho a la Iglesia. Lo sabemos, y el Señor mismo nos lo ha dicho: es una red con peces buenos y malos, un campo con trigo y cizaña. El Papa Juan Pablo II, que nos ha mostrado el verdadero rostro de la Iglesia en los numerosos santos que ha proclamado, también ha pedido perdón por el mal causado en el transcurso de la historia por las palabras o los actos de hombres de la Iglesia. De este modo, también a nosotros nos ha hecho ver nuestra verdadera imagen, y nos ha exhortado a entrar, con todos nuestros defectos y debilidades, en la muchedumbre de los santos que comenzó a formarse con los Magos de Oriente. En el fondo, consuela que exista la cizaña en la Iglesia. Así, no obstante todos nuestros defectos, podemos esperar estar aún entre los que siguen a Jesús, que ha llamado precisamente a los pecadores. La Iglesia es como una familia humana, pero es también al mismo tiempo la gran familia de Dios, mediante la cual Él establece un espacio de comunión y unidad en todos los continentes, culturas y naciones. Por eso nos alegramos de pertenecer a esta gran familia; de tener hermanos y amigos en todo el mundo. Justo aquí, en Colonia, experimentamos lo hermoso que es pertenecer a una familia tan grande como el mundo, que comprende el cielo y la tierra, el pasado, el presente y el futuro de todas las partes de la tierra. En esta gran comitiva de peregrinos, caminamos junto con Cristo, caminamos con la estrella que ilumina la historia. o En la Hostia consagrada Jesús está ante nosotros y entre nosotros En la Eucaristía, Jesús nos invita a esa peregrinación interior que se llama adoración. [En alemán] «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). Queridos amigos, ésta no es una historia lejana, de hace mucho tiempo. Es una presencia. Aquí, en la Hostia consagrada, Él está ante nosotros y entre nosotros. Como entonces, se oculta misteriosamente en un santo silencio y, como entonces, desvela precisamente así el verdadero rostro de Dios. Por nosotros se ha hecho grano de trigo que cae en tierra y muere y da fruto hasta el fin del mundo (cf. Jn 12,24). Él está presente, como entonces en Belén. Y nos invita a esa peregrinación interior que se llama adoración. Pongámonos ahora en camino para esta peregrinación del espíritu, y pidámosle a Él que nos guíe. Amén. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Printfriendly